19.10.17

Con Zagajewski en Salamanca

Este año celebraré en Salamanca el cumpleaños de mi hijo Alberto asistiendo a la lectura de Adam Zagajewski que ha organizado la Universidad pública de la ciudad castellana (sesión inaugural del máster de Creación Literaria) el 26 de octubre, a las seis de la tarde, en el Aula Magna de la Facultad de Filología, sita en el Palacio de Anaya.
Luis Arturo Guichard, coordinador de esa maestría, ha tenido a bien invitarme a leer un par de poemas del Premio Princesa de Asturias. Acompañaré a Antonio Colinas, Fernando Díaz San Miguel, Catalina García García-Herreros, Cristián Gómez Olivares, Mariángeles Pérez López y al propio Guichard.
Para la ocasión, el poeta polaco ha seleccionado dieciséis poemas, reunidos en un elegante cuadernillo que se repartirá a los asistentes al acto. La traducción de esos versos corre a cargo del gran Xavier Farré, cómplice necesario de este encuentro, como el Instituto Polaco de Cultura. Los últimos pertenecen a su libro Asimetría, que acaba de editar Acantilado, y del que El Cultural publicará una extensa reseña (que le ha caído a uno en suerte) mañana viernes, coincidiendo con la entrega del mencionado premio.
En esta ocasión, Alberto no podrá acompañarme, está demasiado lejos, aunque sí estuvo a mi lado en la lectura poética de la Fundación BBVA que conmemoró el 20 aniversario de la revista Sibila y donde, además de escucharle recitar, tuvimos la fortuna de compartir, junto a otros amigos, una animada conversación.



17.10.17

Anadón y Piquero

Pablo Anadón
Pre-Textos, Valencia, 2017. 98 páginas. 

El poeta, profesor, ensayista y traductor argentino Pablo Anadón (Villa Dolores, Córdoba, 1963), autor, entre otros, de Lo que trae y lleva el marLa mesa de café y otros poemasEl trabajo de las horas y Estudios de la luz, así como de antologías y estudios sobre la poesía de su país, escribía a propósito de la lírica de Rodolfo Godino: “la modulación de los textos es llana, conversacional incluso, sin perder su distintivo carácter enigmático”. Hablaba después de “depuración y estilización”, de confidencias y secretos. Podría aplicarse a su propia obra. También él ha sido capaz de “tomarse el pulso a sí mismo”, por seguir a López Velarde. Sistema poético en consonancia con el crítico. A pesar de que el uso de la rima y el rigor métrico (que da en espléndidos sonetos entre clásicos y borgeanos) pueda parecer anacrónico. Para contrarrestar esa impresión está el encabalgamiento. O la escéptica ironía. Y la intención, moderna a carta cabal.
“Siempre escribo a partir de mí”, confiesa Anadón, quien podría decir, con Fernández Moreno, “no me repito, me aumento”. En torno a la cincuentena, hace balance. Los recuerdos: “Recorres lentamente tu pasado / Como el dedo la herida”. “Lo que es, lo que no ha sido, lo que fue”. Aunque “La vida siempre sigue, y no hay regreso”. “Tiene raras reliquias la memoria”. “Y crece a nuestra espalda lo perdido”.
A lo largo del libro, además del poeta (que se autodenomina el “dividido”, el “sobreviviente”), sus hijos, sus padres y la mujer que ama (y a la que ya no), la casa familiar (donde se guarda “la luz dormida de la infancia”) y el paisaje, el miedo, las lecturas y la soledad, encontramos un asunto central: la culpa: “No es el tiempo que pesa, sólo pesa / El dolor que causamos en la vida”. “Hizo sufrir. No halla perdón. / Olvido busca: no sentir, no ser”.
Con todo, sobre el recuento de “culpas, logros y derrotas”, prevalece el “raro privilegio de existir”: “Ha amado, ha sido amado y a otras vidas / Ha dado vida. No hay lamento”.
“El poema tiene un poco / De oficio, pero mucho de problema / Matemático”. Por eso desea “Que otros sigan haciendo divertidos/ Malabarismos con la poesía”. “Jugando al juego de olvidar la vida. / Yo no puedo”. Eso que ganamos todos. Con versos luminosos por su claridad y profundos por su sencillez.

José Luis Piquero
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017. 94 páginas. 

Piquero (Mieres, 1967) suma este libro a Autopsia (su poesía reunida), El fin de semana perdido y la antología Cincuenta poemas. En la “Nota final” explica que está escrito de “un tirón de ocho años”. Si bien se trata de “un discurso continuo”, se divide en partes: “Merma”, o la “rendición” y el “despojamiento”; “La visita”, o el “desamor”; “Quemaduras”, o el desgarro y la muerte; y “Nolugar”, o la inquietud y el miedo. Sigue fiel al “uso de máscaras y escenario”. En efecto, estamos ante una poesía de la ficción, sin que por ello el autor y su vida no queden reflejados en ella. Se trata, advierte, de manipular la escena y los personajes. Así, el vidente, el insomne, el héroe, el abducido, el inmortal...
A esto cabe añadir, de una parte, el lenguaje coloquial y el tono narrativo. De otra, la ironía (con visos de humor y sarcasmo) y la desolación existencial; una rebeldía que no elude cierta agresividad. Más que “realismo sucio”, veraz malditismo; no como el impostado de tantos. Su estilo es cortante, inmediato, directo.
Con preguntas y respuestas: “¿En qué me he convertido?”. “Ya sé quién soy ahora: el que ha olvidado / su secreto: el fervor”.
Hay algo de fantasmal y misterioso en el movedizo personaje central de un libro que juega con la realidad sin prescindir de la imaginación. En busca de la identidad. De la encontrada o de la perdida. Porque “Ser irreal también es un estado”. “Lo único cierto en mí es que soy mentira”, leemos. O: “He desaparecido de mí mismo”. Y: “ahora soy un extraño, un eremita. / Alguien que está viviendo en mi lugar”.
“Un hombre necesita una tarea, / como contar su historia”. Es lo que hace aquí Piquero. O cualquiera de los seres que le habitan.

Nota: Las reseñas de los libros de Anadón y Piquero se publicaron el pasado viernes, 13 de octubre, en El Cultural.

15.10.17

Dos raros: Llera y Mateos

En el mejor sentido de la palabra. Lo son como poetas, con poéticas muy distintas entre sí, y como diaristas, si ése es el término que les corresponde, algo que pongo desde el principio en duda.

Cuidados paliativos, de José Antonio Llera (Badajoz, 1971), autor de los libros de poemas Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009) y Transportes de animales vivos (2013), así como de otros de ensayo sobre el humorismo español, Camba, Lorca o Cernuda, no es un diario más. Ni al uso, ahora que la moda impera. Publicado por pepitas ed. (donde publica los suyos Iñaki Uriarte) y en una cuidada edición, lo leí el pasado mes de julio en unas condiciones muy particulares, dentro de una habitación de hospital, mientras alguien estaba a punto se ser sometido a lo que el título, en sentido literal, indica. Ya anticipamos aquí un adelanto de estos diarios que vieron la luz en la veterana revista Cuadernos Hispanoamericanos hace cuatro años. Hacían presagiar lo mejor.
Lo primero que destacaría de este libro es la fuerza de su lenguaje. Uno le explica a sus alumnos, no sin dificultad, que la literatura es, sí, un arte que utiliza las palabras como medio de expresión, pero insiste en la deliberada voluntad que ha de ejercer quien se dedica a ella para elevar a esa categoría el uso común de la lengua. Aquí esa voluntad de estilo, unida a un alto grado de exigencia, es evidente y me atrevo a decir que se antepone a cualquier otra consideración. No es tanto contar como hacerlo de ese modo personal con el que Llera lo hace.
La primera palabra del libro es "escribir" y la cita que lo abre, de Louise Glück. En sus páginas, reflexiones sobre la escritura y la poesía (siempre desde la conveniente humildad de la duda), la enfermedad, los padres y el hijo (Tristán), Extremadura ("la realidad corrosiva de la luz extremeña") y la infancia, los sueños (acaso "la forma más elaborada de la autoficción"), el cine y la lectura. De numerosísimos escritores que van de Rosario Castellanos a Kafka, pasando por Cernuda, Miguel Labordeta (entonces escribía Vanguardismo y memoria: la poesía de Miguel Labordeta, el libro con el que ganó hace unos meses el XVII premio internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria), Cirlot, Lezama Lima, Azúa e, insisto, mil más. Que es un lector, no se puede negar. En el más amplio y hondo sentido. Con criterio, de ahí sus invectivas contra el reseñismo y los reseñistas (que se limitan "a planchar la ropa del autor"), contra la crítica literaria académica (la página que dedica a García Berrio no pasa desapercibida) y periodística. "Lo esencial es el hecho estético", dice citando a Berkeley. O: "Se habla de amor, pero se piensa en la escritura", a propósito del soneto V de Garcilaso. Sostiene que el crítico "bueno" de poesía "se pregunta de qué está hablando en realidad". "Irritables: el colon, el canon".
Aparecen aquí y allá compañeros, profesores (como César Nicolás, profesor suyo en la Universidad de Extremadura, donde Llera se formó) y amigos. Y su primer editor, Fernando Pérez, en la Editora Regional de Extremadura.
No faltan, es imposible, la ironía e incluso el humor, así cuando comenta que el líder de la línea clara, Luis Alberto de Cuenca, firma un prólogo de la obra de Heráclito... el Oscuro.
Se cuelan entre líneas los aforismos: "La atención es la primera forma de amor", "Toda entrevista, la miremos por donde la miremos, es un allanamiento de morada", "Los mejores cobradores del frach: las palabras que hemos dicho", "El Orden siempre lleva una camisa de fuerza", etc.
Elogia, como uno de sus diaristas preferidos, a Miguel Sánchez-Ostiz, toda una pista.
Afirma, en fin, que "Un cuaderno como este también debería contener los moldes de las cosas, solo los moldes y nada más". "Vivir -concluye- es solo un hábito".
Este es un diario que sólo se puede entender, insisto, como artefacto literario, como obra concebida en ese sentido y no como mero acarreo de desahogos, chismorreos, confesiones y anécdotas. Para eso ya están otros.

Un mundo en miniatura, del poeta José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) no es en rigor un diario, pero, en su rareza, ostenta también esa condición. Ya nos entregó hace poco el celebrado Un año en la otra vida, publicado en su editorial habitual, Pre-Textos, un libro híbrido donde los géneros se entremezclan. Ahora es Renacimiento (el libro está dedicado a sus editores, Marie-Christine del Castillo y Abelardo Linares) quien pone en las librerías, para la inmensa minoría, esta delicia ilustrada con once dibujos originales de Pedro Serna (más murciano y gayesco que nunca). ¿De qué trata? Pues de la vida. Y de su revés: la muerte. De la enfermedad y la lectura, "una manera de activar el pensamiento". "Como pasear", otro ejercicio que practica. Aquí, la poesía y su misterio, los amaneceres y los crepúsculos, la pintura y la música, las cosas y el amor, la felicidad (que "es ahora") y el perdón, el dolor y la angustia, el sueño y la vigilia, la religión y uno mismo. Y todo compuesto a la luz de la lentitud. Tal vez porque "En el trabajo gustoso, constante y sin recompensa encuentro destellos de santidad".
Más sentencias y aforismos que diario, esta miniatura del mundo no decepcionará a los lectores de Mateos ni, me atrevo a decir, a los que nunca se han acercado hasta ese refugio. No en vano, es verdad (la que aquí habita), "la poesía colecciona milagros".

CODA. Otro diario espera. Me refiero a La vida a medias, de Avelino Fierro, de profesión fiscal, publicado por Eolas, como las dos entregas anteriores: Una habitación en Europa y Ciudad de sombra. Lleva un prólogo de otro leonés, Andrés Trapiello. Tras lo ya leído de este escritor escondido y singular (algunas páginas se dieron en la revista Suroeste), no es difícil suponer que nos deparará unas horas agradables de lectura. Seguro. 

12.10.17

Mi hermano Fernando

Este es mi hermano Fernando, el cura, que tomó posesión de su nueva parroquia, San José, el pasado domingo día 1 de octubre. Por eso será recordada esa fecha entre sus familiares y amigos. No pude estar a su lado (volvía uno, de condición estable, de un fugaz viaje a Ibiza), pero de corazón allí estuve. No le faltó compañía. La de mi madre, por ejemplo. Le deseo lo mejor y mucha suerte, aunque los que le conocemos somos conscientes de que esta intención sobra. Espero, en fin, que sus parroquianos y parroquianas no le hagan trabajar demasiado. Carissimo fratello, un abrazo enorme. Seguimos.

11.10.17

Mesanza, Nacional de Poesía

La Opinión de Murcia
“Por insuflar un aire nuevo a la tradición clásica, avanzando en profundidad en esta nueva entrega poética, plena de belleza formal y sentido de la rebeldía ante el pensamiento único vigente” le han concedido a Gloria, libro del poeta Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955), a la sazón director del Instituto Cervantes de Estocolmo, miembro de la Generación de los 80 o de la Democracia, el Premio Nacional de Poesía. Fue publicado el pasado año en la colección Adonais (es miembro del jurado de su famoso galardón). En su momento, sugerí a la redactora jefe de El Cultural una reseña de la obra que ella aceptó de buen grado. Apareció el 14 de abril de este año. 
En el jurado, poetas que han venido defendiendo la particular poesía del madrileño, que durante años fue reuniendo sus poemas al amor de un único título: Europa; así, Luis Alberto de Cuenca (su principal mentor), Julia Barella (que lo incluyó en su singular antología Después de la modernidad) y José Luis García Martín (otro de sus antólogos, que también reseñó elogiosamente el libro). Esto no quita mérito a la decisión, pues eran muchos más los integrantes del alto tribunal lírico. El libro se basta.
Porque me gustan su mundo y su tono, siempre he defendido la poesía clásica de Mesanza. Y a él mismo, ajeno a camarillas, que tuvo que soportar, cuando éramos jóvenes, injustas acusaciones por culpa de sus creencias religiosas y políticas, así como por el tono épico que transmitían sus versos. Sus endecasílabos son inigualables. 
No me olvido, en fin, de los libros de Fermín Herrero, que no he visto (y me extraña) entre los finalistas, y de Jordi Doce, que según las filtraciones (públicas a través de Facebook), quedó entre los últimos aspirantes al Nacional. Lo hubieran merecido, Como, por ejemplo, Juan Bonilla, José Mateos, Verónica Aranda o María Ángeles Pérez López, por citar autores de libros que he comentado y que también figuraban en la lista. Premios. 

10.10.17

Novedad: antología ilustrada

Está a punto de salir. Se trata de una antología de poemas publicados a lo largo de treinta años que ilustra con sus dibujos de línea clara mi paisano Esteban Navarro y está destinada, en principio, a los lectores más jóvenes. No en vano forma parte de la colección El Pirata (de la Editora Regional de Extremadura), impulsada por el Grupo de Investigación LIJ de la Universidad de Extremadura (que forman los profesores Barcia, Parejo y Soto). Hace el número 4, tras los libros de Espronceda, Ada Salas y Carolina Coronado. Los dos primeros están ilustrados por Fermín Solís y el de la poeta romántica de Almendralejo, por Navarro igualmente. A uno le gusta cómo ha quedado. Por el conseguido trabajo de Navarro, mayormente. Ojalá les agrade también a sus presuntos lectores. De cualquier edad. 


8.10.17

Carta de Ibiza

Salí de clase, comimos algo en casa y antes de las tres ya estábamos camino de Barajas. Dos vuelos, dos destinos. Nuestro hijo Alberto se iba a Sofía, en Bulgaria; nosotros, a Ibiza. Una estancia larga y otra breve. La casualidad quiso que al día se uniera la hora: los dos aviones partieron a las siete y media. Aún con la congoja de la despedida, el vuelo a la isla fue tan corto como plácido. Al llegar, ya era noche cerrada. A las nueve estaba prevista la lectura en el Museo de Arte Contemporáneo (MACE) dentro del VI Ciclo de Lecturas Poéticas 2017. La pericia al volante de Pepita Escandell, que nos esperaba en el aeropuerto, nos permitió llegar con puntualidad a la cita. Si suelo leer deprisa, esa noche más. Demasiadas emociones. Mucha velocidad. A las atinadas palabras del coordinador del ciclo, el poeta y crítico de arte Enrique Juncosa, siguieron mis poemas y las consiguientes claves y acotaciones. Salvo el primero, "Mediterránea", escrito a partir de un comentario personal de Antonio Colinas, que residió durante años en Ibiza, en el que recalcaba el parecido paisajístico entre el norte de Cáceres, mi territorio, y el del interior de la isla, ambos "reinos de la huidiza lagartija", salvo el primero, decía, los poemas que leí pertenecen a mi nuevo libro, aún inédito: El cuarto del siroco. Lo ya publicado está en las librerías y en las bibliotecas (y hasta en internet), de ahí que prefiriera ofrecer una primicia a quienes tuvieron la amabilidad de ir a escucharme un viernes por la noche. Siempre lleva uno a mano la frase de Gamoneda, que nos contó la anécdota. Me refiero a la de saludar a los asistente a las lecturas, la inmensa minoría, con aquello de "distinguido público" y añadir: "y digo distinguido porque os distingo perfectamente a todos". Bromas aparte, tuve la suerte de verme rodeado de no pocas personas en aquella placentera "conversación en la penumbra" (Eliseo Diego dixit), el número habitual en cualquier parte cuando uno no es del exitoso grupo de los marwanes y las sastres. Al terminar mi lectura, por supuesto breve, Juncosa propició un sugerente diálogo que ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir.
Al salir del bonito museo, nos acercamos a cenar. En la mesa redonda de Ca n'Alfredo, Elena Ruiz Sastre -directora del MACE-, Totona Sert -sobrina del arquitecto catalán Josep Lluís Sert y dueña de Sa Totona-, el citado Enrique Juncosa, el poeta ibicenco Ben Clark (que había leído el día anterior), Yolanda, y yo. En medio de una animada conversación (donde no faltó el espinoso asunto catalán), me comí una exquisita rotja (o cabracho), probé unos calamares estofados y, ya al final, apenas di unos bocados al surtido de tradicional repostería ibicenca. Pisamos la habitación del hotel ya de madrugada y el sueño sólo se vio interrumpido, a eso de las cuatro de la mañana, por una típica discusión de pareja en el cuarto de al lado. 
Ben, que participará el año que viene en Centrifugados, nos facilitó un coche para el sábado. No hay mejor plan para visitar una isla que tiene 41 kilómetros de norte a sur y 15 kilómetros de este a oeste, según la informada Wikipedia. Empezamos por Santa Eulària, que atravesamos sin más, y seguimos por Sant Carles de Peralta donde nos topamos, sin previo aviso (íbamos a la aventura), con el mercadillo hippy de Las Dalias. Lo peor, la cantidad de coches y personas que por allí pululaban. Fue un alivio seguir viaje y ver con calma la preciosa iglesia del pueblo. Más tarde nos dirigimos a Es Figueral, frente a la islote de Tagomago, donde nos dimos unos baños. En una tienda nos aprovisionamos de crema solar y toalla. Aguas limpias, plácidas y transparentes que en poco se parecen a las más bravas y saladas que encontramos cada verano en el atlántico y habitual Conil. Por suerte, apenas había gente. No quiero pensar cómo se pone ese coqueto lugar en verano. Después, nos fuimos a comer un arroz estupendo en Cala Boix. Todo a un paso. La tarde se nos fue en recorrer Sant Joan de Labritja, Portinatx (que me encantó, donde tomamos un café mirando al mar), Sant Miquel de Balansat (en fiestas, con una imponente iglesia en lo alto) y otros pueblos que fuimos encontrando por carreteras intrincadas y secundarias que en nada envidian a las de aquí en lo que respecta a las curvas. Lo mejor, el paisaje. Semejante, sí, en muchos aspectos al de la Extremadura del norte. Vimos viñas, zarzas, higueras, almendros y olivos. Algunos surgen entre rocas, como nuestras encinas. También algarrobos y sabinas. Y pinos, muchos pinos. Bosques de pinos que habrían hecho las delicias de Francis Ponge. Y casas emboscadas con piscinas y jardines donde uno se imagina un modesta representación del paraíso. Aunque nunca había estado en Ibiza, ese paisaje era para mí reconocible. Está en los poemas de mis poetas ibicencos preferidos: Marià Villangómez (vi una calle dedicada a él en Sant Miquel, donde más tiempo ejerció la docencia), Antoni Marí, Vicente Valero, Ben Clark... Y Colinas, claro. O W. Benjamin, que no fue poeta, pero que lo parecía. Terminamos la excursión en Sant Antoni de Portmany, que nos decepcionó un poco. Traíamos demasiada naturaleza idílica en la mirada. Ya en la capital (con un número de habitantes censados muy parecido al de Plasencia, por cierto, al que hay que sumar el de los turistas), salimos a dar un paseo por el puerto, que se veía desde nuestro balcón, y a cenar algo en una de las terrazas de la Plaza del Parque, muy animada. Ya nos explicaron lo de "los cierres", esto es, la clausura de la temporada de discotecas. En el Diario de Ibiza vi un suplemento especial dedicado al tema que me dio la verdadera dimensión de ese negocio del ocio. Dentro de poco la ciudad será otra. Y la isla.
El domingo, en el desayuno, la anécdota de 1-O, dizque referéndum. Una señora con una niña pequeña, al pasar delante de la mesa de al lado, le espetó con desprecio a un señor mayor, que había estado comentando en voz alta (imprudente) y con acento andaluz lo que veía en su tableta sobre los acontecimientos de Barcelona: "¡ignorante, ignorante!". Su tono era de insulto. Su cara, un mal poema. A nosotros, que no habíamos dicho ni pío, nos miró también con conmiseración. Es lo que tiene creerse de una casta superior.
Después, un poco desconcertados, de nuevo paseo por el centro (me gustan los lugares con murallas) y vagabundeo por el puerto para ver barcos y yates con dulces promesas de sitios lejanos y de vidas distintas. Y vuelta al aeropuerto, y a Madrid, y a casa. Qué poco dura lo bueno. En fin, algo es algo. Amigos de Ibiza, gracias. Y a la pobre poesía, verdadera culpable de la efímera escapada. 

5.10.17

Sobre la poesía de Louise Glück

Aunque apenas escribo reseñas para el blog y leo a otro ritmo, me sigue costando sacar adelante muchos libros que se amontonan encima de la mesa casera de novedades. Voy haciendo pequeñas pilas con los volúmenes que no siempre, ya digo, menguan según lo esperado. Además, salvo que se imponga un encargo, nunca fuerzo una lectura.
Por Louise Glück (Nueva York, 1943), cuya última entrega llegó el pasado mes de enero, siento una admiración indeclinable y sin embargo... Le he sido fiel desde que su editor español, Manuel Borrás, me recomendara El iris salvaje. Apareció en 2006. Luego he venido comentando aquí los libros que la casa valenciana le ha publicado. Con éste, seis. Praderas (que, por cierto, no hace referencia a las del campo sino a Meadowlands, el antiguo estadio de los Giants) está traducido por el poeta Andrés Catalán (que acaba de publicar la poesía completa de Robert Frost, 868 páginas, y está a punto de sacar la de otro Robert genial: Lowell, 2.000 páginas). No me ha decepcionado. La poesía de Glück fomenta, o eso creo, la perplejidad. Un estado de ánimo, personal e intransferible, que ha contado con un cómplice necesario, justo es recalcarlo: el traductor. Antes que él, también lo fueron quienes nos han acercado al castellano la manera de decir de la autora neoyorkina: Gragera, Chirinos, Rosenberg y Peyrou. Muñoz Molina, tan amigo de la poesía ultramarina del norte (Simic, Ashbery), ya está tardando en descubrírnosla en una de sus columnas de Babelia, o lo mismo ya lo ha hecho y no me he enterado. 
Los poemas de Praderas siguen un patrón. Relacionado con los personajes odiseicos de Penélope y Telémaco, sobre todo, si bien no faltan las figuras de Ulises (aquí Odiseo) y Circe; y por las "parábolas" que contiene. Algunas tan logradas como la de los cisnes ("mientras / el macho creía que el amor / es lo que uno siente en su corazón / la hembra creía / que el amor es lo que uno hace"), el vuelo o el regalo.
A Telémaco le dedica numerosos poemas. Alude en ellos (desde el título) a su desapego, sus remordimientos, su bondad, su dilema, su fantasía y su confesión. De Penélope resalta su terquedad. Más allá de este tipo de poemas escritos mediante el recurso del monólogo dramático (habla de ellos, pero también de ella), destacaría los que dedica al amor y al desamor, al matrimonio y a la pareja. Como "Puerto deportivo", El deseo más sincero", "El deseo" ("Pedí lo que pido siempre. / Pedí poder escribir otro poema") o "El sueño". No falta la sutil ironía marca de la casa y cierto, sereno desgarro. Todo, claro, desde la elegancia que caracteriza a esta mujer. Y la inteligencia. En "Nostos" leemos: "Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria". En "Parábola de la paloma": "cambia de forma y cambiarás de naturaleza. / Y esto es lo que nos hace el tiempo". Y en el precioso "Mañana lluviosa": "Todos podemos escribir sobre el sufrimiento / con los ojos cerrados".
El tono conversacional, incluso con fragmentos dialogados, dota a estos versos de esa genuina naturalidad a que nos tiene acostumbrada la mejor poesía estadounidense.
Los libros de Glück despiertan en uno la inmediata necesidad de relectura. Porque soy consciente de que a la primera no agotan su potencial poético y porque su poesía es, en mi caso al menos, adictiva.  Puede que por eso le perdone lo que tiene de oficio. Sus temas reiterados y la repetición de metáforas, ritmos y estructuras: el taller. Como bien dice su traductor: "Eso no quita para que pocos tengan la agudeza (y a la vez, delicadeza) de análisis psicológico que tiene ella. Aún así, creo que tiene cosas provechosas para un lector/poeta/tradición español(a): esa forma de construir el relato de una experiencia a base de destellos y puntos de vistas diferentes, sin caer en lo puramente narrativo ni lo puramente lírico (o precisamente porque cae en las dos a la vez), me parece algo de lo que podríamos aprender".
Si no tiene formada una opinión, lo tiene fácil.


3.10.17

JRJ


Historias
Juan Ramón Jiménez
Ed. de Rocío Fernández Berrocal.
Fundación José Manuel Lara. Vandalia. Sevilla, 2017. 240 páginas y 8 láminas.

La Obra (así, con mayúscula) de JRJ es un pozo sin fondo. Su vida, otro tanto. ¿Cómo separar  una de otra? Una vida, por cierto, dedicada en exclusiva y con fervor a aquella. A escribirla y a pulirla, sometiéndola a una corrección reiterada y obsesiva (“corregir es revivir”). Obra en marcha. Poemas “abiertos”. A pesar de que publicó mucho, “su obra lo sobrepasó” y sigue siendo imposible hablar a estas alturas de “obra completa”. Sí, son numerosos los manuscritos aún pendientes de edición y esos originales ni siquiera se han terminado de catalogar. Con todo, poco a poco, con el rigor que el Nobel hubiera exigido, ven la luz algunos proyectos de esos libros que dejó en carpetas. Este, uno de tantos, compuesto o “reconstruido” a partir de la depositada en la Sala Zenobia-JRJ de la Universidad de Puerto Rico y otros materiales del Archivo Histórico Nacional, fue escrito entre 1909 y 1912, revisado en 1921, cuando lo dio por concluido. La ejemplar edición, el extenso y minucioso prólogo, así como las notas y los apéndices, las fuentes y las variantes, tienen la firma de Rocío Fernández Berrocal. Se publica en la misma colección que Por obra del instante. Entrevistas, otra delicia juanramoniana, con la colaboración de dos instituciones catalanas: la Fundación Sabadell y el Fondo Antonio López Lamadrid. Cuando parece que el poeta abandona por fin el purgatorio al que este país anómalo le había condenado.
Consta de 61 textos de los cuales 27 son inéditos. Está escrito en su época preferida: “cantora, sencilla pero completa, de verdadera poesía natural, directa”, le confesó a Guerrero Ruiz. La de Platero y yo, con el que tiene tantas concomitancias. La que termina conDiario de un poeta recién casado, un hito de la moderna poesía española. La que empieza al volver (nostálgico de Andalucía, cansado de Madrid y en plena decadencia económica familiar) a Moguer, el centro de su mundo. Su paisaje. Un periodo de gran intensidad creativa en el que publica los ocho “libros amarillos”. Allí se retira. Son siete “años de soledad y silencio”, según Fernández. “Soñando bajo un pino”, matiza JR. En plena encrucijada, entre tresismos: el Romanticismo (que se va), el Modernismo (que permanece) y el Simbolismo (que llega). A favor de una poesía definitivamente “pura”. Honda y exacta. De raíz popular. Hacia sí mismo: “Usted va por dentro”, le dijo Rubén Darío.
Consta de cuatro secciones. La primera, «Historias para niños sin corazón», da cuenta de la predilección del poeta por los niños. Por “lo más puro”. En la infancia (“edad de oro”, Novalis dixit). Por los débiles, discapacitados y sufrientes. Son poemas escritos desde la compasión, al amor del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y su “pedagogía íntima” (Giner de los Ríos). Qué bien irían, ay, en los libros de Lengua de Primaria.
La segunda, «Otras marinas de ensueño», reúne treinta poemas inspirados en el mar de la Bahía de Cádiz (“hacia el sur infinito”) y el de Arcachon. La del colegio y la del sanatorio, dos estancias fundamentales en su biografía. (Cinco de ellas fueron publicadas en El Cultural en 2008.) Brilla aquí el poeta elegíaco que siempre fue. El melancólico. El musical a lo Verlaine: cosa de oído. Un maestro en lo métrico y en lo estrófico.
«La niña muerta» es el corazón de este libro sentimental. Versos dedicados a su sobrina María Pepa, que falleció a los 26 meses de vida. Al fondo, uno de sus temas eternos: el de la muerte. Desde la de su padre. La emoción es aquí, con la debida naturalidad, sublime: “Yo la tuve cojida por la mano…”
«El tren lejano», por fin, refleja al poeta viajero. El que va en tren a Sevilla y al del viaje interior, el de verdad. “¡Qué cerca está lo lejos!”.
Por “actual, vivo, eterno”, JRJ es, tal su propia definición, un clásico. Este libro vuelve a acreditarlo.

Nota: Esta reseña se publicó el pasado viernes, 29 de septiembre, en El Cultural.

2.10.17

Gomá dixit

Serrano Arce/ABC
Javier Gomá, autor de Inconsolable, escribió hace unos meses una carta a sus hijos en una sección que me gusta, Carta blanca, de El País Semanal. Una carta póstuma, cabe añadir. Al principio leemos: "He sido vuestro padre mientras vivía y no tengo intención de dejar de serlo ahora solo porque haya muerto. La paternidad no declina, ni siquiera por la circunstancia de la muerte. Aunque naturalmente muta y estas líneas son para explicar ese cambio". Y ya al final: "¿Que cómo pretendo que esta carta no sea leída hasta después de mi muerte si ya ha salido publicada en un periódico global? Porque, entre las lecciones de vida que he transmitido a mis hijos, está la de leer solo por placer. Y he observado que tienen la sana costumbre de no leerme". (Lo que a uno, por cierto, le tranquiliza.)
En otro sitio ha dicho algo también muy sensato: "Cuando se escribe, hay que ir ya llorado". Me refiero a su conversación con Borja Hermoso publicada en El País. Y ayer mismo, aciago día, cuando Luz Sánchez-Mellado, también en el periódico madrileño, le preguntaba cuál es la palabra del siglo XXI, el filósofo y muchas cosas más respondía: "Elegancia, porque hoy no se trata sólo de ser libres sino de elegir bien. Y eso es la elegancia". 

26.9.17

Apostilla

"La pecera", de Herbert List
Sí, conviene añadir una acotación a la entrada de ayer. "¿Y Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Jaime Gil de Biedma?", me preguntaba una lectora y amiga después de leer "De poética política". Como me refería a la poesía catalana, di por hecho que era la escrita en catalán, cuando lo justo y necesario es recordar también a los poetas catalanes en lengua castellana o española. Siempre. No lo son menos. Sin embargo, han sido los excluidos permanentes. Por ser, claro, más españolistas que los muertos que citaba ayer. Y eso que la peor parte se la llevan los vivos. Alguno de estos ha firmado el manifiesto '1-O Estafa Antidemocrática'. La aclaración, ya digo, tal vez sea pertinente. 

25.9.17

De poética política

Pensaba uno ayer, mientras daba el paseo, que estos energúmenos de fe independentista y cerril, anticosmopolitas de raíz, dizque de izquierdas (a favor de las fronteras, no de la Internacional), pero más tradicionales que la barretina y los castells, no serán capaces de hacer que uno abjure de la amada poesía catalana ni de sus admirados y admirables poetas. Por separatistas que fueran o sean. A pesar de que acaben declarándola suya y sólo suya, como todo. Ellos podrán vivir sin leer a "españolistas" como Machado o Garcilaso. Uno, sin embargo, no puede renunciar a los versos de Espriu, Foix, Manent, Riba o Vinyoli, por hablar sólo de muertos. Sí, algunos, por suerte, no estamos ciegos. De odio, mayormente.

Si hay un término que me gusta es el que acuñó el profesor y crítico Ángel L. Prieto de Paula para referirse a los poetas de mi generación, los "de la democracia". Sí, de pocas cosas se siente uno más orgulloso que la de pertenecer a ese nutrido grupo de españoles que publican sus primeros libros en libertad. De expresión, sobre todo. De ahí que me moleste tanto que algunos (podemitas y catalanistas, entre otros) usen con desprecio lo de "régimen del 78". Como si no se hubieran beneficiado de ese hito histórico. Qué sería de ellos, de nosotros, sin la denostada Transición y sus fructíferas consecuencias. Ay.

Lo dice en su último libro el poeta argentino Pablo Anadón: "la patria, esa nostalgia". 

20.9.17

Cosas que no entiendo

Que Pedro Sánchez haya fichado a Iván Redondo, Chief Executive Officer and Political Consultant Redondo & Asociados Public Affairs Firm; vamos, el gurú que llevó al poder al PP extremeño de la mano de Monago y de cuyo gobierno formó parte. Es, además, un movido tertuliano televisivo.
Se le atribuyen ideas que se materializaron en numerosos despropósitos y extravagancias protagonizadas por el líder popular. Vara no da crédito. Valentín García cree que es un error. Alonso de la Torre le saca punta a la noticia a ritmo de rap.

Que, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito estatal (por ejemplo en los Premios Nacionales o el Cervantes o, aquí, cuando los Premios Extremadura a la Creación) y en el resto del mundo autonómico, la entrega de las máximas condecoraciones de la Comunidad extremeña no sea un acto íntimo, sencillo y solemne, sino un evento bastante populachero, rebuscadillo y ruidoso donde al público se le anima a comportarse, digamos, como en el fútbol.
Tampoco comprendo que cada año se estrene en ese espectáculo una versión distinta del himno regional, a cada cual más pintoresca. ¿Pasa en otros lugares?

Que la poetisa de moda, nuestra salvación lírica, participe en el Hay Festival de Segovia, un foro, o eso creía este ingenuo, de excelencia, alta literatura y pensamiento. Sugiero que a partir de ahora la cosa se denomine Ay, Festival.

Que siga sin llover, querido Pablo. A cántaros.

De lo de Cataluña, ¿qué entiende uno?

Nota: La ilustración es de J. R. Goodwin.

19.9.17

De El Cultural

Piedad Bonnett
Lumen, Barcelona, 2016. 488 páginas. 

Visor, Madrid, 2017. 56 páginas. 

La colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), autora de novelas, ensayos y obras de teatro, es una poeta de sobra reconocida en el panorama de la poesía hispanoamericana. Sus últimos libros están publicados en España, donde ha obtenido los premios Casa de América y Generación del 27, por Los habitados. Pertenece a una larga estirpe de mujeres que desde ultramar han enriquecido la lírica de nuestro idioma. Es lo que vienen a demostrar las casi quinientas páginas de versos, sin prólogo ni anotación alguna, reunidas en este volumen, pertenecientes a sus libros: De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996), Todos los amantes son guerreros, (1998), Las tretas del débil (2004), Lección de anatomía (2006), Las herencias (2008) y Explicaciones no pedidas (2011).
A pesar del amplio periodo de tiempo que abarca y del marcado carácter sentencioso de sus poemas más recientes, la poesía de Bonnett mantiene un tono uniforme, de línea clara (a lo Larkin), y abunda en los mismos temas u obsesiones: el paso del tiempo (de aire machadiano), la infancia, su familia (padre, madre, abuela, hermana e hijos) y la casa (el ámbito doméstico de esas relaciones), el amor (y el inevitable desamor), el miedo (y la noche), el dolor (“qué hacer con el dolor dónde ponerlo”), la enfermedad y la muerte (“Apelación”)... En este sentido, el libro (de libros, pero único) carece de rupturas significativas, algo que el lector aprecia a medida que avanza por la autobiografía de su autora (“la suma de lo que ahora eres”) que, en tanto que mujer, no esconde ni artistiza sentimientos o situaciones, sino que las describe de modo directo, atendiendo a lo que su maestro Eliseo Diego definiera como “conversación en la penumbra”, esa manera de decir en voz baja y en tono confidencial, con una naturalidad que acentúa su esencial vitalismo.
De lo cotidiano y sus azares, del urbano, real (y mágico) transcurrir diario, es de donde bebe la poesía intuitiva pero exacta de Bonnett; que es, ante todo, una forma de mirar. Todo comienza en la mirada. Y, claro está, sigue por el lenguaje (“la poesía viene y reside en el lenguaje”, ha dicho). Sin ser complicada, algo le debe su sintaxis a la atenta lectura de César Vallejo. La sutileza recuerda a Blanca Varela. El ritmo narrativo, tan detallista y fotográfico, es propio de una lectora de Proust.
El cuerpo, lo anatómico, están muy presentes, y, ya ahí, el sexo y el erotismo. Como, pues que de experiencia hablamos, la violencia de su país natal.
Un hecho luctuoso, el suicidio de su hijo Daniel en Nueva York a los 28 años, está en el origen de su novela Lo que no tiene nombre, pero es también la sustancia de Los habitados. Lo primero que llama la atención, sobre todo en los poemas de la primera parte, es el lenguaje, que cambia para adaptarse a la tragedia que se ha de expresar. Es hipnótico, lleno de metáforas, onírico. “Todo es adentro aquí”, leemos. En esta “oscuridad de pozo” donde el miedo, la noche y la locura sobrevuelan por encima del diálogo entre madre e hijo. En “Noticias de casa”, la segunda parte, dedicado a su memoria, vuelve a él. Al niño, a su maleta, a sus manos (“Yo sabía tus manos de memoria”), a la cocina (que “puede ser un mundo”), al aniversario, a “la cicatriz”, al último instante (“Quién vio lo que no vi”). “Ahora que ya no / ahora que nada”. Pide, por fin, al dolor “que persevere”: “Para que no te mueras doblemente”.

Luis Arturo Guichard
Hiperión, Madrid, 2017. 78 páginas. 

Guichard, mexicano de 1973, profesor en Salamanca, traductor del griego y ensayista, ha reunido su poesía publicada hasta 2012 en Una fe provisional y Realidad y márgenes.
“¿A dónde va aquello que olvidamos?”, se pregunta Eduardo Chirinos en uno de los epígrafes iniciales de este libro. En otro, del diario médico de Alzheimer, se alude a la enfermedad que padece su madre, protagonista de una obra donde, aunque el olvido y las pérdidas sean lo central, el poeta aborda problemas que tienen que ver con la propia vida de quien escribe. Lo especifico porque acerca de la escritura se reflexiona no poco en estos poemas de tono coloquial (con toques de humor y, claro, de tristeza) que forcejean, digamos, entre el versículo y la prosa.
A pesar de sus continuas referencias literarias, destaca la imaginación, tanto en lo que a las imágenes (“Todo sucede a imagen y semejanza de la mirada”) y metáforas se refiere (como la del “jardín cerrado” del famoso cuadro de El Bosco), cuanto la verbal, por más que evite el aspaviento; así, cuando califica a su madre de “limbeña”. La memoria también tiene aquí mucha importancia, en especial la familiar; la infantil del niño que fue. 

Nota: Las reseñas de los libros de Bonnett y Guichard se publicaron en El Cultural el pasado viernes 15 de septiembre.

18.9.17

Del FCE

Lleva uno muchos años admirando a esta editorial mexicana, Fondo de Cultura Económica, por los libros que publica (su extensísimo catálogo está lleno de joyas) y por lo bien que lo hace. Su historia se remonta a 1934 y desde 1963 existe FCE España. Por cierto, su labor no se limita a la impresión de libros y en sus librerías se organizan numerosas actividades que van de conferencias a talleres, de simposios a clubes de lectura. Con especial atención a niños y jóvenes, cabe precisar.
De su fondo, me han llamado la atención tres libros recientes.

Escribir y borrar. Antología esencial. 1994-2016, de Ada Salas (Cáceres, 1965), con prólogo de José Luis Rozas, hijo del añorado profesor de la poeta que, por cierto, dio nombre al premio que facilitó la edición de su primer libro, el único del que no se incluyen versos. Una introducción muy bien tramada, propia de alguien que, además de filología, conoce muy bien esta obra y a su autora. De acierto cabe también calificar que a los poemas se sumen unas enjundiosas páginas con textos donde Salas intenta explicar el misterio a través de su poética y donde los lectores encontramos iluminaciones y descubrimientos que nos ayudan a ahondar en su sentido. 
Complementa muy bien esta lectura otra antología de la cacereña titulada Ada Salas. La publica la Editora Regional de Extremadura en su nueva colección El Pirata (del Grupo de Investigación LIJ de la Universidad extremeña: Soto, Parejo y Barcia) con ilustraciones de su paisano Fermín Solís. Suma y sigue. 

El poeta Jesús Aguado (Madrid, 1961es el editor y traductor de ¿En que estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India, siglos V-XIX. Estamos ante una obra mayor, de un calado que supera con creces lo meramente religioso. Aunque no es la primera vez que Aguado publica textos de este tenor, estamos ente la ocasión definitiva y el volumen se va a casi quinientas páginas. En total, 368 poemas -de variada extensión- de 91 autores que vivieron a lo largo de 14 siglos. Aunque el autor reconoce que tiene por escribir un ensayo sobre este tipo de poesía, aquí lo que encontramos son versos y nada nos distrae del gusto de leerlos. Poemas de poetas muy diferentes con creencias distintas y en lenguas diversas. 

Para despistados como yo que no se hicieron en su día con este libro, el Fondo reimprime por quinta vez, tras dos ediciones, Poesía no completa, de Wisława Szymborska, Premio Nobel en 1996, en traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia y breve texto introductorio de Elena Poniatowska. He vuelto a releer toda su poesía (para un artículo destinado al número extraordinario que la revista Turia va a dedicarle) y me reafirmo en mi primera idea, la que obtuve tras la lectura de sus primeros poemas vertidos a nuestra lengua gracias a la estela de Nobel: estamos ante una poesía mayor por más que su apariencia sea, digamos, menor. Para comprobarlo, basta con internarse confiado en este ameno bosque de palabras que se nos ofrece en esta esmerada, bonita edición. 

16.9.17

Por la tierra oscura

No soy amigo de los libros grandes, lujosos, editados espléndidamente en caro papel cuché o en cualquier otro de calidad semejante. Los que mezclan fotografías y textos, por ejemplo. Me resultan incómodos de manejar por sus dimensiones y el excesivo peso. No se pueden sacar de casa. Su fin suele ser el regalo. A las instituciones les encantan. Recuerdo un caso reciente donde, como suele ocurrir, el gasto no compensaba el resultado. Libros de encargo con textos previsibles e insustanciales, de relleno. Cuando son catálogos de exposiciones, la cosa a veces cambia. De una surge el que tengo delante, publicado por la Diputación de Soria, donde se reúnen, en perfecto equilibrio, la sugerente obra del fotógrafo Alejandro Plaza y la acerada poesía del también soriano Fermín Herrero, ganador del último Premio de la Crítica y ya veremos, suele haber dobletes, si del Nacional. Nada de lo dicho anteriormente sirve para este volumen. Por la tierra oscura. Belleza y tiempo es su título, palabras al amor de Virgilio y de Dante. Más allá de la maquetación y del diseño (un acierto de Lola Gómez Redondo), de sus amplias dimensiones, la sobriedad castellana es aquí ley y brilla por encima de cualquier otra consideración. Porque las fotografías son en blanco y negro (para mi gusto, las mejores) y porque los poemas son sustanciales y necesarios, como los que contiene cualquier otro libro de Herrero, un virtuoso de la poesía, digamos, natural. Al fondo, el norte de Soria. La Sierra. Las personas y el paisaje. Una forma de ser que se traduce en dos maneras genuinas de mirar y de escribir. La memoria y, todavía, la visión. De un mundo que o ha desaparecido (y que rescatan los versos herrerianos) o está a punto de hacerlo (pero que permanece en el objetivo de Plaza). Allí, sí, la belleza y el tiempo. 
En mente, y a debida distancia, dos libros mayores: Elogiemos ahora a hombres famosos, el de James Agee sobre fotos de aparceros de Alabama de Walker Evans durante la Depresión y Otra manera de contar, el de John Berger sobre fotos de Jean Mohr de campesinos de la Saboya.
Las imágenes, insisto, son hermosísimas (aquí texto y fotos se justifican por sí mismos), con un singular aire de época. Así, los retratos de muchachas. Una atmósfera que captan los breves poemas de Herrero (joven entonces), la mayor parte de cuatro versos, al modo de los jué jù chinos, según nos cuenta su autor. Entre el gozo, la nostalgia y la melancolía. Para muestra...

La rojiza aspereza del adobe
guarda la claridad hasta la entraña,
tiene muy buena encarnadura
para cicatrizar la sombra, las heridas.

No hay mirada sin barda
ni lontananza que no escape
a la pupila. No puede decirse
lo mismo del futuro, nos conoce. 


11.9.17

Paul Auster dixit

«Empecé a escribir con nueve años, poemas sin ningún valor, obviamente, pero que indican algo importante: la poesía ha sido siempre una presencia fundamental en mi vida». Son palabras de Paul Auster en su entrevista con el escritor Eduardo Lago que publicó recientemente Babelia.
«Cuando se le pregunta por los novelistas norteamericanos activos durante sus años de formación, Paul Auster vuelve a hacer una reivindicación contundente de la poesía: “No me interesaban, sólo me atraían los poetas. Durante mi adolescencia, la poesía estadounidense atravesaba una verdadera edad de oro. Le podría citar infinidad de nombres: Robert Creeley, Charles Olson, Robert Duncan, George Oppen, Louis Zukovski, W. S. Merwin, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, Theodore Roethke, Sylvia Plath. Y sólo estoy rascando la superficie, la lista es infinita”. 
Paul Auster no buscaba en la poesía un vehículo para expresarse como creador. Aunque publicó libros de poemas, siempre fue consciente de sus limitaciones».
Termina: «“Durante mucho tiempo viví con el fantasma de la muerte súbita, pero ya lo he superado”. La poesía, una vez más, acude en su ayuda a la hora de explicar el enigma de la vida cuando, sin saber cómo, quien la ha vivido de pronto vislumbra el final. Auster ha citado muchas veces un verso de George Oppen sobre la vejez que reza: “Qué extraño que a un niño le pase una cosa así”».

8.9.17

Pobre cultura

"Desde que las universidades funcionan como empresas y las administraciones explican el resultado de sus programaciones sólo con números, las calculadoras han sustituido a las ideas en el ámbito de la cultura. No sé si sería capaz de explicarle a políticos que sólo leen dosieres de partido de qué estamos hablando. Y no sé dónde podría hacerlo, porque salvo contadísimas excepciones, jamás los veo en actos literarios, teatros o salas de exposiciones. Jamás". Esto dice el gaditano Alejandro Luque, acreditado periodista cultural y escritor, en una entrevista que publicó aquí atrás Diario de Sevilla con motivo de la publicación de su libro Raíces y puntas. Llegué a ella tras leer un artículo de Alberto González Troyano que tampoco tiene desperdicio: "La gran ausente", un texto que me recomendó Miguel Ángel Lama. Sí, Troyano se refiere a la cultura. Allí leemos: "para esos políticos que piensan que la cultura no pasa de ser un adorno o una industria que debe ser rentable, conviene recordarles el reciente ejemplo francés, en el que presidente y primer ministro tienen una buena serie de libros publicados en su haber, sin olvidar que su ministra de Cultura era directora de una prestigiosa editorial. En algo han contribuido estos "adornos" a la buena expectación causada por estos personajes, tan librescos, entre sus votantes". Y: "Por desgracia, por estas tierras existen pocas fundaciones, instituciones y mecenazgos de índole privada, por ello cualquier iniciativa de cierta envergadura depende de la Junta, que contempla con recelo propuestas que den un cierto vuelo a la sociedad civil". Esto último me suena, aunque no viva uno en Andalucía. 

6.9.17

¿Cuándo se jodió la cultura en Extremadura?

No sabría uno qué responder a la famosa pregunta que se formulaba Zavalita en la celebrada novela de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral, la de ¿en qué momento se jodió el Perú?”. Sí creo, sin embargo, tener la respuesta a la que da título (perdón por el exabrupto) a esta reflexión. Sí, porque aquí cultura hubo, como nunca hasta entonces, tras siglos de incuria, atraso y analfabetismo, a la altura de la de cualquier Comunidad Autónoma de este país llamado España. Eso fue en torno al cambio de siglo y de milenio, tras la aprobación de nuestro Estatuto, cuando al lector Rodríguez Ibarra le pedían los primeros alcaldes democráticos agua y bibliotecas. La cultura pasó a ser una prioridad. Un  asunto central, digamos. Parte esencial de nuestra razón de ser, de eso que otros prefieren denominar nuestra marca. Estaba en la política de la Presidencia de la Junta y, en consecuencia, de sus sucesivos gobiernos. Para eso se creó una Consejería ad hoc y se puso al frente, en distintas legislaturas, a personas consecuentes, formadas y con criterio. Veníamos de una noche oscura y algunos ciudadanos de la sociedad civil (que procedían de asociaciones y otras entidades), con la imprescindible ayuda de la administración pública (ay, dichosas subvenciones), lograron levantar casi de la nada un puñado de iniciativas que conformaron, hasta un punto inimaginable, eso que podríamos denominar, no sin reservas (la cultura es por definición universal), una suerte de ilustración extremeña. Modesta e intempestiva, sea, pero eso al fin y al cabo. Si nos centramos en la literatura, autores, editoriales, bibliotecas, premios, aulas y talleres literarios mostraron al resto las obras realizadas por extremeños (residentes aquí o fuera) y por personas vinculadas a esta tierra. A través de ellas nos dimos a conocer y, no menos importante, conocimos. El viaje fue de ida y vuelta. Rompíamos por fin nuestras antiguas murallas, las que nos habían mantenido al margen de todo cuanto acontecía en la cultura española. Nos poníamos, por fin, a la hora de España. Pero esto, di a entender antes, se jodió. ¿En qué momento? Para mí que con la llegada a la presidencia de la Junta de Fernández Vara (un forense en la inopia cultural), una debacle que contribuyeron a agudizar la crisis y su interminable secuela de recortes (la cultura, ya se sabe, pasó a ser considerada un lujo) y el breve gobierno del PP, con el extravagante Monago al frente. Destartalada aquella solvente maquinaria (a golpe, por ejemplo, de nefastos nombramientos, en lo que a Vara respecta, y a la desidia de los populares, proclives a los fuegos de artificio y a los fastos teatrales), pensó uno en su ingenuidad, o en su más absoluta ignorancia, que la llegada de nuevo al poder regional, en otras circunstancias, de los socialistas y de Vara podría resucitar la mencionada cultura, la de antaño, aunque tan próxima. No obstante, mediada ya la legislatura, se da uno cuenta de la evidencia: aquellas golondrinas, definitivamente, no volverán. O no con él. Ni con ellos. Por no tener, ni Consejería existe. Para seguir, apenas si malviven algunas de las empresas que lograron dotarnos de una dignidad merecida y nunca alcanzada: las Aulas de la Asociación de Escritores, la Editora, el Plan de Fomento de la Lectura, la red bibliotecaria y de clubes de lectura… En la iniciativa privada no están mucho mejor las cosas: la pobreza, tal vez, nuestro viejo problema. Con todo, se han sumado al empeño, pongo por caso, editoriales como Ediciones Liliputienses, que organiza en Plasencia el encuentro literario Centrifugados, y librerías como La Puerta de Tannhäuser, placentina también y Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Más allá del desprecio institucional a la cultura y a sus agentes, está, claro, la apatía del común, la maldita indolencia de siempre, uno de nuestros principales pecados capitales. Entre el agudo silencio de los que han huido y el sonoro de cuantos permanecen… Es verdad, no se me acuse de derrotista ni de nostálgico, que siguen publicándose libros dignos, aumentando a duras penas los índices de lectura, organizándose actividades que impulsan la literatura en bibliotecas y librerías…  No puedo olvidar un hecho histórico reciente: la presentación en el MEIAC de Badajoz del número extraordinario de la prestigiosa revista Turia dedicado a Luis Landero y, de paso, a nuestra pequeña literatura y a sus escritores, de los que no deja de ser el mejor representante, por él, por Juegos de la edad tardía, empezó acaso nuestra redención. También hay, en fin, ayuntamientos implicados, como el placentino o el de Ribera del Fresno (lo urbano y lo rural), y las Diputaciones siguen tirando del carro. Alguna Fundación... Hasta la Universidad mantiene encendida su propia llama. No como la que iluminó durante algunas décadas esta angosta esquina de la tierra, que diría Cavafis, donde unos cuantos ilusos vislumbramos la salida definitiva de ese penoso túnel llamado incultura, un término por desgracia inseparable de la palabra Extremadura y de los sufridos extremeños. Traigo, para terminar, una prueba definitiva de esa triste deriva a la que me vengo refiriendo. La entrega a Pepe Extremadura de la máxima condecoración de la Comunidad, una de nuestras devaluadas Medallas, algo que resulta más incoherente y hasta sangrante cuando advertimos que entre los propuestos estaba el narrador y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal, autor de una de las obras más rigurosas, significativas y respetadas del panorama nacional. Se ve a las claras que nuestras autoridades prefieren la frivolidad a la excelencia. Pierde la cultura. Perdemos todos.

Nota: Este artículo se ha publicado en la sección Tribuna del diario HOY.

30.8.17

Agamben dixit

Pepe Durán/El País
"Al entrevistador que le pregunta «¿qué queda para usted de la Alemania en la que nació y creció?», Hannah Arendt responde «queda la lengua». Pero ¿qué es una lengua como resto, una lengua que sobrevive al mundo del cual era una expresión? Y ¿qué nos queda, cuando nos queda solamente la lengua? ¿Una lengua que parece no tener ya nada que decir y que, sin embargo, obstinadamente queda y resiste y de la cual no podemos separarnos? Me gustaría responder: es la poesía. ¿Qué es, de hecho, la poesía, sino aquello que queda de la lengua después de que han sido desactivadas una a una sus funciones comunicativas e informativas normales? Recuerdo que Ingeborg Bachmann me dijo una vez que no era capaz de ir a la carnicería y preguntar: «me da un kilo de filetes». No creo que quisiera decir que la lengua de la poesía es una lengua más pura, que se encuentra más allá de la lengua que usamos en la carnicería o para los otros usos cotidianos. Creo más bien que la lengua de la poesía es lo indestructible que queda y resiste a todas las manipulaciones y a todas las corrupciones, la lengua que queda también después del uso que hacemos de ella en los SMS y en los tweets, la lengua que puede ser infinitamente destruida y que sin embargo permanece, del mismo modo en que alguien escribió que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido. Esta lengua que queda, esta lengua de la poesía —que también es, yo creo, la lengua de la filosofía— tiene que ver con aquello que, en la lengua, no dice, sino que llama. Es decir, con el nombre. La poesía y el pensamiento atraviesan la lengua en dirección a los nombres, a ese elemento de la lengua que no discurre y no informa, que no dice algo de algo, sino que nombra y llama. Un breve texto que Italo Calvino solía dedicar a sus amigos como su «testamento espiritual» se cierra con una serie de frases recortadas y casi jadeantes: «tema de la memoria —memoria perdida— conservar y perder aquello que se ha perdido —aquello que no se ha tenido— aquello que se ha tenido con retraso —aquello que llevamos con nosotros— aquello que no nos pertenece…». Yo creo que la lengua de la poesía, la lengua que queda y llama, llama justamente aquello que se pierde. Ustedes saben que, tanto en la vida individual como en aquella colectiva, la masa de las cosas que se pierden, el exceso de los acontecimientos ínfimos, imperceptibles, que todos los días olvidamos es a tal punto exterminado que ningún archivo y ninguna memoria podrían contenerlos. Aquello que queda, aquella parte de la lengua y de la vida que salvamos de la ruina, tiene sentido sólo si tiene que ver íntimamente con lo perdido, si existe de algún modo para él, si lo llama por medio de nombres y responde en su nombre. La lengua de la poesía, la lengua que queda nos es querida y preciosa, porque llama lo que se pierde. Porque aquello que se pierde es de Dios". Giorgio Agamben, «Qué queda?». 
(En el blog Artillería inmanente se nos explica que estas notas reproducen partes de una intervención del pensador italiano en el Salone del Libro de Turín el pasado 20 de mayo de 2017 y que está tomado de la publicación de la columna de Agamben en la página de Quodlibet, con el título «Che cosa resta?», del 13 de junio de 2017.)

11.8.17

"Tánger"













                                  A D. Alfonso Maseras

La hélice deja de latir;
así las casas no se vuelan,
como una bandada de gaviotas.

Erizadas de manos y de brazos
que emergen de unas mangas enormes,
las barcas de los nativos nos abordan
para que, en alaridos de gorila,
ellos irrumpan en cubierta
y emprendan con fardos y valijas
un partido de “rugby”.

Sobre el muelle de desembarco,
que, desde lejos,
es un parral rebosante de uvas negras,
los hombres, al hablar,
hacen los mismos gestos
que si tocaran un “jazz-band”,
y cuando quedan en silencio
provocan la tentación
de echarles una moneda en la tetilla
y hundirles de una trompada el esternón.

Calles que suben,
titubean,
se adelgazan
para poder pasar,
se agachan bajo las casas,
se detienen a tomar sol,
se dan de narices
contra los clavos de las puertas
que les cierran el paso.

¡Calles que muerden los pies
a cuantos no los tienen achatados
por las travesías del desierto!

A caballo en los lomos de sus mamas,
los chicos les taconean la verija
para que no se dejen alcanzar
por los burros que pasan
con las ancas ensangrentadas
de palos y de erres.

Cada ochocientos metros
de mal olor
nos hace “flotar”
de un “upper-cut”.

Fantasmas en zapatillas,
que nos miran con sus ojos desnudos,
las mujeres
entran en zaguanes tan frescos y azulados
que los hubiera firmado Fray Angélico,
se detienen ante las tiendas,
donde los mercaderes,
como en un relicario,
ensayan posturas budescas
entre las nubes tormentosas
de sus pipas de “kiff”.

Con dos ombligos en los ojos
y una telaraña en los sobacos,
los pordioseros petrifican
una mueca de momia;
ululan lamentaciones
con sus labios de perro,
o una quejumbre de “cante hondo”;
inciensan de tragedia las calles
al reproducir sobre los muros
votivas actitudes de estela.

En el pequeño zoco,
las diligencias automóviles,
¡guardabarros con olor a desierto!,
ábrense paso entre una multitud
que negocia en todas las lenguas de Babel,
arroja y abaraja los vocablos
como si fueran clavas,
se los arranca de la boca
como si se extrajera los molares.

Impermeables a cuanto las rodea,
las inglesas pasean en los burros,
sin tan siquiera emocionarse
ante el gesto con que los vendedores
abren sus dos alas de alfombras:
gesto de mariposa enferma
que no puede volar.

Chaquets de cucaracha,
sonrisas bíblicas,
dedos de ave de rapiña,
los judíos realizan la paradoja de vender
el dinero con que los otros compran;
y cargados de leña y de jorobas
los dromedarios arriban
con una escupida de desprecio
hacia esa humanidad que gesticula
hasta con las orejas,
vende hasta las uñas de los pies.

¡Barrio de panaderos
que estudian para diablo!
¡Barrio de zapateros
que al rematar cada puntada
levantan los brazos
en un simulacro de naufragio!
¡Barrio de peluqueros
que mondan las cabezas como papas
y extraen a cada cliente
un vasito de “sherry-brandy” del cogote!

Desde lo alto de los alminares
los almuédanos,
al ver caer el Sol,
instan a lavarse los pies
a los fieles, que acuden
con las cabezas vendadas
cual si los hubieran trepanado.

Y de noche,
cuando la vida de la ciudad
trepa las escaleras de gallinero
de los café-conciertos,
el ritmo entrecortado
de las flautas y del tambor
hieratiza las posturas egipcias
con que los hombres recuéstanse en los muros,
donde penden alfanjes de zarzuela
y el Kaiser abraza en las litografías al Sultán...

En tanto que, al resplandor lunar,
las palmeras que emergen de los techos
semejan arañas fabulosas
colgadas del cielo raso de la noche.


Tánger, mayo, 1923.

Oliverio Girondo, 
Calcomanías, Calpe, Madrid, 1925

El cuadro que ilustra el poema es de Matisse, "La porte de la Casbah".