24.2.16

Carta al padre

En la estela de Kafka, que también escribió al suyo, Jesús Aguado publica en Vandalia, la colección de poesía de la Fundación Lara que dirige el poeta Jacobo Cortines, Carta al padre, uno de los libros, cabe anticipar, más crudos que uno ha leído. Lo mismo que el título, nada sucede aquí por casualidad. Estamos ante algo más que un mero ajuste de cuentas o de una catarsis, aunque lo sea. De asomarse al abismo ha calificado Aguado este viaje. Algo así no se escribe impunemente. Ni a cualquier edad. Hace falta media vida, si no una existencia entera, para ser capaz de poner en negro sobre blanco estas palabras, esta larga carta desgarrada que, sobre todo, da cuenta de una verdad. Antes de entrar en detalles, me gustaría confesar que leí el libro una mañana lluviosa, dentro del coche, en el entorno de la chinata ermita de San Cristobal, mientras sonaba en la radio el "Adiós Nonino" de Astor Piazzolla, y que en un momento dado se me saltaron las lágrimas, un suceso que en raras ocasiones me ha ocurrido durante una lectura. Cualquiera, sí, puede ponerse en su lugar. Bueno, con matices: este libro sólo lo comprenderá cabalmente, en su honda y absoluta complejidad, quien haya sido padre. No basta, según creo, con ser hijo, lo que sí somos todos. Valdría decir que está escrito a tumba abierta.
Con una serie de poemas titulada "Padres" se abre el volumen. Padres, en plural. Porque no habla sólo del suyo, sino de distintas figuras de padres que conoce o imagina. Del mejor al peor. Son poemas mucho más que verosímiles. Ya se aprecia en esos versos la dureza que se acentúa en "Carta al padre", una zona ya descaradamente autobiográfica, con todos los peros que quieran ponerse a tal afirmación. No es ese el debate ahora. La intimidad es aquí un hecho. Más que la mera confesión. Nos habla el testigo y su testimonio, traído a golpe de memoria, es demoledor. "Escribo para que no hayas existido", nos dice. Y evocando a Arreola, "yo era el lugar de tus resurrecciones". Un momento álgido (y magistral) es cuando al final de esta segunda parte logra introducirse en el sueño del padre, como pesadilla. La dureza es total y algún episodio narrado (son poemas en prosa) llena de estupor al que lee (como el de la visita a Petrarca). 
En "Un padre muere" la poesía, adelgazada, apenas en susurros, mínima, reaparece. Son poemas breves sobre el preciso trance de morir y todos, como fragmentos a su imán, comienzan con el verso: "Un padre muere dices digo..."
"Oración por mis padres", donde uno recobra el ánimo, y "Un poema de la tribu Nila de la India cierran, en "Apéndices", este libro que termina así: "Estás muerto, padre, / márchate de nuestras cabezas / y déjanos en paz".
No puedo terminar esta reseña sin señalar que su lectura se complementa a la perfección con otro libro de Jesús Aguado que publica La Isla de Siltolá en su colección Levante: La luna se mueve quieta. Recoge una selección de artículos periodísticos (de La Opinión de Málaga) y las páginas de un diario que giran en torno a la vida de su hija Ada. Ella representa el futuro y la esperanza, gastada palabra que, sin embargo, aflora como contrapunto feliz a la insondable tristeza del libro comentado anteriormente.