12.7.13

Un tono

Hace ahora veintitrés años que Andrés Trapiello inició su magno proyecto Salón de Pasos Perdidos. Una novela en marcha. Dieciocho volúmenes después, bien puede ser calificado como uno de los hitos fundamentales de la literatura española y, acaso, la obra cardinal de su autor.
Miseria y compañía toma su título de un sainete valenciano del siglo XIX de origen incierto. Se adapta bien a la imagen de la cubierta donde vemos “las radiografías del tobillo, tibia y peroné de AT., rotos en un revés (miseria), y los ocho clavos, agujas y alambres que los sujetaron (compañía)”, una peripecia central del libro.
En una reciente entrada de su blog, T. aclaraba por enésima vez a un lector: “está usted leyendo una obra que se presenta como ‘una novela en marcha’, por tanto una obra que se acoge al estatuto de la ficción”. Como dijo Miriam Moreno (la famosa M.) en Vidario (una obra esclarecedora que publicó también por Pre-Textos, la fiel editorial del Spp): “el libro se gesta como diario, pero sale a la luz como novela”. Vuelve T., una y otra vez, sobre ese resbaladizo asunto, que resuelve distinguiendo entre veracidad (propia del periodismo) y verosimilitud (cosa de novelas). 

Fotografía de Rafael Trapiello

Estas páginas, escritas primero a mano en un cuaderno y fijadas, al cabo de unos años, en forma de libro (“hoy es ayer”), corresponden al año 2004, que empezó, como todos, en Las Viñas, el rincón extremeño, y con una anécdota tan sabrosa como las que suelen inaugurar cada tomo, esta vez con una liebre de protagonista. Y una frase: “No te encojas”.
¿Qué pasó además? Pues lo de siempre. El poeta que firmó El mismo libro no puede ser ajeno a esa paradoja de estar siempre escribiendo aparentemente lo mismo –o de lo mismo- pero a costa de sorprender al viejo o nuevo lector con lo que parece –y es– rigurosamente inédito. Ya indicó M. que los temas de estos diarios son unos pocos, aunque se den cita “toda clase de historias”. Y de “vidas ajenas”.
El Rastro, por ejemplo, esas visitas madrugadoras y dominicales en compañía de amigos inseparables como J. M. Bonet en busca de piezas perdidas. O el de los viajes, otro asunto capital. Estable por naturaleza, T. no deja de moverse. En esta ocasión le acompañamos, entre otras, a Bruselas, Brujas, Utrecht, Amsterdam, Múnich, Menorca, Milán, Trujillo (que nunca falta), Barcelona, Valencia, La Coruña, Murcia y a un tour italiano donde recorre, con M., R., y G., algunas ciudades (Vicenza, Verona, Treviso, Venecia) y las maravillosas villas de Palladio.
Son viajes donde, sobre todo si va solo, aparecen sus habituales hipocondrias y melancolías (“donde quiera que va uno, lleva consigo su tristeza”), acentuadas tal vez por la edad, que irrumpe en la cincuentena. Momentos ideales para abordar, desde el humor y la ironía, reflexiones sobre el arte o la literatura (libros, jurados, polémicas), sobre tal pintor o tal escritor (amado u odiado). Gaya (al que dedica, en su luminosa decrepitud, páginas emocionantes), Tàpies (y los artistas “bilingües”), Gimferrer, Chacel, Ferlosio (Cervantes de ese año), Muñoz Rojas, Haro Tecglen (“literatura del puaj”)…
Hay otros momentos claves. Así, la tragedia del 11-M, la guerra de Irak y la boda de Felipe y Leticia (en la que ejerce de cronista para La Vanguardia).

Fotografía de Ignacio Gil
Además de su mujer y de sus hijos, ya mayores, de “madre” (en León), nos visita Manuel, el sensato lagarero, y otros personajes no menos reales: amigos, conocidos, saludados y, para completar a Pla, incluso “evitables”. Y algunas mujeres, como la hermosa gitanilla de Verona o las casuales de Barquillo.
Ese año T. emprendió y culminó la quijotesca aventura de continuar El Quijote, comenzó a publicar en su periódico barcelonés la entrega diaria de lo que acabó siendo El arca de las palabras o fue comisario de una exposición de Solana. Y siguió recorriendo librerías de viejo.
Con todo, lo más importante de Miseria y compañía sigue siendo el lenguaje, en línea con esa “poética de la naturalidad”, como la calificó Jordi Gracia, que deja fascinado al lector. Por la riqueza y variedad de su vocabulario (que lo mismo toma un delicioso arcaísmo que inventa un atinado neologismo), por su plasticidad y precisión, por lo lejos que ha ido, en fin, en ese camino juanramoniano de quien escribe como habla. Unas pocas palabras de T. resumen el sentido de esta obra inmensa: “estos libros son, principalmente, un tono”. Un tono, sí, que es, a su vez, un mundo.

(Nota: Esta reseña ha aparecido publicada en la revista Quimera, número 356-357: julio-agosto de 2013.)