11.8.17

"Tánger"













                                  A D. Alfonso Maseras

La hélice deja de latir;
así las casas no se vuelan,
como una bandada de gaviotas.

Erizadas de manos y de brazos
que emergen de unas mangas enormes,
las barcas de los nativos nos abordan
para que, en alaridos de gorila,
ellos irrumpan en cubierta
y emprendan con fardos y valijas
un partido de “rugby”.

Sobre el muelle de desembarco,
que, desde lejos,
es un parral rebosante de uvas negras,
los hombres, al hablar,
hacen los mismos gestos
que si tocaran un “jazz-band”,
y cuando quedan en silencio
provocan la tentación
de echarles una moneda en la tetilla
y hundirles de una trompada el esternón.

Calles que suben,
titubean,
se adelgazan
para poder pasar,
se agachan bajo las casas,
se detienen a tomar sol,
se dan de narices
contra los clavos de las puertas
que les cierran el paso.

¡Calles que muerden los pies
a cuantos no los tienen achatados
por las travesías del desierto!

A caballo en los lomos de sus mamas,
los chicos les taconean la verija
para que no se dejen alcanzar
por los burros que pasan
con las ancas ensangrentadas
de palos y de erres.

Cada ochocientos metros
de mal olor
nos hace “flotar”
de un “upper-cut”.

Fantasmas en zapatillas,
que nos miran con sus ojos desnudos,
las mujeres
entran en zaguanes tan frescos y azulados
que los hubiera firmado Fray Angélico,
se detienen ante las tiendas,
donde los mercaderes,
como en un relicario,
ensayan posturas budescas
entre las nubes tormentosas
de sus pipas de “kiff”.

Con dos ombligos en los ojos
y una telaraña en los sobacos,
los pordioseros petrifican
una mueca de momia;
ululan lamentaciones
con sus labios de perro,
o una quejumbre de “cante hondo”;
inciensan de tragedia las calles
al reproducir sobre los muros
votivas actitudes de estela.

En el pequeño zoco,
las diligencias automóviles,
¡guardabarros con olor a desierto!,
ábrense paso entre una multitud
que negocia en todas las lenguas de Babel,
arroja y abaraja los vocablos
como si fueran clavas,
se los arranca de la boca
como si se extrajera los molares.

Impermeables a cuanto las rodea,
las inglesas pasean en los burros,
sin tan siquiera emocionarse
ante el gesto con que los vendedores
abren sus dos alas de alfombras:
gesto de mariposa enferma
que no puede volar.

Chaquets de cucaracha,
sonrisas bíblicas,
dedos de ave de rapiña,
los judíos realizan la paradoja de vender
el dinero con que los otros compran;
y cargados de leña y de jorobas
los dromedarios arriban
con una escupida de desprecio
hacia esa humanidad que gesticula
hasta con las orejas,
vende hasta las uñas de los pies.

¡Barrio de panaderos
que estudian para diablo!
¡Barrio de zapateros
que al rematar cada puntada
levantan los brazos
en un simulacro de naufragio!
¡Barrio de peluqueros
que mondan las cabezas como papas
y extraen a cada cliente
un vasito de “sherry-brandy” del cogote!

Desde lo alto de los alminares
los almuédanos,
al ver caer el Sol,
instan a lavarse los pies
a los fieles, que acuden
con las cabezas vendadas
cual si los hubieran trepanado.

Y de noche,
cuando la vida de la ciudad
trepa las escaleras de gallinero
de los café-conciertos,
el ritmo entrecortado
de las flautas y del tambor
hieratiza las posturas egipcias
con que los hombres recuéstanse en los muros,
donde penden alfanjes de zarzuela
y el Kaiser abraza en las litografías al Sultán...

En tanto que, al resplandor lunar,
las palmeras que emergen de los techos
semejan arañas fabulosas
colgadas del cielo raso de la noche.


Tánger, mayo, 1923.

Oliverio Girondo, 
Calcomanías, Calpe, Madrid, 1925

El cuadro que ilustra el poema es de Matisse, "La porte de la Casbah".

8.8.17

La vida

Y uno se pregunta de repente:
¿qué ha pasado?
y no sabe quizá qué responder
o lo evita pues teme la respuesta,
por cruel, evidente, innecesaria.
¿Es la cuestión retórica?
Tal vez; con todo, cierta angustia
le sube a la cabeza y en la boca
paladea el sabor del desconcierto.
Sobre la piel, un brusco escalofrío 
le avisa del peligro. Una visión 
sin forma conocida le da alcance, 
y un seco rumor sordo,
que hasta produce vértigo.
Lo que ha pasado, dice, fue la vida.
La mayor parte, 
aquella que debió ser más amable.
La más feliz: infancia, juventud,
primera madurez...
La vida, sí, esa que ahora
se empeña en despeñarse
hacia el final, vejez mediante.
Como entonces, ya ves, y como siempre,
sin que uno siquiera se dé cuenta.

Nota: Este poema, que pertenece a mi próximo libro, El cuarto del siroco, se ha publicado en el número doble 121-122 de la revista Turia.
La fotografía se titula Melancholia y es obra de Charles Corbet.
Me apetecía divulgarlo hoy, fecha de mi cincuenta y ocho cumpleaños. 

6.8.17

Leer, leer, leer...

William Faulkner
Algo, no demasiado, ha sacado uno en claro de la lectura de El odio a la poesía, de Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) de la muy cara y exquisita Alpha Decay, en traducción de Elvira Herrera Fontalba. El año pasado cité unas declaraciones suyas a Eduardo Lago en torno a este libro, aún no traducido entonces al castellano. Puede que haya gente que odie la poesía, que muchos la desprecien, pero a mí los que me interesan son los que la aman. Lerner pone al frente de su ensayo “Poetry”, el famoso poema de Marianne Moore: “A mí también me desagrada. / Al leerla, sin embargo, con el más completo / desdén hacia ella, / uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay / un espacio para lo genuino.”. De ahí parte. «Podría decirse de la poesía que es el arte imposible, porque trata de llegar, según Allen Grossman, más allá de lo finito y lo histórico y alcanzar lo trascendente y lo divino, algo imposible teniendo en cuenta el carácter de finitud que condiciona su creación».“El poema es siempre el registro de un fracaso”, escribe.
Confieso que he leído su libro con un ojo puesto en la polémica lírica de moda. Que ahora sean muchos (y más que van a ser, según Juan Palomo) los que se digan lectores de poesía es tal vez la prueba de que no se refieren a lo que hasta ahora (y mira que van siglos) hemos denominado así. Siempre para la inmensa minoría, mal que nos pese. Aunque si sumamos lectores, siglo a siglo... Veremos lo que aguantan los parapoetas. En algo tiene Lerner razón: «lo único inimaginable es un mundo sin poesía».
Para demostrar lo que ésta es, basta con leer el impresionante Partitura, del sueco Gunnar Ekelöf (Estocolmo, 1907-Sigtuna, 1968), libro póstumo que ha traducido, quién si no, Francisco J. Uriz (gracias al cual conocí, como tantos, sus Poemas, que publicó Plaza & Janés en 1981), autor de un sucinto e iluminador prólogo. Se publica en la colección Voces sin Tiempo de la benemérita Fundación Ortega Muñoz. Ha cuidado la edición (con diseño de Julián Rodríguez y J. L. López Espada) Jordi Doce, que codirige con uno un invento que, poco a poco, va creciendo y consolidándose. Este es el quinto libro. Y no hay quinto malo, dicen. 
Enfermo de cáncer (ya se ve que mis últimas las lecturas se han cruzado inevitablemente con la situación familiar que uno ha sufrido), a punto de partir hacia Túnez (lo que al final no pudo ser), Ekeloöf compone una serie de poemas (amén de algunas anotaciones a propósito de alguno de ellos y de su precaria salud) que huyen del exhibicionismo y la queja, que van más allá, a lo más hondo. "Porque a mí / se me concedió / ver", dice en el primero. Personajes de la antigüedad griega (hay unas oportunas notas al final) se mezclan con la pasión y el amor (a su mujer, a quien dicta estos versos), la enfermedad y el dolor (que era mucho, constante). Al final, todo se resume en ese "pensar en la muerte, ver la vida a través de la muerte" que anticipó en un escrito de 1930. 
Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) se presenta a los premios de Visor. Y los gana. En esta ocasión ha sido el Tiflos, con Clima mediterráneo, un libro, lo diré pronto, que me ha gustado. Al final del volumen publica una "Nota mediterránea" donde aporta detalles acerca de los poemas, además de explicitar procedencias y dedicatorias. Algunos ya los habíamos leído; por ejemplo, en la revista Suroeste, los de la serie "Hecho en España". La política, la sociología, la literatura, el arte (hay relación entre este libro y otro suyo reciente: La Menina ante el espejo. Visita al museo 3.0), la publicidad y la historia son fuente de inspiración de los versos de un libro unitario y magníficamente construido. Los poemas son breves y no faltan veloces haikus. Del Mare Nostrum surgen casi todos (ese mar da para bastante, ya se sabe) y de entre ellos destaco "Contra lo sublime (Variación sobre un tema de Kay Ryan)", un poema sin duda redondo. "Estos versos constituyen un caleidoscopio cultural cuyas estampas salen a un mundo que ha suplantado la verdad por la interpretación para no caer postrado ante lo insoportable”, dice de ellos Ángel L. Prieto de Paula.
Dije haikus y haikus son los que agrupa el profesor y haijin Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) en Nieve sobre nieve (El sastre de Apollinaire), un título que toma de Fujiwara No Teika. Es el tercer libro de este tipo de poemas de origen japonés que publica, tras La sed provocadora y Sol de hogueras. Son haikus clásicos, donde la naturaleza cobra la máxima importancia y casi todo el protagonismo. En la sección "Casi silencio", eso sí, se adelgazan aún más y tienen sólo dos versos y no tres, como suele ser habitual. A instancias mías, me comenta Virtanen que "no son haikus propiamente dichos", al modo tradicional, y precisa que "se trata de un invento mío, al menos en el haiku en castellano". "En japonés, añade, ha sido Taneda Santoka mi referente". Y sigue: "Recuerdo ese haiku magnífico: Moscas que sobreviven / Y guardan mi memoria. Es complejo así, a bote pronto, hablarte de cómo he llegado a esa depuración extrema, pero mi meditación sobre el haiku y sobre su esencialidad me ha llevado a experimentar en dos versos, debido a que el haiku de tres versos en definitiva conlleva un planteamiento / nudo / solución, en la mayoría de los casos. Al eliminar un verso suelo prescindir del planteamiento. O incluso del desenlace, o de una parte de ambos. (...) De esta manera dejo un poema mucho más abierto y esencial. Es el lector el que debe imaginar, lejos de mi imposición". No hace falta añadir que son una delicia de sensibilidad y lirismo.

4.8.17

Benidor

Sin eme final, sí, y no como el conocido emporio turístico levantino. Me refiero al ventorro que se levantó junto al charco del río Jerte que, desde principios de los años sesenta del siglo pasado, lleva ese nombre. Allí descubrió uno el verano y los baños, acaso lo mejor de esa temporada en la que priman el tedio y la indolencia. Hablo, claro está, de la infancia, verdadera patria del hombre, según Rilke. Y de esa edad, los veranos, donde acaso hayamos sido casi todos más felices. Veranos interminables, que duraban, a la manera de Bergson, más que todo el resto del año junto, ajenos a las obligaciones escolares y al clima adverso que acortaban sobremanera cualquier atisbo de dicha.
Eso fue antes de que aparecieran en escena las piscinas y el benemérito 600, al menos en mi casa. El que nos permitió veranear en playas del sur, como Punta Umbría (y sus malditos mosquitos) o del norte, como Villagarcía de Arosa (y sus estupendos mariscos). No era comparable coronar con el seína la Cuesta de la Media Fanega que las Portillas del Padornelo y de la Canda, pero algo une ese hecho épico: los mareos, cruz que desde temprano me ha acompañado cada vez que me he subido a un coche o a cualquier otro vehículo (incluido el tren) que conduzca otro.
Aunque a Benidor, fundado por un señor al que apodaban El Cordobés por su parecido con el torero del salto de la rana, subía un autocar los domingos, mis padres, mi hermano Fernando y yo íbamos en el Dos Caballos gris, versión furgoneta, de don Benedicto Izquierdo Conde, Bene, amigo y jefe de mi padre, al que éste llevaba alguna de las contabilidades de su pluriempleo. A la expedición hay que agregar a sus hijos (dos o tres, según) y, cómo no, la sandía, que recuerdo rodando por el suelo a lo largo del viaje. Como a la Nacional 110 Plasencia-Soria (Benidor está en el kilómetro 20) no le faltaban numerosas curvas y el coche tenía una suspensión, digamos, blandita, es fácil suponer en qué grado de descomposición llegaba uno al ameno paraje. Ni siquiera el descubrimiento del cancho de Napoleón (por el parecido, decían), invariable acertijo del enojoso camino, lograba evadirme de mi estado de postración a causa del revoltijo.
Al llegar, lo primero era ocupar la mesa (con forma de rueda de molino) donde pasaríamos el día, bajo un frondoso emparrado. Los habituales siempre iban a parar a los mismos sitios, que se respetaban, o eso supongo. Me parece estar viendo, sobre el mirador que da al charco, a la familia Bayle, pongo por caso, y justo debajo, durante horas y horas y sin protección, a mi madrina tomando el sol.
Domingueros de pro ―para los días laborables estaba La Trucha o La Isla―, nuestra jornada particular era tan previsible como la vida de entonces. Porque era un río, el fondo era de rollos. Para eso estaban las sandalias cangrejeras. Para no quemarnos, la Nivea. Y para no ahogarnos, flotadores. La vigilancia de los padres era intensiva y los baños, cortos.
Tras pasar por el bar para comprar el vino y la gaseosa, comíamos. No faltaba la ensaladilla rusa, el pisto de tomate, la tortilla de patatas, los filetes empanados y las croquetas de huevo, especialidad de mi madre. Y la bien rodada sandía, por supuesto, que antes había permanecido en el agua del río para que se refrescara.
Lo peor del día era la siesta. Con diferencia. Tres eternas horas de digestión minaban la paciencia de cualquiera. Tanto que, cuando ya era posible bañarse, las ganas eran pocas o ninguna, más si tenemos en cuenta que sobre el charco había caído ya la sombra. Matábamos en tiempo jugando. Y recogiendo moras de los zarzales que había en la carretera que subía a El Torno, por encima del significativo puente que domina el lugar y desde el que se tiraban los muchachos más atrevidos y algunos mozos del pueblo. Nos encantaba ver el charco desde lo alto (y a Carballo buceando con el pincho), entrar en la garita que aún se conservaba e imaginar nuestros saltos futuros.
Una merienda-cena cerraba la larga jornada veraniega. Al anochecer, con la fresca, recogíamos. A la altura del Regino (otro célebre ventorro de la época, en el kilómetro 15), ya había olvidado uno los buenos ratos pasados y se disponía a abordar con la debida resignación el resto del accidentado trayecto. En casa nos esperaba otra tórrida noche placentina. 

Nota: Este artículo inauguró la serie "Cerca de aquí. Estampas de estío", del diario HOY, el pasado 1 de agosto. El dibujo que lo ilustra es obra de mi primo Luis Ramón Valverde Lorenzo, profesor y arquitecto. 

2.8.17

Tres de El Cultural

Edición y prólogo de Clara Janés
Siruela, Madrid, 2016. 250 páginas. 

En plena vorágine vindicativa de la poesía femenina, resulta muy oportuno el rescate de esta antología de las primeras poetisas de nuestra lengua que editó hace treinta años Clara Janés, poeta imprescindible del panorama, estudiosa de la literatura escrita por mujeres (léase Guardar la casa y cerrar la boca) y una de las siete académicas de la RAE; un libro que ahora regresa con más poemas, un nuevo prefacio y mejor aspecto. Y ya que lo digo, la editorial podría haber elegido para la cubierta uno de los retratos de esas poetisas (motivo de una exposición comisariada por la propia Janés para la Biblioteca Nacional) en lugar de un bonito motivo francés.
“En nuestra tierra, la mujer escribía desde el momento en que se pasó del empleo del latín al romance”, afirma la editora. Partamos de ahí. Con todo, no fue fácil. María de Zayas se dirige a los hombres que les dan “por espadas ruecas y por libros almohadillas”, que “nos negáis armas y letras”. Más allá de momentos puntuales (el Japón de Shikibu, la Grecia de Safo, la Provenza del siglo X o el Al-Andalus de las poetisas árabes), todos anteriores a éste (que va del XV al XVII), la creación femenina ha seguido un camino complicado. “¡Somos mujeres! Pregunto: / ¿cómo seremos oídas?”, exclama sor María de San José, principal discípula de santa Teresa.
Cuarenta y tres son las poetisas que componen esta obra. De Florencia Pinar hasta Sor Juana Inés de la Cruz. Algunas son muy conocidas, como la que acabamos de mencionar, santa Teresa de Jesús, María de Zayas, sor Ana de Jesús (destinataria del Cántico espiritual) y Antonia de Nevares, hermana del último amor de Lope de Vega, padre de sor Marcela de San Félix, autora de “El jardín del convento”. La mayoría o son nobles o monjas, o ambas cosas a la vez. Y además del “Fénix de México”, hay en la muestra una lisboeta: Violante Do Ceo, una peruana: Amarilis, y una napolitana: Luisa Manrique. No pocas viajaron o residieron en el extranjero.
La edición prescinde de notas y está concebida para que el lector disfrute de lo que importa. Al final, eso sí, aparecen unas breves notas biográficas de las poetisas, donde comprobamos que algunas, como Cristobalina Fernández (autora de “Soneto a la batalla de Lepanto”), tuvieron vidas de novela.
No hace falta decir que estos versos participan de las mismas características que definen la muy estudiada lírica de los siglos áureos. Por lo dicho con anterioridad, Dios y la vida religiosa está en el centro de sus preocupaciones, sin obviar la veta mística y sufriente. Alienta en casi todas el deseo de morir para vivir de verás. El amor es otro asunto capital, ya sea humano o divino. Abundan también los poemas dedicados a reyes y santos.
La variedad formal es notable. Encontramos sonetos, octavas, romances, villancicos, letrillas, madrigales, sátiras, liras, décimas…
Más allá de las obras indiscutibles (la de la santa de Ávila, la novelística de María de Zayas o la magistral de sor Juana Inés de la Cruz, de la que se incluye completo Primero sueño), destacaría la “Epístola a Belardo”, de Amarilis; el soneto “Al marqués de San Felice”, de Euterpe o el primero de Leonor de la Cueva; los poemas de las extremeñas Luisa de Carvajal y Catalina Clara Ramírez de Guzmán; y el “Himno en desprecio del mundo”, de sor Hipólita de Jesús.
En un apéndice se da la canción que Cervantes dedicó a los éxtasis de la, entonces, beata Teresa y parte de los poemas de Lope a “Amarilis Indiana”. Como dije, un acierto.

Juan Cobos Wilkins
Fundación J. M. Lara/Vandalia. Sevilla, 2016. 104 páginas. 

Cobos Wilkins (Minas de Riotinto, 1957) antologó el grueso de su poesía en La imaginación pervertida y, tras una década, publicó Biografía impura y Para qué la poesía.
Aunque cree que ésta es incapaz de ofrecer respuesta a los problemas que acucian al ser humano, sólo ella puede de procurar ese refugio que le libre de la intemperie. Cae, “entre la pasión y la armonía”, y parece que nada ni nadie le sostiene. Sólo versos ante ese derrumbe.
En tono elegíaco, traspasado de ironía, el poeta canta (lo hímnico, paradójicamente, prevalece) su propia decadencia. “Sólo queda memoria del amor”, escribe. “Ni la pasión, la fe o la belleza, / tan fieles otro tiempo, persisten”.
Su manera de decir no desdeña cierto preciosismo barroco que ensalzan palabras e imágenes llamativas en un constante juego metafórico al que se suman comparaciones sorprendentes.
El poeta se dirige a un tú de estirpe cernudiana con él que establece una suerte de diálogo que flota en la melancolía. Allí, la soledad, “la vida ya en despiece” por culpa de las ausencias y las pérdidas. “Reconoces que vivir es deshabitarse”, leemos, “y recuerda / que todo cuanto ames lo amarás siempre solo”.
Alude a un “simulacro de existencia” donde “nunca se termina de morir”. 
La infancia como territorio feliz fija el anclaje al que sujetar esta deriva infligida por la edad y el paso del tiempo.
“¿Dónde estaba la vida?”, se pregunta el viajero, “sin equipaje siempre / y solitario”, que dice, como Graves, “adiós” a todo esto.

Alfonso Armada
Bartyleby Editores, Madrid, 2017. 80 páginas. 

Armada (Vigo, 1958), periodista, es autor de libros como Fracaso de Tánger y Los temporales.
De Cuaderno ruso dice que se trata de “un libro contra los sueños que acaban en pesadilla”. Que son “lecturas amargas de un aprendizaje de la realidad”. Confiesa que su interés por la URSS (habla de un “pasado remoto”) “fue siempre más literario que político”. Estamos ante un viaje (por el espacio y por el tiempo) y una historia de amor. Con “incrustaciones portuguesas”, cabe añadir.
“La amé por las esquinas / en los escondrijos cordiales”, escribe. Y, a pesar de que “Yo también soñé mi sueño ruso”, aquello acabó mal.
Al fondo, el asunto de la identidad: “No me siento orgulloso de mí mismo”. O: “¿Esto es lo que somos? / ¿Qué es entonces lo que fuimos?”. Y el narcisismo. Más allá, el remordimiento de alguien que desconoce la inocencia: “Al menos sé que mi culpa es muy corriente / entre la tropa común de los mortales”. Y la ideología: “No fui un buen homo soviéticus, / amé mi alma por encima de todas las cosas”.
A los paisajes del frío (Moscú, Voronezh, Leningrado…) y sus poetas (Pushkin, Ajmátova y sobre todo Brodsky, dedicatario del libro), se contraponen, ya se dijo, los atlánticos: Lisboa, Évora, Coimbra… “Ojalá fuera portugués”, leemos. Como Torga, al que evoca.
Escrito entre 1991 y 1996, hay algo de ajuste de cuentas en este libro nómada y áspero (“El infierno es uno mismo”) que cifra en mirar “nuestra miserable condición”.

Nota: Las reseñas de la antología de Clara Janés y de los libros de Juan Cobos Wilkins y Alfonso Armada se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 28 de julio.

1.8.17

La Medalla

Cuando me lo contó Yolanda, mi mujer, hace unas horas, no daba crédito. Sí, ya se han concedido las Medallas de Extremadura de 2017 y no está entre ellas la solicitada por los cauces reglamentarios y a propuesta del Excelentísimo Ayuntamiento de la muy noble, muy leal y muy benéfica ciudad de Plasencia, un gesto que le honra, para el narrador y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal.
No tiene uno nada contra el Orfeón Cacereño, un equipo de fútbol femenino denominado Santa Teresa, el colegio San José de Villafranca de los Barros (por donde pasó Ferlosio y, cómo no, el presidente Vara) y la cooperante María Victoria López, directora de Medicus Mundi en la región. Entre otras cosas porque, salvo del colegio de los Jesuitas, nada sabía de su existencia hasta hoy, y eso que lleva uno viviendo aquí desde hace cincuenta y ocho años (el próximo día 8). Me duele, no lo niego, que se la den a un colegio privado (por antiguo que sea) y no a uno público, rural a ser posible, de esta tierra educativamente irredenta. Lo del fútbol... Más grave me parece que se le haya concedido el galardón a Pepe Extremadura. Con todo respeto (a la persona), me parece de chiste. Hay comparaciones odiosas, sí, e indignantes, como hace al caso. Bueno, la comparación es, en rigor, imposible. Iba a decir que esta Medalla al señor Extremadura jugaba en el terreno artístico, pero me he arrepentido al instante. Por lo mismo. ¿De qué arte hablamos? Ni musical ni literario, por mucho que este hombre haya musicado, o así, versos de Gabriel y Galán y de Chamizo. De vergüenza, sin duda. Ya sabíamos que el crédito de estas Medallas era escaso, ahora... También sé que GHB está tan tranquilo. Más que antes. Por lo del discursino y la corbata, mayormente. Qué necesidad tiene un escritor de su talla de un reconocimiento que tiene este bajísimo nivel de exigencia. Ninguno, a pesar de que uno fuera inocente instigador. Con lo que hubieran ganado añadiendo su nombre al palmarés. Y gratis. Ni para esto sirven ya nuestros incultos políticos, y eso que el dosier, me consta, elocuente y espléndido, contaba con el apoyo de autores de un prestigio y una categoría que para sí hubiera querido cualquier candidato. En fin, lo mismo un año de estos... Perdone el desahogo. A otra cosa.  

30.7.17

Dos libros mayores

Y no sólo por el tamaño, publicados los dos en la preciosa colección Calle del Aire de la sevillana Renacimiento y en numeración, además, correlativa: 164 y 165. Me refiero a Jardín seco, de Alejandro Duque Amusco (Sevilla, 1949), y Cuestión de tiempo, de Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947). Los dos poetas profesores. Y de la misma promoción, la de los Novísimos, aunque ninguno figure en las antologías canónicas del grupo. Ni falta que hace, añado. 

Jardín seco es un libro redondo, digamos. Logrado. De una madurez meridiana. Acaso el que más me ha gustado de los suyos, que no son pocos. Sobre todo por el tono, entre sereno y atemperado, melancólico (por mucho que, como recalca Juan Lamillar en la contracubierta, en el libro "se celebra la fiesta inagotable de la vida") y sugerente (en tanto que misterioso), alejado, o eso me ha parecido, de esos rasgos de exquisitez y preciosismo que uno considera inseparables de la poesía de uno de sus maestros, Vicente Aleixandre, del que Amusco es uno de los máximos especialistas. Carente de retórica (en el peor sentido), la voz que aquí suena es más cernudiana (a don Luis le dedica un poema) que aleixandrina, más sobria y natural que artificiosa y rebuscada. Más, y perdón por la gastada palabra, auténtica. O menos literaria, si así se prefiere. De una claridad no impostada. Muy cercana a la vida y, por eso, ajena a otros asuntos que no sean los que tienen que ver con la memoria, la infancia, el amor, la muerte y los versos de aquellos que se tiene más cerca cuando la edad se hace evidente y lo que viene es menos sustancial que lo que fue. Los elegantes versículos se deslizan entre poemas de altísima belleza. Poemas como "Heinrich Schliemann", "Icono", "Nudos" "Regreso", "Aurora" o "Jardín seco". 


Cuestión de tiempo reúne la poesía completa y "definitiva" de Díaz de Castro, no sin "supresiones, adiciones y modificaciones" Recoge poemas de sus libros Inclemencias del tiempo, El mapa de los años, La canción del presente, Hasta mañana, mar, Fotografías (en prosa), así como doce inéditos "que llevan el título provisional de Verano con Duke y otros poemas".
Si tenemos en cuenta que el poeta y crítico residente en Palma de Mallorca publicó su primer libro en 1993, a los 46 años de edad, no ha sido escasa su producción lírica. De hecho, a efectos prácticos, por matizar lo expresado más arriba (y dejando en evidencia el dichoso método generacional), este hombre debería formar parte de la denominada Generación de los 80 o de la Democracia y, ya allí, a su más preclara tendencia, la dominante, esto es, la Poesía de la Experiencia. Basta comprobar los nombres de las dedicatorias de sus versos (que se recogen al final de libro en una página a propósito) para certificar lo que digo. Didactismos y simplificaciones aparte, lo cierto es que estamos ante un libro al fin y al cabo unitario; ante "el mismo libro", por decirlo con Trapiello. La fidelidad a su propia poética es innegable. Los saltos y los cambios, apenas significativos. Un libro que se caracteriza por su línea clara, su tono conversacional y meditativo, la ironía y el sentido del humor, su vitalismo (más hímnico que elegíaco), donde abundan las mujeres y el amor (a Almudena del Olmo, dedicataria del conjunto), los lugares y las ciudades (Málaga, Barcelona, Cáceres...), el mar, la música, las lecturas de los maestros y el elogio de la amistad, todo ello sin perder de vista las tradiciones y el clasicismo, en especial, de la poesía española (o en español) y de la inglesa (o en inglés). Donde todo se fija en la mirada y la memoria, los dos reinos poéticos por excelencia. 

27.7.17

Los griegos

No dejan de aparecer en España traducciones al castellano de poetas griegos. Entre las más recientes, tres obras de otros tantos poetas, tanto antiguos como contemporáneos. Me refiero a Safo, Cavafis y Costas Reúsis. Dos clásicos y un autor relativamente joven.
Poesías, de Safo, publicado con primor por La Oficina de Arte y Ediciones, con diseño de Joaquín Gallego y en traducción de Juan Manuel Macías, nos devuelve una poesía genuina que el paso de los siglos no ha logrado devaluar. Sigue, en lo fundamental, la edición de Edgar Lobel y Denys Page: Poetarum lesbiorum fragmenta (Oxford, 1955), así como la de Eva Maria Voigt: Sappho et Alcaeus. Fragmenta (Amsterdam, 1968).
Ya había vertido Macías a la poeta de Lesbos en una primera versión de este libro que publicó la editorial DVD hace diez años.
A la “fama póstuma” de Safo se refiere Macías en su documentado prólogo, quien afirma: “digámoslo de una vez, hablar de Safo es hablar, ni más ni menos, que de poesía, lo cual significa no sentirse en la obliga­ción de hablar. Y el adjetivo «sáfico» no se puede entender sino como un sinónimo más del misterio poético”. Y: “Hablar de Safo es hablar de las palabras y el resto, los mapas de su vida, sus odios y sus amores, las casualidades de ser mujer y griega, de haber vi­vido en una isla de Asia Menor de afamadas sonoridades y perte­necer a ese colectivo que solemos llamar «los antiguos», todo eso no es más que materia del tiempo y de las nubes”.
Cavafis. Poesía completa, de Editorial Almuzara (colección Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca) es una nueva edición bilingüe de la veterana traducción de los poemas del autor de “Esperando a los bárbaros” realizada por el profesor Pedro Bádenas de la Peña para Alianza en 1982. Aclara que se trata de una “profunda y sistemática renovación” de aquélla, ya que que la traducción literaria “nunca puede darse por zanjada”, pues es “una tela de Penélope siempre perfectible”.
Además de una amplia introducción y una cronología, se incluyen los poemas canónicos, los inéditos, los ingleses (que vierte el citado De Cuenca), los proscritos, las traducciones éditas (Shakespeare, Keats, Shelley) e inéditas, los inconclusos, los borradores sueltos y los poemas en prosa. Casi 800 páginas de la mejor lírica griega.
La irrealidad submarina (1993-2015), de Costas Reúsis, en traducción de Mario Domínguez Parra, ha sido publicada por La Isla de Siltolá. Se trata de una antología de sesenta poemas seleccionados y anotados por su autor, que nació en Atenas en 1970, pero chipriota de origen. Sin título universitario, aunque con estudios (de lenguas extranjeras, por ejemplo), Reúsis ha trabajado en múltiples oficios y ha colaborado en prensa y en revistas. Es el fundador de Facción Irreal Nico©ia, de la sólo él es miembro. Sus poemas están traducidos al italiano y, ahora, al español.
De él ha dicho el poeta chipriota Yorgos Kalosóis que es “salvaje” y añade: “Aquí no hay nada que tenga que ver con el gatito del posmodernismo, que deja que lo acariciemos. Hay algo que tiene que ver con poemas-leopardo que suben con sus presas a las descomunales acacias de la sabana”. Por su parte, Mario Domínguez afirma que es un “admirador y practicante él mismo de las vanguardias”.
Poesía rigurosa, hermética a rachas, que exige la complicidad del lector. Si persevera, encontrará en ella hallazgos dignos de elogio, como el poema “En las tinieblas”: La mirada se aferra al ocaso / En su color mortal / El cielo de Nicosia / Agoniza y está poseído por / Mi muerte / Que conozco.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número 19 la revista griega Φρέαρ/Frear.

25.7.17

El (dichoso) Palacio de Congresos de Plasencia

Foto: Hisao Suzuki / Junta de Extremadura
Álvaro Jaén, líder de Podemos en Extremadura, se refirió aquí atrás en el periódico HOY al Palacio de Congresos de Plasencia como «viva imagen del despilfarro y del mal gusto». Debo ser el único placentino al que le agrada esa obra arquitectónica. Estuve en la colocación de su primera piedra y confieso que los planteamientos, entonces sólo teóricos, del estudio Selgascano para su proyecto me convencieron. La obra terminada, que sólo conozco por fuera, también. En una ciudad artística y patrimonial como ésta, esa obra debería ser tratada de otra manera. Con más respeto. La crítica especializada ya se ha pronunciado. A favor, por supuesto. El último ejemplo, las dos páginas que ha dedicado El Cultural a ensalzar el edificio, un texto bajo el título "Un cíclope sobre los berruecos" firmado por Inmaculada Maluenda y Enrique Encabo. Empieza: "Los automóviles de la Ruta de la Plata que conecta Cáceres y Salamanca aminoran su velocidad al llegar a Plasencia. El ralentí es achacable a un extraño objeto, visible desde la autovía. Este cíclope hialino de rabiosa pupila anaranjada se posa cuidadosamente -casi de puntillas- sobre los berruecos del lugar, y se identifica como el nuevo Auditorio y Centro de Congresos de Plasencia. Obra de Lucía Cano y José Selgas (ambos de Madrid, 1965), se inauguró oficialmente hace apenas cuatro semanas, doce años después del concurso que desembocó en su realización". Y termina: "la realización de un edificio no debería tratarse como algo rutinario: lo más gratificante suele esconderse, con frecuencia y como aquí, en la atenta observación y captura de lo inesperado". Sin duda, cabría añadir.
Sí, comparto con mis paisanos y con la ciudadanía en general (forasteros inclusive) que los tiempos no estaban ni están para empresas de esta índole, tan gravosas para nuestro erario; que a lo mejor no era necesario siquiera abordarla (ya se sabe que fue una promesa electoral del presidente Ibarra para potenciar la candidatura socialista de Elia María Blanco), amén de que será demasiado costoso mantenerlo; y que el sitio no es ni con mucho el mejor para su definitiva ubicación. O sí, al menos para su visibilidad. Me sorprende que se vea desde todas partes, como nuestra "encina solitaria". Y más iluminado, de noche, como el de Badajoz, obra de la misma oficina.
Lo que no parece de recibo, y de ahí esta reflexión, es que se descalifique la obra arquitectónica como de "mal gusto". Para él, querrá decir el señor Jaén, más atraído, supongo (allí coincidimos a finales de junio), por el Museo Vostell. Y para otros, que pueden ser muchos. En este país se suelen dejar caer las opiniones personales (y nada más personal que el gusto) como si de piedras de tratara. ¿Tantos son los conocimientos de arquitectura del diputado regional de Podemos como para afirmar en público lo que ha dicho? Hombre, Anatxu Zabalbeascoa no es. Del criterio de cada cual -nada, poco o muy formado- no se pueden sacar conclusiones generales. Por lo demás, en lugares más inútiles y absurdos se han levantado construcciones que al cabo del tiempo han revalorizado, y hasta sacralizado, ese presunto erial. Tiempo al tiempo.
Un día de estos, y termino, le pondrán un nombre. Doy por hecho que nunca se le llamará por tal. Más pronto que tarde, a alguien se le ocurrirá el mote adecuado. Algunos ya tiene. Pena.

Foto: Placonsa

21.7.17

Más lecturas

Alfius de Bux
Que la Gran Guerra dio frutos literarios perdurables no es nada nuevo. Sí, al menos para mí, la existencia de uno de ellos: Cien visiones de guerra (Renacimiento), del francés Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin, 1878-1954), un puñado de poemas breves, comparables a haikus, dignos de figurar en cualquier antología de la poesía bélica. Por aquello de las indudables semejanzas, al español los ha vertido, un siglo y un año después de ser publicados por primera vez en La Grande Revue, Susana Benet, que, como dije aquí atrás, no deja de ser la más japonesa de nuestras poetas. 
El libro es intenso y delicioso. A lo trágico, que predomina, no le faltan gotas de humor: "A mí me dio en la nalga, / a ti, en el ojo. / Tú eres un héroe, yo casi". Es difícil imaginar la experiencia de un hombre en una situación similar. En su "juventud, grave y pensativa". Él lo resume en una dedicatoria ("estos recuerdos de nuestros tormentos"), a su hermano pequeño que sustancia el último poema: "por haber, maravilloso prodigio, / conocido la muerte antes que la vida". 
No suelen decepcionar, sino todo lo contrario, los libros que aparecen en la colección La Gruta de las Palabras, de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. En gran parte, porque la dirige alguien con sensibilidad y criterio: el escritor Fernando Sanmartín. Es el caso de las dos últimas entregas, como siempre impecablemente editadas. 
Vida doméstica, de la periodista Carmen Ruiz Fleta  (Zaragoza,1978), no se da a engaño. Su poesía es directa, clara y, más que nada, lúcida. Con el punto justo de acidez, desengaño y melancolía, que como recuerda José Antonio Llera en sus espléndidos diarios (de los que daremos cuenta), y cita a Aristóteles, "está atravesada por la más alta conciencia". Lo cotidiano elevado a categoría artística. A poesía, mejor. Que, según ella, "es escuchar al silencio".
Con la llegada de la sangre, de Octavio Gómez Milián (Zaragoza,1978), abunda en lo paradójico, siempre tan poético. Y en el tema de la muerte: la ausencia y los ausentes: "Hablo de la muerte / porque en ella permanece el silencio". El tono, lógico (un matemático, como él, sabe que menos es más), es sentencioso, seco, aforístico. Los poemas, breves. La memoria y los recuerdos se plasman en forma de iluminaciones. Una suerte de anotaciones de la perplejidad.
Este es uno de tantos libros que se quedan atrás, aunque siempre supe que terminaría leyéndolo. Era su momento. Tal vez cada libro tenga el suyo. Me refiero a Temblor, de Charo Ruano, un título con reminiscencias de Kierkegaard (le falta el temor, tan presente aquí) que publicó el año pasado Amarú Ediciones, de la librería Víctor Jara de Salamanca, ciudad natal de la periodista, la fiel editorial de la no menos leal Ruano. Como uno pasa muchas horas últimamente en una habitación de hospital cuidando a un paciente grave, la lectura de este diario de una artista seriamente enferma me ha llegado al alma. Debería haber ejemplares en las bibliotecas de esos centros sanitarios para uso y consulta de los usuarios y familiares. Sí, "En realidad nadie sabe nada", aunque ahora, gracias a esta indagación sobre el mal, el que lo padece y todas y cada una de sus probables circunstancias, de las aciagas a las más felices, algunos vislumbramos mejor de qué va este asunto que a todos, más tarde o más temprano, ha de concernirnos. Sobre la enfermedad se ha escrito mucho, pero este emocionante libro es, en rigor, único.
La poesía portuguesa es interminable, bien lo sé. Por eso no me ha extrañado el gozoso descubrimiento de los versos de Maria do Rosario Pedreira (lisboa, 1959) gracias a la antología bilingüe Una casa con palabras dentro (bonita definición de libro) que, traducida y prologada por Verónica Aranda, publica (en La Rama Dorada de Monmany) Huerga & Fierro. La preciosa cubierta abre un mundo interior (abierto al verano) donde el amor (a veces el desamor) manda. Su poética se basa en la claridad (ella, como uno, admira a los poetas "que se hacen entender") y su propuesta, dice Aranda, singular en el rico panorama lírico portugués. Me ha llamado mucho la atención que sea una mujer que escribe sin complejos, desde la heterosexualidad, y sin tener en cuenta la tiranía de lo políticamente correcto. Que confiesa sus miedos y sus sentimientos con una naturalidad llamativa, lo que no deja, ya digo, de tener su gracia. Los finales son redondos y la sencillez de su poesía un pozo profundo en el que abismarse. Según Pedro Mexia, "lo trágico visto desde fuera".
Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) se prodiga bastante, y en todos los géneros.  Bien está. Nos entrega ahora en la querida colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura la nouvelle Un otoño extremeño. Lo diré pronto: me ha encantado. Utiliza el recurso del manuscrito encontrado; en este caso, un diario del ingeniero forestal alemán Thomas Jung que traduce al español su compañero de trabajo Esteban Carrasco y donde aquél da cuenta de su corta e intensa estancia en Extremadura. Distintos lugares (lo que hace de este texto una suerte de libro de viajes), bellísimas descripciones de árboles y paisajes, un par de historias de amor, párrafos sobre él mismo y su forma de ser... Cuando leo al prosista Martín Gijón y recuerdo al poeta del mismo nombre, tan experimental y hermético, siempre me sorprendo. Aquí todo es luminoso, fruto de un lenguaje cuidado, pero sin sombra de artificio, salvo el que el arte narrativo exige. Entre líneas, además, el lector extremeño encontrará reflexiones propicias para evaluar su autoestima y favorecer la autocrítica, que para ambas cosas da, y para mucho más, esta espléndida novela breve.
Harria, Piedra, es el título de un sólido libro de Juan Manuel Uría publicado por El Gallo de Oro en euskera y castellano. Otro que también se quedó atrás, pues es de 2016. Poco importa. Porque es de verdad, que diría uno de Bilbao, intemporal y punto. El levantador Iñaki Perurena, uno de los prologuistas, lo hubiera titulado "El nieto del famoso Errekartetxo ha realizado 130 alzadas con la piedra". Ese hombre fue famoso por levantar la "Albizuriaundi", según Bernardo Anaut, «piedra irregular, en Amezketa, que ha sido objeto de levantamiento en contraste con las regulares de forma cilíndrica, esférica o cuadrada. Solamente dos forzudos pudieron levantarla y echársela al hombro ya que pesaba 163 kg. Uno de ellos José Ibar "Urtain"». El otro, claro, Santos Iriarte, abuelo de Uría, que aparece fotografiado en tal trance en la cubierta, al principio del volumen y en páginas interiores. Impresiona.
No es este, aclara, su autor, un libro sobre el levantamiento de piedra ni sobre la vida del harrijasotzaile (que "piensa con las manos"). Parte de ahí para mirar al hombre. Gracias a la poesía que "trata de expresar lo inexpresable". Son 130 "facetas del ser". Entre la poesía, sí, el aforismo, la epifanía, la anotación y la escritura memorialística, una suerte de tratado (donde no falta el componente antropológico) particular e insólito acerca de un símbolo que los vascos, como pocos, han logrado hacer suyo. Uría nombra, por ejemplo, a Oteiza.
Por lo demás, ya que de poesía hablamos, me he acordado del padre del poeta Hasier Larretxea, que levanta piedras en algunos recitales de su hijo. Ya me espera su último libro: Meridianos de tierra.

18.7.17

Parapoeta

Muy elocuente la poeta (de moda) que estaba pidiendo a gritos la poesía española, según Prado. La entrevistan en El Cultural, ay, donde se refiere a Internet como un "nuevo canal de comunicación bestial". No sé en qué sentido. Luego, en dos ocasiones, menciona la palabra "público": "desde el primer libro tengo claro que el público merece un respeto mayúsculo". Y: "espero no defraudar al público". Así no habla un poeta. No hasta ahora, quiero decir. 
"Parapoesía", define al fenómeno, con la ocurrencia que le caracteriza, Luis Alberto de Cuenca: «En cierto modo son vagidos adolescentes (...). Para referirme a ello yo hablo de 'parapoesía', igual que existe la 'parafarmacia'». Lo recoge en su muro de FB Martín López-Vega. Lo toma de una entrevista del autor de La caja de plata en Jot Down.
Pasé el otro día fugazmente por la mesa de novedades de poesía de la Casa del Libro de Gran Vía y se me cayó el alma al suelo. Luego me acerqué a La Central y, ahí sí, me vine un poco arriba. A este paso...
Espero, en fin, que nadie me pida que reseñe libros parapoéticos. ¿O era parapatéticos? 

14.7.17

Algunas lecturas recientes

Aunque, como expliqué, de momento no está uno para darle a algunas lecturas el espacio y el tiempo que sin duda los libros que las han propiciado merecen (y sus esforzados autores, claro), me gustaría repasar algunas recientes, sin entrar, insisto, en detalles, al menos en este rincón. 
A Fernando del Val le conocía uno por las estupendas entrevistas y biocronologías que ha venido publicando en la acreditada revista Turia. Por ejemplo la que le hizo aquí atrás a Gonzalo Hidalgo Bayal, extraordinaria. Algunas de ellas, con un pertinente prólogo de Miguel Ángel del Arco sobre ese arte, se han reunido en Si te acercas más, disparo, que publica Difácil. Entre ellas, las que hizo a Félix Grande, Delibes, Colinas, Gamoneda (las dos muy extensas), Landero, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Vila-Matas... En "Nota de autor y procedencia" deja caer su propia poética sobre la conversación. Las fotografías de César Toro realzan aún más el valor de este volumen. Ah, dije poética y conviene resaltar que Del Val acaba de publicar Los años aurorales, donde uno ha conocido, grata sorpresa, su exigente faceta lírica. Y ya que lo menciono, algo similar me ha ocurrido con Raúl Nieto de la Torre, experto landeriano, autor de la monografía El héroe de ficción y las ficciones del héroe en la obra narrativa de Luis Landero, amén de consumado poeta como demuestra su última entrega: Leopardo, publicada por Tigres de Papel. 
De Hilario Barrero habíamos leído ya algunos libros. Este es muy especial. Se trata de una antología, Educación nocturna (Renacimiento), con edición y prólogo de José Luis García Martín, en la que el toledano afincado en Nueva York despliega sus saberes líricos, apegados como pocos a su propia experiencia vital Su intimismo, cercano a la serena confesión, me ha conmovido, más aún por las especiales circunstancias familiares en las que he leído unos poemas que dan la verdadera medida de un hombre. Y de un poeta, of course.
Ya conocía uno a Abraham Gragera -su poesía, sus traducciones, su faceta como codirector de la revista Años diez, su labor crítica-, pero nunca había disfrutado tanto de su obra como le he hecho con O Futuro. Sobre todo, por culpa de mi corazón extremeño, de la primera parte del libro: "Amor propio". Pero no sólo, que conste. Uno de los mejores del año, según creo.
Aunque, en lo que a autores españoles respecta (salvo los que consiguen premios o son ya muy conocidos), Visor le sorprende a uno cada vez menos, destaco dos libros de la veterana colección negra que me han gustado (por su potencia): Ruta Dos, de Daniel Calabrese, un argentino en Chile, y el primero de Carolyn Forché (que contaba entonces con veinticuatro años y estaba en Yale), Juntemos las tribus. También en Visor, en traducción del catalán de Francisco Díaz de Castro (del que tengo por leer su poesía reunida, recién publicada por Renacimiento), otro libro singular: Banderes dins la mar/Banderas en el mar, del mallorquín Josep Lluís Aguiló. Si me agradó su poesía reunida, Monstruos y otros, no menos me ha gustado éste, en especial los poemas donde describe la forma de ser y de estar de los isleños y reflexiona sobre la vida en esas maravillosas islas mediterráneas. 
El aforismo sigue en racha y de ello da fe Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), con selección y prólogo del poeta León Molina, publicado por La Isla de Siltolá en su colección Aforismos. A su vez, Javier Sánchez Menéndez, director de esa editorial sevillana, da a la imprenta en Trea La alegría de lo imperfecto un libro, qué casualidad, de aforismos. Tan radicales como su autor. En el mejor sentido del término, matizo.
De "fragmentos" prefiere hablar Lorenzo Oliván, que reúne en Dejar la piel (Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego) sus pensamientos y visiones entre 1986 y 2016. Treinta años ojo avizor.
La umbría y la solana es el precioso nombre de una nueva editorial que imprime libros no menos bonitos. Los paseos del soñador solitario, de Almeida Faria, pongo por caso, en traducción de Antonio Sáez (asesor de esta nueva empresa libresca), o Sermón de San Antonio a los peces, todo un clásico de la literatura portuguesa (a la que miman), en versión de otro extremeño rayano, Luis María Marina. ¡Suerte en la nueva aventura!
Del Ángel Petisme habíamos leído hace poco El dinero es un perro que no pide caricias (Gobierno de Aragón, 2016) y ahora El faro de Dakar (Renacimiento), que es un libro logrado y emocionante; una pertinente y honda mirada sobre África basada en hechos reales. 
José Carlos Cataño publica en Renacimiento La vida figurada, una nueva entrega de sus diarios, de los años 2008 y 2009. Partidario de este tipo de empeños, como de los libros de entrevistas, he disfrutado leyéndolo. No hace falta recordar que el canario es uno de nuestros diaristas más conspicuos. 
Por seguir con el memorialismo, quiero mencionar Como aire africano. Diarios 2004-2010, del periodista almendralejense Liborio Barrera, que ya figura en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. Por suerte, la Editora va cogiendo la velocidad de crucero que algunos llevábamos tiempo esperando. De lo más reciente, cabe señalar Sentada frente al precipicio, espléndida antología de poemas de la portuguesa Fátima Maldonado (con versión y prólogo de José Ángel Cilleruelo), que resucita la línea Letras Portuguesas, y Piedra de toque. 15 poetas emergentes de Extremadura, antología preparada por el poeta Daniel Casado en la que se incluyen versos de los extremeños (nacidos entre 1980 y 1991) Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco José Najarro Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo.
Me desagrada, sí, lo de "emergentes" (Chico y otros emergieron hace tiempo), pero el libro es un acierto. Siquiera sea para demostrar que hay banquillo, digamos, en la poesía escrita por extremeños, casi todos de la diáspora. Que esa pequeña literatura inserta en la española contemporánea sigue viva, y cuánto. Por lo demás, el trabajo de Casado, su panorama, es solvente, en lo relativo a la selección (cosa siempre difícil), el prólogo (documentado) y las notas sobre cada autor con la que se abren los respectivos poemas. No faltará, eso sí, quien proteste porque sólo figuren cuatro mujeres en un grupo de quince.
Y para terminar, abundando en lo autóctono, me parece digno de reseñar el libro Periferias: Letras del Oeste. Ensayos sobre literatura extremeña del S. XX, del callado estudioso Manuel Simón Viola Morato (Departamento Editorial de la Diputación de Badajoz. Colección Filología-Rodríguez Moñino), con prólogo de José Luis Bernal Salgado. Poesía, narrativa, teatro... De Reyes Huertas, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio, Francisco Valdés, Félix Urabayen, Manuel Pacheco, Castelo, Hidalgo Bayal, Landero... Un acierto. 

Nota: La ilustración, titulada "Book damaged by water", es obra de Abelardo Morell.

8.7.17

Condición de mujer

Cristina Peri Rossi  (Montevideo, Uruguay, 1941) tiene una extensa bibliografía a sus espaldas. Destaca como narradora y poeta. Desde 1972, cuando tuvo que exiliarse, reside en España, en la ciudad de Barcelona. Dejó en su país natal una prometedora carrera docente y varios libros publicados, entre ellos su ópera prima poética, Evohé (1971). Ahora, la editorial Visor, cada vez más atenta a la poesía femenina, publica una oportuna y amplia antología de su obra, La barca del tiempo, donde encontramos poemas de sus libros Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Estado de exilio (2003), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel bárbara (1990), Otra vez Eros (1994), Aquella noche (1996), Inmovilidad de los barcos (1997), Las musas inquietantes (1999), Estrategias del deseo (2004), Habitación de hotel (2007), Playstation (2009) y La noche y su artificio (2015). Sólo faltan muestras de su última entrega, Las replicantes (2016). Son 44 años de poesía.
La selección de los poemas y el prólogo corresponden a Lil Castagnet, especialista en la obra de la uruguaya. En su informada y pertinente introducción subraya la importancia de la intensidad y la emoción en su poesía, “en cualquiera de sus registros”. También resalta su musicalidad y su ritmo, dotado de una “gran sonoridad”. Alude también a lo que uno denominaría su sensualidad. “Leerla, dijo Elena Poniatowska, es una invitación al placer”.
Según Castagnet, ya Evohé “encierra la clave de casi toda su poesía”. Destaca su capacidad transgresora, gracias a esa relación entre las mujeres y las palabras, que ocasionó un llamativo escándalo (el libro llevaba por subtítulo “Poemas eróticos”) en la sociedad uruguaya de su tiempo. “Las mujeres son todas pronunciadas / y las palabras, son todas amadas”, escribió allí. “El erotismo es el camino que lleva a la eternidad, a la trascendencia”, dijo después en el prólogo a su Poesía reunida que publicó Lumen en 2005.
El exilio marca no sólo un punto y aparte en la vida de Peri Rossi, sino que se convierte en un tema central de su poesía. Una poesía, cabe añadir, muy apegada a la existencia de su autora y, en consecuencia de tono autobiográfico. Descripción del naugrafio, escrito en Montevideo en 1972, el año de su destierro, marca el punto de inflexión. A éste le seguirán dos títulos que tienen esa circunstancia como núcleo: Diáspora y Estado de exilio, que, si bien fue publicado en 2003, se escribió entre 1973 y 1975. “Tengo un dolor aquí / del lado de la patria”, leemos. Y: “El exilio es comer moral, compañero”. Exilio que significó supervivencia, claro, pero también “desgarramiento”. Nos salva, dice ella, el “impulso libidinal”, la libido, lo que no deja de ser un argumento de peso para justificar la importancia que el sexo tiene en la poética de quien se califica como “mujer deseante”. En su poesía y en su vida que, como dijimos, son una y la misma cosa. Por eso su lenguaje –que nunca descuida, que es tanto o más importante que todo lo demás ya que los poemas se construyen con palabras, no con ideas– es directo, sencillo, de sesgo conversacional y hasta prosaico. De una narratividad evidente. Un lenguaje que no rehúye la metapoesía, la reflexión sobre sí misma, tal en Lingüística general. Peri Rossi, desde la paradoja, dice: “El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas”, pero también: “Las palabras no pueden decir la verdad”. Y concluye: “la única compañía que no falla: / las palabras”. Un lenguaje, ya se dijo, indefectiblemente unido a ese concepto, digamos, de mujer. Escribe (y habla, merced a la oralidad) desde ahí. Siempre con melancolía. De su lugar natal (“una ciudad triste”), por ejemplo: “¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo?” “Para recordar / tuve que partir” Porque los exiliados “sueñan con volver a un país que ya no existe”. Viajera sucesiva (“Mi casa es la escritura”, “siempre en tránsito”), ha escrito: “Mi primer viaje / fue el del exilio”. Ostracismo y lenguaje se unen en uno de sus títulos más arriesgados: Babel bárbara, donde se impone el juego verbal.
Dije mujer y en ella, en ellas, las mujeres, “antepasadas mías”, se centra Otra vez Eros, un libro donde aparecen temas como el SIDA y donde el amor, que va más allá del erotismo y del deseo (léase “Fetiche” y “El amor existe”), otro de los asuntos sustanciales de esta poesía, aflora con toda su intensidad. De Aquella noche selecciona Castagnet “Historia de un amor”, con su estribillo: “Para que yo pudiera amarte…”
Y de nuevo la tristeza: “Sobrevivir también es una nostalgia / de no haber muerto todavía”. Más adelante, en Inmovilidad de los barcos, escribe: “Con la felicidad no se puede hacer nada”. El título del poema: “Alegría de vivir”.
En Las musas inquietantes, obra consagrada a la pintura, encontramos: “Aquello que los hombres matan con violencia / las mujeres domestican con dulzura”.
Aunque en sus versos apenas si hay referencias espaciales, Barcelona (“Barnanit”) es el sitio desde donde mira, podríamos decir. Por eso su poesía es urbana, un rasgo muy significativo de su manera de proceder. Y nocturna, de ahí lo de “nit”: “Amo la noche y su artificio”.
Aludimos antes a lo autobiográfico pero no por eso podemos olvidar, forma parte de su carácter narrativo, que “las vidas son siempre noveladas, novelerías”. Ficción, por tanto. «”Todo lo conviertes en literatura”, / me reprochas llorando», escribe.
Internet y la vida actual están muy presentes en sus versos, en especial en el libro con el que ganó (era la primera mujer que lo conseguía) el premio Fundación Loewe: Playstation; a mi modo de leer, acaso el menos logrado de los suyos.
El psicoanálisis es otro asunto recurrente, muy propicio para destacar otro aspecto de la poesía perirrossiana, la ironía (cuando no el sarcasmo) que usa con soltura.
No creo que sea casual que el último poema de la antología se titule “Condición de mujer”, ni que la última palabra sea (por las mártires de Ciudad Juárez) “JESUSCRISTAS”.

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 123 de la revista Turia.

6.7.17

Final de curso

Una cita:
"Ejercí la docencia no sin ganas, aunque es un oficio que cansa y desgasta. Llegas a la jubilación, si es que llegas, peor que baldado y ni Dios te lo agradece. A lo sumo, ves, pasados los años, a un expupilo por la calle, apenas reconocible de estatura y de facciones, y te saluda sonriente. Algo es algo.
Venían padres y, sobre todo, madres al aula en las horas estipuladas para que el profesor los pusiera al corriente del rendimiento y conducta de los alumnos. En mi caso, ninguno volvía sobre sus pasos sin al menos un elogio a la criatura, aunque la tal fuera un humanoide merecedor de grillos y mazmorra no contemplados en las directrices pedagógicas. Si tienes medio gramo de corazón y otro medio de cordura, ¿qué vas a hacer? No puedes mandar a la gente a su casa marcada con el látigo de la verdad. Había historias tristes, por descontado cotidianas. La escuela es un espejo de la vida. Esto supongo que ha sido dicho cientos de veces con escasas variantes enunciativas. En la escuela uno ve de todo, se entera de todo.
(...)
En los cursos de educación primaria el panorama humano era distinto. Allí aún se practicaba con fruición la ceguera. No escaseaban los padres abrigantes de ilusiones desmedidas, convencidos de haber traído al mundo un genio. Y alguno que otro, con achaque de afianzar la convicción, añadía: "Este ha salido a mí". Tocaba la niña con la flauta dos compases seguidos de Noche de paz y ya era Mozart. Multiplicaba el niño de corrido la tabla del seis y ya estaba en disposición de fotografiarse con la lengua fuera a la manera de Einstein. El propio Picasso se habría retorcido de envidia a la vista de los logros pictóricos de aquel enjambre de chiquillos". Fernando Aramburu, "¿Qué es un genio?". El Mundo.

Y en este complicadillo final de curso, ya dije, tres obviedades al hilo de los acontecimientos:

Los alumnos pasan, los hijos permanecen.
                              
                                     ◆

No aprende quien puede, sino quien quiere.

                                      ◆

Hay alumnos que ni merecemos ni nos merecen.

4.7.17

Dos reseñas de El Cultural

Ángel García López
Castalia, Madrid, 2017. 65 páginas. 72 páginas. 

«Entre el núcleo central de los autores del medio siglo (…) y la irrupción de los sesentayochistas, hay una zona ocupada por poetas en quienes se confunden, penetrándose recíprocamente, rasgos de unos y otros: por un lado, moralidad, conocimiento, revelación, elegía; por otro, desbordamiento imaginativo, esteticismo, relativa autonomía lingüística. Situado entre ambos polos de atracción, pero también conectado por voluntad estética a diversas corrientes de preguerra y primera posguerra, se encuentra Ángel García López, nacido en Rota, Cádiz, en 1935». Estas palabras de Ángel L. Prieto de Paula ubican a este autor, que, contra lo que suele suceder, decide cerrar por voluntad propia su largo proceso creativo (jalonado con premios importantes como el Adonais, el Nacional y el de la Crítica) con Cuando todo es ya póstumo. Tres volúmenes reúnen su Obra poética (2009), aunque, con éste, sean seis los libros que ha publicado desde entonces. De su presunta facilidad para escribir, mezcla singular de inspiración y oficio, es buena muestra este libro torrencial, en lo que atañe a los sentimientos y a las emociones, así como al lenguaje; en lo sustancial, exuberante y barroco, compuesto en versículos, de suntuoso vocabulario y ritmo enfático, consecuencia directa de un uso particular de la métrica y la sintaxis. Un canto fragmentado en otros catorce donde Emilia, su mujer, dedicataria in memoriam de la obra, regresa tras su muerte en forma de elegía.
La memoria (“el cortejo febril de la memoria”) es un elemento clave, claro está, en el libro. Recuerdos que recuperan tiempos pasados en un paisaje concreto, el de su Cádiz natal; una geografía particular poblada de lugares simbólicos descritos minuciosamente: Masnive, Salvatecas, Albatín, Maifora… “Recorro lo que transitaba con ella”, leemos. Lugares habitados por flores, árboles y pájaros que el observador conoce al detalle. Nombres que aportan, ya se dijo, opulencia al lenguaje. Y exactitud, en tanto que trazo de estilo.
La amada, cuerpo y alma, lo centra todo aquí: “desde ti gravitaba”, escribe. Celebración y dolor, completud y vacío, acompañamiento y soledad, diálogo y monólogo, palabra y silencio se alternan en este relato de la desolación que, siquiera a ratos, también lo es del entusiasmo.
“Escindida hoy del mundo, / tu muerte a mi palabra ha dejado sin nido. Tú eras ella, voz única. / La que ahora, conclusa, sepultada en lo mudo, es ceniza contigo”. Así concluye este lamento, digno punto final para una obra llamada a perdurar.

Javier Vela
Fundación José Manuel Lara. Vandalia, Sevilla, 2017

Javier Vela (Madrid, 1981, aunque vinculado a Cádiz, donde dirige la Fundación Carlos Edmundo de Ory) es autor de Aún es tarde, La hora del crepúsculo (Premio Adonais), Increado, el mundo, Tiempo adentro, Imaginario (Premio Loewe a la Joven Creación), Ofelia y otras lunas (Premio Ciudad de Córdoba) y Hotel Origen. Llega Fábula, un libro breve pero muy bien trabado que el autor ha dividido en seis partes. Se abre con una más que elocuente cita de Wallace Stevens: “La poesía es la ficción suprema”. Sobre esa base, la del “carácter falsario de la memoria” y la manipulada “noción de verdad”, Vela levanta su obra. Y lo hace en forma de prosa, aunque a uno le parezcan más bien versículos, siquiera sea por el tono hímnico y hasta épico que a veces alcanza sin que falte lo inspirado y surrealizante. En “Correspondencias”, los referentes de ese discurso son el cine y la televisión (de series como Perdidos o Juego de tronos: “Visión en Roca Casterly” es el título de uno de los mejores poemas del conjunto). En “El país de Amara”, nombre de la protagonista de la historia amorosa de su penúltimo libro, leemos: “Pero el amor no basta: haced sitio al amor”. Lo atlántico y lo mediterráneo se funden en “El Sur”, donde irrumpe lo civil. En poemas como “Esperando a los bárbaros” (“Es la hora de los dioses pequeños”) o “Campo del Sur”. “Retrato de familia” es acaso la parte más lograda del libro. O la más sustancial. También la más explícita. Ahí, “Pequeñas sediciones” (“hay tanta gente sola / seria perdida mustia”), “Retrato de familia”, “Cuando éramos mayores”: En un país de viejos tatuados y ancianas esponjosas malograrán su vida nuestros hijos”. En “Habla el fabulador”, la más autobiográfica, se atiende al asunto de la identidad movediza: “por qué no ser también / lo que no somos?” En “Invocaciones”, por fin, “es la escritura misma la que se convierte en el objeto de la enunciación”, algo muy stevensiano: “Escribir, escribir, como si camináramos / por un hilo invisible / para buscar a tientas el corazón del otro”.

Nota: Las reseñas de estos libros de García López y Vela se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 30 de junio.