24.4.18

Praena y Verdú

Historia de un alma
Antonio Praena
Visor, Madrid, 2017. 86 páginas.

Praena (Purullena, Granada, 1973), dominico, profesor de Teología en Valencia y de la romana Domuni Université, ha publicado Humo verde, Poemas para mi hermana (accésit del Adonais), Actos de amor y Yo he querido ser grúa muchas veces (premio Tiflos). Con Historia de un alma ganó el Gil de Biedma.
Le puede sorprender al lector que sea un fraile el autor de este libro, pero de inmediato comprenderá que quien habla no es él, sino un personaje creado ad hoc. Para dar testimonio de los signos de estos tiempos. De las vidas de los otros. Con perspicaz ironía. Praena confiesa que busca “no juzgar”, aunque estemos ante una obra moral. Es un “fingidor”. De “libro sin poeta”, en fin, lo califica. No diría tanto. Poeta hay, y acreditado, con solvencia, por momentos virtuoso (“lo hermoso arde en su orden”), dueño de un lenguaje seductor y preciso que lo mismo bebe de la Biblia y de los místicos que de modernos y contemporáneos.
El cínico descreído que conduce coches y motos de alta gama, toma cocaína y alcohol, viste cara ropa de marca o practica el sexo compulsivamente, no es, claro está, el hombre que, a su sombra, interpela a quien lee sobre esa forma de vida. No es un maldito al uso. Su extracción social es otra. Tras la nietzscheana provocación acecha la nada, el vacío nihilista de Occidente (cuya historia “se funda en la tristeza”) que, paradójicamente, colma la existencia de personajes como éste. Inventado desde el realismo. “Aquí no queda espacio para tanto vacío”. “Y estar pleno de nada. / Y no saciarse nunca”, dice.
Es el monstruo de los cuadros de Bacon, por bello que se imagine (“Ser feo es una forma de conciencia”). El incapaz de definir el sufrimiento. El egoísta que compara la historia de su alma con el porno blando. Quien piensa que “toda felicidad aspira a lo palpable”: “No elijas las verdades invisible”. El que afirma: “Vertical es vivir. Morir es vertical”. O: “Llevamos cada uno en las arterias / la hora de la muerte”. En el poema “De una forma u otra”, sobre la vida de los santos, leemos: “nadie elije el espanto de estar vivo”.
“¿Cuánto mundos / se esconden en lo oscuro de este mundo”, se pregunta Praena. De algunos da cuenta este libro sofisticado pero creíble (“¿Existe el personaje que aquí escribe?”), letra a letra plagiado a la vida.

Vicente Verdú
Bartleby, Madrid, 2018. 70 páginas. 

Al lector de poesía le habrá sorprendido esta incursión en la lírica del periodista de El País Vicente Verdú (Elche, 1942). Especializado en temas culturales (de la arquitectura al arte), sociales (el matrimonio, los viajes, el tabaquismo) o deportivos (el fútbol), columnista con una amplia bibliografía a sus espaldas, no es, sin embargo, la primera vez que publica un libro de poemas. Ya ocurrió hace casi treinta años, cuando vio la luz Poleo menta. Y de nuevo la palabra “menta” se repite en el título. Según su autor, “el perfume que dejan los días felices”. Y no es precisamente la alegría el asunto central de estos versos. Da uno por hecho que para según qué cosas la poesía sigue resultando útil. Porque consuela, aunque admitirlo sea “desconsolador” –“una práctica paliativa”–, pero también porque permite que los pensamientos se anuden a los sentimientos, y viceversa, con una naturalidad y una hondura tal vez vedadas a otros géneros. “La desinhibición en la escritura sólo es posible en poesía”, ha dicho. El caso es que, como a tantos, a Verdú le diagnosticaron un cáncer de pulmón: “los médicos dictaminan males / sobre breves pozos de llanto”. Entonces, “el entusiasmo por vivir aumenta y el miedo a morir se multiplica”. En esa peligrosa encrucijada está escrito este intenso testimonio donde, a un tiempo, se da cuenta de lo vivido y se reflexiona sobre el momento definitivo en el que alguien ha de enfrentarse a su verdadera dignidad.
“Sólo se ama de verdad lo que no existe”, reza el primer verso, de un poema sin título que sirve de pórtico. El resto va jugando con las tres palabras clave: muerte, amor y menta. “Porque, efectivamente, / el amor sólo sabe turbiamente de sí / y no admite investigación alguna”. Más allá, diría, de la pérdida. Sí, estamos ante una larga meditación que es también un tenso diálogo en torno a lo fatal. Ante un lúcido paseo por el amor y la muerte, caras al cabo de la misma existencia. Allí, el miedo, la soledad, el dolor, la culpa, Dios… Y la felicidad de los recuerdos –la familia en Filadelfia–, de “la vida vivida sin temor”.
El lenguaje es sobrio pero plástico (Verdú es pintor), con atrevidas imágenes, sugerentes metáforas y juegos de palabras que conviven con cierta tonalidad grave y metafísica. Acaso porque “uno piensa mejor / cuando está solo ante la muerte”.

Nota: Las reseñas de los libros de Praena y Verdú aparecieron el pasado viernes, 20 de abril, en El Cultural.

23.4.18

Una conversación

El próximo miércoles, día 25 de abril, de cinco a seis de la tarde, José Luis Bernal y yo charlaremos sobre poesía en las VII Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil de Extremadura. Será en el Palacio Obispo Solís de Miajadas. El programa promete. Organiza el Ayuntamiento de Miajadas y, entre otras instituciones, el grupo de investigación de Literatura Infantil y Juvenil de la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura. 

22.4.18

Día del Libro

Pasaré mañana por San Calixto, mi antiguo colegio, aunque hace muchos años que dejó de ser de los Maristas, como entonces. 
Nada mejor que celebrar el Día del Libro con jóvenes lectores que ojalá sigan leyendo en el futuro. Falta nos hace.

21.4.18

De dos en dos y...

A sabiendas de que es imposible escribir acerca de todos los libros que le llegan a uno, ni siquiera de los que alcanzo a leer, además de los que reseño para las revistas en las que colaboro, me gusta publicar aquí de vez en cuando una lista que al menos dé cuenta de ciertas lecturas que uno considera dignas de ser mencionadas. En esta ocasión agrupo esos libros de dos en dos. 
1. Mujeres. Un hogar fuera de mí (Visor), de la argentina Luciana Reif, XXX Premio Loewe a la Creación Joven, es, sobre todo, palabra de mujer. Casi la caída (Stendhal), de Almudena Vega, confirma una poética fundada en una voz muy personal. 
2. Haikus. Grillos y luna (La Isla de Siltolá), de Susana Benet, tal vez nuestra mejor haikista. Más de mil vidas (Renacimiento), de Antonio Moreno, que vuelve a ese tipo de composición oriental tras Unos días de invierno.
3. AntologíasEl poema extranjero (La Isla de Siltolá), de Juan Peña, donde reúne sus traducciones de conocidos poemas clásicos de Hölderlin y Dylan Thomas pasando por Rilke, Keats o Leopardi. Los años otoñales (BajAmar), de Vicente García, que en la sección "Otras voces" traduce poemas de poetas clásicos y modernos, de Marcial y Arquíloco a Frost y Holan. 
4. Traducciones. Un acuario (La Garúa), de Jeffrey Yang, al que Jordi Doce, su traductor, ya nos presentó en Libro de los otros (que he reseñado para la revista Clarín). Y el lugar era agua (Eolas), de Lorine Niedecker, a la que traduce Natalia Carbajosa para la colección que dirige Tomás Sánchez Santiago. Dos libros que son, sin duda, dos grandes sorpresas. 
5. Completas. De dos murcianos, por cierto. Atardece despacio. Poesía completa (1976-2017) (Renacimiento), de Dionisia García, una poeta a tener en cuenta, pero bastante desconocida. Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017 (Tusquets), de Eloy Sánchez Rosillo, que reúne una vez más sus extraordinarios poemas, y no será la última.  
6. Ensayo. Vanguardismo y memoria. La poesía de Miguel Labordeta (Pre-Textos/Fundación Gerardo Diego), de José Antonio Llera. Fue premio 'Gerardo Diego de Investigación Literaria' y rescata, con gran sentido de la oportunidad, la figura de un poeta -el hermano de José Antonio- no del todo reconocido. Un mundo simbólico (Las Isla de Siltolá), de Pelayo Fueyo, que indaga en torno a la poesía desde su propia poética. 
7. Clásicos. Uno antiguo y otro contemporáneo. Carmina Burana. Cantos de goliardo y poemas de amor (Galaxia Gutenberg), al cuidado del simpar Francisco RicoMensaje (Visor), el único, mítico libro que Fernando Pessoa publicó en vida, apenas un año antes de morir, en traducción de Manuel Moya, que sigue dando a conocer sus versiones (una tarea titánica) de la obra completa del autor portugués. 
8. Tánger. Tánger entonces (La Veleta), de Antonio Pau, una autobiografía de su infancia en la ciudad norteafricana. Tánger, segunda patria (Almuzara), de Rocío Rojas-Marcos, donde se repasa su influencia en la literatura, por ser un "ineludible enclave literario en castellano". De Carmen Laforet a Ramón Buenaventura pasando por Ángel Vázquez, autor de La vida perra de Juanita Narboni
9. Francisco J. Uriz. Que es tanto como decir nórdicos. Antología Poetica (Bolchiro), del sueco Lars Forssell, y Trilogía del Hacedor de sueños (Libros del Innombrable), del noruego Jan Erik Vold.
y 10. Elías Moro. Que publica dos libros: Album de sombras (Eolas), una suerte de memorias de infancia, y su primer libro de poesía, De nómadas y guerreros (LeTour1987), un intenso homenaje a uno de sus maestros: Aníbal Núñez.
Coda. La lista de libros, digamos, normales sería interminable, y ya quisiera exagerar. Con todo, ahí van unos cuantos títulos de referencia:
-Diluvio (La Isla de Siltolá), de Miguel Veyrat.
-Arabesco (Pre-Textos), de José Manuel Benítez Ariza.
-La epifanía (Visor), de José Luis Rey.
-Una casa victoriana (papelesmínimos), de Víctor Angulo.
-La tierra que pisamos (Universidad de Oviedo), de Borja Martín.
La lista empieza por el más veterano, que cada día está más joven (al menos poéticamente) y termina con la ópera prima de un poeta del 94, asturiano de Navia. Promete. Benítez Ariza, un poeta solvente, es de mi generación, aunque con menos edad que yo, y Rey de la siguiente. Su libro impresiona sólo con verlo. De Angulo (soriano, como Fermín Herrero y Enrique Andrés Ruiz, y del 78)  no conocía nada, pero el libro, además de precioso, me parece logrado.

Nota. Ilustra esta entrada el cuadro "Alfred Munnings reading aloud outside on the grass", circa 1911, de Harold Knigh. 

18.4.18

El Extremadura

Mis primeros recuerdos del periódico se remontan a finales de los años setenta. Estudiaba uno Magisterio en Cáceres, de donde el diario es natural (desde 1923), y algunas tardes iba a visitar a mi amigo Felipe Muriel, ambos poetas en ciernes. En su casa, situada en la calle General Margallo, muy cerca de donde estaba el colegio San Antonio, se recibía un ejemplar por las tardes, entregado en mano. La edición, sí, era vespertina, como en sus orígenes la del italiano Corriere della Sera.
Muy pronto, por los azares de la vida, visité más de una vez los talleres donde se imprimía, en La Madrila. Otro periódico local y también vinculado a la Iglesia (al Obispado), El Regional, de Plasencia, donde publiqué mi primer artículo (con motivo de la muerte del poeta Blas de Otero, en 1979) y al que mi padre estuvo muchos años vinculado en su condición de administrador, llegó a un acuerdo con la empresa editora del Extremadura para lanzar la tirada en Cáceres. Uno era colaborador y redactaba los editoriales, tras previa y breve conversación telefónica con el sacerdote Virgilio Vegazo, responsable de aquello y mi primer maestro de montañismo. En aquellas rotativas conocí a Germán Sellers de Paz, toda una institución del periodismo extremeño, su director desde 1971 hasta 1987.
Eran viajes amenos por la vieja y mareante Nacional 630, más que nada por las conversaciones con mi acompañante y conductor, otro imprescindible de la prensa regional, Gonzalo Sánchez Rodrigo.
Desconocía en esos momentos que acabaría colaborando en El Periódico. Me invitó a hacerlo su director Julián Rodríguez, un gallego que dio un impulso considerable al medio, que desde 1988 pertenecía al Grupo Zeta. Hacía mucho que el diario había logrado un alcance regional (consolidado ahora con las distintas Crónicas), por más que nunca haya perdido su impronta cacereña.
Mi sección se titulaba “A poniente” y para ella escribí cerca de ciento sesenta artículos. Terminó con la marcha de Rodríguez a su tierra natal. Con todo, el artículo que mejor recuerdo de cuantos publiqué en el Extremadura es el que apareció el 12 de marzo de 2004, escrito la misma mañana de los atentados salvajes en los trenes de Madrid, cuando aún creíamos que había sido ETA la causante de la matanza. Aquel aciago día di la vuelta a la altura de Navalmoral de la Mata cuando iba camino de Tarragona para dar una lectura. Pronto comprendí que ese acto no podría celebrarse.
A instancias de Merche Rodríguez Rey, redactora en Plasencia, publiqué algunas columnas de tema local en “Placentín”, cuando gobernaron nuestro Ayuntamiento, respectivamente, el polémico José Luis Díaz y la primera alcaldesa de la ciudad del Jerte, Elia María Blanco.
Ni en una ni en otra sección me libré de algunas controversias, como la que tuve con el alcalde de Torrecilla de los Ángeles a propósito del cambio de ubicación del Centro de Profesores donde trabajaba y que terminó con la intervención de la Guardia Civil.
En un espíritu semejante al que inspiró la campaña “Un libro, un euro”, esto es, que los libros de autores extremeños fueran asequibles para el gran público, El Periódico Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, dentro del Plan de Fomento de la Lectura que uno coordinaba, lanzaron la colección que “Literatura Extremeña y Universal”.
Destacaría dos obras de aquella espléndida muestra: la edición de una antología de textos de humanistas extremeños realizada por los profesores de la Universidad de Extremadura César Chaparro y Manuel Mañas, y la Historia Literaria Extremeña de Antonio Rodríguez Moñino, un libro perdido que se rescató gracias al bibliófilo Joaquín González Manzanares, quien cedió los derechos.
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Siempre he sido lector de la prensa regional y defensor a ultranza de su necesidad y aun de su vigencia en estos malos tiempos para el periodismo, sobre todo en papel. La información contrastada y la reflexión serena sólo suele encontrarse en los diarios, más allá de las bondades que uno, analógico vocacional, atribuye al material en que están hechos, tacto, vista y olor incluidos.
Nos hemos enterado de lo que pasaba en esta tierra gracias al Extremadura y en momentos de gran efervescencia cultural ha sido un fiel aliado de esa transformación normalizadora que tuvo lugar a finales del siglo pasado y principios de éste en una región donde durante siglos dominó la incuria. Cómo olvidar, en este sentido, la labor de Liborio Barrera, que tanto echo de menos, lo mismo que la de otros grandes profesionales del periodismo cultural extremeño de éste u otros diarios.
Mil veces se ha anunciado la muerte de El Periódico Extremadura y, por suerte, otras tantas ha sido desmentida. Sigo viéndolo como un medio capaz de completar y de complementar la información de los otros, ya sean de la prensa, la radio o la televisión, sin olvidar los virtuales o internáuticos. ¡Larga vida!












Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
La fotografía de arriba es la que ilustra el texto, de Francis Villegas, seguramente, o puede que de Toni Gudiel.

13.4.18

Valladolid exprés

¿Compensa, tras una mañana de nueve a dos en clase y un claustro de regalo y una comida escasa y rápida, coger el coche y, autovía arriba, con un tráfico intenso (sobre todo de camiones) y tiempo dudoso (con fuertes rachas de viento y, cada poco, anuncios en la carretera de previsión de nevadas), acercarse a Valladolid a leer poemas, gratis et amore, durante veinte minutos delante de un amable y distinguido público (pues distingues perfectamente a todos) para, inmediatamente después, sin tomar nada, volver a casa sin parar en el camino a costa de desobedecer las indicaciones del urólogo? Además, ya nos avisó Pascal: "Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Con lo bien que se está en casita un miércoles por la tarde. La respuesta a esa larga pregunta que acabo de formular es sí. Sí compensa. Porque daba gloria ver el paisaje nevado al pasar por Valdeamor (no recordaba el Pinajarro con tanta nieve desde que uno subía de adolescente a esas montañas) y la Sierra de Béjar. Porque no me perdí al entrar en Valladolid, aparqué como es debido y pude pasear por su espléndido centro histórico. Porque mantuve una larga conversación con el coordinador de las Jornadas que me llevaron a esa ciudad castellana, Javier Dámaso, que me enseñó su facultad y hasta su desordenadamente ordenado despacho. Porque pude abrazar a Fermín Herrero, que desatendió, ay, sus obligaciones familiares para asistir al acto; conocer en persona a Fernando del Val, que tuvo la amabilidad de llevarme en su coche hasta la Feria de Valladolid, donde tenía el mío, y con el que hablé de una lejana visita a Pere Gimferrer, al que ha entrevistado para Turia; saludar cara a cara a Sergio Fernández Salvador, que me anunció nuevo libro en DKW, de la mano de José Mateos; y cruzar unas palabras con una encantadora señora de Plasencia. Porque conversé y, sobre todo, escuché -acaso lo mejor de la noche- a la poeta búlgara residente en España Zhivka Baltadzhieva, autora de, por ejemplo, Fuga a lo real, un hecho que cobra aún más sentido si tengo en cuenta mi reciente debilidad por Bulgaría y por Sofía (ella, como los de allí, pronuncia Sofia) tras mi fugaz visita al país balcánico. Porque escuché al apasionado, veterano poeta palestino Mahmud Sobh leer con pasión y en árabe su poema dedicado a Toledo. 
Nadie, en fin, me obligó a ir a Valladolid, aunque cada vez le cuestan a uno más estas escapadas de ida y vuelta, estos viajes exprés que, en principio, dudo de que sirvan para algo. De hecho, cuando Javier Dámaso me invitó a participar en el ciclo “Poesía y Migraciones”, después de darle las gracias por querer contar conmigo, le dije de inmediato que no era la persona adecuada: lo mío es casi una anomalía, más en estos tiempos: vivo en mi ciudad natal desde que nací. Sólo he estado fuera durante mi breve periodo estudiantil y en las esporádicas salidas con motivo de algún viaje. Es verdad que procedo de una tierra de emigrantes. Parte de mi familia paterna, de la comarca de La Vera, se fue a buscar una vida mejor al País Vasco. Y a Francia. Mi propio padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela en los años 50. Sé de la emigración, en consecuencia, por la vida de los otros. De la inmigración, aunque poco, también sé algo: veo y leo las noticias y a Extremadura también llegaron en las décadas pasadas hombres y mujeres de África, Europa y América que, por desgracia, tuvieron que regresar en su mayor parte por culpa de la crisis. Alguien imaginó que el hijo de alguno de ellos llegaría a ser escritor en su nuevo lugar y, sin embargo, la realidad ha querido que los extremeños vuelvan a emigrar como en los sesenta y a publicar sus obras fuera. Volvemos, pues, al paradigma Landero. O Cercas. Madrid, Cataluña…
Leí unos pocos poemas. De Plasencias, “Destierro”, que viene a justificar, siquiera en parte, la amable invitación de Dámaso. Aclaré antes de leerlo que tengo el máximo respeto por la palabra exilio y exiliado, términos, me temo, que se toman con demasiada frecuencia en vano.
De A debida distancia, “El extranjero”. Suelo leerlo siempre en mis lecturas públicas y está en casi todas las antologías que incluyen poemas míos. Incide, como el anterior, en el asunto que nos ocupaba. 
La breve conversación a que antes me refería con el coordinador de estas Jornadas tuvo su punto de inflexión cuando él aludió a mi libro tangerino. Fue cuando por fin acepté. En efecto, una de las voces de Más allá, Tánger pertenece a una mujer que nació allí y se vio obligada a emigrar. Hija, a su vez, de emigrantes y desterrados. Elegí cinco poemas de ese libro, los más acordes al tema que nos convocó en Valladolid una fría tarde de abril que, sin duda, insisto, mereció el esfuerzo. 

9.4.18

Gastón Baquero: al rescate


Gastón Baquero
Edición de Carlos Javier Morales
Visor, Madrid, 2016. 230 páginas. 

Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914-Madrid, 1997) no ha dejado de ser un poeta secreto. Exiliado en la España de Franco tras la caída de Batista, ni sus ideas ni su poesía llegaron nunca a encajar con el gusto dominante, aunque no le faltaran sólidos defensores: Brines, Castelo, José Olivio Jiménez… De su etapa cubana cabe destacar su vinculación a la revista Orígenes, donde coincide con Lezama (que consideró el acontecimiento más decisivo de su vida). “Son los años del hombre ilustre y conservador (…) que continúa llevando su íntima homosexualidad con la discreción que siempre la llevó”, según Luis Antonio de Villena, otro de sus valedores, que le calificó como “alto, simpático y mulato”. Al llegar al Madrid de los sesenta, los poetas sociales del momento no aceptaron, ya digo, ni su talante conservador ni su poética y pasó a una situación de paulatino apartamiento del que da fe una impresionante fotografía que le hizo Lejarcegi en 1994. Creía que la escritura era “tarea íntima y oculta”. Para una “minoría”. A ella se dirige esta antología que ha editado Carlos Javier Morales. Sorprenderá a más de uno. Lo anticipa el antólogo, que define su obra como “una de las expresiones más originales y lúcidas de la lírica contemporánea en lengua castellana”. Su mundo es, sí, “fascinante”, y su voz, original y única. Sus versos están reunidos en Poesía completa (Verbum, 1998). Practicó la sabiduría de no-saber (“Yo no sé”). La del niño, la del inocente. “Él solo es testigo de lo que se ve”, dice Morales. Y Baquero: “Dar realidad a lo tenido hasta el momento por inexistente, es la función mayéutica de la poesía”. Su moral de solitario queda resumida en “todo lo hermoso ha de ser bueno”. Le interesaba el “estoicismo de la belleza” e “inventar, fabular”.
La selección es un acierto. Ya en Poemas (1942), su ópera prima, encontramos una de esas extensas composiciones que le confirman como un poeta admirable y necesario, injustamente preterido: “Palabras escritas en la arena por un inocente”, con Shakespeare al fondo: “Yo no sé escribir y soy un inocente”, “en verdad soy solamente un niño”, “Yo soy el más feliz de los infelices”, “la vida no es sino una sombra errante”. O la que da título a su segundo libro, “Saúl sobre su espada”: “Solo solemne muerto”. La historia, lo legendario, el exotismo, la mezcla de lo épico y lo lírico, recuerdan a veces a Cavafis. A ratos, parece un novísimo. Llegan después “Testamento del pez” (la ciudad y la muerte), “Memorial de un testigo” (que da título a un libro fundamental, del 66): “Yo estaba allí”. Donde la música. Para él, vital. Escribió canciones, pavanas, madrigales, himnos… Sugirió incluso qué escuchar mientras se leían sus poemas. Personajes de sus monólogos dramáticos, Mozart y Bach, Wilde y Whitman, Vallejo y Rilke (“Silente compañero”), Nefertiti y Cleopatra. Y otros clásicos y bíblicos. En Egipto, Roma o Viena. Fue de verdad viajero y cosmopolita.
En “Discurso de la rosa en Villalba” da otra vuelta de tuerca a un tema eterno. En Magia e invenciones (84) está “Retrato”, el extraordinario “Marcel Proust pasea en su barca por la bahía de Corinto”, el delicioso “Brandenburgo, 1526” (donde apreciamos su sesgo narrativo), “El galeón” (y su permanente condición isleña y tropical), “En la noche, camino de Siberia” (donde el anticastrista hace decir a Stalin: “¡Toma poesía!, ¡toma decadencia!, ¡toma putrefacta Europa!”)… Los suyos eran unos “memoriosísimos ojos sedientos de mundo”. Soñó lo que vivía. Tras algunos “poemas invisibles”, cierra la muestra “El río”, donde queda patente su actitud de asombro ante el misterio.

Retrato

Ese pobre señor, gordo y herido,
que lleva mariposas en los hombros
oculta tras la risa y el olvido
la pesadumbre de todos los escombros.

Él dice que lo tiene merecido
porque aceptó vivir, que no hay asombro
en flotar como un pez muerto y podrido
con la cruz del vivir sobre los hombros.

Cenizas esparcidas en la luna
quiere que sean las suyas cuando eleve
su máscara de hoy. No deja huellas.

Sólo quiere una cosa, sólo una:
descubrir el sendero que lo lleve
a hundirse para siempre en las estrellas.

6.4.18

La poesía como patria

En tan sólo una década, Luis María Marina (Cáceres, 1978), diplomático de carrera, con destino, entre otros, en las embajadas de España en México y Lisboa, ha dado a la imprenta numerosos libros de distintos géneros, publicados tanto en sellos nacionales como mexicanos. De poesía: Lo que los dioses aman (2008), Continuo mudar (2011), Materia de las nubes (2014) y Nueve poemas a Sofía (2014); ensayo: Limo y luz. Estampas de la ciudad de México (2012), Las tentaciones de Lisboa (2015); diarios: El cuento de los días. Diarios mexicanos (2008-2010) (2015); así como numerosas traducciones, siempre del portugués.
En De la epopeya  a la melancolía. Ensayos sobre poesía portuguesa del siglo XX, la obra que nos ocupa, reúne los prólogos (completos, actualizados y corregidos) a esas ediciones y algunos textos más, en torno a una de las poesías más importantes de la lírica universal, sobre todo en el siglo XX. Pessoa es, claro, una referencia inevitable, si bien Marina no ha vertido nada suyo. Los poetas de los que se ocupa son posteriores a esa influencia decisiva, una sombra permanente (“el demonio de nuestra hora meridiana”), para la literatura de nuestro mundo.
“El alma lusíada tañe, desde hace siglos, entre la epopeya y la melancolía”, dice Marina al principio. “Y entre ambos extremos –añade–, marcando el pulso, el complejo mecanismo de la realidad que solo por convención se nombra saudade”. En palabras de Camões, “Un no sé qué, que nace no sé dónde, / Llega no sé cómo, y duele no sé por qué”.
La poesía, dice Marina, vendría a ser “una de las manifestaciones más duraderas del alma lusa”. “La más genuina también”. Desde la epopeya camoniana Lusíadas. Sí, “por supuesto que Portugal es un pueblo de poetas”, dejó dicho Jorge de Sena con la debida retranca: “hemos vivido ocho siglos y casi la mitad de otro de una existencia puramente imaginada por nosotros mismos”. “En la epopeya, la ensoñación. Y en la melancolía, lo real”, concluye Marina. Esta poesía, precisa, “acaba por tornarse el símbolo más genuino de una cierta manera de estar en el mundo”. Así, la palabra poética “será la patria privilegiada el alma lusa, su dominio más cierto e incontrovertible, su hazaña más duradera”.
Para situar el objeto de este libro, nada mejor que el texto elegido para abrirlo: “Los que las olas navegamos. Un siglo de poesía portuguesa”. El que Eugénio de Andrade, uno de sus protagonistas esenciales, denomino “século de ouro”.
Eugenio Montejo, el añorado poeta venezolano que tanto amó lo portugués y a Lisboa, se refirió a la “continuidad invariable” de la escuela poética portuguesa. Ese siglo se inicia con Antero de Quental y los vencidos da vida, su 98. Pasa por Orpheu, revista de “vida corta y agitada”, que, sin embargo, marca un antes y un después. Y ya ahí, los modernos: Fernando Pessoa (su obra “atópica”, “una tradición en sí misma”) y Mário de Sá-Carneiro. Más que mera Vanguardia. Y Césario Verde y Camilo Pessanha. Más que “galaxia conformada por planetas que giran en torno a un centro (…), tupida red de ríos y afluentes que se comunican”. Y, después, ya con Salazar en el poder, tras la proclamación del Estado Novo, los presencistas (Torga y Casais Montero). Y Carlos de Oliveira (a quien quiso dedicar su tesis doctoral Ángel Campos Pámpano). Y el citado Andrade, al que acompañan nombres tan significativos como Sophia de Mello Breyner, Jorge de Sena, Ruy Cinatti… O Alberto Lacerda, un exiliado. En los 50, Cesariny, O’Neill, Ramos Rosa, Helder. Y el surrealismo, que “llegó tarde y vivió poco”. Los sesenta y setenta aportaron también poéticas memorables: Brito, Pais Brandão, Neto Jorge, Nuno Júdice, Gastão Cruz, Belo, Franco Alexandre, Fernandes Jorge, Magalhães o Graça Moura. Para entonces, la poesía portuguesa ya estaba en la hora del mundo. Alude después Marina al declive, a esa “pobreza de medios expresivos”, según José Ángel Cilleruelo, que caracterizaría a la poesía portuguesa reciente. En los ochenta, dice, el panorama fue “desolador”. Con todo, ahí están Luís Quintais y Daniel Faria.
En el capítulo siguiente ahonda en esa visión general de la poesía portuguesa, esta vez centrada en el espléndido siglo XX. Dedica “cinco notas” a Verde, Pessanha, Pessoa, Sá-Carneiro y De Sena y “diez nótulas” a Breyner Andressen, Oliveira, Andrade, Cesariny, O’Neill, Helder, Belo, Pais Brandão, Cruz y Graça Moura. El tono, didáctico y, como siempre, muy personal.
Cité antes a Daniel Faria, paradigma de qué poetas, de las obras de qué poetas, interesan sobre todo a Marina. Él los llama “heterodoxos” y a ellos dedica el grueso de este volumen. Son poetas a los que ha traducido y estudiado y es esta segunda parte la que rescata. Sí, los enjundiosos prólogos que, no sin añadidos y correcciones, abrieron aquellos libros o antologías. Por orden de aparición, los elegidos, no siempre canónicos, son: el imponente António Ramos Rosa (Dispersa sed), los mozambiqueños –dos poetas extraordinarios, en especial el segundo– Albero Lacerda (El encantamiento) y Rui Knopfli (El país de los otros), su admirado Nuno Júdice (Navegación sin rumbo), al que dedica dos textos, Ana Luísa Amaral (Oscuro) y el malogrado Faria (al que dedica también dos textos, uno titulado “Faria y yo”), del que ha vertido, para Sígueme, Explicación de los árboles y de otros animales, Hombres que son como lugares mal situados y De los líquidos.
Además, se incluyen artículos sobre Nora Mitrani (musa surrealista que da a conocer a Octavio Paz la obra de Pessoa, conferenciante en Lisboa, amante del poeta O’Neill, retratada por Fernando Lemos y, al cabo, suicida, de la que ofrece una breve muestra de sus poemas), Alberto da Costa e Silva, los jóvenes poetas lusos Jorge Reis-Sá, Vasco Gato y Miguel-Manso y sobre la estancia madrileña del periodista Joaquim Novais Teixeira (1891-1972).
No falta en este libro (que ningún amante de la poesía lusa debería perderse) una selecta bibliografía, una amplia relación de poetas portugueses traducidos a nuestra lengua y algunas notas.

De la epopeya a la melancolía. Ensayos sobre poesía portuguesa del siglo XX. Luis María Marina. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2017.

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 125-126 de la revista Turia.

4.4.18

30 de Loewe: una reflexión

©Álvaro Tomé 
Ya dijimos aquí atrás que la Fundación Loewe celebraba el treinta aniversario de su premio de poesía con la edición de una antología titulada Mareas del mar. La ha publicado, como los sucesivos libros ganadores, Visor, y la selección y el prólogo han corrido a cargo de Luis Antonio de Villena.
El autor de Hymnica y Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor, son, junto a Enrique Loewe, patrocinador del galardón, las personas que están en este empeño desde el principio, aunque la máxima responsabilidad por parte de la lujosa y cosmopolita casa madrileña recaiga ahora en Sheila Loewe, hija de don Enrique, quien no se ha desvinculado del todo de una empresa que lleva décadas apoyando de una manera tan sobriamente elegante como serenamente entusiasta. 
También se comentó que este florilegio continúa el camino emprendido con La poesía plural, que surgió al cumplirse la primera década del premio, y siguió con Los senderos y el bosque, que llegó al cumplir la segunda.
Villena alude en su introducción a los jurados, así en plural, pues que han cambiado con el paso de los años, y cuya actuación se caracterizaría por la independencia y el rigor. Podrá uno estar más cerca de uno u otro libro, de este o aquel estilo, pero de cuantas se han premiado se puede afirmar que son verdaderas obras poéticas. No es poco. Valente, en eso, se equivocó. 
No faltan reflexiones sobre la presencia femenina, un signo de los tiempos y tan escasa como acostumbra, ni sobre los autores ultramarinos. Nadie duda a estas alturas de la vocación internacional del Loewe. Que va a más, por cierto. 
"Pluralidad" es la palabra clave. El mar es uno, pero las mareas cambian, viene a decir Villena para justificar el título de la obra. Otra es "excelencia", más en "tiempos como los que vivimos, de grande pobreza cultural y mental en términos generales". Precisa, por eso, que hay que "remar contracorriente". Hay un tercer término: "modernidad", si bien uno no acaba de entender lo que eso significa cuando se habla de algo tan intemporal e intempestivo como la poesía. 
Dice, en fin, Villena que la muestra ha sido consultada porque se ha pedido a los autores que elijan hasta diez poemas a partir de los cuales él ha hecho la selección definitiva. No ha sido mi caso, desde luego, aunque no me quejo, al revés, por lo escogido.
Pero no sólo se conmemoran los treinta años con la antología. También se ha lanzado el documental "Poesía eres tú", que se estrenó el pasado Día Internacional de la cosa. Dicen que "el film ofrece una visión plural del panorama actual de la poesía en español, a través de las voces consolidadas del jurado y el palmarés del Premio LOEWE de Poesía, así como de nuevos talentos que se abren paso en nuevos soportes". Y es en esta segunda parte donde uno encuentra la contradicción. Al lado de autores vinculados al premio como jurados (Francisco Brines, Jaime Siles, Antonio Colinas, etc.), de críticos como Víctor García de la Concha y de poetas que lo ganaron (como los imprescindibles García Montero, Benítez Reyes y Marzal), aparecen opiniones de, entre otros, Elvira Sastre o Marwan, cabezas de serie de eso que se ha dado en llamar nueva lírica o poesía juvenil, la que parecer arrasa en las mesas de novedades y acapara los primeros puestos de las listas de ventas, autores de los que uno nunca diría que brillan, precisamente, por su talento. Digo contradicción porque si de lo que se trata es de premiar la "excelencia" y de ir "contracorriente" aquí, al apoyar a estos autores, sus ocurrencias y vaguedades, por muy seguidas que sean, se está tomado la dirección contraria: hacia la insolvencia manifiesta y la moda en su peor sentido. ¿Será por eso que ninguno de ellos lo ha ganado? No es un problema, por cierto, de soportes (de si el poema se escribe a mano y en papel o si en la líquida superficie de un teléfono móvil). Ni de sexos, tendencias o edades (no todo lo nuevo y joven es bueno), sino de sustancia: de si es poesía o, como dice Luis Alberto de Cuenca, parapoesía. Sólo eso.
Ya confesé mi discreto estupor al comprobar que el libro que ha conseguido el último Premio Loewe a la Creación Joven fuera presentado en la fiesta del Palace por la autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo. Sigo sin dar crédito. Debo de ser muy torpe. Uno, en su inocencia (o en su ignorancia, tanto da), creía que si por algo se caracterizaba este acreditado galardón, que uno siente como algo propio, era por su alto nivel de exigencia, eso que le distingue de tantos y tantos premios poéticos que pueblan la geografía patria. ¿En qué ayuda, entonces, esta interferencia? ¿Dónde está el mérito? ¿A qué viene esta frivolidad que al cabo le lastra, desvirtúa y empequeñece? No dejan de ser, insisto, poetas ajenos al mismo. Una suerte, añado. Por decirlo de una manera del todo comprensible, es como comparar un auténtico bolso de Loewe con una simple falsificación de mercadillo.
Lo que importa es la antología, claro, porque no deja de ser un reflejo bastante fiel de lo que ha sucedido a lo largo de estos treinta años. Por más que el nuevo mensaje a uno le confunda y hasta le entristezca. Y digo a uno porque no he escuchado a nadie, relacionado o no con el premio, una sola reflexión al respecto. En fin, seré yo el equivocado. El que eleva a categoría lo que no deja de ser mera anécdota. Seguro. 

2.4.18

Insula: nuevos tiempos

Los amigos y más modernos lectores de la veterana revista Insula están de enhorabuena pues han puesto a la venta los ejemplares en versión Ebook desde el número de enero-febrero 2017 hasta el del mes corriente. 
Se puedan adquirir a través de la web (el enlace está debajo de cada Sumario), o en distintas plataformas comerciales como planetadelibros.com. Basta escribir en su buscador "Insula" y aparecen estos números al módico precio de 4'99 euros. 
Aunque se perdiera la batalla de las librerías, las nuevas tecnologías han jugado a su favor. Los lectores podrán adquirir un ejemplar suelto de manera muy sencilla. 
Se mantiene, no obstante, la venta de números sueltos en papel vía telefónica o través del e-mail: insula@espasa.net, así como la suscripción anual en papel.
Me informa de estos detalles Arantxa Gómez Sancho, editora de la revista. ¡Suerte!

29.3.18

Aranda y L. Andrada

Dibujar una isla
Verónica Aranda
Reino de Cordelia, Madrid, 2017. 104 páginas. 

Verónica Aranda (Madrid, 1982) une a su condición de poeta la de traductora (del portugués, sobre todo) y la de viajera (su blog, Poesía nómada). 
Dirige, además, una colección de poesía hispanoamericana en la editorial Polibea. Aunque muy joven, ha publicado ya numerosos libros: Poeta en India, Tatuaje, Alfama, Postal de olvido, Cortes de luz, Senda de sauces, Café Hafa, Lluvias Continuas. Ciento un haikus, Otoño en Tánger y Épica de raíles. Algunos de ellos fueron galardonados; como éste, Premio “Ciudad de Salamanca”, que le otorgó un jurado constituido, entre otros, por Asunción Escribano, Fermín Herrero, Juan Antonio González Iglesias, José Luis Puerto y César Antonio Molina.
Una cita de María Zambrano abre este libro unitario, editado con primor, que gira en torno a la realidad y a la metáfora de las islas (“Nadie te enseña / a contemplar las islas”). Un viaje real a las del Egeo y el Jónico (que marcan las dos primeras partes), “islas / de sugerentes nombres”, que se convierte en otro interior en el que prima el misterio (“toda isla es un enigma”) y el deseo. El cuerpo está ya en el primer poema, al borde del agua. En los baños: “Soy una nadadora ensimismada”, dice. Y el seductor erotismo, explícitamente lésbico. En medio de un paisaje reconocible que Aranda logra separar de lo masivo y lo turístico, por más que a eso remitan títulos como “Santorini” o “Mikonos”. No estamos ante una poesía descriptiva, aunque el vocabulario no evite nombrar un mundo poblado de cal, limoneros, tamarindos, higueras o salitre. El mundo de la luz (“y la luz es tan blanca / que nos torna elocuentes”) y el verano (“un verano que soñé interminable”). Una luz que, a través de la palabra, llega a deslumbrarnos. De tan nítida.
Los poemas son breves y están muy bien hilvanados, como fragmentos de un diario íntimo. El lenguaje, conciso y sentencioso: epigramático. Predomina lo sugerente y sensual. La emoción cadenciosa. La atención contemplativa.
No faltan homenajes de lectora: Cavafis, Elytis, Laina, Papadiamandis (al que dedica un hermoso poema)...
La tercera parte, que da título al libro, es más hermética y misteriosa, en clave más honda, cruda y personal, donde se atisba, mediante términos clave (dualidad, equilibrio, templanza, estigma, insomnio...), la inquietante presencia del conflicto, la enfermedad o el desamor. La casa de la vida.

Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2017. 120 páginas. 

En la amplia bibliografía de López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) encontramos novelas, recopilaciones de artículos y libros de poesía, la mayor parte premiados. De diecisiete de ellos ha seleccionado Antonio Colinas los poemas que componen esta antología que celebra treinta años de oficio, de 1985 a 2015. No estamos, con todo, ante un poeta canónico ni sus versos aparecen habitualmente en florilegios y manuales, lo que no obsta para que algunos lectores y críticos los tengan en alta estima. Así, Colinas, que firma el sustancioso prólogo del volumen, donde alude al “dolor extremado” como “perfil de la nada” (“Pongo la mano encima del dolor”); a la pérdida de la patria de la infancia y del paisaje; a la esperanza que se cifra en la memoria de un mundo humilde y rural ya malogrado; a su trabajo con “el lenguaje de la sencillez”, de “palabras limpias y claras”; a la fidelidad a su voz de este poeta con raíces; a una poesía, en fin, “que salva al que la lee”.
Se abra por donde se abra, el lector comprueba que López Andrada es autor de un solo libro. Y no lo digo como demérito. Me limito a constatar un hecho. Desde el primer poema hasta el último el tono permanece y, con él, los temas, los sentimientos, las obsesiones y cuanto favorece, en suma, la creación de un universo lírico propio.
La melancolía, por ejemplo, teñida de tristeza o de nostalgia. O la naturaleza, viva a pesar de los cambios, que él conoce tan bien y a la que nombra con precisión: animales, vegetales... O las heridas que vienen de la Guerra Civil. O la muerte, simbolizada en las ausencias.
La meditación se realiza desde la soledad (“La soledad me habita”), en su retiro de Los Pedroches. Desde lo autobiográfico y familiar. Desde lo cercano. Desde la conciencia de la pérdida. Con un vocabulario rico pero asequible, lleno de palabras clave, metáforas sencillas y personificaciones imaginativas. “Las mujeres zurcen la luz”, escribe. O: “mi vida está sentada en una piedra”.
Más allá, porque “vivo en la humanidad de las palabras”, destaca una inquietud moral. Por los otros. El minero, el campesino, la viuda…
En el poema final, del que toma el título la obra, habla de alcanzar “la claridad perdida, la mano de mi madre, el vano ayer”.


Nota: La reseñas de los libros de Verónica Aranda y Alejandro López Andrada se publicaron el pasado viernes, 23 de marzo, en El Cultural.

21.3.18

Carnero dixit

© MARÍA GARRIDO DE LA CRUZ
Por aquello de que hoy es el Día Mundial de la Poesía: "Eso quiere decir que la poesía auténtica es autoconocimiento y terapia, y, como decía Baudelaire, convierte en el oro de la palabra el cieno de la realidad. Los hechos que la desencadenan no son privativos de los poetas, sino patrimonio existencial de todos los seres humanos. Lo excepcional en los poetas es la magnitud del impacto emocional de la existencia, y la necesidad y la capacidad de convertirlo en un discurso escrito.
Quien escribe por ese motivo escribe primordialmente para sí mismo, y para saber más de sí mismo. Decía Cioran que quien quiera ser aquello que ha venido al mundo a ser, debe hacer el vacío a su alrededor. Y Pushkin, en un soneto que tengo enmarcado y colgado en mi estudio, que el poeta debe seguir su camino “firme, tranquilo e insociable”. Ahora bien, el poeta no es esencialmente distinto de los demás, y comparte con ellos los mismos conflictos. Por eso tiene sentido publicar. Y se convierte en necesario porque todos queremos dejar de nosotros mismos una definición y un epitafio, y no los hay mejores que la poesía". Guillermo Carnero, Una poética innecesaria. Fundación Juan March, 2004.

19.3.18

Manuel Díaz López, i. m.

Me enteré de su muerte por el muro de Fernando Pizarro. Falleció el pasado día 7 a los 95 años de edad. Los últimos de su vida los ha pasado en la placentina clínica Soquimex. Recuerdo bien su casa, en la calle de La Tea, donde acudí de niño, una Semana Santa, en compañía de mi tío Paco, cuando uno era cofrade de la Vera Cruz, a la que estuvo tan vinculado. Un caserón, mejor, atestado de libros y otros papeles propios del bibliófilo que fue; entre ellos, una excelente colección de cómics. Dónde habrán ido a parar esos fondos. 
Éramos parientes (su madre y mi abuelo Vicente eran primos), aunque el roce fue escaso entre nuestras familias. En casa siempre fue Manolito Coronado. Así se le nombraba en general. Por su padre, cuyo segundo apellido, menos común, adoptaron los de aquí para referirse a él cuando llegó a la ciudad para trabajar en el catastro. No, no había en ello, por tanto, un ápice de burla. Al revés, tuvo entre nosotros (y no sólo) fama de persona culta y el respeto hacia su figura, reservada y distante, fue norma.
Era soltero y lento de movimientos. Hablaba despacio y con un tono peculiar. Me trató, cuantas veces cruzamos alguna palabra, con amabilidad y afecto.
Trabajó como funcionario en el Ayuntamiento de Plasencia, en labores de intervención y tesorería, si bien ganó distintas oposiciones. Allí coincidió con mi madre, funcionaria e hija y sobrina de funcionarios municipales.
Una buena parte de los rótulos de las calles de esta ciudad son cosa suya (¿le darán una ahora?). Del erudito y estudioso que en realidad fue. "Lo sabía todo sobre Plasencia", se lee en el obituario que firma el tío citado más arriba, presidente de la Asociación Cultural Placentina "Pedro de Trejo", de la que Díaz López fue fundador, presidente durante 50 años y mucho más. Una rancia (en la tercera acepción del DRAE), tradicional entidad que, como se nos relata en su página web, "nace el día 22 de abril de 1954, cuando veintisiete personas con inquietudes culturales se reunieron en Junta General Constitutiva". Entre ellos, claro, Díaz López. Antes, a finales de diciembre de 1941, desafiando la estricta legislación franquista, "varios jóvenes con inquietudes culturales fundaron el denominado Grupo de Estudios Placentinos que, en noviembre de 1949, cambió el nombre por el de Seminario Placentino de Estudios Extremeños Pedro de Trejo, dependiendo orgánicamente del Seminario de igual nombre que por entonces existía en la universidad salmantina".
Se destaca en la mencionada necrológica (en el Extremadura ha publicado otra) que "lo suyo era conversar, y aquí surgen -dice Valverde- los recuerdos de esas noches y madrugadas de la primavera, verano y otoño placentinos, paseando de manera peripatética por los soportales de la Plaza Mayor de Plasencia escuchándole historias, anécdotas, costumbres... de la Muy Noble, Leal y Benéfica Ciudad de sus amores". Me cuentan que en la clínica mantuvo, hasta donde fue posible, una tertulia.
Don Román Gómez Guillén, cura con veleidades organísticas y taurinas, compañero de claustro en el Seminario Menor y vecino nuestro en San Juan, se refería a los de Trejo como Los Venerables.
Uno, ya lo he contado, duró en esa asociación el mismo tiempo que algunos famosos poetas españoles del 50 en el Partido Comunista: un rato. Y todo, o casi, por incluir unos cuantos poemas vanguardistas en una revista literaria a ciclostil que llevaba su logo. Versos ajenos, por supuesto, que uno siempre ha sido poco dado a los volatines, siquiera fueran literarios.
Acompañé de pequeño a mi tío, eso sí, a la fiesta de Navidad, que celebraban en su oscura sede del rincón de la Plaza del Salvador y, como buen placentino, les he seguido siempre la pista, por más que durante lustros su actividad cultural fuera mínima. 
Don Manuel (o Manolo o Manolito) inspiró, sólo eso, al personaje protagonista de mi segunda novela, Alguien que no existe, algo que habrán advertido quienes le conocieron y, de paso (cosa harto improbable), la hayan leído.
Le recuerdo, en fin, ensimismado y solitario, pegado a su paraguas negro, tal vez por culpa de los dichosos vértigos que, según entendido, también le importunaron. Cosa de familia. No pocos días le nombro en clase, pues confundo su nombre y apellidos con los de un alumno que se llama casi igual.
Descanse en paz. 

17.3.18

Carta de San Vicente

Foto de Gema Cuño
De Alcántara, el pueblo del pintor Godofredo Ortega Muñoz y del pedagogo Joaquín Sama y del escritor Fernando Pérez Marqués y del poeta Ángel Campos. El de Eva María Romero Rivero, profesora del IES que lleva el nombre del citado amigo y colaborador de Francisco Giner de los Ríos, profesor de la Institución Libre de Enseñanza, como recuerda la dichosa Wikipedia. Ella me invitó a charlar en su instituto con los alumnos de 2º de Bachillerato, gracias al veterano programa Encuentros Literarios del Ministerio de Educación Cultura y Deportes de España.
Eva fue alumna de Pámpano y, como unos cuantos santeños (con José Juan Cuño a la cabeza), profesa hacia él una admiración tan fiel como incuestionable. Si en este país las cosas funcionaran como es debido, podría haber sido una estupenda profesora universitaria. Tras terminar sus estudios de Filología en Cáceres con un brillante expediente, hizo un selecto curso de doctorado de Crítica Literaria en la Universidad de Santiago de Compostela con su admirado Arturo Casas y con Darío Villanueva, el actual director de la Real Academia. Pero volvió a Extremadura, a San Vicente donde, tras el consabido periplo profesional (trabajó en la Biblioteca de Extremadura), imparte ahora la docencia.
No fue fácil ir y volver de La Raya por culpa del temporal de aquel día. De viento y de lluvia, que de los dos fenómenos hubo, y de sobra. Es verdad que, más allá de la bendición que supone para el campo y para todo, el agua, desbordada en cualquier parte, aportaba al viaje un extra de belleza que el solitario conductor agradecía.
Ya en el aula, con los lectores de Más allá, Tánger, mientras fuera la borrasca arreciaba (se podía observar a través de la amplia cristalera que daba a un patio interior lleno de pequeños árboles en flor), la sesión fue de lo más llevadera.
Soy, digamos, un producto de la lectura obligatoria, un lector que surgió de las que tuve que hacer en COU, de ahí que la defienda sin complejos. Y ellos, tras la pertinente presentación del personaje (que les llevó poco tiempo: la biobibliografía de uno es anodina), empezaron por ahí. Tracy, una chica de origen nigeriano (que además es atleta), resumió a la perfección las dificultades del grupo para abordar la lectura del primer libro de poesía al que se enfrentaban en su vida. Su constancia y las indicaciones de su profesora obraron el milagro, como pude comprobar por sus inteligentes comentarios y sus acertadas preguntas al final de la charla, que fue también una lectura.
Pocas veces, y algunas experiencias ha tenido uno en institutos, pocas veces, digo, me he encontrado con chavalas y chavales tan atentos, con un público tan exquisito como el que tuve la suerte de conocer en el instituto de San Vicente, donde, por cierto, estuve otra vez hace muchos años.
En momentos así, la poesía parece tener sentido. Más del habitual, quiero decir. De una manera más honda. Puede que, como decía aquí atrás Olvido García Valdés, otra profesora ejemplar, porque "como les habla un poema, no les habla nadie". El caso es que la complicidad fue mutua, o eso atisbé, y disfrutamos de un largo rato de algo que podríamos denominar de comunicación poética. Alumnos (se sumaron al acto los de Literatura Universal de 1º), profesores (Fermina Fresneda y otros) y quien escribe esto movido todavía por la emoción y el agradecimiento. 
Prueba de la intensidad de aquella conversación en la penumbra, querido Eliseo, el sudor que uno transpiró en aquellas horas. Y no por el calor, en sentido estricto.
Como todos disponían de su ejemplar, firmé al final unos cuantos. Daba gusto seguir hablando con ellos, que ganaban en las distancias cortas. Orgullosos, imagino, de haber vencido a un temible libro de poesía. ¡Pobre!
La salida del edificio fue memorable también. En Valencia de Alcántara, allí al lado, se midieron en aquella jornada vientos de 100 kilómetros por hora. De película. Y con lluvia. Refugiados en el Litri, seguimos conversando en torno a un frugal refrigerio: un portugués bacalao en salsa y una carne a la plancha con tomate natural. De esa tesis doctoral sobre la presencia de la mariposa en la literatura que sigue pendiente, por ejemplo. O de los desvelos por el premio que lleva el nombre de nuestro querido amigo Pámpano y al que pocos bachilleres se presentan. O de Cernuda.
La vuelta a casa fue aún peor que la ida, sobre todo en el tramo de Cáceres a Plasencia, donde al llegar diluviaba.
Me traje muchas cosas de San Vi, como ellos dicen. Unos dulces y otras delicias (gracias, José Juan). Fervor renovado por la poesía (que acaso se refleje en ese nuevo poema, escrito a partir de una visión, algo fantasmal, de la hermosa y derruida Torre de la Higuera, una aparición en medio del campo, cerca de Malpartida de Cáceres). Confianza en los profesores que resisten, como Eva, y siguen, a pesar de los planes educativos, al pie de la Literatura. Y esperanza, cómo no, en los futuros lectores, en esos adolescentes que nos empeñamos en imaginar ajenos a lo que la poesía pueda decirles. Una batalla, lo sabemos, que nunca estará del todo perdida. 

15.3.18

30 años de Loewe

Con motivo del treinta aniversario de la creación del Premio Loewe de Poesía, que se entregó ayer en Madrid (y de nuevo no pude acudir), Luis Antonio de Villena, miembro del jurado desde su primera edición, antologa en Mareas del mar poemas de los sucesivos ganadores. Ya lo hizo cuando se cumplieron los diez y los veinte años. Aquéllas se titularon, respectivamente, La poesía plural y Los senderos y el bosque. Todas, como los libros del famoso galardón, están en el milenario catálogo de Visor. 

13.3.18

José Antonio, 25 años

HOY
Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte del escritor placentino José Antonio Gabriel y Galán. Con ese motivo, su hermano Paco publica en el diario HOY un artículo que nos recuerda su legado. Como poeta, novelista, traductor y periodista. 
Ya podemos confirmar que el próximo otoño se celebrará un homenaje a su memoria. Estará organizado por el Aula de Literatura que lleva su nombre y contará con el apoyo del Ayuntamiento de su ciudad natal, a la que tan vinculado estuvo, sobre todo al final de su corta vida. Será, es, una buena ocasión para leer de nuevo sus libros. 

Tánger en San Vicente de Alcántara


12.3.18

El discurso de Bernal

Ya llegó el libro con el discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura de José Luis Bernal (Literatura para vivir. El profesor y el poeta, cuerpo a cuerpo) y el de contestación de Carmen Fernández-Daza, tesorera de benemérita institución. 
Pasé muy por encima de ese texto en mi anterior comentario, más crónica social o página de un diario -éste- que otra cosa. Lo leo ahora con una atención que la escucha, por atenta que sea, no permite del todo. 
La poesía, qué si no, centró una intervención dedicada a la memoria de Santiago Castelo. Empieza con su poema "Breve tratado de ignorancia" y termina con "Las palabras", que también pertenece a su último libro, el más logrado, Tratado de ignorancia. Desde el principio pretende huir de la "oratoria académica", aunque la retórica clásica, ya se dijo, nunca le haya sido ajena a Bernal. Conoce, además, demasiado bien ese "arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover", según el diccionario de la Española.
Evocó primero la figura de sus antecesores en lo que respecta a la posesión de su medalla, la número seis. Primero, el escultor emeritense Juan de Ávalos, del que refrescó su primera memoria republicana y, en consecuencia, su posterior depuración, sin que por eso silenciara su labor más conocida: las estatuas del Valle de los Caídos, mausoleo franquista donde descansan los restos del dictador. Después, el poeta Félix Grande, de Mérida como Ávalos, cuya obra analiza desde la admiración con la sutileza crítica que le caracteriza. (Recuerda uno ahora una vieja llamada vespertina del bueno de Félix para preguntarme por la Extremeña, que entonces le reclamaba como miembro.)
Castelo es el siguiente autor mencionado en su discurso. Su amigo y mentor. La expresa voluntad de  aquél para que Bernal ingresara en esa casa se materializó gracias a los votos de sus recientes compañeros de corporación, aunque José Miguel ya no llegara a verlo. Al hablar del de Granja, incluye el poema que le dedicó en la antología de homenaje Aire por aire, editada con el esmero de costumbre por Juan Ricardo Montaña, a quien se cita expresamente. (Ya que lo menciono, aprovecho para enviarle un abrazo con mis deseos de salud.)
Y Juan Manuel Rozas, claro, donde empieza casi todo: el profesor y el poeta, las dos caras públicas de Bernal, en la larga tradición del profesor-poeta. Rozas, su maestro en las aulas de la recién nacida Universidad de Extremadura y el poeta secreto, autor de un poema dedicado a su antiguo alumno que también, en parte, se recoge. Como "Otoño", dedicado a los amigos, tal vez el mejor de Tratado de ignorancia, donde algunos nos reconocemos plenamente. 
Pero hay más poemas, más poesía, en su discurso. De Gil de Biedma, "Apología y petición", que le mandé, como él explica, un día después del fallido referéndum catalán del 1 de octubre, aquella jornada de infausto recuerdo. Y de Borges, el maravilloso "Poema de los dones". Antes había citado al argentino, aquello de "Que otros se jacten...". Lectores somos. 
Por estas páginas pasan otros: Jorge Urrutia, Alberto Manguel, Vargas Llosa, Diego Jesús Jiménez, Ángel González...Y una elocuente imagen: la famosa fotografía de las ruinas de la biblioteca Holland House de Londres, en 1940. 
Da gusto volver sobre aquellas palabras oídas por primera vez entre los muros de un vetusto palacio trujillano mientras la bendita lluvia, fuera, por una vez y con permiso de Borges, no sucedía en el pasado.
Del discurso de Carmen Fernández-Daza, lleno de pasión admirativa, sólo diré que en sus treinta y nueve notas reúne una detallada información bibliográfica acerca de la obra académica y literaria de Bernal. 
Ha querido la casualidad que el librito con los discursos llegue al mismo tiempo que el cuadernillo de la lectura del poeta en el Aula 'Enrique Díez-Canedo' de Badajoz el pasado 8 de febrero, que ha tenido la amabilidad de enviarme José Manuel Sánchez Paulete. Obrigado. Perfecta ocasión para releer sus versos y para conocer un inédito, además de unos pocos poemas no incluidos en libro, como el dedicado a Castelo. Si Pámpano... 
El próximo 25 de abril, qué fecha más bonita, compartiré con el realacadémico charla en Miajadas, en torno a la poesía en Extremadura de las últimas décadas. Será un placer ver de nuevo al amigo y escuchar con atención al maestro.

7.3.18

Olvido García Valdés dixit

©Nacho Orejas
"Hablabas en una entrevista de la importancia de pararse a escuchar, un hábito que parece cada vez más difícil de realizar en estos tiempos en que todo ha de ser inmediato. La poesía, como otras artes, exige reposo y reflexión, ¿tiene cabida en nuestro acelerado mundo actual?", le pregunta Juan León Fabrellas a Olvido García Valdés en una conversación que publica el digital Loblanc.
La autora de Esa polilla que delante de mí revolotea responde: "Sí. Lo comentábamos al principio, precisamente por la aceleración y el vaciamiento que se ha producido en el habla y en la manera de comunicarnos, la poesía es fundamental. Yo eso lo veía en clase (he sido también profesora de Secundaria); los estudiantes, no muy receptivos en principio a la poesía, cuando entraban y conseguían escuchar, quedaban impresionados; como les habla un poema, no les habla nadie. Y en esa edad, tan inquieta, con tantos desajustes e inseguridades, leer un poema era un modo de establecer contacto con alguien que seguramente había tenido también sus preocupaciones o sus angustias".