11.12.17

Lowell total

Poesía Completa (tomos I y II
Robert Lowell
Traducción de Andrés Catalán (tomo I) y de A. Catalán y José de María Romero (tomo II). Vaso Roto. Madrid, 2017. 672 páginas y 1.104 páginas. 

Mientras las listas españolas de libros más vendidos son acaparadas por la lírica dizque “juvenil”, se suceden las apariciones de sólidas obras monumentales, en tamaño y excelencia, como las poesías de Eliot, Bishop, Williams o Frost. Andrés Catalán, traductor de este poeta, lo es también de los poemas del yanqui Robert Traill Spence Lowell IV (Boston, 1917- Nueva York, 1977), cuya obra no había gozado hasta ahora de la recepción que merece, algo llamativo si tenemos en cuenta su importancia en el panorama poético contemporáneo. Dos breves antologías (en Visor y Cátedra) y un libro (en Losada) era todo su legado en España cien años después de su nacimiento. Conviene decir cuanto antes que la reparación de ese olvido llega de la mejor manera posible, en fondo y forma. Dos gruesos y elegantes volúmenes bilingües reúnen su poesía completa. El primero, los libros publicados entre 1946 y 1967 y el segundo los de la década siguiente. Los tomos se abren con sendos prólogos y ambos cuentan con un abundante capítulo de notas al final, algo, explica Catalán, imprescindible si se quiere comprender cabalmente esta poesía culta y compleja. Se basa en la edición de Frank Bidart (Collected Poems, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2003), aunque para algunos libros elige otras fuentes.
A Lowell se le considera fundador de la “poesía confesional”, un “concepto polémico, parcial y confuso” que reacciona contra el Modernism y el New Criticism; un movimiento en el que, además de Lowell, se incluye a poetas tan influyentes como sus alumnas Sylvia Plath y Anne Sexton. La “vida íntima” y el “devenir diario” están en su centro de atención, expresados de una forma conversacional. De ahí que sea tan importante la novelesca biografía de Lowell. Nunca fue más cierto lo que dijo Paz: que la biografía de un poeta está en sus versos. Sin olvidar que propició “una confusión entre lo público y lo privado”; entre lo “personal y familiar” y “la historia americana”.
Este hombre “excéntrico”, “inteligente y ambicioso” que escribió: “un poema es un acontecimiento, no la descripción de un acontecimiento”, “cambió las reglas del juego” al publicar en 1959 Estudios del natural, el libro que le ha dado justa fama. Para entonces, “Cal” (mitad salvaje Calibán shakesperiano, mitad loco emperador Calígula) ha vivido una infancia digna de un hijo de madre dominante y padre fracasado (que están en el origen de su grave conflicto emocional) en el seno de una patricia familia bostoniana (lo relata a la perfección en “91 Revere Street”), ha sorteado una adolescencia turbulenta, ha obtenido un título universitario (aunque no en Harvard) y ha hecho escala en Iowa, se ha casado dos veces (con Jean Stafford y Elizabeth Hardwick) y se ha divorciado una, ha sido diagnosticado de trastorno bipolar (que le obligó a numerosos ingresos en sanatorios mentales a lo largo de su vida), se ha convertido al catolicismo del que luego ha abjurado, ha sido recluido en una cárcel por declararse objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial, ha conocido a Bishop y Berryman, ha ganado con El castillo de Lord Weary (1946) el Pulitzer y una beca Guggenheim, ha naufragado con Los molinos de Kavanaugh (1951) y ha renegado para siempre de su secreta ópera prima: Tierra de desemejanza (1944). Con el poema “La hora de las mofetas” todo cambia. Pertenece al citado Life Studies. Se trata, dice, de “un problema técnico, como la mayoría de los problemas en poesía”.
En los sesenta se enfrenta de nuevo al poder del que forma parte como miembro de honor del “panteón de la poesía norteamericana”. Contra la Guerra del Vietnam. Publica Por los muertos de la Unión (1964), las primeras imitaciones, esto es, versiones de poemas extranjeros, y Junto al océano (1967), ejemplo de poesía política.
Lo que ocurrió desde el año 1967, “punto álgido” (fue portada de Time), hasta 1977, el de su muerte de novela en un taxi neoyorkino abrazado a un retrato de su segunda mujer, no es menos llamativo. José María Valverde, en un lúcido artículo de El País, manifestó que era “en este momento el más importante y el más típico de los poetas de Estados Unidos”. En el 72 se casa con Caroline Blackwood. Aquélla (y su hija) inspira su libro Para Lizzie y Harriet y ésta (y su hijo) el polémico El delfín, un intenso poema de amor con Lowell en estado puro. Los dos son del 73. Como Historia, parte de Cuaderno (del que procede también Para Lizzie…), un “largo poema”, comentó, una “genealogía” compuesta por una suerte de sonetos donde aparecen innumerables personajes que conforman “una épica de su propia conciencia”, según Axelrod, el mismo crítico que señaló la habitual mezcla de memoria y ficción en sus versos.
En esos años, el litio mejora su salud, pero por poco tiempo. Su última, extraordinaria obra, Día a día, es de nuevo un autorretrato, un capítulo más de la autobiografía en verso de alguien suyo lema fue “lay my heart out”. “Ay, yo sólo sé contar mi propia historia”, escribió. Walcott dijo que ofrece entre líneas “una confesión”. Luis J. Moreno, que lo tradujo, habló de “obsesiva subjetividad”. Un ejercicio más de “catarsis” –un “dotar de orden al caos”– para quien usó la poesía como terapia, a sabiendas de que ningún poema “puede curar la melancolía o la artritis”.
“Tú no escribías, reescribías”, dijo de él Bidart. Desde el principio, aunque fue un tenaz revisionista, se mantuvo fiel a la aliteración, y el encabalgamiento. Afirmó: “el verso libre no existe”. Valverde destacó su “rigor formal”. Fue un artesano que alcanzó la maestría.
El lector, lowelliano o no, reparará, por ejemplo, en la fuerza de El castillo de Lord Weary, se dejará seducir por la cuarta parte de Estudios del natural y apreciará los matices psicológicos de El delfín. No será lo único que le sorprenda de esta “incomparable y errante voz”, como recordó Heaney, que el los traductores vierten al español con solvencia. Una titánica empresa digna, sí, de elogio.

Nota: Esta extensa reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes, 8 de diciembre. La nota de lectura va ilustrada con dos de los mejores poemas del autor estadounidense. Ah, se me olvidó incluir un nombre capital a la lista de monumentales obras poéticas completas que alegran nuestro panorama, la de Larkin.

8.12.17

Poesía española del XXI

Itzíar López Guil, poeta y catedrática de Literatura Española de la Universidad de Zúrich ha tenido el detalle, que agradezco, de enviarme un ejemplar de la revista Versants, en concreto del número 64:3 de 2017, que está dedicado a "La poesía española en los albores del siglo XXI". La coordinación del fascículo, editado exclusivamente en español, tanto en versión analógica como digital, ha corrido a cargo de la citada profesora y de Juan Carlos Abril, poeta, director de Paraíso y profesor de la Universidad de Granada.
López Guil nos explica que la publicación "abandona su línea exclusivamente académica y su estructura habituales, para acoger en sus páginas no solo estudios sino también ensayos firmados por los más renombrados especialistas y por algunos de los poetas más notables de las primeras décadas del milenio". Los primeros, sobre generalidades acerca del asunto a tratar, se inician con un trabajo de José Andújar Almansa en torno al papel de los poetas, "una serie de reflexiones sobre la teoría y la prácticas poéticas españolas en el siglo XXI". Le suceden otros sobre el autorretrato ("La poesía es el espacio donde el yo sucede"), la poesía femenina (y la de tres poetas en concreto: Raquel Lanseros, Ana Merino y Yolanda Castaño), las disidencias (sobre prácticas poéticas políticas e indignadas que "no siempre se centran en la denuncia explícita, sino que frecuentemente tienden a interrogarse sobre el papel del propio lenguaje en la construcción de lo colectivo"), del "desconcierto de la crítica" (porque "los autores del 2000, nacidos a partir de 1969, se constituyen como una generación sin centro: ni antagonismos ni tendencias dominantes"), de la poesía que huye de la prisa ("La poesía como reivindicación de la lentitud y, por ende, rebeldía e inconformismo frente a las prisas del capitalismo avanzado") o de la imagen en el poema (donde el objetivo es "observar nuevas economías de lo sensible, nuevas formas de posicionarse ante la realidad, que algunos poetas actuales desarrollan desde una estética que busca nuevos horizontes sensibles"). Están firmados, respectivamente por Laura Scarano, Remedios Sánchez García, José Luis Gómez Toré, Ana Rodríguez Callealta, Juan Carlos Abril y Alberto Santamaría.
Llegan luego los análisis de poéticas concretas -o libros- y de autores individuales: Francisco Onieva, Javier Fernández, Josep M. Rodríguez, Luis Bagué, Jorge Gimeno, así como la coordinadora del número, López Guil. Además de ésta y de Abril, sus autores son críticos y estudiosos tan conocidos como Juan José Lanz, el citado Bagué (analizador y analizado) o Francisco Javier Díez de Revenga. 
Una de las partes más interesantes de este pertinente y bien tramado volumen es el cuestionario que contestan cinco editores de primera línea. En este orden, Manuel Borrás, de Pre-Textos; Jesús García Sánchez, de Visor; Jesús Munárriz, de Hiperión; Pepo Paz, de Bartleby; y Javier Sánchez Menéndez, de La Isla de Siltolá. Los tres primeros, con Abelardo Linares, de Renacimiento, y, pongo por caso, Antoni Marí, de Nuevos Textos Sagrados de Tusquets, son tal vez los más representativos y consolidados del panorama. La madrileña Bartleby (Paz pondera con justicia la labor de Manuel Rico) cumple el que viene 20 años y la sevillana Siltolá (en la que se avecinan cambios: Sánchez Ménéndez deja las riendas a su hijo) es, con mucho, la editorial más joven y acaso la más volcada en descubrir nuevos talentos. Acerca de las trayectorias particulares de cada editorial, del dichoso tema de los premios, de los tipos de letra (curiosa pregunta), de la poesía en la red, de las preferencias a la hora de publicar tal o cual libro, de lo que ha venido después de la "poesía de la experiencia" (si es que tal cosa ha terminado: esa que llaman "juvenil" parece un rebrote experiencial en forma de caricatura) o de la presencia de nuestra poesía en el contexto europeo dialogan estos editores y sus comentarios están llenos, casi siempre, de sensatez y, ésta sí, verdadera experiencia. Pasión, que es lo que importa, no les falta. A ninguno. Ni criterio. 
Por cierto, sensible ante ese hecho (que me ha costado caro), he advertido con alegre sorpresa una nota a pie de página donde los editores del monográfico advierten que, "Por expreso deseo de Jesús Munárriz, en sus respuestas mantenemos la acentuación en «sólo», «ése», etc.". A eso le llama uno, simplemente, respeto. 
Cierran este fascículo redondo un total de 52 poemas de otros tantos poetas patrios (ordenados alfabéticamente). Entre ellos, empezando por los jóvenes más talluditos, Álvaro García (el mayor, del 65, como Ada Salas, otra de las antologadas), Luis Muñoz, Jordi Doce o Lorenzo Oliván. También están Verónica Aranda, Juan Antonio Bernier, Yolanda Castaño, Mercedes Cebrián, Berta García Faet, Ana Gorría, Abraham Gragera, Iona Gruia, Marta López Vilar, Antonio Lucas, Carlos Pardo, Pérez Azaústre, Mariano Peyrou, José Luis Rey, Marta Sanz, Julieta Valero... También figura el extremeño Luis María Marina. Hay variedad, sí, y equilibrio entre hombre y mujeres, como ya suele ser norma comúnmente aceptada. Como en toda selección, a uno le faltan y le sobran nombres. Normal.
Por suerte, la revista al completo está en la página web de Versants (en español, "pendientes", tan abundantes en la preciosa Suiza). Disfrútenla. No es chocolate, pero...

5.12.17

Sánchez-Ostiz en EC

Miguel Sánchez-Ostiz
Pamiela, Pamplona, 2017. 112 páginas. 

Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950), autor de una veintena de novelas (premiadas con el Herralde y el de la Crítica), numerosos diarios (es uno de nuestros mejores y más adelantados diaristas) y otras obras de ensayo (sobre Baroja, por ejemplo) y crónicas de viajes, reunió en La marca del cuadrante su poesía publicada entre 1979 y 1998, que incluía cuatro libros inéditos. Desde entonces, hace diecisiete años, no había vuelto a dar a la imprenta una obra poética, salvo el cuaderno Deriva de la frontera (2012).
Pocos pueden ostentar el título de francotirador como él. Porque “actúa aisladamente” y “sin observar la disciplina del grupo”. Va por libre. Y a esa manera de proceder dedica buena parte de estos versos airados, entre el pessoano fingimiento y el luisfelipiano desarraigo.
“En diecisiete años caben varias vidas”, afirma en el prólogo. Vividas, siempre “de paso”, en el Valle de Baztán, a la busca de la casa de la vida (para S-O, “el camino”). Estos poemas se escribieron allí (algunos en Sutegia) y en esos años. Son “testimonio de un recorrido vital”, un “relato autobiográfico de lo vivido”. Y un “ajuste de cuentas”, sobre todo “conmigo mismo”. No hay trampa ni cartón. Se trata de “escribir de una vez por todas una verdad”. Sin “jeremiadas”. “Escribe y sé definitivamente traidor / o rebelde a tu tribu y a sus leyes”. Por eso la crudeza impera. Un lenguaje desabrido, quevedesco, prosaico y certero que no teme el uso de palabras manchadas y gruesas. Entre la rabia y la depresión. El poeta airado echa la vista atrás y contempla una batalla perdida. “No estás aquí ni allí / ni en ningún lado. / Estás de más”, escribe. “Bobo de ninguna parte”. Con una sensación: que la suya es una vida echada a perder. Habla “Del miedo de morir sin haber vivido”. De que “No hay antídoto para el veneno / lento de una vida en balde”.
Sí, tras un cernudiano “tú”, este hombre (“libre e indemne”) se dice lo que pocos se atreven a pronunciar en voz alta. Sobre él, ya se dijo, y sobre la vida civil y la literaria en este país cainita. “Ibas para tragasables / y diste en tragasapos”. Léase “Ser o no ser”. “Nunca seré de los vuestros”, anota.
Sabe, con Marti i Pol, que “la verdadera muerte es desertar”. Que sin escribir “suave” y siendo “mosca cojonera” no se va lejos. “No cedas, no cejes”. Con Reggiani declara: “Mi país es la vida”. Y añade: “No, no siempre el que resiste gana”. Y: “No supe jugar y eso fue todo”. “Filosofa en tu rincón, / en medio de tu ruina”, sostiene en el poema final; titulado, con elocuencia, “Liquidación por derribo”.

Nota: Esta reseña del último libro de Sánchez-Ostiz se publicó en El Cultural el pasado viernes, 1 de diciembre.

3.12.17

Dos de Soria

Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961) y Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) tienen en común, además de su ascendencia soriana y su condición de sorianos que viven fuera de su provincia, el que ambos van por libre, sin adscripción a ningún grupo o capilla. Eso y que sus respectivas voces poéticas, muy distintas entre sí, ostentan la categoría de propias, identificables a través de sus poemas para cualquier lector medianamente avisado. Sus nombres, en fin, le resultan a uno imprescindibles dentro del panorama. Estas son sus novedades. 

Enrique Andrés Ruiz abre su libro Los verdaderos domingos de la vida con una cita de Lévinas, acerca del imposible retorno. A partir de "El canto de los descendientes del rey de Tiro", excelente poema liminar que hace las veces de prólogo, EAR, con la elegancia de dicción que le caracteriza, mezcla de saber hacer y clasicismo, despliega sus armas líricas para evocar, desde la memoria y los recuerdos, una vida pasada que traslada al presente. "Esa ilusión de imaginar que vuelven / -aunque en distinta forma- reunidas / salvación, otra vez, y poesía". Vuelven las fiestas (en Medinaceli y por los Santos, en el cementerio). Vuelve la infancia. Y, de nuevo, ya en la cincuentena, "Mi Edad Media, / mi verdad absoluta, / mi Antiguo Testamento: poesía".
Pero regresan sobre todo los veranos. Y los veraneos. Y los sueños que allí se forjaron y que la vida ha malogrado o disuelto. Aunque sigan ahí. En estos versos. En poemas como "Canción de bienvenida", "Línea de costa". Son "De cuando nuestros padres eran jóvenes". Se celebra el amor y la amistad. La juventud perdida. "Ni vida ni muerte todavía". "El país de la vida", dice en "Padres e hijos", uno de los mejores del conjunto. Se celebra, en fin, el fuego: "Contigo estoy conmigo". La melancolía, que la hay, cede ante el fervor, ante ese "resplandor glorioso" del texto de Julien Gracq de donde el libro toma su título.
Es, acaso, el más transparente de EAR, el de tono más conversacional y cercano, encontramos una métrica precisa (ya dijo Lowell que el verso libre no existe) y poemas, a veces, con rima asonante que no dejan de darle un aire popular o de época. En la nota final se explica que estamos más ante una colección de poemas que ante un unitario libro de poesía. Tanto da. El resultado, que es lo que importa, vuelve a demostrar la solvencia de esta voz tan solitaria como el paisaje de su tierra natal.

Después del éxito obtenido con su libro anterior, Sin ir más lejos, Premio de la Crítica, y tras la aparición de Por la tierra oscura, Fermín Herrero publica Fuera de encuadre en Reino de Cordelia, donde está otro de los suyos: De atardecida, cielos. En una nota de autor, FH confiesa: "Hace muchos años que concebí el puñado de poemas de este libro". Para "arrebañar a la memoria, antes de que fuese tarde, lectura de momentos y sensaciones iniciáticos". Estamos, pues, ante un libro de larga y lenta gestación que a sus lectores puede parecernos, como le ocurre al poeta, distinto de los últimos que ha dado a la imprenta. Y es verdad. Con todo, en estos versos fragmentarios ("solo fragmentos rastro me pronuncian / completo"), en estos poemas sin título, sin mayúscula inicial ni punto final, que conforman acaso un largo poema único, se reconoce su voz. Y su ámbito, aunque la presencia del campo sea menor de la acostumbrada. Está, eso sí, la melancolía y la tristeza. Y la contemplación ("hay que mirarlo todo"). Y las devastaciones: "porque somos despojos es inútil / parar el tiempo y recrearse". Y también el amor y el erotismo: "La primera mujer. / Y sus enigmas". Detrás, ya se dijo, la memoria, los recuerdos. De la infancia, la adolescencia y la primera juventud mayormente. De los tiempos del pop.
Se aprecia, en lo que a los cambios se refiere, un uso deliberado del encabalgamiento y cierto retorcimiento sintáctico. El lenguaje fluye aquí de otra manera también. Más libre acaso. Todo en función de lo que se quiere decir, sin duda. Y se dice.

1.12.17

Dos de Venezuela

De Yolanda Pantin (Caracas, 1954) publicó Pre-Textos su poesía reunida en 2014 bajo el título País; una obra, por cierto, que me pesa no conocer. 
Tras ganar el premio 'Casa de América de Poesía Americana', aparece, chez Visor, Lo que hace el tiempo. En el jurado, Luis García Montero, el editor Jesús García Sánchez, Juan Malpartida, Jorge Galán, Santiago Miralles y Anna María Rodríguez Arias.
La poesía de Pantin es escueta, esencial. Muy pensada, según creo. Va a lo sustantivo y, por eso, tiende a la sugerencia. Puede que a veces esa sobriedad linde con cierto hermetismo, aunque tal vez ahí radique lo misterioso. A uno, ese proceder le recuerda, salvando todas las distancias, al de otras poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Blanca Varela, de la sección contenida de la plural lírica ultramarina.
Destaca en esa parquedad, como es obvio, su lenguaje. Ceñido, ya se dijo, que va al grano. Eso no obsta para que se recree en anécdotas o rememore recuerdos. (El tiempo es asunto principal. Su paso. "Yo veo el paso del tiempo como una bella ficción", ha dicho Pantin.) Para que evoque a su padre o a su madre. O que use, en ese acercamiento sentimental, palabras tan familiares como ese ámbito, por más que al desavisado lector español le resulten exóticas. Ah, esa lengua común...
Me han gustado especialmente la primera parte, de puro diáfana ("Descanso", "Mudanzas", "La maravilla"), y la cuarta, donde reflexiona acerca de la poesía y en la que encontramos poemas tan logrados como "Testimonios" (con Adrienne Rich al fondo: "El poeta: un lector"), "Escribir" o "Arrogancia". Pero hay poemas estupendos en otras partes, como "Paisajes", "En el transporte colectivo...", "Deriva", etc.
"La poesía / es una manifestación / y en lo que pueda / sin remedio, brota", escribe Pantin. Es el caso. Y con qué hondura.

Al venezolano Igor Barreto (San Fernando de Apure, 1952) lo descubrimos a través de su libro Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario). Luego reseñamos su poesía completa, El campo / El ascensor,  en "Viaje a Barreto", cuando también Pre-Textos, qué casualidad (nótese la ironía), publicó con acierto esa poesía reunida
Bartleby Editores incluye ahora en su catálogo El muro de Madelshtam. No es un libro complaciente. Es duro, sí, como la situación del país natal de Barreto, a la que tampoco Pantin se sustrae en sus versos. Es imposible. Si tuviéramos que resumir su contenido con una palabra, sería "pobreza": "Vive tranquilo y consolado / en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa", dice Osip Mandelshtam en sus Cuadernos de Voronezh. Comienza precisamente con un relato donde se narra el encuentro del sujeto poético (alter ego de Barreto) con el citado poeta ruso. O con alguien que dice ser él. Un “hombre alto, muy melancólico, que decía llamarse: Osip Mandelhstam”. Y quién se pone a discutir eso en medio de una favela. En el gueto Ojo de Agua, en la zona llamada Monterrey. Con un lenguaje desabrido y poderoso ("total vivimos en Caracas: / la capital del rencor"), Barreto levanta, con modos de crónica y hasta de reportaje, una historia cimentada en la poesía. Más sólida que las precarias casitas de zinc, para vidas no menos frágiles, que allí se construyen. Le ayudan otras voces que se suman a la de M. y a la del mentado personaje que cuenta y canta.
Leemos: "¡escúchame!: / somos copias de vida extrema". La imaginación prima, en "Repentina nevada", por ejemplo. La emoción es inevitable. En "Kelver Cordero", pongo por caso, uno de los muertos a los que Barreto (un homenaje al Spoon River de Edgar Lee Masters) pone su estela. "La muerte es la maestra de Caracas", dice parafraseando a Celan y su poema "Fuga de muerte". Y Venezuela, un personaje más. En "Posible comienzo" o "Sobre la utopía (en Venezuela)". Y siempre el lenguaje como clave para comprender la realidad y para desenmascarar la mentira. "Esto que somos no tiene remedio", se lee. En medio de la basura ("Hombre basura"), otro elemento esencial de esta trama. En medio de la violencia.
Tras una breve narración acerca de la experiencia del poeta con presos en una cárcel de Caracas, llegan unos pocos poemas más amables, donde podemos al fin reconciliarnos con la vida. Otra, la misma.