20.9.17

Cosas que no entiendo

Que Pedro Sánchez haya fichado a Iván Redondo, Chief Executive Officer and Political Consultant Redondo & Asociados Public Affairs Firm; vamos, el gurú que llevó al poder al PP extremeño de la mano de Monago y de cuyo gobierno formó parte. Es, además, un movido tertuliano televisivo.
Se le atribuyen ideas que se materializaron en numerosos despropósitos y extravagancias protagonizadas por el líder popular. Vara no da crédito. Valentín García cree que es un error. Alonso de la Torre le saca punta a la noticia a ritmo de rap.

Que, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito estatal (por ejemplo en los Premios Nacionales o el Cervantes o, aquí, cuando los Premios Extremadura a la Creación) y en el resto del mundo autonómico, la entrega de las máximas condecoraciones de la Comunidad extremeña no sea un acto íntimo, sencillo y solemne, sino un evento bastante populachero, rebuscadillo y ruidoso donde al público se le anima a comportarse, digamos, como en el fútbol.
Tampoco comprendo que cada año se estrene en ese espectáculo una versión distinta del himno regional, a cada cual más pintoresca. ¿Pasa en otros lugares?

Que la poetisa de moda, nuestra salvación lírica, participe en el Hay Festival de Segovia, un foro, o eso creía este ingenuo, de excelencia, alta literatura y pensamiento. Sugiero que a partir de ahora la cosa se denomine Ay, Festival.

Que siga sin llover, querido Pablo. A cántaros.

De lo de Cataluña, ¿qué entiende uno?

Nota: La ilustración es de J. R. Goodwin.

19.9.17

De El Cultural

Piedad Bonnett
Lumen, Barcelona, 2016. 488 páginas. 

Visor, Madrid, 2017. 56 páginas. 

La colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), autora de novelas, ensayos y obras de teatro, es una poeta de sobra reconocida en el panorama de la poesía hispanoamericana. Sus últimos libros están publicados en España, donde ha obtenido los premios Casa de América y Generación del 27, por Los habitados. Pertenece a una larga estirpe de mujeres que desde ultramar han enriquecido la lírica de nuestro idioma. Es lo que vienen a demostrar las casi quinientas páginas de versos, sin prólogo ni anotación alguna, reunidas en este volumen, pertenecientes a sus libros: De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996), Todos los amantes son guerreros, (1998), Las tretas del débil (2004), Lección de anatomía (2006), Las herencias (2008) y Explicaciones no pedidas (2011).
A pesar del amplio periodo de tiempo que abarca y del marcado carácter sentencioso de sus poemas más recientes, la poesía de Bonnett mantiene un tono uniforme, de línea clara (a lo Larkin), y abunda en los mismos temas u obsesiones: el paso del tiempo (de aire machadiano), la infancia, su familia (padre, madre, abuela, hermana e hijos) y la casa (el ámbito doméstico de esas relaciones), el amor (y el inevitable desamor), el miedo (y la noche), el dolor (“qué hacer con el dolor dónde ponerlo”), la enfermedad y la muerte (“Apelación”)... En este sentido, el libro (de libros, pero único) carece de rupturas significativas, algo que el lector aprecia a medida que avanza por la autobiografía de su autora (“la suma de lo que ahora eres”) que, en tanto que mujer, no esconde ni artistiza sentimientos o situaciones, sino que las describe de modo directo, atendiendo a lo que su maestro Eliseo Diego definiera como “conversación en la penumbra”, esa manera de decir en voz baja y en tono confidencial, con una naturalidad que acentúa su esencial vitalismo.
De lo cotidiano y sus azares, del urbano, real (y mágico) transcurrir diario, es de donde bebe la poesía intuitiva pero exacta de Bonnett; que es, ante todo, una forma de mirar. Todo comienza en la mirada. Y, claro está, sigue por el lenguaje (“la poesía viene y reside en el lenguaje”, ha dicho). Sin ser complicada, algo le debe su sintaxis a la atenta lectura de César Vallejo. La sutileza recuerda a Blanca Varela. El ritmo narrativo, tan detallista y fotográfico, es propio de una lectora de Proust.
El cuerpo, lo anatómico, están muy presentes, y, ya ahí, el sexo y el erotismo. Como, pues que de experiencia hablamos, la violencia de su país natal.
Un hecho luctuoso, el suicidio de su hijo Daniel en Nueva York a los 28 años, está en el origen de su novela Lo que no tiene nombre, pero es también la sustancia de Los habitados. Lo primero que llama la atención, sobre todo en los poemas de la primera parte, es el lenguaje, que cambia para adaptarse a la tragedia que se ha de expresar. Es hipnótico, lleno de metáforas, onírico. “Todo es adentro aquí”, leemos. En esta “oscuridad de pozo” donde el miedo, la noche y la locura sobrevuelan por encima del diálogo entre madre e hijo. En “Noticias de casa”, la segunda parte, dedicado a su memoria, vuelve a él. Al niño, a su maleta, a sus manos (“Yo sabía tus manos de memoria”), a la cocina (que “puede ser un mundo”), al aniversario, a “la cicatriz”, al último instante (“Quién vio lo que no vi”). “Ahora que ya no / ahora que nada”. Pide, por fin, al dolor “que persevere”: “Para que no te mueras doblemente”.

Luis Arturo Guichard
Hiperión, Madrid, 2017. 78 páginas. 

Guichard, mexicano de 1973, profesor en Salamanca, traductor del griego y ensayista, ha reunido su poesía publicada hasta 2012 en Una fe provisional y Realidad y márgenes.
“¿A dónde va aquello que olvidamos?”, se pregunta Eduardo Chirinos en uno de los epígrafes iniciales de este libro. En otro, del diario médico de Alzheimer, se alude a la enfermedad que padece su madre, protagonista de una obra donde, aunque el olvido y las pérdidas sean lo central, el poeta aborda problemas que tienen que ver con la propia vida de quien escribe. Lo especifico porque acerca de la escritura se reflexiona no poco en estos poemas de tono coloquial (con toques de humor y, claro, de tristeza) que forcejean, digamos, entre el versículo y la prosa.
A pesar de sus continuas referencias literarias, destaca la imaginación, tanto en lo que a las imágenes (“Todo sucede a imagen y semejanza de la mirada”) y metáforas se refiere (como la del “jardín cerrado” del famoso cuadro de El Bosco), cuanto la verbal, por más que evite el aspaviento; así, cuando califica a su madre de “limbeña”. La memoria también tiene aquí mucha importancia, en especial la familiar; la infantil del niño que fue. 

Nota: Las reseñas de los libros de Bonnett y Guichard se publicaron en El Cultural el pasado viernes 15 de septiembre.

18.9.17

Del FCE

Lleva uno muchos años admirando a esta editorial mexicana, Fondo de Cultura Económica, por los libros que publica (su extensísimo catálogo está lleno de joyas) y por lo bien que lo hace. Su historia se remonta a 1934 y desde 1963 existe FCE España. Por cierto, su labor no se limita a la impresión de libros y en sus librerías se organizan numerosas actividades que van de conferencias a talleres, de simposios a clubes de lectura. Con especial atención a niños y jóvenes, cabe precisar.
De su fondo, me han llamado la atención tres libros recientes.

Escribir y borrar. Antología esencial. 1994-2016, de Ada Salas (Cáceres, 1965), con prólogo de José Luis Rozas, hijo del añorado profesor de la poeta que, por cierto, dio nombre al premio que facilitó la edición de su primer libro, el único del que no se incluyen versos. Una introducción muy bien tramada, propia de alguien que, además de filología, conoce muy bien esta obra y a su autora. De acierto cabe también calificar que a los poemas se sumen unas enjundiosas páginas con textos donde Salas intenta explicar el misterio a través de su poética y donde los lectores encontramos iluminaciones y descubrimientos que nos ayudan a ahondar en su sentido. 
Complementa muy bien esta lectura otra antología de la cacereña titulada Ada Salas. La publica la Editora Regional de Extremadura en su nueva colección El Pirata (del Grupo de Investigación LIJ de la Universidad extremeña: Soto, Parejo y Barcia) con ilustraciones de su paisano Fermín Solís. Suma y sigue. 

El poeta Jesús Aguado (Madrid, 1961es el editor y traductor de ¿En que estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India, siglos V-XIX. Estamos ante una obra mayor, de un calado que supera con creces lo meramente religioso. Aunque no es la primera vez que Aguado publica textos de este tenor, estamos ente la ocasión definitiva y el volumen se va a casi quinientas páginas. En total, 368 poemas -de variada extensión- de 91 autores que vivieron a lo largo de 14 siglos. Aunque el autor reconoce que tiene por escribir un ensayo sobre este tipo de poesía, aquí lo que encontramos son versos y nada nos distrae del gusto de leerlos. Poemas de poetas muy diferentes con creencias distintas y en lenguas diversas. 

Para despistados como yo que no se hicieron en su día con este libro, el Fondo reimprime por quinta vez, tras dos ediciones, Poesía no completa, de Wisława Szymborska, Premio Nobel en 1996, en traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia y breve texto introductorio de Elena Poniatowska. He vuelto a releer toda su poesía (para un artículo destinado al número extraordinario que la revista Turia va a dedicarle) y me reafirmo en mi primera idea, la que obtuve tras la lectura de sus primeros poemas vertidos a nuestra lengua gracias a la estela de Nobel: estamos ante una poesía mayor por más que su apariencia sea, digamos, menor. Para comprobarlo, basta con internarse confiado en este ameno bosque de palabras que se nos ofrece en esta esmerada, bonita edición. 

16.9.17

Por la tierra oscura

No soy amigo de los libros grandes, lujosos, editados espléndidamente en caro papel cuché o en cualquier otro de calidad semejante. Los que mezclan fotografías y textos, por ejemplo. Me resultan incómodos de manejar por sus dimensiones y el excesivo peso. No se pueden sacar de casa. Su fin suele ser el regalo. A las instituciones les encantan. Recuerdo un caso reciente donde, como suele ocurrir, el gasto no compensaba el resultado. Libros de encargo con textos previsibles e insustanciales, de relleno. Cuando son catálogos de exposiciones, la cosa a veces cambia. De una surge el que tengo delante, publicado por la Diputación de Soria, donde se reúnen, en perfecto equilibrio, la sugerente obra del fotógrafo Alejandro Plaza y la acerada poesía del también soriano Fermín Herrero, ganador del último Premio de la Crítica y ya veremos, suele haber dobletes, si del Nacional. Nada de lo dicho anteriormente sirve para este volumen. Por la tierra oscura. Belleza y tiempo es su título, palabras al amor de Virgilio y de Dante. Más allá de la maquetación y del diseño (un acierto de Lola Gómez Redondo), de sus amplias dimensiones, la sobriedad castellana es aquí ley y brilla por encima de cualquier otra consideración. Porque las fotografías son en blanco y negro (para mi gusto, las mejores) y porque los poemas son sustanciales y necesarios, como los que contiene cualquier otro libro de Herrero, un virtuoso de la poesía, digamos, natural. Al fondo, el norte de Soria. La Sierra. Las personas y el paisaje. Una forma de ser que se traduce en dos maneras genuinas de mirar y de escribir. La memoria y, todavía, la visión. De un mundo que o ha desaparecido (y que rescatan los versos herrerianos) o está a punto de hacerlo (pero que permanece en el objetivo de Plaza). Allí, sí, la belleza y el tiempo. 
En mente, y a debida distancia, dos libros mayores: Elogiemos ahora a hombres famosos, el de James Agee sobre fotos de aparceros de Alabama de Walker Evans durante la Depresión y Otra manera de contar, el de John Berger sobre fotos de Jean Mohr de campesinos de la Saboya.
Las imágenes, insisto, son hermosísimas (aquí texto y fotos se justifican por sí mismos), con un singular aire de época. Así, los retratos de muchachas. Una atmósfera que captan los breves poemas de Herrero (joven entonces), la mayor parte de cuatro versos, al modo de los jué jù chinos, según nos cuenta su autor. Entre el gozo, la nostalgia y la melancolía. Para muestra...

La rojiza aspereza del adobe
guarda la claridad hasta la entraña,
tiene muy buena encarnadura
para cicatrizar la sombra, las heridas.

No hay mirada sin barda
ni lontananza que no escape
a la pupila. No puede decirse
lo mismo del futuro, nos conoce. 


11.9.17

Paul Auster dixit

«Empecé a escribir con nueve años, poemas sin ningún valor, obviamente, pero que indican algo importante: la poesía ha sido siempre una presencia fundamental en mi vida». Son palabras de Paul Auster en su entrevista con el escritor Eduardo Lago que publicó recientemente Babelia.
«Cuando se le pregunta por los novelistas norteamericanos activos durante sus años de formación, Paul Auster vuelve a hacer una reivindicación contundente de la poesía: “No me interesaban, sólo me atraían los poetas. Durante mi adolescencia, la poesía estadounidense atravesaba una verdadera edad de oro. Le podría citar infinidad de nombres: Robert Creeley, Charles Olson, Robert Duncan, George Oppen, Louis Zukovski, W. S. Merwin, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, Theodore Roethke, Sylvia Plath. Y sólo estoy rascando la superficie, la lista es infinita”. 
Paul Auster no buscaba en la poesía un vehículo para expresarse como creador. Aunque publicó libros de poemas, siempre fue consciente de sus limitaciones».
Termina: «“Durante mucho tiempo viví con el fantasma de la muerte súbita, pero ya lo he superado”. La poesía, una vez más, acude en su ayuda a la hora de explicar el enigma de la vida cuando, sin saber cómo, quien la ha vivido de pronto vislumbra el final. Auster ha citado muchas veces un verso de George Oppen sobre la vejez que reza: “Qué extraño que a un niño le pase una cosa así”».

8.9.17

Pobre cultura

"Desde que las universidades funcionan como empresas y las administraciones explican el resultado de sus programaciones sólo con números, las calculadoras han sustituido a las ideas en el ámbito de la cultura. No sé si sería capaz de explicarle a políticos que sólo leen dosieres de partido de qué estamos hablando. Y no sé dónde podría hacerlo, porque salvo contadísimas excepciones, jamás los veo en actos literarios, teatros o salas de exposiciones. Jamás". Esto dice el gaditano Alejandro Luque, acreditado periodista cultural y escritor, en una entrevista que publicó aquí atrás Diario de Sevilla con motivo de la publicación de su libro Raíces y puntas. Llegué a ella tras leer un artículo de Alberto González Troyano que tampoco tiene desperdicio: "La gran ausente", un texto que me recomendó Miguel Ángel Lama. Sí, Troyano se refiere a la cultura. Allí leemos: "para esos políticos que piensan que la cultura no pasa de ser un adorno o una industria que debe ser rentable, conviene recordarles el reciente ejemplo francés, en el que presidente y primer ministro tienen una buena serie de libros publicados en su haber, sin olvidar que su ministra de Cultura era directora de una prestigiosa editorial. En algo han contribuido estos "adornos" a la buena expectación causada por estos personajes, tan librescos, entre sus votantes". Y: "Por desgracia, por estas tierras existen pocas fundaciones, instituciones y mecenazgos de índole privada, por ello cualquier iniciativa de cierta envergadura depende de la Junta, que contempla con recelo propuestas que den un cierto vuelo a la sociedad civil". Esto último me suena, aunque no viva uno en Andalucía. 

6.9.17

¿Cuándo se jodió la cultura en Extremadura?

No sabría uno qué responder a la famosa pregunta que se formulaba Zavalita en la celebrada novela de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral, la de ¿en qué momento se jodió el Perú?”. Sí creo, sin embargo, tener la respuesta a la que da título (perdón por el exabrupto) a esta reflexión. Sí, porque aquí cultura hubo, como nunca hasta entonces, tras siglos de incuria, atraso y analfabetismo, a la altura de la de cualquier Comunidad Autónoma de este país llamado España. Eso fue en torno al cambio de siglo y de milenio, tras la aprobación de nuestro Estatuto, cuando al lector Rodríguez Ibarra le pedían los primeros alcaldes democráticos agua y bibliotecas. La cultura pasó a ser una prioridad. Un  asunto central, digamos. Parte esencial de nuestra razón de ser, de eso que otros prefieren denominar nuestra marca. Estaba en la política de la Presidencia de la Junta y, en consecuencia, de sus sucesivos gobiernos. Para eso se creó una Consejería ad hoc y se puso al frente, en distintas legislaturas, a personas consecuentes, formadas y con criterio. Veníamos de una noche oscura y algunos ciudadanos de la sociedad civil (que procedían de asociaciones y otras entidades), con la imprescindible ayuda de la administración pública (ay, dichosas subvenciones), lograron levantar casi de la nada un puñado de iniciativas que conformaron, hasta un punto inimaginable, eso que podríamos denominar, no sin reservas (la cultura es por definición universal), una suerte de ilustración extremeña. Modesta e intempestiva, sea, pero eso al fin y al cabo. Si nos centramos en la literatura, autores, editoriales, bibliotecas, premios, aulas y talleres literarios mostraron al resto las obras realizadas por extremeños (residentes aquí o fuera) y por personas vinculadas a esta tierra. A través de ellas nos dimos a conocer y, no menos importante, conocimos. El viaje fue de ida y vuelta. Rompíamos por fin nuestras antiguas murallas, las que nos habían mantenido al margen de todo cuanto acontecía en la cultura española. Nos poníamos, por fin, a la hora de España. Pero esto, di a entender antes, se jodió. ¿En qué momento? Para mí que con la llegada a la presidencia de la Junta de Fernández Vara (un forense en la inopia cultural), una debacle que contribuyeron a agudizar la crisis y su interminable secuela de recortes (la cultura, ya se sabe, pasó a ser considerada un lujo) y el breve gobierno del PP, con el extravagante Monago al frente. Destartalada aquella solvente maquinaria (a golpe, por ejemplo, de nefastos nombramientos, en lo que a Vara respecta, y a la desidia de los populares, proclives a los fuegos de artificio y a los fastos teatrales), pensó uno en su ingenuidad, o en su más absoluta ignorancia, que la llegada de nuevo al poder regional, en otras circunstancias, de los socialistas y de Vara podría resucitar la mencionada cultura, la de antaño, aunque tan próxima. No obstante, mediada ya la legislatura, se da uno cuenta de la evidencia: aquellas golondrinas, definitivamente, no volverán. O no con él. Ni con ellos. Por no tener, ni Consejería existe. Para seguir, apenas si malviven algunas de las empresas que lograron dotarnos de una dignidad merecida y nunca alcanzada: las Aulas de la Asociación de Escritores, la Editora, el Plan de Fomento de la Lectura, la red bibliotecaria y de clubes de lectura… En la iniciativa privada no están mucho mejor las cosas: la pobreza, tal vez, nuestro viejo problema. Con todo, se han sumado al empeño, pongo por caso, editoriales como Ediciones Liliputienses, que organiza en Plasencia el encuentro literario Centrifugados, y librerías como La Puerta de Tannhäuser, placentina también y Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Más allá del desprecio institucional a la cultura y a sus agentes, está, claro, la apatía del común, la maldita indolencia de siempre, uno de nuestros principales pecados capitales. Entre el agudo silencio de los que han huido y el sonoro de cuantos permanecen… Es verdad, no se me acuse de derrotista ni de nostálgico, que siguen publicándose libros dignos, aumentando a duras penas los índices de lectura, organizándose actividades que impulsan la literatura en bibliotecas y librerías…  No puedo olvidar un hecho histórico reciente: la presentación en el MEIAC de Badajoz del número extraordinario de la prestigiosa revista Turia dedicado a Luis Landero y, de paso, a nuestra pequeña literatura y a sus escritores, de los que no deja de ser el mejor representante, por él, por Juegos de la edad tardía, empezó acaso nuestra redención. También hay, en fin, ayuntamientos implicados, como el placentino o el de Ribera del Fresno (lo urbano y lo rural), y las Diputaciones siguen tirando del carro. Alguna Fundación... Hasta la Universidad mantiene encendida su propia llama. No como la que iluminó durante algunas décadas esta angosta esquina de la tierra, que diría Cavafis, donde unos cuantos ilusos vislumbramos la salida definitiva de ese penoso túnel llamado incultura, un término por desgracia inseparable de la palabra Extremadura y de los sufridos extremeños. Traigo, para terminar, una prueba definitiva de esa triste deriva a la que me vengo refiriendo. La entrega a Pepe Extremadura de la máxima condecoración de la Comunidad, una de nuestras devaluadas Medallas, algo que resulta más incoherente y hasta sangrante cuando advertimos que entre los propuestos estaba el narrador y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal, autor de una de las obras más rigurosas, significativas y respetadas del panorama nacional. Se ve a las claras que nuestras autoridades prefieren la frivolidad a la excelencia. Pierde la cultura. Perdemos todos.

Nota: Este artículo se ha publicado en la sección Tribuna del diario HOY.