27.7.17

Los griegos

No dejan de aparecer en España traducciones al castellano de poetas griegos. Entre las más recientes, tres obras de otros tantos poetas, tanto antiguos como contemporáneos. Me refiero a Safo, Cavafis y Costas Reúsis. Dos clásicos y un autor relativamente joven.
Poesías, de Safo, publicado con primor por La Oficina de Arte y Ediciones, con diseño de Joaquín Gallego y en traducción de Juan Manuel Macías, nos devuelve una poesía genuina que el paso de los siglos no ha logrado devaluar. Sigue, en lo fundamental, la edición de Edgar Lobel y Denys Page: Poetarum lesbiorum fragmenta (Oxford, 1955), así como la de Eva Maria Voigt: Sappho et Alcaeus. Fragmenta (Amsterdam, 1968).
Ya había vertido Macías a la poeta de Lesbos en una primera versión de este libro que publicó la editorial DVD hace diez años.
A la “fama póstuma” de Safo se refiere Macías en su documentado prólogo, quien afirma: “digámoslo de una vez, hablar de Safo es hablar, ni más ni menos, que de poesía, lo cual significa no sentirse en la obliga­ción de hablar. Y el adjetivo «sáfico» no se puede entender sino como un sinónimo más del misterio poético”. Y: “Hablar de Safo es hablar de las palabras y el resto, los mapas de su vida, sus odios y sus amores, las casualidades de ser mujer y griega, de haber vi­vido en una isla de Asia Menor de afamadas sonoridades y perte­necer a ese colectivo que solemos llamar «los antiguos», todo eso no es más que materia del tiempo y de las nubes”.
Cavafis. Poesía completa, de Editorial Almuzara (colección Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca) es una nueva edición bilingüe de la veterana traducción de los poemas del autor de “Esperando a los bárbaros” realizada por el profesor Pedro Bádenas de la Peña para Alianza en 1982. Aclara que se trata de una “profunda y sistemática renovación” de aquélla, ya que que la traducción literaria “nunca puede darse por zanjada”, pues es “una tela de Penélope siempre perfectible”.
Además de una amplia introducción y una cronología, se incluyen los poemas canónicos, los inéditos, los ingleses (que vierte el citado De Cuenca), los proscritos, las traducciones éditas (Shakespeare, Keats, Shelley) e inéditas, los inconclusos, los borradores sueltos y los poemas en prosa. Casi 800 páginas de la mejor lírica griega.
La irrealidad submarina (1993-2015), de Costas Reúsis, en traducción de Mario Domínguez Parra, ha sido publicada por La Isla de Siltolá. Se trata de una antología de sesenta poemas seleccionados y anotados por su autor, que nació en Atenas en 1970, pero chipriota de origen. Sin título universitario, aunque con estudios (de lenguas extranjeras, por ejemplo), Reúsis ha trabajado en múltiples oficios y ha colaborado en prensa y en revistas. Es el fundador de Facción Irreal Nico©ia, de la sólo él es miembro. Sus poemas están traducidos al italiano y, ahora, al español.
De él ha dicho el poeta chipriota Yorgos Kalosóis que es “salvaje” y añade: “Aquí no hay nada que tenga que ver con el gatito del posmodernismo, que deja que lo acariciemos. Hay algo que tiene que ver con poemas-leopardo que suben con sus presas a las descomunales acacias de la sabana”. Por su parte, Mario Domínguez afirma que es un “admirador y practicante él mismo de las vanguardias”.
Poesía rigurosa, hermética a rachas, que exige la complicidad del lector. Si persevera, encontrará en ella hallazgos dignos de elogio, como el poema “En las tinieblas”: La mirada se aferra al ocaso / En su color mortal / El cielo de Nicosia / Agoniza y está poseído por / Mi muerte / Que conozco.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número 19 la revista griega Φρέαρ/Frear.

25.7.17

El (dichoso) Palacio de Congresos de Plasencia

Foto: Hisao Suzuki / Junta de Extremadura
Álvaro Jaén, líder de Podemos en Extremadura, se refirió aquí atrás en el periódico HOY al Palacio de Congresos de Plasencia como «viva imagen del despilfarro y del mal gusto». Debo ser el único placentino al que le agrada esa obra arquitectónica. Estuve en la colocación de su primera piedra y confieso que los planteamientos, entonces sólo teóricos, del estudio Selgascano para su proyecto me convencieron. La obra terminada, que sólo conozco por fuera, también. En una ciudad artística y patrimonial como ésta, esa obra debería ser tratada de otra manera. Con más respeto. La crítica especializada ya se ha pronunciado. A favor, por supuesto. El último ejemplo, las dos páginas que ha dedicado El Cultural a ensalzar el edificio, un texto bajo el título "Un cíclope sobre los berruecos" firmado por Inmaculada Maluenda y Enrique Encabo. Empieza: "Los automóviles de la Ruta de la Plata que conecta Cáceres y Salamanca aminoran su velocidad al llegar a Plasencia. El ralentí es achacable a un extraño objeto, visible desde la autovía. Este cíclope hialino de rabiosa pupila anaranjada se posa cuidadosamente -casi de puntillas- sobre los berruecos del lugar, y se identifica como el nuevo Auditorio y Centro de Congresos de Plasencia. Obra de Lucía Cano y José Selgas (ambos de Madrid, 1965), se inauguró oficialmente hace apenas cuatro semanas, doce años después del concurso que desembocó en su realización". Y termina: "la realización de un edificio no debería tratarse como algo rutinario: lo más gratificante suele esconderse, con frecuencia y como aquí, en la atenta observación y captura de lo inesperado". Sin duda, cabría añadir.
Sí, comparto con mis paisanos y con la ciudadanía en general (forasteros inclusive) que los tiempos no estaban ni están para empresas de esta índole, tan gravosas para nuestro erario; que a lo mejor no era necesario siquiera abordarla (ya se sabe que fue una promesa electoral del presidente Ibarra para potenciar la candidatura socialista de Elia María Blanco), amén de que será demasiado costoso mantenerlo; y que el sitio no es ni con mucho el mejor para su definitiva ubicación. O sí, al menos para su visibilidad. Me sorprende que se vea desde todas partes, como nuestra "encina solitaria". Y más iluminado, de noche, como el de Badajoz, obra de la misma oficina.
Lo que no parece de recibo, y de ahí esta reflexión, es que se descalifique la obra arquitectónica como de "mal gusto". Para él, querrá decir el señor Jaén, más atraído, supongo (allí coincidimos a finales de junio), por el Museo Vostell. Y para otros, que pueden ser muchos. En este país se suelen dejar caer las opiniones personales (y nada más personal que el gusto) como si de piedras de tratara. ¿Tantos son los conocimientos de arquitectura del diputado regional de Podemos como para afirmar en público lo que ha dicho? Hombre, Anatxu Zabalbeascoa no es. Del criterio de cada cual -nada, poco o muy formado- no se pueden sacar conclusiones generales. Por lo demás, en lugares más inútiles y absurdos se han levantado construcciones que al cabo del tiempo han revalorizado, y hasta sacralizado, ese presunto erial. Tiempo al tiempo.
Un día de estos, y termino, le pondrán un nombre. Doy por hecho que nunca se le llamará por tal. Más pronto que tarde, a alguien se le ocurrirá el mote adecuado. Algunos ya tiene. Pena.

Foto: Placonsa

21.7.17

Más lecturas

Alfius de Bux
Que la Gran Guerra dio frutos literarios perdurables no es nada nuevo. Sí, al menos para mí, la existencia de uno de ellos: Cien visiones de guerra (Renacimiento), del francés Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin, 1878-1954), un puñado de poemas breves, comparables a haikus, dignos de figurar en cualquier antología de la poesía bélica. Por aquello de las indudables semejanzas, al español los ha vertido, un siglo y un año después de ser publicados por primera vez en La Grande Revue, Susana Benet, que, como dije aquí atrás, no deja de ser la más japonesa de nuestras poetas. 
El libro es intenso y delicioso. A lo trágico, que predomina, no le faltan gotas de humor: "A mí me dio en la nalga, / a ti, en el ojo. / Tú eres un héroe, yo casi". Es difícil imaginar la experiencia de un hombre en una situación similar. En su "juventud, grave y pensativa". Él lo resume en una dedicatoria ("estos recuerdos de nuestros tormentos"), a su hermano pequeño que sustancia el último poema: "por haber, maravilloso prodigio, / conocido la muerte antes que la vida". 
No suelen decepcionar, sino todo lo contrario, los libros que aparecen en la colección La Gruta de las Palabras, de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. En gran parte, porque la dirige alguien con sensibilidad y criterio: el escritor Fernando Sanmartín. Es el caso de las dos últimas entregas, como siempre impecablemente editadas. 
Vida doméstica, de la periodista Carmen Ruiz Fleta  (Zaragoza,1978), no se da a engaño. Su poesía es directa, clara y, más que nada, lúcida. Con el punto justo de acidez, desengaño y melancolía, que como recuerda José Antonio Llera en sus espléndidos diarios (de los que daremos cuenta), y cita a Aristóteles, "está atravesada por la más alta conciencia". Lo cotidiano elevado a categoría artística. A poesía, mejor. Que, según ella, "es escuchar al silencio".
Con la llegada de la sangre, de Octavio Gómez Milián (Zaragoza,1978), abunda en lo paradójico, siempre tan poético. Y en el tema de la muerte: la ausencia y los ausentes: "Hablo de la muerte / porque en ella permanece el silencio". El tono, lógico (un matemático, como él, sabe que menos es más), es sentencioso, seco, aforístico. Los poemas, breves. La memoria y los recuerdos se plasman en forma de iluminaciones. Una suerte de anotaciones de la perplejidad.
Este es uno de tantos libros que se quedan atrás, aunque siempre supe que terminaría leyéndolo. Era su momento. Tal vez cada libro tenga el suyo. Me refiero a Temblor, de Charo Ruano, un título con reminiscencias de Kierkegaard (le falta el temor, tan presente aquí) que publicó el año pasado Amarú Ediciones, de la librería Víctor Jara de Salamanca, ciudad natal de la periodista, la fiel editorial de la no menos leal Ruano. Como uno pasa muchas horas últimamente en una habitación de hospital cuidando a un paciente grave, la lectura de este diario de una artista seriamente enferma me ha llegado al alma. Debería haber ejemplares en las bibliotecas de esos centros sanitarios para uso y consulta de los usuarios y familiares. Sí, "En realidad nadie sabe nada", aunque ahora, gracias a esta indagación sobre el mal, el que lo padece y todas y cada una de sus probables circunstancias, de las aciagas a las más felices, algunos vislumbramos mejor de qué va este asunto que a todos, más tarde o más temprano, ha de concernirnos. Sobre la enfermedad se ha escrito mucho, pero este emocionante libro es, en rigor, único.
La poesía portuguesa es interminable, bien lo sé. Por eso no me ha extrañado el gozoso descubrimiento de los versos de Maria do Rosario Pedreira (lisboa, 1959) gracias a la antología bilingüe Una casa con palabras dentro (bonita definición de libro) que, traducida y prologada por Verónica Aranda, publica (en La Rama Dorada de Monmany) Huerga & Fierro. La preciosa cubierta abre un mundo interior (abierto al verano) donde el amor (a veces el desamor) manda. Su poética se basa en la claridad (ella, como uno, admira a los poetas "que se hacen entender") y su propuesta, dice Aranda, singular en el rico panorama lírico portugués. Me ha llamado mucho la atención que sea una mujer que escribe sin complejos, desde la heterosexualidad, y sin tener en cuenta la tiranía de lo políticamente correcto. Que confiesa sus miedos y sus sentimientos con una naturalidad llamativa, lo que no deja, ya digo, de tener su gracia. Los finales son redondos y la sencillez de su poesía un pozo profundo en el que abismarse. Según Pedro Mexia, "lo trágico visto desde fuera".
Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) se prodiga bastante, y en todos los géneros.  Bien está. Nos entrega ahora en la querida colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura la nouvelle Un otoño extremeño. Lo diré pronto: me ha encantado. Utiliza el recurso del manuscrito encontrado; en este caso, un diario del ingeniero forestal alemán Thomas Jung que traduce al español su compañero de trabajo Esteban Carrasco y donde aquél da cuenta de su corta e intensa estancia en Extremadura. Distintos lugares (lo que hace de este texto una suerte de libro de viajes), bellísimas descripciones de árboles y paisajes, un par de historias de amor, párrafos sobre él mismo y su forma de ser... Cuando leo al prosista Martín Gijón y recuerdo al poeta del mismo nombre, tan experimental y hermético, siempre me sorprendo. Aquí todo es luminoso, fruto de un lenguaje cuidado, pero sin sombra de artificio, salvo el que el arte narrativo exige. Entre líneas, además, el lector extremeño encontrará reflexiones propicias para evaluar su autoestima y favorecer la autocrítica, que para ambas cosas da, y para mucho más, esta espléndida novela breve.
Harria, Piedra, es el título de un sólido libro de Juan Manuel Uría publicado por El Gallo de Oro en euskera y castellano. Otro que también se quedó atrás, pues es de 2016. Poco importa. Porque es de verdad, que diría uno de Bilbao, intemporal y punto. El levantador Iñaki Perurena, uno de los prologuistas, lo hubiera titulado "El nieto del famoso Errekartetxo ha realizado 130 alzadas con la piedra". Ese hombre fue famoso por levantar la "Albizuriaundi", según Bernardo Anaut, «piedra irregular, en Amezketa, que ha sido objeto de levantamiento en contraste con las regulares de forma cilíndrica, esférica o cuadrada. Solamente dos forzudos pudieron levantarla y echársela al hombro ya que pesaba 163 kg. Uno de ellos José Ibar "Urtain"». El otro, claro, Santos Iriarte, abuelo de Uría, que aparece fotografiado en tal trance en la cubierta, al principio del volumen y en páginas interiores. Impresiona.
No es este, aclara, su autor, un libro sobre el levantamiento de piedra ni sobre la vida del harrijasotzaile (que "piensa con las manos"). Parte de ahí para mirar al hombre. Gracias a la poesía que "trata de expresar lo inexpresable". Son 130 "facetas del ser". Entre la poesía, sí, el aforismo, la epifanía, la anotación y la escritura memorialística, una suerte de tratado (donde no falta el componente antropológico) particular e insólito acerca de un símbolo que los vascos, como pocos, han logrado hacer suyo. Uría nombra, por ejemplo, a Oteiza.
Por lo demás, ya que de poesía hablamos, me he acordado del padre del poeta Hasier Larretxea, que levanta piedras en algunos recitales de su hijo. Ya me espera su último libro: Meridianos de tierra.

18.7.17

Parapoeta

Muy elocuente la poeta (de moda) que estaba pidiendo a gritos la poesía española, según Prado. La entrevistan en El Cultural, ay, donde se refiere a Internet como un "nuevo canal de comunicación bestial". No sé en qué sentido. Luego, en dos ocasiones, menciona la palabra "público": "desde el primer libro tengo claro que el público merece un respeto mayúsculo". Y: "espero no defraudar al público". Así no habla un poeta. No hasta ahora, quiero decir. 
"Parapoesía", define al fenómeno, con la ocurrencia que le caracteriza, Luis Alberto de Cuenca: «En cierto modo son vagidos adolescentes (...). Para referirme a ello yo hablo de 'parapoesía', igual que existe la 'parafarmacia'». Lo recoge en su muro de FB Martín López-Vega. Lo toma de una entrevista del autor de La caja de plata en Jot Down.
Pasé el otro día fugazmente por la mesa de novedades de poesía de la Casa del Libro de Gran Vía y se me cayó el alma al suelo. Luego me acerqué a La Central y, ahí sí, me vine un poco arriba. A este paso...
Espero, en fin, que nadie me pida que reseñe libros parapoéticos. ¿O era parapatéticos? 

14.7.17

Algunas lecturas recientes

Aunque, como expliqué, de momento no está uno para darle a algunas lecturas el espacio y el tiempo que sin duda los libros que las han propiciado merecen (y sus esforzados autores, claro), me gustaría repasar algunas recientes, sin entrar, insisto, en detalles, al menos en este rincón. 
A Fernando del Val le conocía uno por las estupendas entrevistas y biocronologías que ha venido publicando en la acreditada revista Turia. Por ejemplo la que le hizo aquí atrás a Gonzalo Hidalgo Bayal, extraordinaria. Algunas de ellas, con un pertinente prólogo de Miguel Ángel del Arco sobre ese arte, se han reunido en Si te acercas más, disparo, que publica Difácil. Entre ellas, las que hizo a Félix Grande, Delibes, Colinas, Gamoneda (las dos muy extensas), Landero, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Vila-Matas... En "Nota de autor y procedencia" deja caer su propia poética sobre la conversación. Las fotografías de César Toro realzan aún más el valor de este volumen. Ah, dije poética y conviene resaltar que Del Val acaba de publicar Los años aurorales, donde uno ha conocido, grata sorpresa, su exigente faceta lírica. Y ya que lo menciono, algo similar me ha ocurrido con Raúl Nieto de la Torre, experto landeriano, autor de la monografía El héroe de ficción y las ficciones del héroe en la obra narrativa de Luis Landero, amén de consumado poeta como demuestra su última entrega: Leopardo, publicada por Tigres de Papel. 
De Hilario Barrero habíamos leído ya algunos libros. Este es muy especial. Se trata de una antología, Educación nocturna (Renacimiento), con edición y prólogo de José Luis García Martín, en la que el toledano afincado en Nueva York despliega sus saberes líricos, apegados como pocos a su propia experiencia vital Su intimismo, cercano a la serena confesión, me ha conmovido, más aún por las especiales circunstancias familiares en las que he leído unos poemas que dan la verdadera medida de un hombre. Y de un poeta, of course.
Ya conocía uno a Abraham Gragera -su poesía, sus traducciones, su faceta como codirector de la revista Años diez, su labor crítica-, pero nunca había disfrutado tanto de su obra como le he hecho con O Futuro. Sobre todo, por culpa de mi corazón extremeño, de la primera parte del libro: "Amor propio". Pero no sólo, que conste. Uno de los mejores del año, según creo.
Aunque, en lo que a autores españoles respecta (salvo los que consiguen premios o son ya muy conocidos), Visor le sorprende a uno cada vez menos, destaco dos libros de la veterana colección negra que me han gustado (por su potencia): Ruta Dos, de Daniel Calabrese, un argentino en Chile, y el primero de Carolyn Forché (que contaba entonces con veinticuatro años y estaba en Yale), Juntemos las tribus. También en Visor, en traducción del catalán de Francisco Díaz de Castro (del que tengo por leer su poesía reunida, recién publicada por Renacimiento), otro libro singular: Banderes dins la mar/Banderas en el mar, del mallorquín Josep Lluís Aguiló. Si me agradó su poesía reunida, Monstruos y otros, no menos me ha gustado éste, en especial los poemas donde describe la forma de ser y de estar de los isleños y reflexiona sobre la vida en esas maravillosas islas mediterráneas. 
El aforismo sigue en racha y de ello da fe Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), con selección y prólogo del poeta León Molina, publicado por La Isla de Siltolá en su colección Aforismos. A su vez, Javier Sánchez Menéndez, director de esa editorial sevillana, da a la imprenta en Trea La alegría de lo imperfecto un libro, qué casualidad, de aforismos. Tan radicales como su autor. En el mejor sentido del término, matizo.
De "fragmentos" prefiere hablar Lorenzo Oliván, que reúne en Dejar la piel (Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego) sus pensamientos y visiones entre 1986 y 2016. Treinta años ojo avizor.
La umbría y la solana es el precioso nombre de una nueva editorial que imprime libros no menos bonitos. Los paseos del soñador solitario, de Almeida Faria, pongo por caso, en traducción de Antonio Sáez (asesor de esta nueva empresa libresca), o Sermón de San Antonio a los peces, todo un clásico de la literatura portuguesa (a la que miman), en versión de otro extremeño rayano, Luis María Marina. ¡Suerte en la nueva aventura!
Del Ángel Petisme habíamos leído hace poco El dinero es un perro que no pide caricias (Gobierno de Aragón, 2016) y ahora El faro de Dakar (Renacimiento), que es un libro logrado y emocionante; una pertinente y honda mirada sobre África basada en hechos reales. 
José Carlos Cataño publica en Renacimiento La vida figurada, una nueva entrega de sus diarios, de los años 2008 y 2009. Partidario de este tipo de empeños, como de los libros de entrevistas, he disfrutado leyéndolo. No hace falta recordar que el canario es uno de nuestros diaristas más conspicuos. 
Por seguir con el memorialismo, quiero mencionar Como aire africano. Diarios 2004-2010, del periodista almendralejense Liborio Barrera, que ya figura en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. Por suerte, la Editora va cogiendo la velocidad de crucero que algunos llevábamos tiempo esperando. De lo más reciente, cabe señalar Sentada frente al precipicio, espléndida antología de poemas de la portuguesa Fátima Maldonado (con versión y prólogo de José Ángel Cilleruelo), que resucita la línea Letras Portuguesas, y Piedra de toque. 15 poetas emergentes de Extremadura, antología preparada por el poeta Daniel Casado en la que se incluyen versos de los extremeños (nacidos entre 1980 y 1991) Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco José Najarro Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo.
Me desagrada, sí, lo de "emergentes" (Chico y otros emergieron hace tiempo), pero el libro es un acierto. Siquiera sea para demostrar que hay banquillo, digamos, en la poesía escrita por extremeños, casi todos de la diáspora. Que esa pequeña literatura inserta en la española contemporánea sigue viva, y cuánto. Por lo demás, el trabajo de Casado, su panorama, es solvente, en lo relativo a la selección (cosa siempre difícil), el prólogo (documentado) y las notas sobre cada autor con la que se abren los respectivos poemas. No faltará, eso sí, quien proteste porque sólo figuren cuatro mujeres en un grupo de quince.
Y para terminar, abundando en lo autóctono, me parece digno de reseñar el libro Periferias: Letras del Oeste. Ensayos sobre literatura extremeña del S. XX, del callado estudioso Manuel Simón Viola Morato (Departamento Editorial de la Diputación de Badajoz. Colección Filología-Rodríguez Moñino), con prólogo de José Luis Bernal Salgado. Poesía, narrativa, teatro... De Reyes Huertas, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio, Francisco Valdés, Félix Urabayen, Manuel Pacheco, Castelo, Hidalgo Bayal, Landero... Un acierto. 

Nota: La ilustración, titulada "Book damaged by water", es obra de Abelardo Morell.

8.7.17

Condición de mujer

Cristina Peri Rossi  (Montevideo, Uruguay, 1941) tiene una extensa bibliografía a sus espaldas. Destaca como narradora y poeta. Desde 1972, cuando tuvo que exiliarse, reside en España, en la ciudad de Barcelona. Dejó en su país natal una prometedora carrera docente y varios libros publicados, entre ellos su ópera prima poética, Evohé (1971). Ahora, la editorial Visor, cada vez más atenta a la poesía femenina, publica una oportuna y amplia antología de su obra, La barca del tiempo, donde encontramos poemas de sus libros Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Estado de exilio (2003), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel bárbara (1990), Otra vez Eros (1994), Aquella noche (1996), Inmovilidad de los barcos (1997), Las musas inquietantes (1999), Estrategias del deseo (2004), Habitación de hotel (2007), Playstation (2009) y La noche y su artificio (2015). Sólo faltan muestras de su última entrega, Las replicantes (2016). Son 44 años de poesía.
La selección de los poemas y el prólogo corresponden a Lil Castagnet, especialista en la obra de la uruguaya. En su informada y pertinente introducción subraya la importancia de la intensidad y la emoción en su poesía, “en cualquiera de sus registros”. También resalta su musicalidad y su ritmo, dotado de una “gran sonoridad”. Alude también a lo que uno denominaría su sensualidad. “Leerla, dijo Elena Poniatowska, es una invitación al placer”.
Según Castagnet, ya Evohé “encierra la clave de casi toda su poesía”. Destaca su capacidad transgresora, gracias a esa relación entre las mujeres y las palabras, que ocasionó un llamativo escándalo (el libro llevaba por subtítulo “Poemas eróticos”) en la sociedad uruguaya de su tiempo. “Las mujeres son todas pronunciadas / y las palabras, son todas amadas”, escribió allí. “El erotismo es el camino que lleva a la eternidad, a la trascendencia”, dijo después en el prólogo a su Poesía reunida que publicó Lumen en 2005.
El exilio marca no sólo un punto y aparte en la vida de Peri Rossi, sino que se convierte en un tema central de su poesía. Una poesía, cabe añadir, muy apegada a la existencia de su autora y, en consecuencia de tono autobiográfico. Descripción del naugrafio, escrito en Montevideo en 1972, el año de su destierro, marca el punto de inflexión. A éste le seguirán dos títulos que tienen esa circunstancia como núcleo: Diáspora y Estado de exilio, que, si bien fue publicado en 2003, se escribió entre 1973 y 1975. “Tengo un dolor aquí / del lado de la patria”, leemos. Y: “El exilio es comer moral, compañero”. Exilio que significó supervivencia, claro, pero también “desgarramiento”. Nos salva, dice ella, el “impulso libidinal”, la libido, lo que no deja de ser un argumento de peso para justificar la importancia que el sexo tiene en la poética de quien se califica como “mujer deseante”. En su poesía y en su vida que, como dijimos, son una y la misma cosa. Por eso su lenguaje –que nunca descuida, que es tanto o más importante que todo lo demás ya que los poemas se construyen con palabras, no con ideas– es directo, sencillo, de sesgo conversacional y hasta prosaico. De una narratividad evidente. Un lenguaje que no rehúye la metapoesía, la reflexión sobre sí misma, tal en Lingüística general. Peri Rossi, desde la paradoja, dice: “El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas”, pero también: “Las palabras no pueden decir la verdad”. Y concluye: “la única compañía que no falla: / las palabras”. Un lenguaje, ya se dijo, indefectiblemente unido a ese concepto, digamos, de mujer. Escribe (y habla, merced a la oralidad) desde ahí. Siempre con melancolía. De su lugar natal (“una ciudad triste”), por ejemplo: “¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo?” “Para recordar / tuve que partir” Porque los exiliados “sueñan con volver a un país que ya no existe”. Viajera sucesiva (“Mi casa es la escritura”, “siempre en tránsito”), ha escrito: “Mi primer viaje / fue el del exilio”. Ostracismo y lenguaje se unen en uno de sus títulos más arriesgados: Babel bárbara, donde se impone el juego verbal.
Dije mujer y en ella, en ellas, las mujeres, “antepasadas mías”, se centra Otra vez Eros, un libro donde aparecen temas como el SIDA y donde el amor, que va más allá del erotismo y del deseo (léase “Fetiche” y “El amor existe”), otro de los asuntos sustanciales de esta poesía, aflora con toda su intensidad. De Aquella noche selecciona Castagnet “Historia de un amor”, con su estribillo: “Para que yo pudiera amarte…”
Y de nuevo la tristeza: “Sobrevivir también es una nostalgia / de no haber muerto todavía”. Más adelante, en Inmovilidad de los barcos, escribe: “Con la felicidad no se puede hacer nada”. El título del poema: “Alegría de vivir”.
En Las musas inquietantes, obra consagrada a la pintura, encontramos: “Aquello que los hombres matan con violencia / las mujeres domestican con dulzura”.
Aunque en sus versos apenas si hay referencias espaciales, Barcelona (“Barnanit”) es el sitio desde donde mira, podríamos decir. Por eso su poesía es urbana, un rasgo muy significativo de su manera de proceder. Y nocturna, de ahí lo de “nit”: “Amo la noche y su artificio”.
Aludimos antes a lo autobiográfico pero no por eso podemos olvidar, forma parte de su carácter narrativo, que “las vidas son siempre noveladas, novelerías”. Ficción, por tanto. «”Todo lo conviertes en literatura”, / me reprochas llorando», escribe.
Internet y la vida actual están muy presentes en sus versos, en especial en el libro con el que ganó (era la primera mujer que lo conseguía) el premio Fundación Loewe: Playstation; a mi modo de leer, acaso el menos logrado de los suyos.
El psicoanálisis es otro asunto recurrente, muy propicio para destacar otro aspecto de la poesía perirrossiana, la ironía (cuando no el sarcasmo) que usa con soltura.
No creo que sea casual que el último poema de la antología se titule “Condición de mujer”, ni que la última palabra sea (por las mártires de Ciudad Juárez) “JESUSCRISTAS”.

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 123 de la revista Turia.

6.7.17

Final de curso

Una cita:
"Ejercí la docencia no sin ganas, aunque es un oficio que cansa y desgasta. Llegas a la jubilación, si es que llegas, peor que baldado y ni Dios te lo agradece. A lo sumo, ves, pasados los años, a un expupilo por la calle, apenas reconocible de estatura y de facciones, y te saluda sonriente. Algo es algo.
Venían padres y, sobre todo, madres al aula en las horas estipuladas para que el profesor los pusiera al corriente del rendimiento y conducta de los alumnos. En mi caso, ninguno volvía sobre sus pasos sin al menos un elogio a la criatura, aunque la tal fuera un humanoide merecedor de grillos y mazmorra no contemplados en las directrices pedagógicas. Si tienes medio gramo de corazón y otro medio de cordura, ¿qué vas a hacer? No puedes mandar a la gente a su casa marcada con el látigo de la verdad. Había historias tristes, por descontado cotidianas. La escuela es un espejo de la vida. Esto supongo que ha sido dicho cientos de veces con escasas variantes enunciativas. En la escuela uno ve de todo, se entera de todo.
(...)
En los cursos de educación primaria el panorama humano era distinto. Allí aún se practicaba con fruición la ceguera. No escaseaban los padres abrigantes de ilusiones desmedidas, convencidos de haber traído al mundo un genio. Y alguno que otro, con achaque de afianzar la convicción, añadía: "Este ha salido a mí". Tocaba la niña con la flauta dos compases seguidos de Noche de paz y ya era Mozart. Multiplicaba el niño de corrido la tabla del seis y ya estaba en disposición de fotografiarse con la lengua fuera a la manera de Einstein. El propio Picasso se habría retorcido de envidia a la vista de los logros pictóricos de aquel enjambre de chiquillos". Fernando Aramburu, "¿Qué es un genio?". El Mundo.

Y en este complicadillo final de curso, ya dije, tres obviedades al hilo de los acontecimientos:

Los alumnos pasan, los hijos permanecen.
                              
                                     ◆

No aprende quien puede, sino quien quiere.

                                      ◆

Hay alumnos que ni merecemos ni nos merecen.

4.7.17

Dos reseñas de El Cultural

Ángel García López
Castalia, Madrid, 2017. 65 páginas. 72 páginas. 

«Entre el núcleo central de los autores del medio siglo (…) y la irrupción de los sesentayochistas, hay una zona ocupada por poetas en quienes se confunden, penetrándose recíprocamente, rasgos de unos y otros: por un lado, moralidad, conocimiento, revelación, elegía; por otro, desbordamiento imaginativo, esteticismo, relativa autonomía lingüística. Situado entre ambos polos de atracción, pero también conectado por voluntad estética a diversas corrientes de preguerra y primera posguerra, se encuentra Ángel García López, nacido en Rota, Cádiz, en 1935». Estas palabras de Ángel L. Prieto de Paula ubican a este autor, que, contra lo que suele suceder, decide cerrar por voluntad propia su largo proceso creativo (jalonado con premios importantes como el Adonais, el Nacional y el de la Crítica) con Cuando todo es ya póstumo. Tres volúmenes reúnen su Obra poética (2009), aunque, con éste, sean seis los libros que ha publicado desde entonces. De su presunta facilidad para escribir, mezcla singular de inspiración y oficio, es buena muestra este libro torrencial, en lo que atañe a los sentimientos y a las emociones, así como al lenguaje; en lo sustancial, exuberante y barroco, compuesto en versículos, de suntuoso vocabulario y ritmo enfático, consecuencia directa de un uso particular de la métrica y la sintaxis. Un canto fragmentado en otros catorce donde Emilia, su mujer, dedicataria in memoriam de la obra, regresa tras su muerte en forma de elegía.
La memoria (“el cortejo febril de la memoria”) es un elemento clave, claro está, en el libro. Recuerdos que recuperan tiempos pasados en un paisaje concreto, el de su Cádiz natal; una geografía particular poblada de lugares simbólicos descritos minuciosamente: Masnive, Salvatecas, Albatín, Maifora… “Recorro lo que transitaba con ella”, leemos. Lugares habitados por flores, árboles y pájaros que el observador conoce al detalle. Nombres que aportan, ya se dijo, opulencia al lenguaje. Y exactitud, en tanto que trazo de estilo.
La amada, cuerpo y alma, lo centra todo aquí: “desde ti gravitaba”, escribe. Celebración y dolor, completud y vacío, acompañamiento y soledad, diálogo y monólogo, palabra y silencio se alternan en este relato de la desolación que, siquiera a ratos, también lo es del entusiasmo.
“Escindida hoy del mundo, / tu muerte a mi palabra ha dejado sin nido. Tú eras ella, voz única. / La que ahora, conclusa, sepultada en lo mudo, es ceniza contigo”. Así concluye este lamento, digno punto final para una obra llamada a perdurar.

Javier Vela
Fundación José Manuel Lara. Vandalia, Sevilla, 2017

Javier Vela (Madrid, 1981, aunque vinculado a Cádiz, donde dirige la Fundación Carlos Edmundo de Ory) es autor de Aún es tarde, La hora del crepúsculo (Premio Adonais), Increado, el mundo, Tiempo adentro, Imaginario (Premio Loewe a la Joven Creación), Ofelia y otras lunas (Premio Ciudad de Córdoba) y Hotel Origen. Llega Fábula, un libro breve pero muy bien trabado que el autor ha dividido en seis partes. Se abre con una más que elocuente cita de Wallace Stevens: “La poesía es la ficción suprema”. Sobre esa base, la del “carácter falsario de la memoria” y la manipulada “noción de verdad”, Vela levanta su obra. Y lo hace en forma de prosa, aunque a uno le parezcan más bien versículos, siquiera sea por el tono hímnico y hasta épico que a veces alcanza sin que falte lo inspirado y surrealizante. En “Correspondencias”, los referentes de ese discurso son el cine y la televisión (de series como Perdidos o Juego de tronos: “Visión en Roca Casterly” es el título de uno de los mejores poemas del conjunto). En “El país de Amara”, nombre de la protagonista de la historia amorosa de su penúltimo libro, leemos: “Pero el amor no basta: haced sitio al amor”. Lo atlántico y lo mediterráneo se funden en “El Sur”, donde irrumpe lo civil. En poemas como “Esperando a los bárbaros” (“Es la hora de los dioses pequeños”) o “Campo del Sur”. “Retrato de familia” es acaso la parte más lograda del libro. O la más sustancial. También la más explícita. Ahí, “Pequeñas sediciones” (“hay tanta gente sola / seria perdida mustia”), “Retrato de familia”, “Cuando éramos mayores”: En un país de viejos tatuados y ancianas esponjosas malograrán su vida nuestros hijos”. En “Habla el fabulador”, la más autobiográfica, se atiende al asunto de la identidad movediza: “por qué no ser también / lo que no somos?” En “Invocaciones”, por fin, “es la escritura misma la que se convierte en el objeto de la enunciación”, algo muy stevensiano: “Escribir, escribir, como si camináramos / por un hilo invisible / para buscar a tientas el corazón del otro”.

Nota: Las reseñas de estos libros de García López y Vela se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 30 de junio.

3.7.17

Pintor

Me encuentro con él cada tarde.
Cuando voy, viene.
Con su modesto lienzo bajo el brazo.
Algún día lo he visto
aún en la tarea.

A la orilla del río, apoyado
en un muro de piedra
que le sirve en precario de soporte,
pinta un cuadro.

Tiene enfrente la casa
que usa de motivo.
El molino, que llaman,
“de la pared bien hecha”.

Apenas entrevista,
aprecia uno maneras en la obra.

Es un señor mayor,
casi un anciano.
Dispone sus pinceles con esmero
y simplemente pinta.
Contra el tiempo, a favor de la belleza.
Tal vez la más humilde.

Como el lugar en que se inspira,
el hombre va ganando la batalla.

Nota: Este poema se ha publicado en el número 4 de la revista valenciana 21veintiúnversos.
En la imagen, "Mancos", terracota sobre base de madera y alambre, una obra de Miquel Navarro para la cubierta.