1.2.17

De Erri de Luca

Erri de Luca
(Traducción y prólogo de Fernando Valverde)
Seix Barral, Barcelona, 2016. 431 páginas. 

“Mi padre tenía un disco de poemas de Lorca”, cuenta De Luca (Nápoles, 1950), y añade: “Debo a mi padre aquella iniciación en la admiración”. Seguía el recitado del actor mientras leía y por eso descubrió que “la escritura es más potente que la voz”. Con todo, es mucho más tarde, con una obra narrativa ya hecha y reconocida, cuando publica su primer libro de poemas, Obra sobre el agua (2002). Traductor autodidacta del hebreo y del yiddish, la impronta bíblica es fundamental en su ópera prima, y no sólo. Como seguirá haciendo más tarde, los personajes y situaciones que allí se narran dan lugar a poemas (salmos, plegarias) de carácter mítico y genesíaco donde no faltan referencias a la guerra (de su estancia en Sarajevo), los naufragios y el alpinismo, tres constantes.
En Sólo ida. Líneas que regresan con demasiada frecuencia (2005) anticipa el desastre de la inmigración. Con aires de cantos populares africanos, que se entremezclan con tonos salmódicos y corales, el poeta, situado en la piel del otro, da voz al que huye y cuenta historias emocionantes de hombres y mujeres (“los innumerables”) que emprenden, por “el mar de nadie”, terribles viajes a ninguna parte. “Dicen: sois sur”. Y: “nosotros somos sólo ida”.
“Para mí un libro de poemas es una ciudad”, escribe en “Cuatro barrios”: el de la prisión y la guerra (en torno a su experiencia bélica en los Balcanes, sin olvidar a judíos y gitanos: “En la guerra las palabras de los poetas protegen la vida”), el de las historias naturales (mineros muertos, ecología y montañismo, Amos Oz y el agua), el del amor (“yo te querría bastar”, canta), el del último tiempo (“Estoy en el tiempo de marcharme”. “La humanidad será poca, mestiza, gitana y caminará a pie”).
En El huésped empedernido (2008), el que ha sido y sigue siendo, según confiesa, encontramos los versos más autobiográficos, por más que, como señala Valverde, la realidad siempre esté presente en De Luca. Un huésped de la revolución, del hebreo, de las lenguas de otros, de las montañas, de la guerra, del amor (“Escribe sobre el amor sin nombrarlo”), de Nápoles. Y allí, el padre, Jerusalén (“Como Nápoles, ha sido de cualquiera”), el dialecto napolitano, el brindis con Ajmátova, el infarto, las cosas (“Así son las cosas y nosotros somos más pequeños que ellas”), Europa y la fraternidad, David y Caín, Troya, la Italia fascista de los cuarenta (“Antes que los teléfonos, los balcones”. “El fascismo para mí ha sido la guerra”, dice la madre), la memoria, los ideales (“Lo opuesto tiene un solo artículo de la constitución: / haz a cada uno aquello que te gustaría que te hicieran”) y los ausentes: amigos alpinistas, el Che, otros resistentes como él…
Rarezas de la providencia (2014) se abre con “Premisa”. Alude a Abraham y a “variantes menores de los profetas”, como Hölderlin y Walser: “Los raros de estas páginas son exploradores”. Después recrea una suerte de historia sagrada con Adán, Noé, Babel (“No es un castigo, es una siembra”), Saúl, Sansón y Dalila (amor y amar), Jonás… En “Los imprevistos”, Lampedusa de nuevo, la escalada, la infancia y su ciudad natal, “Ser de Medit”, Italia y la lengua italiana, “mi lengua de residencia”, de la que se considera ciudadano.
Se acercó uno con reticencia a la poesía del novelista y, sin embargo, su pequeña verdad cautiva. Es genuina. Sí, tras leer los poemas de este libro intenso y necesario, se comprende mejor el verso: “La última destinada a arder es la poesía, durante la guerra la más necesaria”. La de Erri De Luca al menos.

Nota: Esta reseña se publicó el pasado viernes en El Cultural.