20.9.17

Cosas que no entiendo

Que Pedro Sánchez haya fichado a Iván Redondo, Chief Executive Officer and Political Consultant Redondo & Asociados Public Affairs Firm; vamos, el gurú que llevó al poder al PP extremeño de la mano de Monago y de cuyo gobierno formó parte. Es, además, un movido tertuliano televisivo.
Se le atribuyen ideas que se materializaron en numerosos despropósitos y extravagancias protagonizadas por el líder popular. Vara no da crédito. Valentín García cree que es un error. Alonso de la Torre le saca punta a la noticia a ritmo de rap.

Que, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito estatal (por ejemplo en los Premios Nacionales o el Cervantes o, aquí, cuando los Premios Extremadura a la Creación) y en el resto del mundo autonómico, la entrega de las máximas condecoraciones de la Comunidad extremeña no sea un acto íntimo, sencillo y solemne, sino un evento bastante populachero, rebuscadillo y ruidoso donde al público se le anima a comportarse, digamos, como en el fútbol.
Tampoco comprendo que cada año se estrene en ese espectáculo una versión distinta del himno regional, a cada cual más pintoresca. ¿Pasa en otros lugares?

Que la poetisa de moda, nuestra salvación lírica, participe en el Hay Festival de Segovia, un foro, o eso creía este ingenuo, de excelencia, alta literatura y pensamiento. Sugiero que a partir de ahora la cosa se denomine Ay, Festival.

Que siga sin llover, querido Pablo. A cántaros.

De lo de Cataluña, ¿qué entiende uno?

Nota: La ilustración es de J. R. Goodwin.

19.9.17

De El Cultural

Piedad Bonnett
Lumen, Barcelona, 2016. 488 páginas. 

Visor, Madrid, 2017. 56 páginas. 

La colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), autora de novelas, ensayos y obras de teatro, es una poeta de sobra reconocida en el panorama de la poesía hispanoamericana. Sus últimos libros están publicados en España, donde ha obtenido los premios Casa de América y Generación del 27, por Los habitados. Pertenece a una larga estirpe de mujeres que desde ultramar han enriquecido la lírica de nuestro idioma. Es lo que vienen a demostrar las casi quinientas páginas de versos, sin prólogo ni anotación alguna, reunidas en este volumen, pertenecientes a sus libros: De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996), Todos los amantes son guerreros, (1998), Las tretas del débil (2004), Lección de anatomía (2006), Las herencias (2008) y Explicaciones no pedidas (2011).
A pesar del amplio periodo de tiempo que abarca y del marcado carácter sentencioso de sus poemas más recientes, la poesía de Bonnett mantiene un tono uniforme, de línea clara (a lo Larkin), y abunda en los mismos temas u obsesiones: el paso del tiempo (de aire machadiano), la infancia, su familia (padre, madre, abuela, hermana e hijos) y la casa (el ámbito doméstico de esas relaciones), el amor (y el inevitable desamor), el miedo (y la noche), el dolor (“qué hacer con el dolor dónde ponerlo”), la enfermedad y la muerte (“Apelación”)... En este sentido, el libro (de libros, pero único) carece de rupturas significativas, algo que el lector aprecia a medida que avanza por la autobiografía de su autora (“la suma de lo que ahora eres”) que, en tanto que mujer, no esconde ni artistiza sentimientos o situaciones, sino que las describe de modo directo, atendiendo a lo que su maestro Eliseo Diego definiera como “conversación en la penumbra”, esa manera de decir en voz baja y en tono confidencial, con una naturalidad que acentúa su esencial vitalismo.
De lo cotidiano y sus azares, del urbano, real (y mágico) transcurrir diario, es de donde bebe la poesía intuitiva pero exacta de Bonnett; que es, ante todo, una forma de mirar. Todo comienza en la mirada. Y, claro está, sigue por el lenguaje (“la poesía viene y reside en el lenguaje”, ha dicho). Sin ser complicada, algo le debe su sintaxis a la atenta lectura de César Vallejo. La sutileza recuerda a Blanca Varela. El ritmo narrativo, tan detallista y fotográfico, es propio de una lectora de Proust.
El cuerpo, lo anatómico, están muy presentes, y, ya ahí, el sexo y el erotismo. Como, pues que de experiencia hablamos, la violencia de su país natal.
Un hecho luctuoso, el suicidio de su hijo Daniel en Nueva York a los 28 años, está en el origen de su novela Lo que no tiene nombre, pero es también la sustancia de Los habitados. Lo primero que llama la atención, sobre todo en los poemas de la primera parte, es el lenguaje, que cambia para adaptarse a la tragedia que se ha de expresar. Es hipnótico, lleno de metáforas, onírico. “Todo es adentro aquí”, leemos. En esta “oscuridad de pozo” donde el miedo, la noche y la locura sobrevuelan por encima del diálogo entre madre e hijo. En “Noticias de casa”, la segunda parte, dedicado a su memoria, vuelve a él. Al niño, a su maleta, a sus manos (“Yo sabía tus manos de memoria”), a la cocina (que “puede ser un mundo”), al aniversario, a “la cicatriz”, al último instante (“Quién vio lo que no vi”). “Ahora que ya no / ahora que nada”. Pide, por fin, al dolor “que persevere”: “Para que no te mueras doblemente”.

Luis Arturo Guichard
Hiperión, Madrid, 2017. 78 páginas. 

Guichard, mexicano de 1973, profesor en Salamanca, traductor del griego y ensayista, ha reunido su poesía publicada hasta 2012 en Una fe provisional y Realidad y márgenes.
“¿A dónde va aquello que olvidamos?”, se pregunta Eduardo Chirinos en uno de los epígrafes iniciales de este libro. En otro, del diario médico de Alzheimer, se alude a la enfermedad que padece su madre, protagonista de una obra donde, aunque el olvido y las pérdidas sean lo central, el poeta aborda problemas que tienen que ver con la propia vida de quien escribe. Lo especifico porque acerca de la escritura se reflexiona no poco en estos poemas de tono coloquial (con toques de humor y, claro, de tristeza) que forcejean, digamos, entre el versículo y la prosa.
A pesar de sus continuas referencias literarias, destaca la imaginación, tanto en lo que a las imágenes (“Todo sucede a imagen y semejanza de la mirada”) y metáforas se refiere (como la del “jardín cerrado” del famoso cuadro de El Bosco), cuanto la verbal, por más que evite el aspaviento; así, cuando califica a su madre de “limbeña”. La memoria también tiene aquí mucha importancia, en especial la familiar; la infantil del niño que fue. 

Nota: Las reseñas de los libros de Bonnett y Guichard se publicaron en El Cultural el pasado viernes 15 de septiembre.

18.9.17

Del FCE

Lleva uno muchos años admirando a esta editorial mexicana, Fondo de Cultura Económica, por los libros que publica (su extensísimo catálogo está lleno de joyas) y por lo bien que lo hace. Su historia se remonta a 1934 y desde 1963 existe FCE España. Por cierto, su labor no se limita a la impresión de libros y en sus librerías se organizan numerosas actividades que van de conferencias a talleres, de simposios a clubes de lectura. Con especial atención a niños y jóvenes, cabe precisar.
De su fondo, me han llamado la atención tres libros recientes.

Escribir y borrar. Antología esencial. 1994-2016, de Ada Salas (Cáceres, 1965), con prólogo de José Luis Rozas, hijo del añorado profesor de la poeta que, por cierto, dio nombre al premio que facilitó la edición de su primer libro, el único del que no se incluyen versos. Una introducción muy bien tramada, propia de alguien que, además de filología, conoce muy bien esta obra y a su autora. De acierto cabe también calificar que a los poemas se sumen unas enjundiosas páginas con textos donde Salas intenta explicar el misterio a través de su poética y donde los lectores encontramos iluminaciones y descubrimientos que nos ayudan a ahondar en su sentido. 
Complementa muy bien esta lectura otra antología de la cacereña titulada Ada Salas. La publica la Editora Regional de Extremadura en su nueva colección El Pirata (del Grupo de Investigación LIJ de la Universidad extremeña: Soto, Parejo y Barcia) con ilustraciones de su paisano Fermín Solís. Suma y sigue. 

El poeta Jesús Aguado (Madrid, 1961es el editor y traductor de ¿En que estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India, siglos V-XIX. Estamos ante una obra mayor, de un calado que supera con creces lo meramente religioso. Aunque no es la primera vez que Aguado publica textos de este tenor, estamos ente la ocasión definitiva y el volumen se va a casi quinientas páginas. En total, 368 poemas -de variada extensión- de 91 autores que vivieron a lo largo de 14 siglos. Aunque el autor reconoce que tiene por escribir un ensayo sobre este tipo de poesía, aquí lo que encontramos son versos y nada nos distrae del gusto de leerlos. Poemas de poetas muy diferentes con creencias distintas y en lenguas diversas. 

Para despistados como yo que no se hicieron en su día con este libro, el Fondo reimprime por quinta vez, tras dos ediciones, Poesía no completa, de Wisława Szymborska, Premio Nobel en 1996, en traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia y breve texto introductorio de Elena Poniatowska. He vuelto a releer toda su poesía (para un artículo destinado al número extraordinario que la revista Turia va a dedicarle) y me reafirmo en mi primera idea, la que obtuve tras la lectura de sus primeros poemas vertidos a nuestra lengua gracias a la estela de Nobel: estamos ante una poesía mayor por más que su apariencia sea, digamos, menor. Para comprobarlo, basta con internarse confiado en este ameno bosque de palabras que se nos ofrece en esta esmerada, bonita edición. 

16.9.17

Por la tierra oscura

No soy amigo de los libros grandes, lujosos, editados espléndidamente en caro papel cuché o en cualquier otro de calidad semejante. Los que mezclan fotografías y textos, por ejemplo. Me resultan incómodos de manejar por sus dimensiones y el excesivo peso. No se pueden sacar de casa. Su fin suele ser el regalo. A las instituciones les encantan. Recuerdo un caso reciente donde, como suele ocurrir, el gasto no compensaba el resultado. Libros de encargo con textos previsibles e insustanciales, de relleno. Cuando son catálogos de exposiciones, la cosa a veces cambia. De una surge el que tengo delante, publicado por la Diputación de Soria, donde se reúnen, en perfecto equilibrio, la sugerente obra del fotógrafo Alejandro Plaza y la acerada poesía del también soriano Fermín Herrero, ganador del último Premio de la Crítica y ya veremos, suele haber dobletes, si del Nacional. Nada de lo dicho anteriormente sirve para este volumen. Por la tierra oscura. Belleza y tiempo es su título, palabras al amor de Virgilio y de Dante. Más allá de la maquetación y del diseño (un acierto de Lola Gómez Redondo), de sus amplias dimensiones, la sobriedad castellana es aquí ley y brilla por encima de cualquier otra consideración. Porque las fotografías son en blanco y negro (para mi gusto, las mejores) y porque los poemas son sustanciales y necesarios, como los que contiene cualquier otro libro de Herrero, un virtuoso de la poesía, digamos, natural. Al fondo, el norte de Soria. La Sierra. Las personas y el paisaje. Una forma de ser que se traduce en dos maneras genuinas de mirar y de escribir. La memoria y, todavía, la visión. De un mundo que o ha desaparecido (y que rescatan los versos herrerianos) o está a punto de hacerlo (pero que permanece en el objetivo de Plaza). Allí, sí, la belleza y el tiempo. 
En mente, y a debida distancia, dos libros mayores: Elogiemos ahora a hombres famosos, el de James Agee sobre fotos de aparceros de Alabama de Walker Evans durante la Depresión y Otra manera de contar, el de John Berger sobre fotos de Jean Mohr de campesinos de la Saboya.
Las imágenes, insisto, son hermosísimas (aquí texto y fotos se justifican por sí mismos), con un singular aire de época. Así, los retratos de muchachas. Una atmósfera que captan los breves poemas de Herrero (joven entonces), la mayor parte de cuatro versos, al modo de los jué jù chinos, según nos cuenta su autor. Entre el gozo, la nostalgia y la melancolía. Para muestra...

La rojiza aspereza del adobe
guarda la claridad hasta la entraña,
tiene muy buena encarnadura
para cicatrizar la sombra, las heridas.

No hay mirada sin barda
ni lontananza que no escape
a la pupila. No puede decirse
lo mismo del futuro, nos conoce. 


11.9.17

Paul Auster dixit

«Empecé a escribir con nueve años, poemas sin ningún valor, obviamente, pero que indican algo importante: la poesía ha sido siempre una presencia fundamental en mi vida». Son palabras de Paul Auster en su entrevista con el escritor Eduardo Lago que publicó recientemente Babelia.
«Cuando se le pregunta por los novelistas norteamericanos activos durante sus años de formación, Paul Auster vuelve a hacer una reivindicación contundente de la poesía: “No me interesaban, sólo me atraían los poetas. Durante mi adolescencia, la poesía estadounidense atravesaba una verdadera edad de oro. Le podría citar infinidad de nombres: Robert Creeley, Charles Olson, Robert Duncan, George Oppen, Louis Zukovski, W. S. Merwin, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, Theodore Roethke, Sylvia Plath. Y sólo estoy rascando la superficie, la lista es infinita”. 
Paul Auster no buscaba en la poesía un vehículo para expresarse como creador. Aunque publicó libros de poemas, siempre fue consciente de sus limitaciones».
Termina: «“Durante mucho tiempo viví con el fantasma de la muerte súbita, pero ya lo he superado”. La poesía, una vez más, acude en su ayuda a la hora de explicar el enigma de la vida cuando, sin saber cómo, quien la ha vivido de pronto vislumbra el final. Auster ha citado muchas veces un verso de George Oppen sobre la vejez que reza: “Qué extraño que a un niño le pase una cosa así”».

8.9.17

Pobre cultura

"Desde que las universidades funcionan como empresas y las administraciones explican el resultado de sus programaciones sólo con números, las calculadoras han sustituido a las ideas en el ámbito de la cultura. No sé si sería capaz de explicarle a políticos que sólo leen dosieres de partido de qué estamos hablando. Y no sé dónde podría hacerlo, porque salvo contadísimas excepciones, jamás los veo en actos literarios, teatros o salas de exposiciones. Jamás". Esto dice el gaditano Alejandro Luque, acreditado periodista cultural y escritor, en una entrevista que publicó aquí atrás Diario de Sevilla con motivo de la publicación de su libro Raíces y puntas. Llegué a ella tras leer un artículo de Alberto González Troyano que tampoco tiene desperdicio: "La gran ausente", un texto que me recomendó Miguel Ángel Lama. Sí, Troyano se refiere a la cultura. Allí leemos: "para esos políticos que piensan que la cultura no pasa de ser un adorno o una industria que debe ser rentable, conviene recordarles el reciente ejemplo francés, en el que presidente y primer ministro tienen una buena serie de libros publicados en su haber, sin olvidar que su ministra de Cultura era directora de una prestigiosa editorial. En algo han contribuido estos "adornos" a la buena expectación causada por estos personajes, tan librescos, entre sus votantes". Y: "Por desgracia, por estas tierras existen pocas fundaciones, instituciones y mecenazgos de índole privada, por ello cualquier iniciativa de cierta envergadura depende de la Junta, que contempla con recelo propuestas que den un cierto vuelo a la sociedad civil". Esto último me suena, aunque no viva uno en Andalucía. 

6.9.17

¿Cuándo se jodió la cultura en Extremadura?

No sabría uno qué responder a la famosa pregunta que se formulaba Zavalita en la celebrada novela de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral, la de ¿en qué momento se jodió el Perú?”. Sí creo, sin embargo, tener la respuesta a la que da título (perdón por el exabrupto) a esta reflexión. Sí, porque aquí cultura hubo, como nunca hasta entonces, tras siglos de incuria, atraso y analfabetismo, a la altura de la de cualquier Comunidad Autónoma de este país llamado España. Eso fue en torno al cambio de siglo y de milenio, tras la aprobación de nuestro Estatuto, cuando al lector Rodríguez Ibarra le pedían los primeros alcaldes democráticos agua y bibliotecas. La cultura pasó a ser una prioridad. Un  asunto central, digamos. Parte esencial de nuestra razón de ser, de eso que otros prefieren denominar nuestra marca. Estaba en la política de la Presidencia de la Junta y, en consecuencia, de sus sucesivos gobiernos. Para eso se creó una Consejería ad hoc y se puso al frente, en distintas legislaturas, a personas consecuentes, formadas y con criterio. Veníamos de una noche oscura y algunos ciudadanos de la sociedad civil (que procedían de asociaciones y otras entidades), con la imprescindible ayuda de la administración pública (ay, dichosas subvenciones), lograron levantar casi de la nada un puñado de iniciativas que conformaron, hasta un punto inimaginable, eso que podríamos denominar, no sin reservas (la cultura es por definición universal), una suerte de ilustración extremeña. Modesta e intempestiva, sea, pero eso al fin y al cabo. Si nos centramos en la literatura, autores, editoriales, bibliotecas, premios, aulas y talleres literarios mostraron al resto las obras realizadas por extremeños (residentes aquí o fuera) y por personas vinculadas a esta tierra. A través de ellas nos dimos a conocer y, no menos importante, conocimos. El viaje fue de ida y vuelta. Rompíamos por fin nuestras antiguas murallas, las que nos habían mantenido al margen de todo cuanto acontecía en la cultura española. Nos poníamos, por fin, a la hora de España. Pero esto, di a entender antes, se jodió. ¿En qué momento? Para mí que con la llegada a la presidencia de la Junta de Fernández Vara (un forense en la inopia cultural), una debacle que contribuyeron a agudizar la crisis y su interminable secuela de recortes (la cultura, ya se sabe, pasó a ser considerada un lujo) y el breve gobierno del PP, con el extravagante Monago al frente. Destartalada aquella solvente maquinaria (a golpe, por ejemplo, de nefastos nombramientos, en lo que a Vara respecta, y a la desidia de los populares, proclives a los fuegos de artificio y a los fastos teatrales), pensó uno en su ingenuidad, o en su más absoluta ignorancia, que la llegada de nuevo al poder regional, en otras circunstancias, de los socialistas y de Vara podría resucitar la mencionada cultura, la de antaño, aunque tan próxima. No obstante, mediada ya la legislatura, se da uno cuenta de la evidencia: aquellas golondrinas, definitivamente, no volverán. O no con él. Ni con ellos. Por no tener, ni Consejería existe. Para seguir, apenas si malviven algunas de las empresas que lograron dotarnos de una dignidad merecida y nunca alcanzada: las Aulas de la Asociación de Escritores, la Editora, el Plan de Fomento de la Lectura, la red bibliotecaria y de clubes de lectura… En la iniciativa privada no están mucho mejor las cosas: la pobreza, tal vez, nuestro viejo problema. Con todo, se han sumado al empeño, pongo por caso, editoriales como Ediciones Liliputienses, que organiza en Plasencia el encuentro literario Centrifugados, y librerías como La Puerta de Tannhäuser, placentina también y Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Más allá del desprecio institucional a la cultura y a sus agentes, está, claro, la apatía del común, la maldita indolencia de siempre, uno de nuestros principales pecados capitales. Entre el agudo silencio de los que han huido y el sonoro de cuantos permanecen… Es verdad, no se me acuse de derrotista ni de nostálgico, que siguen publicándose libros dignos, aumentando a duras penas los índices de lectura, organizándose actividades que impulsan la literatura en bibliotecas y librerías…  No puedo olvidar un hecho histórico reciente: la presentación en el MEIAC de Badajoz del número extraordinario de la prestigiosa revista Turia dedicado a Luis Landero y, de paso, a nuestra pequeña literatura y a sus escritores, de los que no deja de ser el mejor representante, por él, por Juegos de la edad tardía, empezó acaso nuestra redención. También hay, en fin, ayuntamientos implicados, como el placentino o el de Ribera del Fresno (lo urbano y lo rural), y las Diputaciones siguen tirando del carro. Alguna Fundación... Hasta la Universidad mantiene encendida su propia llama. No como la que iluminó durante algunas décadas esta angosta esquina de la tierra, que diría Cavafis, donde unos cuantos ilusos vislumbramos la salida definitiva de ese penoso túnel llamado incultura, un término por desgracia inseparable de la palabra Extremadura y de los sufridos extremeños. Traigo, para terminar, una prueba definitiva de esa triste deriva a la que me vengo refiriendo. La entrega a Pepe Extremadura de la máxima condecoración de la Comunidad, una de nuestras devaluadas Medallas, algo que resulta más incoherente y hasta sangrante cuando advertimos que entre los propuestos estaba el narrador y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal, autor de una de las obras más rigurosas, significativas y respetadas del panorama nacional. Se ve a las claras que nuestras autoridades prefieren la frivolidad a la excelencia. Pierde la cultura. Perdemos todos.

Nota: Este artículo se ha publicado en la sección Tribuna del diario HOY.

30.8.17

Agamben dixit

Pepe Durán/El País
"Al entrevistador que le pregunta «¿qué queda para usted de la Alemania en la que nació y creció?», Hannah Arendt responde «queda la lengua». Pero ¿qué es una lengua como resto, una lengua que sobrevive al mundo del cual era una expresión? Y ¿qué nos queda, cuando nos queda solamente la lengua? ¿Una lengua que parece no tener ya nada que decir y que, sin embargo, obstinadamente queda y resiste y de la cual no podemos separarnos? Me gustaría responder: es la poesía. ¿Qué es, de hecho, la poesía, sino aquello que queda de la lengua después de que han sido desactivadas una a una sus funciones comunicativas e informativas normales? Recuerdo que Ingeborg Bachmann me dijo una vez que no era capaz de ir a la carnicería y preguntar: «me da un kilo de filetes». No creo que quisiera decir que la lengua de la poesía es una lengua más pura, que se encuentra más allá de la lengua que usamos en la carnicería o para los otros usos cotidianos. Creo más bien que la lengua de la poesía es lo indestructible que queda y resiste a todas las manipulaciones y a todas las corrupciones, la lengua que queda también después del uso que hacemos de ella en los SMS y en los tweets, la lengua que puede ser infinitamente destruida y que sin embargo permanece, del mismo modo en que alguien escribió que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido. Esta lengua que queda, esta lengua de la poesía —que también es, yo creo, la lengua de la filosofía— tiene que ver con aquello que, en la lengua, no dice, sino que llama. Es decir, con el nombre. La poesía y el pensamiento atraviesan la lengua en dirección a los nombres, a ese elemento de la lengua que no discurre y no informa, que no dice algo de algo, sino que nombra y llama. Un breve texto que Italo Calvino solía dedicar a sus amigos como su «testamento espiritual» se cierra con una serie de frases recortadas y casi jadeantes: «tema de la memoria —memoria perdida— conservar y perder aquello que se ha perdido —aquello que no se ha tenido— aquello que se ha tenido con retraso —aquello que llevamos con nosotros— aquello que no nos pertenece…». Yo creo que la lengua de la poesía, la lengua que queda y llama, llama justamente aquello que se pierde. Ustedes saben que, tanto en la vida individual como en aquella colectiva, la masa de las cosas que se pierden, el exceso de los acontecimientos ínfimos, imperceptibles, que todos los días olvidamos es a tal punto exterminado que ningún archivo y ninguna memoria podrían contenerlos. Aquello que queda, aquella parte de la lengua y de la vida que salvamos de la ruina, tiene sentido sólo si tiene que ver íntimamente con lo perdido, si existe de algún modo para él, si lo llama por medio de nombres y responde en su nombre. La lengua de la poesía, la lengua que queda nos es querida y preciosa, porque llama lo que se pierde. Porque aquello que se pierde es de Dios". Giorgio Agamben, «Qué queda?». 
(En el blog Artillería inmanente se nos explica que estas notas reproducen partes de una intervención del pensador italiano en el Salone del Libro de Turín el pasado 20 de mayo de 2017 y que está tomado de la publicación de la columna de Agamben en la página de Quodlibet, con el título «Che cosa resta?», del 13 de junio de 2017.)

11.8.17

"Tánger"













                                  A D. Alfonso Maseras

La hélice deja de latir;
así las casas no se vuelan,
como una bandada de gaviotas.

Erizadas de manos y de brazos
que emergen de unas mangas enormes,
las barcas de los nativos nos abordan
para que, en alaridos de gorila,
ellos irrumpan en cubierta
y emprendan con fardos y valijas
un partido de “rugby”.

Sobre el muelle de desembarco,
que, desde lejos,
es un parral rebosante de uvas negras,
los hombres, al hablar,
hacen los mismos gestos
que si tocaran un “jazz-band”,
y cuando quedan en silencio
provocan la tentación
de echarles una moneda en la tetilla
y hundirles de una trompada el esternón.

Calles que suben,
titubean,
se adelgazan
para poder pasar,
se agachan bajo las casas,
se detienen a tomar sol,
se dan de narices
contra los clavos de las puertas
que les cierran el paso.

¡Calles que muerden los pies
a cuantos no los tienen achatados
por las travesías del desierto!

A caballo en los lomos de sus mamas,
los chicos les taconean la verija
para que no se dejen alcanzar
por los burros que pasan
con las ancas ensangrentadas
de palos y de erres.

Cada ochocientos metros
de mal olor
nos hace “flotar”
de un “upper-cut”.

Fantasmas en zapatillas,
que nos miran con sus ojos desnudos,
las mujeres
entran en zaguanes tan frescos y azulados
que los hubiera firmado Fray Angélico,
se detienen ante las tiendas,
donde los mercaderes,
como en un relicario,
ensayan posturas budescas
entre las nubes tormentosas
de sus pipas de “kiff”.

Con dos ombligos en los ojos
y una telaraña en los sobacos,
los pordioseros petrifican
una mueca de momia;
ululan lamentaciones
con sus labios de perro,
o una quejumbre de “cante hondo”;
inciensan de tragedia las calles
al reproducir sobre los muros
votivas actitudes de estela.

En el pequeño zoco,
las diligencias automóviles,
¡guardabarros con olor a desierto!,
ábrense paso entre una multitud
que negocia en todas las lenguas de Babel,
arroja y abaraja los vocablos
como si fueran clavas,
se los arranca de la boca
como si se extrajera los molares.

Impermeables a cuanto las rodea,
las inglesas pasean en los burros,
sin tan siquiera emocionarse
ante el gesto con que los vendedores
abren sus dos alas de alfombras:
gesto de mariposa enferma
que no puede volar.

Chaquets de cucaracha,
sonrisas bíblicas,
dedos de ave de rapiña,
los judíos realizan la paradoja de vender
el dinero con que los otros compran;
y cargados de leña y de jorobas
los dromedarios arriban
con una escupida de desprecio
hacia esa humanidad que gesticula
hasta con las orejas,
vende hasta las uñas de los pies.

¡Barrio de panaderos
que estudian para diablo!
¡Barrio de zapateros
que al rematar cada puntada
levantan los brazos
en un simulacro de naufragio!
¡Barrio de peluqueros
que mondan las cabezas como papas
y extraen a cada cliente
un vasito de “sherry-brandy” del cogote!

Desde lo alto de los alminares
los almuédanos,
al ver caer el Sol,
instan a lavarse los pies
a los fieles, que acuden
con las cabezas vendadas
cual si los hubieran trepanado.

Y de noche,
cuando la vida de la ciudad
trepa las escaleras de gallinero
de los café-conciertos,
el ritmo entrecortado
de las flautas y del tambor
hieratiza las posturas egipcias
con que los hombres recuéstanse en los muros,
donde penden alfanjes de zarzuela
y el Kaiser abraza en las litografías al Sultán...

En tanto que, al resplandor lunar,
las palmeras que emergen de los techos
semejan arañas fabulosas
colgadas del cielo raso de la noche.


Tánger, mayo, 1923.

Oliverio Girondo, 
Calcomanías, Calpe, Madrid, 1925

El cuadro que ilustra el poema es de Matisse, "La porte de la Casbah".

8.8.17

La vida

Y uno se pregunta de repente:
¿qué ha pasado?
y no sabe quizá qué responder
o lo evita pues teme la respuesta,
por cruel, evidente, innecesaria.
¿Es la cuestión retórica?
Tal vez; con todo, cierta angustia
le sube a la cabeza y en la boca
paladea el sabor del desconcierto.
Sobre la piel, un brusco escalofrío 
le avisa del peligro. Una visión 
sin forma conocida le da alcance, 
y un seco rumor sordo,
que hasta produce vértigo.
Lo que ha pasado, dice, fue la vida.
La mayor parte, 
aquella que debió ser más amable.
La más feliz: infancia, juventud,
primera madurez...
La vida, sí, esa que ahora
se empeña en despeñarse
hacia el final, vejez mediante.
Como entonces, ya ves, y como siempre,
sin que uno siquiera se dé cuenta.

Nota: Este poema, que pertenece a mi próximo libro, El cuarto del siroco, se ha publicado en el número doble 121-122 de la revista Turia.
La fotografía se titula Melancholia y es obra de Charles Corbet.
Me apetecía divulgarlo hoy, fecha de mi cincuenta y ocho cumpleaños. 

6.8.17

Leer, leer, leer...

William Faulkner
Algo, no demasiado, ha sacado uno en claro de la lectura de El odio a la poesía, de Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) de la muy cara y exquisita Alpha Decay, en traducción de Elvira Herrera Fontalba. El año pasado cité unas declaraciones suyas a Eduardo Lago en torno a este libro, aún no traducido entonces al castellano. Puede que haya gente que odie la poesía, que muchos la desprecien, pero a mí los que me interesan son los que la aman. Lerner pone al frente de su ensayo “Poetry”, el famoso poema de Marianne Moore: “A mí también me desagrada. / Al leerla, sin embargo, con el más completo / desdén hacia ella, / uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay / un espacio para lo genuino.”. De ahí parte. «Podría decirse de la poesía que es el arte imposible, porque trata de llegar, según Allen Grossman, más allá de lo finito y lo histórico y alcanzar lo trascendente y lo divino, algo imposible teniendo en cuenta el carácter de finitud que condiciona su creación».“El poema es siempre el registro de un fracaso”, escribe.
Confieso que he leído su libro con un ojo puesto en la polémica lírica de moda. Que ahora sean muchos (y más que van a ser, según Juan Palomo) los que se digan lectores de poesía es tal vez la prueba de que no se refieren a lo que hasta ahora (y mira que van siglos) hemos denominado así. Siempre para la inmensa minoría, mal que nos pese. Aunque si sumamos lectores, siglo a siglo... Veremos lo que aguantan los parapoetas. En algo tiene Lerner razón: «lo único inimaginable es un mundo sin poesía».
Para demostrar lo que ésta es, basta con leer el impresionante Partitura, del sueco Gunnar Ekelöf (Estocolmo, 1907-Sigtuna, 1968), libro póstumo que ha traducido, quién si no, Francisco J. Uriz (gracias al cual conocí, como tantos, sus Poemas, que publicó Plaza & Janés en 1981), autor de un sucinto e iluminador prólogo. Se publica en la colección Voces sin Tiempo de la benemérita Fundación Ortega Muñoz. Ha cuidado la edición (con diseño de Julián Rodríguez y J. L. López Espada) Jordi Doce, que codirige con uno un invento que, poco a poco, va creciendo y consolidándose. Este es el quinto libro. Y no hay quinto malo, dicen. 
Enfermo de cáncer (ya se ve que mis últimas las lecturas se han cruzado inevitablemente con la situación familiar que uno ha sufrido), a punto de partir hacia Túnez (lo que al final no pudo ser), Ekeloöf compone una serie de poemas (amén de algunas anotaciones a propósito de alguno de ellos y de su precaria salud) que huyen del exhibicionismo y la queja, que van más allá, a lo más hondo. "Porque a mí / se me concedió / ver", dice en el primero. Personajes de la antigüedad griega (hay unas oportunas notas al final) se mezclan con la pasión y el amor (a su mujer, a quien dicta estos versos), la enfermedad y el dolor (que era mucho, constante). Al final, todo se resume en ese "pensar en la muerte, ver la vida a través de la muerte" que anticipó en un escrito de 1930. 
Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) se presenta a los premios de Visor. Y los gana. En esta ocasión ha sido el Tiflos, con Clima mediterráneo, un libro, lo diré pronto, que me ha gustado. Al final del volumen publica una "Nota mediterránea" donde aporta detalles acerca de los poemas, además de explicitar procedencias y dedicatorias. Algunos ya los habíamos leído; por ejemplo, en la revista Suroeste, los de la serie "Hecho en España". La política, la sociología, la literatura, el arte (hay relación entre este libro y otro suyo reciente: La Menina ante el espejo. Visita al museo 3.0), la publicidad y la historia son fuente de inspiración de los versos de un libro unitario y magníficamente construido. Los poemas son breves y no faltan veloces haikus. Del Mare Nostrum surgen casi todos (ese mar da para bastante, ya se sabe) y de entre ellos destaco "Contra lo sublime (Variación sobre un tema de Kay Ryan)", un poema sin duda redondo. "Estos versos constituyen un caleidoscopio cultural cuyas estampas salen a un mundo que ha suplantado la verdad por la interpretación para no caer postrado ante lo insoportable”, dice de ellos Ángel L. Prieto de Paula.
Dije haikus y haikus son los que agrupa el profesor y haijin Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) en Nieve sobre nieve (El sastre de Apollinaire), un título que toma de Fujiwara No Teika. Es el tercer libro de este tipo de poemas de origen japonés que publica, tras La sed provocadora y Sol de hogueras. Son haikus clásicos, donde la naturaleza cobra la máxima importancia y casi todo el protagonismo. En la sección "Casi silencio", eso sí, se adelgazan aún más y tienen sólo dos versos y no tres, como suele ser habitual. A instancias mías, me comenta Virtanen que "no son haikus propiamente dichos", al modo tradicional, y precisa que "se trata de un invento mío, al menos en el haiku en castellano". "En japonés, añade, ha sido Taneda Santoka mi referente". Y sigue: "Recuerdo ese haiku magnífico: Moscas que sobreviven / Y guardan mi memoria. Es complejo así, a bote pronto, hablarte de cómo he llegado a esa depuración extrema, pero mi meditación sobre el haiku y sobre su esencialidad me ha llevado a experimentar en dos versos, debido a que el haiku de tres versos en definitiva conlleva un planteamiento / nudo / solución, en la mayoría de los casos. Al eliminar un verso suelo prescindir del planteamiento. O incluso del desenlace, o de una parte de ambos. (...) De esta manera dejo un poema mucho más abierto y esencial. Es el lector el que debe imaginar, lejos de mi imposición". No hace falta añadir que son una delicia de sensibilidad y lirismo.

4.8.17

Benidor

Sin eme final, sí, y no como el conocido emporio turístico levantino. Me refiero al ventorro que se levantó junto al charco del río Jerte que, desde principios de los años sesenta del siglo pasado, lleva ese nombre. Allí descubrió uno el verano y los baños, acaso lo mejor de esa temporada en la que priman el tedio y la indolencia. Hablo, claro está, de la infancia, verdadera patria del hombre, según Rilke. Y de esa edad, los veranos, donde acaso hayamos sido casi todos más felices. Veranos interminables, que duraban, a la manera de Bergson, más que todo el resto del año junto, ajenos a las obligaciones escolares y al clima adverso que acortaban sobremanera cualquier atisbo de dicha.
Eso fue antes de que aparecieran en escena las piscinas y el benemérito 600, al menos en mi casa. El que nos permitió veranear en playas del sur, como Punta Umbría (y sus malditos mosquitos) o del norte, como Villagarcía de Arosa (y sus estupendos mariscos). No era comparable coronar con el seína la Cuesta de la Media Fanega que las Portillas del Padornelo y de la Canda, pero algo une ese hecho épico: los mareos, cruz que desde temprano me ha acompañado cada vez que me he subido a un coche o a cualquier otro vehículo (incluido el tren) que conduzca otro.
Aunque a Benidor, fundado por un señor al que apodaban El Cordobés por su parecido con el torero del salto de la rana, subía un autocar los domingos, mis padres, mi hermano Fernando y yo íbamos en el Dos Caballos gris, versión furgoneta, de don Benedicto Izquierdo Conde, Bene, amigo y jefe de mi padre, al que éste llevaba alguna de las contabilidades de su pluriempleo. A la expedición hay que agregar a sus hijos (dos o tres, según) y, cómo no, la sandía, que recuerdo rodando por el suelo a lo largo del viaje. Como a la Nacional 110 Plasencia-Soria (Benidor está en el kilómetro 20) no le faltaban numerosas curvas y el coche tenía una suspensión, digamos, blandita, es fácil suponer en qué grado de descomposición llegaba uno al ameno paraje. Ni siquiera el descubrimiento del cancho de Napoleón (por el parecido, decían), invariable acertijo del enojoso camino, lograba evadirme de mi estado de postración a causa del revoltijo.
Al llegar, lo primero era ocupar la mesa (con forma de rueda de molino) donde pasaríamos el día, bajo un frondoso emparrado. Los habituales siempre iban a parar a los mismos sitios, que se respetaban, o eso supongo. Me parece estar viendo, sobre el mirador que da al charco, a la familia Bayle, pongo por caso, y justo debajo, durante horas y horas y sin protección, a mi madrina tomando el sol.
Domingueros de pro ―para los días laborables estaba La Trucha o La Isla―, nuestra jornada particular era tan previsible como la vida de entonces. Porque era un río, el fondo era de rollos. Para eso estaban las sandalias cangrejeras. Para no quemarnos, la Nivea. Y para no ahogarnos, flotadores. La vigilancia de los padres era intensiva y los baños, cortos.
Tras pasar por el bar para comprar el vino y la gaseosa, comíamos. No faltaba la ensaladilla rusa, el pisto de tomate, la tortilla de patatas, los filetes empanados y las croquetas de huevo, especialidad de mi madre. Y la bien rodada sandía, por supuesto, que antes había permanecido en el agua del río para que se refrescara.
Lo peor del día era la siesta. Con diferencia. Tres eternas horas de digestión minaban la paciencia de cualquiera. Tanto que, cuando ya era posible bañarse, las ganas eran pocas o ninguna, más si tenemos en cuenta que sobre el charco había caído ya la sombra. Matábamos en tiempo jugando. Y recogiendo moras de los zarzales que había en la carretera que subía a El Torno, por encima del significativo puente que domina el lugar y desde el que se tiraban los muchachos más atrevidos y algunos mozos del pueblo. Nos encantaba ver el charco desde lo alto (y a Carballo buceando con el pincho), entrar en la garita que aún se conservaba e imaginar nuestros saltos futuros.
Una merienda-cena cerraba la larga jornada veraniega. Al anochecer, con la fresca, recogíamos. A la altura del Regino (otro célebre ventorro de la época, en el kilómetro 15), ya había olvidado uno los buenos ratos pasados y se disponía a abordar con la debida resignación el resto del accidentado trayecto. En casa nos esperaba otra tórrida noche placentina. 

Nota: Este artículo inauguró la serie "Cerca de aquí. Estampas de estío", del diario HOY, el pasado 1 de agosto. El dibujo que lo ilustra es obra de mi primo Luis Ramón Valverde Lorenzo, profesor y arquitecto. 

2.8.17

Tres de El Cultural

Edición y prólogo de Clara Janés
Siruela, Madrid, 2016. 250 páginas. 

En plena vorágine vindicativa de la poesía femenina, resulta muy oportuno el rescate de esta antología de las primeras poetisas de nuestra lengua que editó hace treinta años Clara Janés, poeta imprescindible del panorama, estudiosa de la literatura escrita por mujeres (léase Guardar la casa y cerrar la boca) y una de las siete académicas de la RAE; un libro que ahora regresa con más poemas, un nuevo prefacio y mejor aspecto. Y ya que lo digo, la editorial podría haber elegido para la cubierta uno de los retratos de esas poetisas (motivo de una exposición comisariada por la propia Janés para la Biblioteca Nacional) en lugar de un bonito motivo francés.
“En nuestra tierra, la mujer escribía desde el momento en que se pasó del empleo del latín al romance”, afirma la editora. Partamos de ahí. Con todo, no fue fácil. María de Zayas se dirige a los hombres que les dan “por espadas ruecas y por libros almohadillas”, que “nos negáis armas y letras”. Más allá de momentos puntuales (el Japón de Shikibu, la Grecia de Safo, la Provenza del siglo X o el Al-Andalus de las poetisas árabes), todos anteriores a éste (que va del XV al XVII), la creación femenina ha seguido un camino complicado. “¡Somos mujeres! Pregunto: / ¿cómo seremos oídas?”, exclama sor María de San José, principal discípula de santa Teresa.
Cuarenta y tres son las poetisas que componen esta obra. De Florencia Pinar hasta Sor Juana Inés de la Cruz. Algunas son muy conocidas, como la que acabamos de mencionar, santa Teresa de Jesús, María de Zayas, sor Ana de Jesús (destinataria del Cántico espiritual) y Antonia de Nevares, hermana del último amor de Lope de Vega, padre de sor Marcela de San Félix, autora de “El jardín del convento”. La mayoría o son nobles o monjas, o ambas cosas a la vez. Y además del “Fénix de México”, hay en la muestra una lisboeta: Violante Do Ceo, una peruana: Amarilis, y una napolitana: Luisa Manrique. No pocas viajaron o residieron en el extranjero.
La edición prescinde de notas y está concebida para que el lector disfrute de lo que importa. Al final, eso sí, aparecen unas breves notas biográficas de las poetisas, donde comprobamos que algunas, como Cristobalina Fernández (autora de “Soneto a la batalla de Lepanto”), tuvieron vidas de novela.
No hace falta decir que estos versos participan de las mismas características que definen la muy estudiada lírica de los siglos áureos. Por lo dicho con anterioridad, Dios y la vida religiosa está en el centro de sus preocupaciones, sin obviar la veta mística y sufriente. Alienta en casi todas el deseo de morir para vivir de verás. El amor es otro asunto capital, ya sea humano o divino. Abundan también los poemas dedicados a reyes y santos.
La variedad formal es notable. Encontramos sonetos, octavas, romances, villancicos, letrillas, madrigales, sátiras, liras, décimas…
Más allá de las obras indiscutibles (la de la santa de Ávila, la novelística de María de Zayas o la magistral de sor Juana Inés de la Cruz, de la que se incluye completo Primero sueño), destacaría la “Epístola a Belardo”, de Amarilis; el soneto “Al marqués de San Felice”, de Euterpe o el primero de Leonor de la Cueva; los poemas de las extremeñas Luisa de Carvajal y Catalina Clara Ramírez de Guzmán; y el “Himno en desprecio del mundo”, de sor Hipólita de Jesús.
En un apéndice se da la canción que Cervantes dedicó a los éxtasis de la, entonces, beata Teresa y parte de los poemas de Lope a “Amarilis Indiana”. Como dije, un acierto.

Juan Cobos Wilkins
Fundación J. M. Lara/Vandalia. Sevilla, 2016. 104 páginas. 

Cobos Wilkins (Minas de Riotinto, 1957) antologó el grueso de su poesía en La imaginación pervertida y, tras una década, publicó Biografía impura y Para qué la poesía.
Aunque cree que ésta es incapaz de ofrecer respuesta a los problemas que acucian al ser humano, sólo ella puede de procurar ese refugio que le libre de la intemperie. Cae, “entre la pasión y la armonía”, y parece que nada ni nadie le sostiene. Sólo versos ante ese derrumbe.
En tono elegíaco, traspasado de ironía, el poeta canta (lo hímnico, paradójicamente, prevalece) su propia decadencia. “Sólo queda memoria del amor”, escribe. “Ni la pasión, la fe o la belleza, / tan fieles otro tiempo, persisten”.
Su manera de decir no desdeña cierto preciosismo barroco que ensalzan palabras e imágenes llamativas en un constante juego metafórico al que se suman comparaciones sorprendentes.
El poeta se dirige a un tú de estirpe cernudiana con él que establece una suerte de diálogo que flota en la melancolía. Allí, la soledad, “la vida ya en despiece” por culpa de las ausencias y las pérdidas. “Reconoces que vivir es deshabitarse”, leemos, “y recuerda / que todo cuanto ames lo amarás siempre solo”.
Alude a un “simulacro de existencia” donde “nunca se termina de morir”. 
La infancia como territorio feliz fija el anclaje al que sujetar esta deriva infligida por la edad y el paso del tiempo.
“¿Dónde estaba la vida?”, se pregunta el viajero, “sin equipaje siempre / y solitario”, que dice, como Graves, “adiós” a todo esto.

Alfonso Armada
Bartyleby Editores, Madrid, 2017. 80 páginas. 

Armada (Vigo, 1958), periodista, es autor de libros como Fracaso de Tánger y Los temporales.
De Cuaderno ruso dice que se trata de “un libro contra los sueños que acaban en pesadilla”. Que son “lecturas amargas de un aprendizaje de la realidad”. Confiesa que su interés por la URSS (habla de un “pasado remoto”) “fue siempre más literario que político”. Estamos ante un viaje (por el espacio y por el tiempo) y una historia de amor. Con “incrustaciones portuguesas”, cabe añadir.
“La amé por las esquinas / en los escondrijos cordiales”, escribe. Y, a pesar de que “Yo también soñé mi sueño ruso”, aquello acabó mal.
Al fondo, el asunto de la identidad: “No me siento orgulloso de mí mismo”. O: “¿Esto es lo que somos? / ¿Qué es entonces lo que fuimos?”. Y el narcisismo. Más allá, el remordimiento de alguien que desconoce la inocencia: “Al menos sé que mi culpa es muy corriente / entre la tropa común de los mortales”. Y la ideología: “No fui un buen homo soviéticus, / amé mi alma por encima de todas las cosas”.
A los paisajes del frío (Moscú, Voronezh, Leningrado…) y sus poetas (Pushkin, Ajmátova y sobre todo Brodsky, dedicatario del libro), se contraponen, ya se dijo, los atlánticos: Lisboa, Évora, Coimbra… “Ojalá fuera portugués”, leemos. Como Torga, al que evoca.
Escrito entre 1991 y 1996, hay algo de ajuste de cuentas en este libro nómada y áspero (“El infierno es uno mismo”) que cifra en mirar “nuestra miserable condición”.

Nota: Las reseñas de la antología de Clara Janés y de los libros de Juan Cobos Wilkins y Alfonso Armada se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 28 de julio.

1.8.17

La Medalla

Cuando me lo contó Yolanda, mi mujer, hace unas horas, no daba crédito. Sí, ya se han concedido las Medallas de Extremadura de 2017 y no está entre ellas la solicitada por los cauces reglamentarios y a propuesta del Excelentísimo Ayuntamiento de la muy noble, muy leal y muy benéfica ciudad de Plasencia, un gesto que le honra, para el narrador y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal.
No tiene uno nada contra el Orfeón Cacereño, un equipo de fútbol femenino denominado Santa Teresa, el colegio San José de Villafranca de los Barros (por donde pasó Ferlosio y, cómo no, el presidente Vara) y la cooperante María Victoria López, directora de Medicus Mundi en la región. Entre otras cosas porque, salvo del colegio de los Jesuitas, nada sabía de su existencia hasta hoy, y eso que lleva uno viviendo aquí desde hace cincuenta y ocho años (el próximo día 8). Me duele, no lo niego, que se la den a un colegio privado (por antiguo que sea) y no a uno público, rural a ser posible, de esta tierra educativamente irredenta. Lo del fútbol... Más grave me parece que se le haya concedido el galardón a Pepe Extremadura. Con todo respeto (a la persona), me parece de chiste. Hay comparaciones odiosas, sí, e indignantes, como hace al caso. Bueno, la comparación es, en rigor, imposible. Iba a decir que esta Medalla al señor Extremadura jugaba en el terreno artístico, pero me he arrepentido al instante. Por lo mismo. ¿De qué arte hablamos? Ni musical ni literario, por mucho que este hombre haya musicado, o así, versos de Gabriel y Galán y de Chamizo. De vergüenza, sin duda. Ya sabíamos que el crédito de estas Medallas era escaso, ahora... También sé que GHB está tan tranquilo. Más que antes. Por lo del discursino y la corbata, mayormente. Qué necesidad tiene un escritor de su talla de un reconocimiento que tiene este bajísimo nivel de exigencia. Ninguno, a pesar de que uno fuera inocente instigador. Con lo que hubieran ganado añadiendo su nombre al palmarés. Y gratis. Ni para esto sirven ya nuestros incultos políticos, y eso que el dosier, me consta, elocuente y espléndido, contaba con el apoyo de autores de un prestigio y una categoría que para sí hubiera querido cualquier candidato. En fin, lo mismo un año de estos... Perdone el desahogo. A otra cosa.  

30.7.17

Dos libros mayores

Y no sólo por el tamaño, publicados los dos en la preciosa colección Calle del Aire de la sevillana Renacimiento y en numeración, además, correlativa: 164 y 165. Me refiero a Jardín seco, de Alejandro Duque Amusco (Sevilla, 1949), y Cuestión de tiempo, de Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947). Los dos poetas profesores. Y de la misma promoción, la de los Novísimos, aunque ninguno figure en las antologías canónicas del grupo. Ni falta que hace, añado. 

Jardín seco es un libro redondo, digamos. Logrado. De una madurez meridiana. Acaso el que más me ha gustado de los suyos, que no son pocos. Sobre todo por el tono, entre sereno y atemperado, melancólico (por mucho que, como recalca Juan Lamillar en la contracubierta, en el libro "se celebra la fiesta inagotable de la vida") y sugerente (en tanto que misterioso), alejado, o eso me ha parecido, de esos rasgos de exquisitez y preciosismo que uno considera inseparables de la poesía de uno de sus maestros, Vicente Aleixandre, del que Amusco es uno de los máximos especialistas. Carente de retórica (en el peor sentido), la voz que aquí suena es más cernudiana (a don Luis le dedica un poema) que aleixandrina, más sobria y natural que artificiosa y rebuscada. Más, y perdón por la gastada palabra, auténtica. O menos literaria, si así se prefiere. De una claridad no impostada. Muy cercana a la vida y, por eso, ajena a otros asuntos que no sean los que tienen que ver con la memoria, la infancia, el amor, la muerte y los versos de aquellos que se tiene más cerca cuando la edad se hace evidente y lo que viene es menos sustancial que lo que fue. Los elegantes versículos se deslizan entre poemas de altísima belleza. Poemas como "Heinrich Schliemann", "Icono", "Nudos" "Regreso", "Aurora" o "Jardín seco". 


Cuestión de tiempo reúne la poesía completa y "definitiva" de Díaz de Castro, no sin "supresiones, adiciones y modificaciones" Recoge poemas de sus libros Inclemencias del tiempo, El mapa de los años, La canción del presente, Hasta mañana, mar, Fotografías (en prosa), así como doce inéditos "que llevan el título provisional de Verano con Duke y otros poemas".
Si tenemos en cuenta que el poeta y crítico residente en Palma de Mallorca publicó su primer libro en 1993, a los 46 años de edad, no ha sido escasa su producción lírica. De hecho, a efectos prácticos, por matizar lo expresado más arriba (y dejando en evidencia el dichoso método generacional), este hombre debería formar parte de la denominada Generación de los 80 o de la Democracia y, ya allí, a su más preclara tendencia, la dominante, esto es, la Poesía de la Experiencia. Basta comprobar los nombres de las dedicatorias de sus versos (que se recogen al final de libro en una página a propósito) para certificar lo que digo. Didactismos y simplificaciones aparte, lo cierto es que estamos ante un libro al fin y al cabo unitario; ante "el mismo libro", por decirlo con Trapiello. La fidelidad a su propia poética es innegable. Los saltos y los cambios, apenas significativos. Un libro que se caracteriza por su línea clara, su tono conversacional y meditativo, la ironía y el sentido del humor, su vitalismo (más hímnico que elegíaco), donde abundan las mujeres y el amor (a Almudena del Olmo, dedicataria del conjunto), los lugares y las ciudades (Málaga, Barcelona, Cáceres...), el mar, la música, las lecturas de los maestros y el elogio de la amistad, todo ello sin perder de vista las tradiciones y el clasicismo, en especial, de la poesía española (o en español) y de la inglesa (o en inglés). Donde todo se fija en la mirada y la memoria, los dos reinos poéticos por excelencia. 

27.7.17

Los griegos

No dejan de aparecer en España traducciones al castellano de poetas griegos. Entre las más recientes, tres obras de otros tantos poetas, tanto antiguos como contemporáneos. Me refiero a Safo, Cavafis y Costas Reúsis. Dos clásicos y un autor relativamente joven.
Poesías, de Safo, publicado con primor por La Oficina de Arte y Ediciones, con diseño de Joaquín Gallego y en traducción de Juan Manuel Macías, nos devuelve una poesía genuina que el paso de los siglos no ha logrado devaluar. Sigue, en lo fundamental, la edición de Edgar Lobel y Denys Page: Poetarum lesbiorum fragmenta (Oxford, 1955), así como la de Eva Maria Voigt: Sappho et Alcaeus. Fragmenta (Amsterdam, 1968).
Ya había vertido Macías a la poeta de Lesbos en una primera versión de este libro que publicó la editorial DVD hace diez años.
A la “fama póstuma” de Safo se refiere Macías en su documentado prólogo, quien afirma: “digámoslo de una vez, hablar de Safo es hablar, ni más ni menos, que de poesía, lo cual significa no sentirse en la obliga­ción de hablar. Y el adjetivo «sáfico» no se puede entender sino como un sinónimo más del misterio poético”. Y: “Hablar de Safo es hablar de las palabras y el resto, los mapas de su vida, sus odios y sus amores, las casualidades de ser mujer y griega, de haber vi­vido en una isla de Asia Menor de afamadas sonoridades y perte­necer a ese colectivo que solemos llamar «los antiguos», todo eso no es más que materia del tiempo y de las nubes”.
Cavafis. Poesía completa, de Editorial Almuzara (colección Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca) es una nueva edición bilingüe de la veterana traducción de los poemas del autor de “Esperando a los bárbaros” realizada por el profesor Pedro Bádenas de la Peña para Alianza en 1982. Aclara que se trata de una “profunda y sistemática renovación” de aquélla, ya que que la traducción literaria “nunca puede darse por zanjada”, pues es “una tela de Penélope siempre perfectible”.
Además de una amplia introducción y una cronología, se incluyen los poemas canónicos, los inéditos, los ingleses (que vierte el citado De Cuenca), los proscritos, las traducciones éditas (Shakespeare, Keats, Shelley) e inéditas, los inconclusos, los borradores sueltos y los poemas en prosa. Casi 800 páginas de la mejor lírica griega.
La irrealidad submarina (1993-2015), de Costas Reúsis, en traducción de Mario Domínguez Parra, ha sido publicada por La Isla de Siltolá. Se trata de una antología de sesenta poemas seleccionados y anotados por su autor, que nació en Atenas en 1970, pero chipriota de origen. Sin título universitario, aunque con estudios (de lenguas extranjeras, por ejemplo), Reúsis ha trabajado en múltiples oficios y ha colaborado en prensa y en revistas. Es el fundador de Facción Irreal Nico©ia, de la sólo él es miembro. Sus poemas están traducidos al italiano y, ahora, al español.
De él ha dicho el poeta chipriota Yorgos Kalosóis que es “salvaje” y añade: “Aquí no hay nada que tenga que ver con el gatito del posmodernismo, que deja que lo acariciemos. Hay algo que tiene que ver con poemas-leopardo que suben con sus presas a las descomunales acacias de la sabana”. Por su parte, Mario Domínguez afirma que es un “admirador y practicante él mismo de las vanguardias”.
Poesía rigurosa, hermética a rachas, que exige la complicidad del lector. Si persevera, encontrará en ella hallazgos dignos de elogio, como el poema “En las tinieblas”: La mirada se aferra al ocaso / En su color mortal / El cielo de Nicosia / Agoniza y está poseído por / Mi muerte / Que conozco.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número 19 la revista griega Φρέαρ/Frear.

25.7.17

El (dichoso) Palacio de Congresos de Plasencia

Foto: Hisao Suzuki / Junta de Extremadura
Álvaro Jaén, líder de Podemos en Extremadura, se refirió aquí atrás en el periódico HOY al Palacio de Congresos de Plasencia como «viva imagen del despilfarro y del mal gusto». Debo ser el único placentino al que le agrada esa obra arquitectónica. Estuve en la colocación de su primera piedra y confieso que los planteamientos, entonces sólo teóricos, del estudio Selgascano para su proyecto me convencieron. La obra terminada, que sólo conozco por fuera, también. En una ciudad artística y patrimonial como ésta, esa obra debería ser tratada de otra manera. Con más respeto. La crítica especializada ya se ha pronunciado. A favor, por supuesto. El último ejemplo, las dos páginas que ha dedicado El Cultural a ensalzar el edificio, un texto bajo el título "Un cíclope sobre los berruecos" firmado por Inmaculada Maluenda y Enrique Encabo. Empieza: "Los automóviles de la Ruta de la Plata que conecta Cáceres y Salamanca aminoran su velocidad al llegar a Plasencia. El ralentí es achacable a un extraño objeto, visible desde la autovía. Este cíclope hialino de rabiosa pupila anaranjada se posa cuidadosamente -casi de puntillas- sobre los berruecos del lugar, y se identifica como el nuevo Auditorio y Centro de Congresos de Plasencia. Obra de Lucía Cano y José Selgas (ambos de Madrid, 1965), se inauguró oficialmente hace apenas cuatro semanas, doce años después del concurso que desembocó en su realización". Y termina: "la realización de un edificio no debería tratarse como algo rutinario: lo más gratificante suele esconderse, con frecuencia y como aquí, en la atenta observación y captura de lo inesperado". Sin duda, cabría añadir.
Sí, comparto con mis paisanos y con la ciudadanía en general (forasteros inclusive) que los tiempos no estaban ni están para empresas de esta índole, tan gravosas para nuestro erario; que a lo mejor no era necesario siquiera abordarla (ya se sabe que fue una promesa electoral del presidente Ibarra para potenciar la candidatura socialista de Elia María Blanco), amén de que será demasiado costoso mantenerlo; y que el sitio no es ni con mucho el mejor para su definitiva ubicación. O sí, al menos para su visibilidad. Me sorprende que se vea desde todas partes, como nuestra "encina solitaria". Y más iluminado, de noche, como el de Badajoz, obra de la misma oficina.
Lo que no parece de recibo, y de ahí esta reflexión, es que se descalifique la obra arquitectónica como de "mal gusto". Para él, querrá decir el señor Jaén, más atraído, supongo (allí coincidimos a finales de junio), por el Museo Vostell. Y para otros, que pueden ser muchos. En este país se suelen dejar caer las opiniones personales (y nada más personal que el gusto) como si de piedras de tratara. ¿Tantos son los conocimientos de arquitectura del diputado regional de Podemos como para afirmar en público lo que ha dicho? Hombre, Anatxu Zabalbeascoa no es. Del criterio de cada cual -nada, poco o muy formado- no se pueden sacar conclusiones generales. Por lo demás, en lugares más inútiles y absurdos se han levantado construcciones que al cabo del tiempo han revalorizado, y hasta sacralizado, ese presunto erial. Tiempo al tiempo.
Un día de estos, y termino, le pondrán un nombre. Doy por hecho que nunca se le llamará por tal. Más pronto que tarde, a alguien se le ocurrirá el mote adecuado. Algunos ya tiene. Pena.

Foto: Placonsa

21.7.17

Más lecturas

Alfius de Bux
Que la Gran Guerra dio frutos literarios perdurables no es nada nuevo. Sí, al menos para mí, la existencia de uno de ellos: Cien visiones de guerra (Renacimiento), del francés Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin, 1878-1954), un puñado de poemas breves, comparables a haikus, dignos de figurar en cualquier antología de la poesía bélica. Por aquello de las indudables semejanzas, al español los ha vertido, un siglo y un año después de ser publicados por primera vez en La Grande Revue, Susana Benet, que, como dije aquí atrás, no deja de ser la más japonesa de nuestras poetas. 
El libro es intenso y delicioso. A lo trágico, que predomina, no le faltan gotas de humor: "A mí me dio en la nalga, / a ti, en el ojo. / Tú eres un héroe, yo casi". Es difícil imaginar la experiencia de un hombre en una situación similar. En su "juventud, grave y pensativa". Él lo resume en una dedicatoria ("estos recuerdos de nuestros tormentos"), a su hermano pequeño que sustancia el último poema: "por haber, maravilloso prodigio, / conocido la muerte antes que la vida". 
No suelen decepcionar, sino todo lo contrario, los libros que aparecen en la colección La Gruta de las Palabras, de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. En gran parte, porque la dirige alguien con sensibilidad y criterio: el escritor Fernando Sanmartín. Es el caso de las dos últimas entregas, como siempre impecablemente editadas. 
Vida doméstica, de la periodista Carmen Ruiz Fleta  (Zaragoza,1978), no se da a engaño. Su poesía es directa, clara y, más que nada, lúcida. Con el punto justo de acidez, desengaño y melancolía, que como recuerda José Antonio Llera en sus espléndidos diarios (de los que daremos cuenta), y cita a Aristóteles, "está atravesada por la más alta conciencia". Lo cotidiano elevado a categoría artística. A poesía, mejor. Que, según ella, "es escuchar al silencio".
Con la llegada de la sangre, de Octavio Gómez Milián (Zaragoza,1978), abunda en lo paradójico, siempre tan poético. Y en el tema de la muerte: la ausencia y los ausentes: "Hablo de la muerte / porque en ella permanece el silencio". El tono, lógico (un matemático, como él, sabe que menos es más), es sentencioso, seco, aforístico. Los poemas, breves. La memoria y los recuerdos se plasman en forma de iluminaciones. Una suerte de anotaciones de la perplejidad.
Este es uno de tantos libros que se quedan atrás, aunque siempre supe que terminaría leyéndolo. Era su momento. Tal vez cada libro tenga el suyo. Me refiero a Temblor, de Charo Ruano, un título con reminiscencias de Kierkegaard (le falta el temor, tan presente aquí) que publicó el año pasado Amarú Ediciones, de la librería Víctor Jara de Salamanca, ciudad natal de la periodista, la fiel editorial de la no menos leal Ruano. Como uno pasa muchas horas últimamente en una habitación de hospital cuidando a un paciente grave, la lectura de este diario de una artista seriamente enferma me ha llegado al alma. Debería haber ejemplares en las bibliotecas de esos centros sanitarios para uso y consulta de los usuarios y familiares. Sí, "En realidad nadie sabe nada", aunque ahora, gracias a esta indagación sobre el mal, el que lo padece y todas y cada una de sus probables circunstancias, de las aciagas a las más felices, algunos vislumbramos mejor de qué va este asunto que a todos, más tarde o más temprano, ha de concernirnos. Sobre la enfermedad se ha escrito mucho, pero este emocionante libro es, en rigor, único.
La poesía portuguesa es interminable, bien lo sé. Por eso no me ha extrañado el gozoso descubrimiento de los versos de Maria do Rosario Pedreira (lisboa, 1959) gracias a la antología bilingüe Una casa con palabras dentro (bonita definición de libro) que, traducida y prologada por Verónica Aranda, publica (en La Rama Dorada de Monmany) Huerga & Fierro. La preciosa cubierta abre un mundo interior (abierto al verano) donde el amor (a veces el desamor) manda. Su poética se basa en la claridad (ella, como uno, admira a los poetas "que se hacen entender") y su propuesta, dice Aranda, singular en el rico panorama lírico portugués. Me ha llamado mucho la atención que sea una mujer que escribe sin complejos, desde la heterosexualidad, y sin tener en cuenta la tiranía de lo políticamente correcto. Que confiesa sus miedos y sus sentimientos con una naturalidad llamativa, lo que no deja, ya digo, de tener su gracia. Los finales son redondos y la sencillez de su poesía un pozo profundo en el que abismarse. Según Pedro Mexia, "lo trágico visto desde fuera".
Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) se prodiga bastante, y en todos los géneros.  Bien está. Nos entrega ahora en la querida colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura la nouvelle Un otoño extremeño. Lo diré pronto: me ha encantado. Utiliza el recurso del manuscrito encontrado; en este caso, un diario del ingeniero forestal alemán Thomas Jung que traduce al español su compañero de trabajo Esteban Carrasco y donde aquél da cuenta de su corta e intensa estancia en Extremadura. Distintos lugares (lo que hace de este texto una suerte de libro de viajes), bellísimas descripciones de árboles y paisajes, un par de historias de amor, párrafos sobre él mismo y su forma de ser... Cuando leo al prosista Martín Gijón y recuerdo al poeta del mismo nombre, tan experimental y hermético, siempre me sorprendo. Aquí todo es luminoso, fruto de un lenguaje cuidado, pero sin sombra de artificio, salvo el que el arte narrativo exige. Entre líneas, además, el lector extremeño encontrará reflexiones propicias para evaluar su autoestima y favorecer la autocrítica, que para ambas cosas da, y para mucho más, esta espléndida novela breve.
Harria, Piedra, es el título de un sólido libro de Juan Manuel Uría publicado por El Gallo de Oro en euskera y castellano. Otro que también se quedó atrás, pues es de 2016. Poco importa. Porque es de verdad, que diría uno de Bilbao, intemporal y punto. El levantador Iñaki Perurena, uno de los prologuistas, lo hubiera titulado "El nieto del famoso Errekartetxo ha realizado 130 alzadas con la piedra". Ese hombre fue famoso por levantar la "Albizuriaundi", según Bernardo Anaut, «piedra irregular, en Amezketa, que ha sido objeto de levantamiento en contraste con las regulares de forma cilíndrica, esférica o cuadrada. Solamente dos forzudos pudieron levantarla y echársela al hombro ya que pesaba 163 kg. Uno de ellos José Ibar "Urtain"». El otro, claro, Santos Iriarte, abuelo de Uría, que aparece fotografiado en tal trance en la cubierta, al principio del volumen y en páginas interiores. Impresiona.
No es este, aclara, su autor, un libro sobre el levantamiento de piedra ni sobre la vida del harrijasotzaile (que "piensa con las manos"). Parte de ahí para mirar al hombre. Gracias a la poesía que "trata de expresar lo inexpresable". Son 130 "facetas del ser". Entre la poesía, sí, el aforismo, la epifanía, la anotación y la escritura memorialística, una suerte de tratado (donde no falta el componente antropológico) particular e insólito acerca de un símbolo que los vascos, como pocos, han logrado hacer suyo. Uría nombra, por ejemplo, a Oteiza.
Por lo demás, ya que de poesía hablamos, me he acordado del padre del poeta Hasier Larretxea, que levanta piedras en algunos recitales de su hijo. Ya me espera su último libro: Meridianos de tierra.