31.3.16

Metales

María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) es profesora de la Universidad de Salamanca y ha publicado los libros de poemas Tratado sobre la geografía del desastre, La sola materia, Carnalidad del frío, La ausente y Atavío y puñal, así como algunas plaquettes y antologías, tanto aquí como en Hispanoamérica. Ahora aparece en Vaso Roto Fiebre y compasión de los metales.
Lleva al frente un inspirado prólogo de Juan Carlos Mestre, escrito en su particular clave lírica, esta vez extremada, que, lo confieso, me ha desconcertado bastante. Por frases de este tenor: "Es el fuego ordenador, la antítesis configurante de la cristalografía geométrica y vocalizadora del mundo". Para mi tranquilidad, comprobé pronto, no sin antes forcejear con los epígrafes (de Mujica, Muñoz Sanjuán y la Wikipedia), que el libro no era tan hermético o directamente críptico como a uno le estaba pareciendo. Al revés. Por decirlo de alguna manera y pronto (que es lo que espera, supongo, quien lee estas notas), como los metales a que alude, estamos ante una obra dura, cortante, poderosa. Tiene, a qué negarlo, su peligro (como todo lo que merece la pena). Porque corta. Y duele. Pero además consuela. Sus palabras están afiladas, sí. Al leerlo, suena también como el metal. La suma de versos aquí concebidos, los poemas, orquestan un ritmo barroco donde la sonoridad prima. Chocan entre sí como si de piezas metálicas se tratara. La métrica, tan calculada, aporta al conjunto una música repetitiva que resulta del todo pertinente con lo que se dice. Como si cada verso, tal el martillo del herrero, golpeara en el yunque del sentido. 
Esos poemas se levantan sobre un sólido cimiento lingüístico (la prioridad) y un amplio muestrario de objetos (tijeras, cuchillo, bisturí, cuchilla, aguja, martillo, punzón, hoz, punta de flecha, anzuelo...), de situaciones, de personas, de lecturas (reconoce la autora que han sido "escritos en diálogo con numerosos poetas") y de lugares (la sinagoga, el desierto, el hospital, el suburbio...). En "Duerme el hacha", por ejemplo, conversa con Colinas. En "Contra la luz", con Montejo. En "Una naranja" pugnan Parra y Borges. Claudio Rodríguez, por su parte, hace doblete. 
Con innegables momentos, digamos, surrealistas, donde la imaginación domina la escena ("Caída de los ángeles", pongo por caso), es más bien una suerte de hiperrealismo el que da el tono a esta poesía donde la precisión es ley. Una poesía, añado, que reflexiona sobre sí misma. Así, en "El cuerpo de la flecha" o en "Correas": "La palabra es la arquera y su carcaj".
Destacaría uno, en fin, la unidad, su condición de libro y no de mera colección de poemas. Pocos ha leído uno últimamente con más cohesión. Tan cerrado, para bien, sobre sí mismo. 
Poesía ésta muy poco normal en nuestro panorama. Por única. Distinta de casi todas las que conforman (y se conforman en) nuestro panorama, y eso incluye nuestro lado ultramarino, que por oficio y vocación tan bien conoce María Ángeles Pérez López. 

[LA CUCHILLA]

La cuchilla se eleva en el insomnio.
Parece un animal inofensivo
pero en la noche sueña con cristales,
con vallas levantadas para el miedo.
La que rasura al hombre lentamente
y recorre su rostro, cicatriz
de la mañana abierta en diminutas
flores de sangre roja y perfumada.

La que duerme en silencio en su cajón
como un verbo desnudo e inocente
pero luego destroza la sintaxis,
las manos cuando intentan alcanzar
la valla que prospera en la estrechez.

Siete metros de lava y de ceniza
izaron en Pompeya la desgracia.
Son seis los que atormentan esas manos
cuando en Melilla sangran las vocales,
falanges que fracturan el presente
y lloran rojas letras de papel.
Su tinta azuza el agua y la envenena.

(Del blog Mientras la luz)

30.3.16

JD

Ricardo Solís/LNE
Con la discreción y elegancia que le caracterizan (lo uno va con lo otro), Jordi Doce ha comunicado a sus compañeros del gremio editorial, a otros profesionales de la literatura como libreros e impresores, a periodistas culturales y críticos, además de a un puñado de amigos, que mañana deja su puesto de editor en Vaso Roto.
Añade que "han sido cerca de tres años muy intensos, de mucho aprendizaje, en los que he intentado contribuir al trabajo de la editorial con todo mi esfuerzo y mi experiencia. Me voy con el recuerdo de algunos colaboradores excepcionales y un puñado de títulos de los que me siento muy orgulloso". Termina su breve misiva anunciando que seguirá "trabajando como traductor y editor externo (también, de manera ocasional, para Vaso Roto), sin dejar la escritura y mis clases en el Hotel Kafka".
No me nubla el sentido de la amistad si afirmo que el sello hispanomexicano habrá de resentirse de esa pérdida. No estamos hablando de un profesional cualquiera ni vivimos en un país sobrado de personas tan capaces e inteligentes como Doce. Lo recordaba aquí atrás, muy oportunamente, Martín López-Vega
Lo importante, con todo, es que él sigue. Acaba de aparecer en Pre-Textos una nueva traducción suya: Autobiografía de rojo, de Anne Carson (una autora nada complaciente), y nueve poemas de El lunático, de Charles Simic, en el último número de Turia, un anticipo del libro del mismo título que verá la luz en VR; ha reunido poemas de 1990 a 2015 en Nada se pierde (Prensas de la Universidad de Zaragoza); ha publicado un ensayo sobre Canetti en la revista Quimera (donde se anuncia una entrevista que le ha hecho Álex Chico); sigue dando a conocer sus acerados y lúcidos aforismos en su blog y, por fin, en El Cultural pudimos leer, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía, un poema inédito, "Primer Acto", que da fe de su pujanza creativa. La vida sigue, sí. Uno le desea a Jordi en esta nueva etapa lo mejor, que es lo que de sobra se merece.

29.3.16

Poesía reunida (1967-1987)
Aníbal Núñez 
Calambur, Madrid, 2015. 722 páginas. 30 €

Se habla con frecuencia de la voz propia que caracteriza y distingue a un poeta y del mundo único que ha sido capaz de fundar; sin embargo, en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de comprobarlo de una forma tan radical y fehaciente como al leer la poesía de Aníbal Núñez (1944-1987). Con prólogo de Gustavo Martín Garzo y en edición e introducción de Vicente Vives (responsable de La luz en las palabras, antología del salmantino en Cátedra), se publican sus poemas reunidos, de manera, tal vez, definitiva. Lo digo porque se mejora la de por sí excelente Obra poética que publicó en dos volúmenes Hiperión en 1995; hasta ahora, referente canónico. De la vida dañada de Núñez, más que un maldito, se ocupó uno de sus editores, Fernando R. de la Flor. La suya fue la existencia fronteriza de un “insumiso” (“Perdonad, ante todo, mi posición al margen”), “en la intemperie social y literaria” (Vives dixit). En contra de lo que sus coetáneos novísimos defendían; no obstante, pocos versos han soportado el paso del tiempo con la entereza de estos, tan vigentes.
Doce libros en veinte años es el legado. “Dispuesto y pensado” por el poeta, si bien fueron saliendo, cuando él vivía o ya póstumos, sin respetar la cronología con la que fueron compuestos. Conviene señalar una fecha: 1974, annus mirabilis en que escribió cuatro. Tampoco sus respectivos editores siguieron siempre esas indicaciones, por eso es fundamental esta edición que corrige algunos descuidos. A los libros propiamente dichos, cada uno con una aclaratoria nota editorial al frente, se añaden un poema largo y tres plaquettes, amén de una colección de poemas sueltos, escritos entre 1961 y 1986, encontrados en cartapacios y carpetas, que cierra el volumen. Así, y en este orden, Poesía reunida agrupa 29 Poemas (catorce suyos, el resto de Ángel Sánchez), Fábulas domésticas (que apareció en Ocnos), Naturaleza no recuperable (Luis Javier Moreno alude en el prólogo a que “había evitado las generalizaciones solemnes, centrándose en lo doméstico inmediato”), Estampas de ultramar, Definición de savia, Casa sin terminar, Figura en un paisaje, Taller del hechicero (donde se demuestra su condición de adelantado), Alzado de la ruina (para uno, su mejor libro), Cuarzo (otra obra maestra), Trino en estanque, Memoria de la casa sin mención al tesoro y a su leyenda antigua, Gormaz a sangre y fuego (con dibujos de Núñez, pintor además de poeta), Clave de los tres reinos (que le reportó el único premio literario de su vida, el extremeño Constitución), Primavera soluble y Cristal de Lorena.
De la lectura de Núñez se deduce que su poesía es compleja (no complicada) y que su tono, presente desde su primera entrega, tiene mucho que ver con el lenguaje y, más en concreto, con la sintaxis, tan singular como todo lo suyo. Sánchez Santiago se ha referido a “otro idioma”: “Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía”. Una poesía fragmentaria que no desdeña la ironía ni el desengaño; que, paradójicamente (“no hay nada que decir”), se repliega y hermetiza. Una poesía, en fin, que no sabemos muy bien de dónde viene, aunque continúe una tradición culta, y que no admite discípulos, salvo a distancia.
La mirada y el paisaje de sus versos le hacen también distinto y le separan, de nuevo, de su generación. Sus ruinas no son ni exóticas ni suntuosas, sino las de la “aridez carpetovetónica” de pueblos deshabitados y casas abandonadas en la periferia de su ciudad natal donde la naturaleza aún prevalece. Con todo, no fue un poeta agropecuario y basta con viajar por su cosmopolita Estampas para verificarlo.
Anoto un error y una ausencia: Casa sin terminar se publicó en La Centena, colección dirigida por Antonio Gómez y no por una figura capital en la defensa y promoción de esta obra: Ángel Campos Pámpano. Falta en la bibliografía la preciosa edición de Alzado de la ruina que publicó Delirio en 2014.
Valente definió a Aníbal Núñez como “frágil y duro, como el cuarzo, entre tantos supervivientes fraudulentos”. Los que tengan la fortuna, como dice Vives, de leer por primera vez su poesía lo podrán constatar. Sus lectores, confirmarlo.

Nota. Como aquí no hay problemas de espacio, publicó la versión íntegra de mi reseña sobre la Poesía reunida de Aníbal Núñez que apareció el pasado Viernes Santo (qué fecha tan adecuada) en El Cultural, un poco más breve debido a unos ajustes de última hora.

28.3.16

Resiliencia

¿Cuáles son las heridas más difíciles de sanar?, le pregunta Joseba Elola en el suplemento Ideas de El País al neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, judío nacido en 1937 en Burdeos, huérfano por culpa de la guerra y autor, entre otros libros, de Las almas heridas (como el resto de obra en español, publicado por Gedisa), uno de los padres del concepto de moda: resiliencia, que él define como “el arte de navegar en los torrentes”, y Cyrulnik responde: "Hay que huir de la idea de Descartes de que una causa produce un efecto. ¡Muerte a Descartes! Hay que decir: antes de la herida; durante la herida; tras la herida. Antes de la herida: ¿qué nos permite adquirir factores que puedan protegerle a uno de una eventual herida? No hay biografía sin heridas. Todo el mundo, en mayor o menor medida, atraviesa la vida recibiendo golpes. Si uno, de pequeño, cuenta con un apego seguro, que cultiva la confianza en uno mismo, cuando llega una desgracia, la encaja porque su memoria le dice que es posible salir adelante. Se sufre menos si el golpe es lejano que si lo da alguien cercano. Cuando fui un niño mi familia fue destruida por el nazismo; y yo casi quedo destruido; el golpe venía de lejos y yo me sentí protegido por los justos, los franceses no judíos que me acogieron".
Más adelante, tras preguntarle Elola por la felicidad, dice: "Durante mucho tiempo el paso por la tierra era el valle de lágrimas entre dos paraísos: el paraíso perdido, por culpa del conocimiento; y el paraíso posible, que podemos ganar tras nuestra muerte, obedeciendo a las leyes divinas. Entre los dos paraísos se sufría. El siglo XIX y la revolución francesa cambiaron esta noción de la felicidad. Si creemos que la felicidad es metafísica, creeremos que solo puede llegar después de nuestra vida, o de nuestra muerte. Es lo que ocurre con los yihadistas. El yihadismo enseña lo que los cristianos enseñaron durante mucho tiempo: morid primero, seréis felices después".

26.3.16

Libro de familia

Aire de familia se titula el segundo libro de poemas del narrador Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975) y lo publica, en la fértil colección Tierra, La Isla de Siltolá. Ya que lo menciono, si no cuento mal, es el sexto placentino con libro en la fresca editorial sevillana, lo que no deja de ser curioso, más si tenemos en cuenta que cuatro de ellos son, como ese sello, jóvenes.
Volviendo a la obra de Santos, no hay trampa aquí. Estamos ante un libro transparente, escrito con la verdad por delante. Su rótulo lo anuncia. La dedicatoria lo sentencia. El autor relata, desde la concepción al nacimiento, pasando por el embarazo de Fátima, la llegada al mundo de Mafalda, dedicataria del volumen junto a su madre. No es tan simple como parece. Esto es poesía. Sentimientos, miedos, descubrimienos, decisiones, ilusiones van componiendo un espacio íntimo que, sin embargo, cualquiera puede habitar. Más si ha pasado por el trance.
No falta ese toque de humor, marca de la casa (desde el mismo título de la sección: "Preparación al parto"). Ni ese ritmo que la métrica bien ejecutada proporciona.
Tras un emocionante "Interludio", cuando la criatura ya está en brazos de sus padres, catorce poemas de catorce endecasílabos cada uno arman "Álbum de fotos", que, a las claras también, ilustra momentos significativos de los primeros meses y años de vida de esa niña que vino a romper la soledad de sus progenitores.
En el "Epílogo", el adiós: ese instante decisivo en que un padre o una madre (o los dos) deja por primera vez a su hija en el colegio.
Sorprende que una historia tan gastada, digamos, pueda dar para tanto en manos de un escritor con sensibilidad y con talento. Para que nada quede en sensiblería, repetición ni mera ocurrencia. Ese es el hallazgo de Juan Ramón Santos y el acierto de este libro tan sencillo como asombroso. Pura vida.

Y ENTONCES FUE EL PRINCIPIO,
un estallido,
un big-bang celular
sin precedentes
que no alteró por ello lo más mínimo
la fatigada paz de los amantes,
que ignorantes dormían allá afuera,
inocentes, tomados de la mano,
desnudos, vulnerables,
ya inmortales.

24.3.16

Con Clarín

El último número de Clarín me ha deparado, como siempre, momentos muy gratos. Así, he disfrutado con "En busca de la infancia perdida. Memorias de un cigarral", un bonito texto de Hilario Barrero, neoyorkino de Toledo, que tiene el libro de memorias de Gregorio Marañón y Bertran de Lis al fondo. También he saboreado la entrevista de Toni Montesinos a Mauricio Wiesenthal (al que vi hace unos días conversando con Dragó en su intermitente Libros con wasabi), con motivo de la publicación de su monumental Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto). Martín López-Vega, entre polémica y polémica (menos mal que vive en USA), aprovecha para traducir al rumano Lajos Walder ("Soy un vagabundo, un monje moderno...") y para entrevistar a Eloy Sánchez Rosillo, al que siempre es un placer escuchar (y leer). Por Rumanía, por cierto, Moldavia y Bulgaria viajó Ricardo Martínez-Conde y aquí nos lo cuenta. Mario Martín Gijón, por su parte, vuelve a Praga y a las voces que pueblan los cuentos que le inspiró aquella mítica ciudad de la literatura. 
Por último, y tras los "Paliques", Carlos Moreno hace su particular lectura de Seré duda, el último tomo de los diarios de Trapiello que, oh casualidad, tengo entre manos. Las dos, que para eso tiene más de setecientas páginas.

22.3.16

Brines dixit

Sergio Enríquez-Nistal
Con motivo de la publicación de la antología Jardín nublado (Pre-Textos), al cuidado de Juan Carlos Abril, Nuria Azancot le ha hecho una espléndida entrevista a Francisco Brines para El Cultural. De ella, entresaco estas líneas.
La primera es una afirmación que comparto, tan rotunda como aquella tan repetida de que la poesía tiene lectores, no público: "El crítico no es más que un lector que elige”. 
Azancot le pregunta: ¿Tiene sensación de que ha tenido una buena vida?, a lo que el poeta responde: "Hombre, me voy amándola mucho. Sé que me ha dado también tristezas pero me ha dado cosas muy buenas, entre ellas una vocación, que es lo máximo a lo que puede aspirar una persona. Y una vocación de poeta es maravillosa, porque la poesía es una sorpresa total y luego, cuando terminas, es también un documento material: te conoces por el poema, pero no conocías antes de escribir el poema lo que en él escribes". 
Y luego: ¿Entonces es la poesía la distancia más corta entre ese descubrimiento y el lector?: "Desde luego. El lector encarna en el texto, y elige el poeta o los poetas que le interesan. Por eso, el poeta elegíaco es más abundante que el hímnico, porque nos duele lo que perdemos, y lo que ganamos en cada edad lo tenemos que experimentar. Yo, por ejemplo, también he ganado algo. ¿Qué? Quizá el importarme menos las pérdidas".
¿Y a qué se debe que se esté demorando tanto el libro, quizás es que solo escribe cuando no le queda más remedio?: "Sí, me ocurre eso. Yo no tengo la lujuria de la escritura. Mire, donde yo escribo tengo la puerta entreabierta y por ahí entra la musa, que es una sombra, y por ahí sale; yo no la cierro, pero tampoco la abro de par en par. De eso estoy contento, porque escribir por escribir no vale la pena. Uno se puede equivocar… Yo creo que García Lorca o Gil de Biedma no tienen una obra extensa, pero no la necesitan. O sea, que para qué escribir mucho. Neruda, un poeta extraordinario, escribió demasiado".

21.3.16

Quique López

Para uno, sí, Quique López y no Enrique López de Hijes. Uno de los hijos de Salvador y Carmina, viejos amigos de mis padres, dos personas encantadoras, muy queridas también por mí. 
Uno de mis primeros recuerdos de Quique se sitúa en una Nochevieja de hace mil años que nuestros progenitores, tras la cena familiar, celebraron en su casa de la calle Santa Ana. Los acompañé, ignoro la razón (yo era apenas un mozalbete), y pasé parte de la velada en compañía de Quique y de su hermano Salva. Mayores que yo, bebían whiskey y me pusieron un poco. Dyc, of course. Esa prematura incursión debió marcarme, para mal, porque nunca he vuelto a probar prácticamente esa bebida y casi ninguna de las alcohólicas, añado, salvo la cerveza y el vino. Después de aquella noche, he vuelto a ver a Quique en numerosas ocasiones. Casi siempre en encuentros esporádicos. Siempre me brindó una sonrisa franca y mucho afecto, lo que nunca le agradeceré bastante. En un paseo junto al río en los amaneceres del verano. En el bar de su instituto, el "Gabriel y Galán", donde enseñó Filosofía hasta el curso pasado, cuando uno acudía al fallo del premio "Gerardo Rovira". Fue uno de los primeros concejales de la Democracia en nuestro ayuntamiento y su paso fugaz por la política es síntoma de que ésta casi nunca ha contado con los mejores. Vino socialista de sus estudios salmantinos, con una tesis doctoral sobre filosofía política bajo el brazo que no sé si llego a terminar. 
Estaba casado con Chus, profesora de Lengua y Literatura del IES "Virgen del Puerto", siempre comprometida con las actividades del Aula de Literatura "José Antonio Gabriel y Galán". 
En su muro de Facebook muchos amigos recuerdan a Quique. Mira uno las fotografías, las antiguas y las más recientes, y sigue sin dar crédito. Parece mentira que haya muerto. 

20.3.16

En la terraza


Es Palma. Podría ser Palermo
o cualquier otro sitio de Sicilia.
O Nápoles, una casa de campo
de las muchas que pueblan
las faldas del Vesubio,
como aquella que vimos
en Viaggio in Italia,
el film de Rosselini.

Una terraza amplia
y dos palmeras.
Al fondo, las montañas.
El mar, que no se ve,
se intuye por la luz;
una atmósfera, un tono
que es mediterráneo.

Quien posa es de muy lejos.
Sus rasgos lo delatan.
En su rostro, no obstante,
el color, la mirada
pasarían por nuestros.
Y la melancolía, tan latina.

Alguien que ha muerto
eligió este lugar
para pasar el resto
de lo que fue su vida.
Ella recuerda.
Desde esa barandilla
-la mirada difusa-,
triste le piensa.

Nota: Este poema ha sido publicado en el número 7 de la revista AnáforaLo ilustra un fragmento de una fotografía de Samuel Sánchez.

19.3.16

Anáfora

La revista asturiana Anáfora cambia de aspecto, pero sólo por fuera. Pierde el color blanco y el tipo de papel, poco sufridos ambos. Dentro, se mantiene la misma línea clásica, tanto en su aspecto como en el tono de sus colaboraciones.
En esta entrega, abre el fuego un excelente poema de Julio Martínez Mesanza, que ya sabemos lo poco que se prodiga en estos ámbitos. Le siguen versos, en este orden, de Á. Valverde, K. C. Iribarren, B. Clark, M. A. Alonso, R. Olay y R. Acebal.
Andrés Catalán ha aprovechado su estancia en la Real Academia de España en Roma para traducir dos poemas de Sandro Penna, al que algunos leímos acaso por primera vez gracias a la plaquette Quince poemas, que, en versión de Luis Antonio de Villena, publicó en 1979 la colección valenciana Septimomiau.
Pablo Núñez, uno de los coordinadores de la revista, conversa con Luis Alberto de Cuenca.
De la sección de Prosa, destacaría el extenso artículo de Juan Bonilla, que nunca defrauda: "Auge de un género: los diarios"; los agudos aforismos sobre poesía de José Luis Argüelles, llenos de sentido poético; la crónica viajera e irlandesa de Ángela Arambarri; y esa visita de Frederic Prokosch a Maurice Baring que tuvo lugar en 1937 y que, según Jorge Ordaz, su relator, se quedó fuera de Voces, las famosas memorias del primero.
Con un puñado de reseñas se cierra el número. Entre ellas, la que se ocupa de la antología de Joan Vinyoli Xuegos p’apostalgar la muerte, florilegio del poeta catalán traducido al asturiano por Antón García.
Para los más curiosos, aquí una muestra. Querrán más. Seguro.

18.3.16

Mendoza en Puerto Rico

EFE
Ruiz Mantilla se hace eco en una crónica para El País enviada desde el VII Congreso Internacional de la Lengua Española de unas provocadoras reflexiones sobre "los dos molinos" a los que, según Eduardo Mendoza, todo escritor ha de enfrentarse en una reunión de esas características: "El de la necesidad de fomentar la lectura entre los jóvenes y el de impartir talleres".
"Al primero -dice el autor de La ciudad de los prodigios- siempre me niego por varias razones: primero porque es una actitud un poco mendicante. A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea y si no lo han hecho hasta ahora no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirve para nada. Son una birria".
"El de los talleres. Este es un fenómeno reciente que cobra importancia capital en el terreno de la literatura"."Sustituye en muchos casos al libro mismo. Porque el tiempo que las personas que acuden emplean para leer, lo sustituyen en ese caso por escribir su propio libro". "Producen -añade- un efecto perjudicial, equivocado". Y cuenta: "Propuse en un taller que los alumnos me escribieran una composición libre, pero en endecasílabos. Tuve que salir escoltado por la policía. A mi juicio, perdieron una experiencia única". "Yo no he escrito jamás poesía, pero la he traducido. El ejercicio complicado de enfrentarte a versos endecasílabos o alejandrinos, una vez lo vences, se convierte en una tarea mecánica y puedes acabar en el supermercado haciendo la compra en ese registro".

Nada mejor para complementar esta crónica que otra, ésta hilarante, de Fernando Aramburu, también en tierras americanas, en la que relata, entre otras historias, la divertida sesión mendocina.

17.3.16

Gómez y Flores: segunda vida

De nuevo en Vitruvio, como ocurrió con su libro anterior, el poeta cacereño Jesús María Gómez y Flores publica El tacto de lo efímero. El autor habla de sus "dos vidas", ya que una primera edición de esta obra apareció hace más de una década en la colección Alcazaba de la Diputación de Badajoz. Tras "una profunda revisión", el libro es "diferente". Se ha corregido, sí, pero también ha habido supresiones y se han incorporado nuevos poemas. 
Escritos, sobre todo, en Huelva, donde ejercía a finales de los noventa como juez, a este lector le llama la atención que estos versos tengan más de doce años. Lo digo porque el personaje que los encarna, alguien igual o muy cercano al hombre que los concibió, está más cerca de su edad actual, y de los estragos que ésta conlleva, que de la que tenía entonces. Uno, casi coetáneo suyo, así lo siente. Por eso, lo que uno aprecia en estos poemas, entre desengañados y melancólicos, es actualidad, digamos, ésa que no pierde la poesía que de verdad lo es.
Alude G. y F. a "La conciencia y la revelación de lo efímero, la necesidad de aferrarse a las personas, a los sentimientos que verdaderamente justifican el recorrido de la vida y que nos redimen del yugo de la incertidumbre". Muy cierto. Una de las partes, "Intrahistorias", dedicada a su mujer y a su hija, es, en este sentido, paradigmática. El amor filial y de pareja como tabla de salvación. Aquello que da sentido a la vida.
"La conciencia", parte inaugural (y una palabra clave del libro), da fe de que la dignidad y la coherencia deben gobernar los comportamientos de cualquiera. La noble, perturbadora existencia a la que se refiere en "Estado de sitio" y "Para no conciliar el sueño". En "Fantasmas" y "Secuencias de lo efímero" aflora el mitómano que habita en el impulsor de la asociación cultural Norvanoba; un hombre amante del cine, la literatura y la música: Janis Joplin, JRJ, Aleixandre, Greta Grabo...
Cierra el volumen "Reencuentros", un poema dedicado a su mujer: Deli Cornejo, donde el amor vuelve a justificarlo todo: "Es hora de que hablemos ese lenguaje / que sólo a nosotros nos pertenece". 

16.3.16

Aquellas conversaciones

Conversation Piece / Vanessa Bell / 1912
«Se pregunta Manuel Baixauli en Ningú no ens espera ('Nadie nos espera') si la adicción que tenemos por la lectura de dietarios, correspondencia, o entrevistas no responde al intento de cubrir un vacío desolador: el que tendría que ocupar la conversación, “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu”, según Montaigne, que le dedicó un ensayo. Este ejercicio –coincide Baixauli con lo que pensamos tantos– decae en nuestro acelerado mundo de hoy: ¿puede darse el nombre de conversaciones a las que tenemos por correo electrónico, Twitter o móvil? Está claro que por esos medios podemos hablar de los viejos temas –muerte, Dios, arte, vida–, pero de un modo bien deficiente. (...) Hoy en día, las metafísicas se pierden por los rincones de todas partes, vivimos en el fin de las conversaciones. Y quizás por eso, en efecto, buscamos dietarios, correspondencias, entrevistas. Pero triunfan hoy las entrevistas de Bertín Osborne, forjadas con palabra de espuela vana, a carcajada suelta. Hasta en detalles así se nota que hemos ido a menos. ¿Explica esto que los atascados y deslustrados y nada ilustrados candidatos a la presidencia nos parezcan cada día más ineptos en el arte de la conversación?» Enrique Vila-Matas. "El fin de las conversaciones". El País.

15.3.16

Bishop al completo

Siento por Elizabeth Bishop, nacida en Massachusetts en 1911 y muerta en Boston en 1979, una admiración especial, si puede decirse así. Desde que leí poemas suyos traducidos por Octavio Paz en Versiones y Diversiones y, sobre todo, gracias  a aquella memorable antología ochentera del puertorriqueño Orlando José Hernández que primero publicó Mestral y luego Visor. En ella encontré versos donde reconocí como propias algunas de sus preocupaciones. La del irse o quedarse, por ejemplo, que ella se planteaba en Questions of Travel: "Continente, ciudad, país, sociedad: / la elección nunca es amplia ni libre. / Y aquí, o allí... No. ¿Tendríamos que habernos quedado en casa, / doquiera fuese?” (en versión de D. Sam Abrams y Joan Margarit, aunque uno prefiere, para el final, dondequiera que esté, pongo por caso, o dondequiera que eso quede, pues de ambas formas lo he leído). Sí, por suerte, contamos con ediciones de sus poemas en español. En Igitur (la recién citada), Lumen, Vaso Roto... Esta última publica el segundo de los dos tomos que abarcará su obra completa: Prosa. Poesía saldrá, al parecer, en mayo.
El volumen sigue la edición del poeta y crítico Lloyd Schwartz e incluye "sus cuentos –como el célebre «En la aldea»–, sus evocaciones y crónicas de Brasil –donde vivió cerca de veinte años–, sus ensayos y reseñas literarias y la correspondencia iluminadora que mantuvo con la poeta Anne Stevenson". La traducción, a buen seguro excelente, es del poeta (y ahora novelista) Mariano Peyrou.
Por cierto, y ya que lo menciono, en la misma editorial se ha publicado la novela Cuanto más te debo. El viaje interior de Elizabeth Bishop y Lota de Macedo Soares, de Michael Sledge, basada en los poemas brasileños que Bishop y que tiene como trasfondo la relación que mantuvo, en la ciudad de Santos, con Lota de Macedo Soares, "mujer vital, curiosa y sensible que le ofrece una percepción intensa del ser en el tiempo tal y como se plasma en la naturaleza, la arquitectura y la vida cotidiana."
Ni que decir tiene, vuelvo a la prosa de Bishop, que aún no he podido dar buena cuenta de sus casi ochocientas páginas, pero no quería dejar de anunciar aquí esta buena nueva. Para los lectores de poesía, un pequeño acontecimiento. Con editores así da gusto.

Día de la Poesía


14.3.16

Azúa en la RAE

El País / Carlos Rosillo
Aquí se pueden leer el discurso de ingreso de Félix de Azúa en la Real Academia Española y el de contestación de Mario Vargas Llosa. 

13.3.16

Aramburu dixit

No hay extremista compasivo.

Se ensalza la guillotina pensando en las cabezas de otros.

Lo peor no hace bueno lo malo.

Los libros, ¿cómo van a cambiar la realidad si la realidad no lee libros?

Estaba acorralado. Me tuve que alabar en defensa propia.

No he conocido a nadie que odiara con elegancia.

Uno muere bastante, incluso muere mucho, cuando se muere. Con eso y todo, se diría que la muerte definitiva no le sobreviene hasta que, pasados los años, se muere la última persona que lo conoció.

Practicando con perseverancia la crítica de la autocrítica, tienes grandes posibilidades de llegar tras largo esfuerzo a donde estabas.

Nota: De "Pequeña magnitud", aforismos de Fernando Aramburu publicados en Babelia y en Déjate de rosas, su blog.

11.3.16

LJM: Un homenaje

La veterana revista Cuadernos del matemático, vinculada al IES 'Matemático Puig Adam' de Getafe, lanza su número 54. En él, además de relatos, poemas, ensayos, reseñas, traducciones y otros artículos de interés, se incluye un encarte que no es sino un justo y necesario homenaje al poeta Luis Javier Moreno, que murió en su ciudad natal, Segovia (que todavía no le ha hecho justicia), el pasado mes de diciembre como él mismo había vaticinado: "Como para nacer, también diciembre / es un discreto mes para morirse". Tenía casi 70 años.  
No puedo citar a todos los amigos que escriben, en prosa o verso, sobre el autor de Rápida plata, pero me han gustado especialmente los textos de El Quías (Ezequías Blanco, director de la publicación y coordinador, según creo, de la muestra), José Antonio Abella (que se centra en su provincial fidelidad segoviana; nunca reconocida, ya se dijo), Ignacio Sanz (autor de la necrológica de El País) y Óscar Esquivias (que enumera lass fobias y sus filias del traductor de Lowell y de Horacio). Son los que dan un testimonio más cercano y fiable acerca del hombre que fue: apasionado, depresivo, risueño, muy suyo. El insaciable bebedor de jarras de cerveza. El lector compulsivo. El fotógrafo. El viajero. El escritor de cartas. El conversador perfecto (a eso dedica otro de sus íntimos, Fernando R. de la Flor, su sentido testimonio). Destacaría también las palabras de Ángel Luis Prieto de Paula (otro de sus compañeros de estudios en Salamanca, que evoca al inevitable Aníbal Núñez) y las de Gustavo Martín Garzo, preciosas sin paliativos. Emocionantes: "La poesía sólo era para él una casa donde vivir". "Reunir en el poema todo lo que separamos al vivir, eso fue la poesía para él". 
Entre los poemas, los de Antonio Carvajal, los de Fernández Palacios y Ripoll (sus viejos amigos gaditanos), José Luis Puerto, Tomás Sánchez Santiago, Olvido García Valdés y Miguel Casado... María Ángeles Pérez López (que acaba de publicar un nuevo libro en Vaso Roto) se atreve con unos estupendos haikus, aunque, según Esquivias, a Luis Javier no le gustaban esas "estrofa-fraude", como él decía. Moga, Mudrovic, Castrillón, Maringómez, Rodríguez Tobal, sus amigas Angélica Tanarro y Esperanza Ortega... 
Le queda a uno la pena, y pido perdón por el desahogo, de no haber sido invitado a manifestar mi admiración por una de las mejores personas con las que me he encontrado en la vida. Alguien que, por añadidura, o precisamente por eso, era y es un excelente traductor y poeta. Dicho queda.

9.3.16

De un puretas

Dentro de unos días se casa en tierras levantinas el poeta Víctor Peña Dacosta. No lo digo porque haya abierto aquí una sección de prensa rosa o del corazón, sino porque ese hecho común está íntimamente relacionado con el contenido e intención del segundo libro del poeta placentino, Diario de un puretas recién casado, que se publica en las inefables Ediciones Liliputienses
No hay mucha diferencia formal ni de tono (en el caso de que ambas cosas no sean la misma) con respecto a su ópera prima, La huida hacia delante
El título del libro determina también el citado tono. Puretas es, según el DRAE, procedente del caló puré, "viejo, anciano" y nuestro autor acaba de inaugurar la treintena. Además, juega con el rótulo de unos libros principales de Juan Ramón Jiménez que ya ha hecho antes fortuna en lo que a variaciones se refiere. El primero de los de Jon Juaristi se titulaba Diario de un poeta recién cansado, donde "cansado" sustituye al "casado" original y juanramoniano. El juego, el humor y la ironía, llevados a veces al extremo, son signos distintivos de la casa y aquí eso se aprecia de manera notoria. 
Sin haberse casado aún, Peña ha escrito unos poemas donde esa condición se da por resuelta. Con ello, el poeta asume, mal que bien ("siembre habrá un bar cerca", que diría su padre), el nuevo estatus. No es sólo la nueva cárcel de amor, que admite satisfactoriamente (al fin y al cabo estamos, como reconoce Peña en la nota final, ante una declaración amorosa), sino, y esto importa más, las consecuencias que se derivan de los estragos de la edad, exagerados ya se dijo, en función del efecto literario previsto. La acidez nunca falta en este empeño. Ni la ternura.
De librino (a la extremeña) o de plaquette (para leídos) califica su ejecutor la muestra. Por la extensión lo es, que no por el alcance. Las apariencias engañan. Su mundo lírico (que no es otro que el vital) da un nuevo paso hacia su formulación y fortalecimiento y su poesía emerge en el panorama como una de las más destacadas de nuestro inestable presente. Algún crítico babélico dejan caer su nombre. Alguna antología de próxima publicación lo incorpora a su distinguida nómina.
Con débitos poéticos claros (que antes de negar ensalza) y firme vocación de maldito ("Pero hay muchas formas de ser un maldito"), este "García casado de la vida" ha construido este pequeño artefacto de impronta netamente autobiográfica con mucha carga dentro. Peligroso, sí, a la par que divertido. Como en su primera entrega, no todo aquí es mentira. Ni sólo de risa. Que se lo digan, si no, a los lectores puretas de verdad, y, por eso, ay, cansados. ¿O era casados?

8.3.16

Piedad Bonnett dixit

© Daniel Mordzinski
La periodista Berna González Harbour ha entrevistado a la poeta colombiana Piedad Bonnett para Babelia. Recojo aquí algunas de las preguntas y respuestas de esa conversación celebrada en su país, en concreto en la ciudad de Cartagena de Indias. Las que me han parecido más significativas. 

P. ¿La poesía entonces llega, no se busca?
R. Sí, pero comienza en la mirada, es una forma de mirar que vas desarrollando.

P. ¿Con una palabra, con una idea? ¿Cómo comienza una poesía?
R. Con una percepción de sentido, algo que tiene un sentido trascendente y que jalona inmediatamente el lenguaje. Hace unos días me visitó una conocida para hablar de un proyecto. Yo sabía que ella también había perdido a un hijo, charlamos en la cocina de su proyecto y en un momento le pregunté por su duelo. Fueron cinco minutos, pero al tercer día me vino un verso: “Una cocina puede ser el mundo”. La poesía viene y reside en el lenguaje. Aparece ese verso que encierra una promesa y es como quedarse embarazada. Sabes que vas a parir y a lo mejor va a ser lindo y es una emoción intensa porque te pertenece. Pero luego tienes que buscar el momento del poema, no es como escribir una novela, que te levantas, te bañas y te sientas. No. La poesía viene.

P. ¿Cuál es el objetivo de su poesía? ¿Curarse, superar, descubrir?
R. Al lector le gusta que le digan lo que ya sabe pero de una manera que a él no se le había ocurrido. Creo que el objetivo es penetrar, penetrar un nivel de la realidad que no siempre vemos porque vamos muy rápido. Por eso el silencio es tan importante para los poetas.

P. ¿La poesía le ha servido para curar su dolor?
R. Mucho. Desde la adolescencia, cuando me internaron en un colegio a los 14 años porque era muy rebelde, el dolor empezó a convertirse en poesía. Dejé de creer en Dios, tuve una úlcera duodenal y casi muero a los 16 porque enquistaba todo dentro y enfermaba. Ahora sé que la escritura es catártica, no la de la novela, sino la de la poesía. De verdad libera.

7.3.16

Pardo y Lamillar


Carlos Pardo
Pre-Textos, Valencia, 2015. 96 páginas. 16 €

Carlos Pardo (Madrid, 1975) es un joven poeta muy reconocido, autor de los libros de poemas El invernadero, Desvelo sin paisaje y Echado a perder, siempre avalados por premios. Obras luego reunidas en Hacer pie, un volumen publicado en Uruguay. Además, son suyas las novelas Vida de Pablo y El viaje a pie de Johann Sebastian, ambas en Periférica.
Tras ocho años sin libro de versos, ve ahora la luz Los allanadores. En la “Nota del autor” leemos: “He escrito este libro como si hubiera dejado de escribir poesía”. Y más adelante: “Quizá la poesía, aunque coquetee con la autobiografía (o precisamente por ello) es una nueva disciplina de la desposesión”. Sí, puede que haya mucho de renuncia en este libro. De despojamiento retórico, por ejemplo. Muy cercano a la prosa (léase “Una novela no escrita”), su ritmo es discontinuo, gracias, entre otras razones, a su sabio manejo del encabalgamiento; abrupto a veces, léase “Lejía” (“Pero yo sólo quiero las cosas que envejecen”). O por la sugerente concisión de “Sedentario”, “Minimalismo” o “Final”.
Poemas como “Basura” (“La basura se siente bien contigo. / Hazla metáfora.”) o “Pobreza” dan también pistas acerca de la poética que subyace aquí.
La ironía, como en cualquier poeta contemporáneo que se precie, es un tono; un elemento de abdicación también, como cuando califica a los poetas como “profesionales del lamento”, esos que “carecen / de mística: oímos la voz / no la palabra / (el cuerpo, / no el espíritu)”. “Teatraliza”, dice de uno. Gente preocupada por “la superstición de la palabra justa”.
La poesía, y no sólo los poetas, es también sujeto de reflexión. Ahí, vislumbra uno, Stevens.
Aunque lo autobiográfico esté, tampoco, salvo en determinados momentos (cuando habla de sus padres –en los emocionantes “El hombre indivisible” y “Árboles”- y de la familia), es explícito. Así, al habla del amor. En poemas logrados como en el citado “Lejía” o en “Aufklärung”.
Me agrada esa manera elíptica de nombrar la naturaleza y, digamos, lo rural, distinta de la tópica. También la sutil crítica política que desliza. Y esos extensos poemas finales (los de la serie “Los armónicos”; “Mis problemas con el judaísmo”, sobre todo) que vendrían a corroborar que la poesía es “Un milagro sencillo / cuando se dan las circunstancias, / que eran lo milagroso”. Y aquí, ya lo creo, se han dado. Álvaro Valverde


Juan Lamillar
Prensas Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2015. 72 páginas. 10 €

Después de los libros El fin de la magia (2008) y Entretiempo (2009), así como de la antología Música de cámara (2014), donde reunió poemas sobre la fotografía, Juan Lamillar (Sevilla, 1957) publica, en la bonita y modélica colección zaragozana que dirige el escritor Fernando Sanmartín, Las formas del regreso, obra que añade a su título las fechas (2005-2007), como queriendo dar a entender que se agrupan distintas series poéticas escritas a lo largo de esos años. Y así es. Siete en total componen la obra, que, con todo, no es extensa. Ni carece de unidad, a pesar de lo dicho. Al fin y al cabo, si algo tiene Lamillar es voz propia, distinguible de los ecos que pueblan el panorama. No, no hace falta ponderar la ya larga carrera literaria del sevillano, uno de los mejores poetas de su promoción, la Generación de los 80, según García Martín, o de la Democracia, que diría Prieto de Paula. Lo vuelve a demostrar aquí, y de la mejor manera.
En torno a luz “más física”, aunque en versos de inflexión metafísica (al modo de Brines, pongo por caso), giran los poemas de la primera parte (léase el logrado “Las manos tendidas”). “La vida es liberarse de las sombras”, nos dice. Nada extraño en un hombre del sur que nunca ha renunciado a la claridad (en más de un sentido) que en esos lugares resplandece.
A la música, una de sus obsesiones favoritas (tan cercana a su clásica manera de componer), la segunda. Allí alude a “la diosa solitaria / que entrega su consuelo / a todos los que habitan / la soledad del mundo”.
Piedras, “ofrendas antiguas”, vaticinios o exequias pueblan la tercera.
En “Cuerpo”, la cuarta, se impone el soneto erótico y amoroso, con ecos de Lope y Juan Ramón.
En la quinta, los protagonistas son Apeles, Montaigne (“Señor de la Montaña”), Shakespeare, Walser (personaje de un precioso poema: “Ante una foto de Robert Walser”), Miguel Ángel y Sánchez Cotán.
Estampas personales, donde mejor se aprecia el tono melancólico del conjunto (con una cesión al desenfado en “Playa nudista”) caracterizan la sexta y, por fin, el amor (y el tiempo) cierran este minucioso libro impecablemente escrito que el lector ha de degustar con el placer que sólo la lentitud y la serenidad proporcionan. Á. V.

Las reseñas de los libros de Lamillar y Pardo aparecieron publicadas en El Cultural el pasado viernes 4 de marzo.

4.3.16

Cementerio Alemán: antología

Como explica Miguel Ángel Lama en su esclarecedor prólogo, que lleva por título "Un motivo poético", la gestación de esta antología: Cementerio Alemán. Yuste, ha sido bastante larga. Precisa el profesor de la Universidad de Extremadura que anoté en este mismo blog el dos de mayo de 2005: «Un año de estos, me gustaría reunir en una antología todos los poemas que se le han dedicado a ese lugar». Diez años después, ve por fin la luz. Publicada con la sobria elegancia que la caracteriza y con el lujo de las cosas bien hechas por Ediciones La Rosa Blanca, reúne poemas -en este orden- de Juan Lamillar, José Carlos Llop, José María Micó, Santos Domínguez Ramos, Santiago Castelo, Daniel Casado, José Antonio Ramírez Lozano, Carlos Medrano, Mario Lourtau, Alfredo J. Ramos, Elías Moro, Cristián Gómez Olivares, Antonio del Camino, José Manuel Díez, Antonio Reseco y José María Muñoz Quirós. Abre la selección "Cementerio alemán, Yuste" (Una oculta razón, 1991) y la cierra "Regreso al cementerio alemán" (Desde fuera, 2008), dos poemas propios. Además, se incluye Atlas, que se abre con "Ráfaga": "Con cada disparo la fotografía recoge una pequeña prueba. La ráfaga constituye una totalidad más que un fragmento". Se trata de un documento único con casi dos centenares de fotografías y cuatro dibujos del editor, Salvador Retana, organizador de un encuentro en abril de 1995 (como ven el número cinco se repite en esta historia) en torno a la instalación La rosa blanca, donde participamos, entre otros, Julián Rodríguez, Emilio Gañán, Andrés Talavero y Javier Rodríguez Marcos. Sus imágenes, no me cabe duda, componen un extenso poema sobre ese sitio escondido en las cercanías del Monasterio de Yuste.
Otra sorpresa es el encarte que incluye: "Errata", con una cita de Gonzalo Hidalgo Bayal: "¿Qué oscuridad se esconde, o qué luz, qué juego, tras el azar de las erratas?"
Ese lugar, un cementerio donde descansan veintiocho soldados de la Primera Guerra Mundial y ciento cincuenta y cuatro de la Segunda que "pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos", según reza en la placa colocada en su entrada, ha dado mucho de sí poéticamente hablando. Y más que dará. Al tiempo. Sí, le sobrecoge a uno leer estas palabras del prologuista, las que abren su texto: "Tiene la muerte una medida exacta. En el principio fue el verso. Así. Aquel endecasílabo enfático, que medía con sus once sílabas un territorio exacto, ha propiciado esto: un libro de poemas sobre un lugar que para algunos no existiría como ahora existe si no hubiese sido nombrado en un poema de Álvaro Valverde. Cabría decirlo de este modo disparatado: fue primero el texto y luego el lugar. Un lugar convertido en motivo poético".
Ante ese "lugar de la duración", poco importa quien dio primero. Allí, como uno escribió, Con las últimas luces, la mirada se pierde, / luminosa de eterno. 

Cementerio alemán de Yuste, 2015. / Salvador Retana,

3.3.16

Los muertos

Siltolá Poesía publica Las voces de los muertos, de Orlando González Esteva (1952). 
Por si alguien aún no lo sabía, González Esteva es un virtuoso, alguien capaz de llevar el lenguaje a su máxima tensión, lo que conlleva, entre otras cosas, afinar la música del verso hasta hacerla clásica y a la vez insólita, tradicional y nueva, como dijo de la suya Octavio Paz. Y es que la poesía de este cubano residente desde que era niño en Miami se adapta perfectamente a esa mezcla de tradición y novedad que vendría a evocar en su famoso verso de J. V. Foix:  “M'exalta el nou i m'enamora el vell” [Me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo]. "Muy antiguo y muy moderno", para decirlo con Rubén, ahora que celebramos el primer centenario de su muerte.
"El hombre rehúsa morir y lejos de salvarse muere más", dice el poeta en "Esquela", la nota inicial. Y añade: "Estos versos, fruto de la experiencia colectiva del exilio, la ancianidad y la muerte, ajenos al canon de la poesía en boga, no se proponen contrariar esa poesía; acaso ni ser poesía, aunque tampoco presuman de haberse escrito de espaldas a ella". En efecto, porque "la cabra tira al monte", estos versos lo son y, por eso, a pesar de lo sugerido por el autor, son poesía. Y nada menor, si es que cabe hablar en esos términos. Son versos, además, como él intuye, modernos a pesar de todo, pues que nadie puede renunciar a su época. Diría más. Uno lee esta décima o aquel soneto y esas estrofas no le suenan a rancio, todo lo contrario, de ahí mi afirmación inicial, que a más uno le ha debido parecer demasiado solemne. Además, puede que la utilización de la rima (y la amenaza del ripio) se adapten mejor al tono del libro que el uso del verso, digamos, libre.
Se encomienda Esteva a Quevedo ("y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte"), aunque aquí, como precisó Paz, no se dé la "burla sañuda" del señor de La Torre de Juan Abad. Un fino sentido del humor (tan suyo, tan caribeño), en absoluto cruel (a pesar de la inevitable ironía), digno de una sonrisa, atraviesa la obra que, no se olvide, arranca del olvido a numerosos muertos o moribundos conocidos y tratados por él, entre los que destaco la figura de su señor padre, un empedernido fumador al que dedica "Colillas" (poemas breves con aire de haiku, un arte en el que este hombre es especialista) y al que alude en las "Notas": "El hábito de fumar de mi padre ensombreció mi vida".
"Quien anda entre muertos es un muerto", afirma González Esteva. De ahí, poemas como "Los muertos más joviales", "Y de repente todos fuimos viejos", "La flor del esqueleto" (pareados dedicado al editor Borrás), "Los muertos de la familia" ("Regresan a dar palique: / somos su único hogar"), "Nadie sabrá de ti, ya nadie sabe", "El bienestar de yacer"... Sí, "Los muertos se pasean por mi casa / como yo por la casa de los muertos". En "Uno se cansa de morirse tanto", con epígrafe de Vallejo, dice: "Uno se cansa de morirse encima". Y termina: "Uno también se cansa de morirse".
Hay más que muerte y muertos en este libro. Se calibran los efectos irreparables del paso del tiempo. Y se habla de mujeres, astros, nubes, días y noches. Cierra el volumen "Los nombres de los muertos", que no deja de ser el mejor broche para esta celebración melancólica de la vida que entenderá cualquier vivo que la lea. Y me atrevería a decir que también cualquier muerto.

1.3.16

Hurdes

Después de El último lobo, de László Krasznahorkai, y El reino de la fortuna, de Peter Sloterdijk (con el ensayo de Isidoro Reguera sobre Extremadura), la colección 'Territorios escritos', que dirige Antonio Franco para la Fundación Ortega Muñoz, publica Las Hurdes. El texto del mundo, de Fernando R. de la Flor.
Con este libro, el catedrático salmantino, rara avis del ensayismo hispano, culmina, según propia confesión, "cierta manera de conceptualizar la siempre difícil y controvertida «Materia de España»". Durante treinta años y otros tantos títulos ha llevado a cabo un proyecto intelectual "dirigido a dar testimonio de la originalidad de la cultura española, a documentarla". Sí, porque "Las Hurdes, efectivamente, han jugado un papel central en lo que podríamos denominar el «discurso de España»". "Nos encontramos ante un modo extremo y poderoso de «documentar España»", leemos. Ante una "metáfora ajustada de toda españolidad". De "lo ibérico".
A Hurdes (sin artículo delante, como suele él escribirlo), ese "enclave legendario", "espacio único" y fronterizo donde habita "una suerte de desolación sublime", "paisaje fuerte" que se resiste a lo pintoresco, aislado "confín" o "escondrijo", refugio de huidos y solitarios, habitada por seres de una dignidad primigenia, que él une indefectiblemente a las Batuecas, territorio que tan bien conoce, dedica los veintidós capítulos de la obra. Es imposible resumir aquí, al menos para uno, el verdadero alcance de sus indagaciones. La bibliografía anotada que figura a modo de apéndice al final del volumen da buena cuenta de hasta dónde han llegado sus lecturas y el abanico de asuntos que éstas abordan. Les Jurdes, el estudio de Geografía Humana de Maurice Legendre (que, aunque no se cita en la mencionada bibliografía, figura traducido en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura), y Las Hurdes, tierra sin pan, la famosa película o, mejor, documental de Luis Buñuel ("poème de l'horreur", según Bureau), están en el centro del ensayo. Éste marca, es obvio, un antes y un después: "Todo viene (o parte) de ella". Más allá, o en torno a lo mismo, se perfila una noción de lugar, una "poética del espacio", idea esencial del libro y de la cultura actual; se analiza su condición de "mundo aparte"; se repasa su antigua leyenda, que viene de Lope; se describe su escarpada, intacta naturaleza y su exuberancia vegetal (con interesantes calas en las ideas de Thoreau y sus continuadores, los grandes naturalistas americanos) al tiempo que, paradójicamente, se recuerda la importancia de los desiertos franciscano (el de Los Ángeles, ya desaparecido) y carmelitano (el de San José de las Batuecas) y de los eremitas que a ellos se retiraron en busca, sobre todo, de silencio, un bien del que esta "geografía extrema", este "lugar de resistencia", anda sobrado. Lo mítico y lo místico. La maldición y la esperanza.
Hurdes, como "presente eterno de un pasado", como "geografía del espíritu". Hurdes de Ponz, de Madoz, de Unamuno, de Albiñana, de Marañón, de Ortega, de Legendre (enterrado en la Peña de Francia), de Buñuel (que a punto estuvo de comprar el desierto de las Batuecas, un hecho más que significativo), de Polo Benito, de Catani, de Carnicer, de Solís... También de Heidegger y de Sloterdijk. De las Misiones Pedagógicas y de Freinet. Hurdes de Alfonso XIII (1922 y 1930), de la Segunda República, de Franco (1945) y de Juan Carlos (1998). De poetas, como Gabriel y Galán y José Luis Puerto. Reino oscuro. En Extremadura, no se olvide. Al lado de Portugal, tampoco.
No contento con leer e interpretar lo que ese "lugar de memoria española" ha representado y representa, De la Flor avanza propuestas de futuro y ve en el sus soledades y en su silencio un espacio para los resistentes que buscan "una paz de vida", una "vida interior". Porque, como dijo Remo Bodei, "ya no hay desiertos, ya no hay islas. Sin embargo, las necesitamos". Paseos, meditación, retiro, contemplación. Para vivir, en "soledad fecunda", nuevas posibilidades que nos alejen y nos salven de la vorágine de una modernidad líquida y nerviosa. "Solo silencio, soledad y espacio, sea su lema".
Fernando R. de la Flor, parafraseando a Legendre, ha realizado su estudio, su "relato", su "texto del mundo", más que en las bibliotecas, "en valles salvajes". Y se nota.