30.9.15

Picoteando

El, entre otras facetas, poeta, aforista, editor, ensayista y traductor Jordi Doce aparece en primer plano y de perfil en la portada del número 783, correspondiente a septiembre de este año, de la veterana revista Cuadernos Hispanoamericanos. En las páginas interiores está ya de frente. En las veinte páginas (de la 114 a la 134) que ocupa la extensa y lúcida entrevista que le hace Julio Serrano y donde aborda numerosos asuntos relacionados con su condición de escritor, en el más amplio y pleno sentido. Después de leerla, aún tiene uno en mayor consideración a quien ya tanto admiraba. Comparte, páginas, por lo demás, con el futurismo (que analiza Bonilla), Juan Goytisolo, Vargas Llosa, Goethe (interesante el artículo de Blas Matamoro a partir de la biografía de Safranski que aquí ha publicado Tusquets), María Zambrano (en su condición de poeta, a la luz de Moga), el fragmentarismo y el fragmentalismo (según Vicente Luis Mora, que publica nuevo libro en Pre-Textos) y Camba (Juan Marqués da cuenta de su "avalancha"). 
De Clarín empiezo por los diarios de Fernando Sanmartín, de un viaje a Tánger y Tetuán en busca de la memoria, "mezcla de obsesión y pasado", de su padre, joven militar destinado a la "La paloma blanca", y sigo por los de Jesús Aguado en Benarés, a finales de los ochenta. Coralia Pose alude a las influencias de Seferis en la pintura, el cine, la escultura... Felipe Benítez Reyes publica un fragmento de su próxima novela (en Destino): Servidor de usted. Luis María Marina vuelve a descubrirnos a un excelente poeta en portugués y, como él, diplomático. Se trata del brasileño Alberto da Costa e Silva. Inmaculada de la Fuente nos desvela todas las vidas de Elena Fortún y, antes de las reseñas, todavía hay tiempo para recorrer las calles de Lyon (de la mano de Álex Figueras) y las de media Europa con Castelao, cuyo viaje como becario, allá por el 21 del siglo pasado, rescata ahora Ernesto Baltar. 
En Quimera publican un dossier sobre Juan Benet,"Los benetianos", un homenaje que coordina José Antonio Vila.

29.9.15

Provocador Lobo Antunes

© Gonçalo Rosa da Silva
"Gracias por recibirnos en su casa de Lisboa, la ciudad de Pessoa", le dice el periodista Javier Martín al escritor António Lobo Antunes, y éste responde: "No soy un admirador de Pessoa. ¡Hombre! El libro del desasosiego…", vuelve a la carga Martín. "El libro del no sé qué me aburre de muerte", le contesta el portugués, que sigue: "La poesía del heterónimo Álvaro de Campos es una copia de Walt Whitman; la de Ricardo Reis, de Virgilio. Me pregunto si un hombre que jamás ha follado puede ser buen escritor".
Otras perlas de la conversación: "He ganado casi todos los premios, pero lo que me interesa de ellos es el dinero". O: "Al escribir hay que ser honesto. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, es un escritor honesto y un premio Nobel bien dado. Decía Frank Sinatra: "Puedo ser un canalla, puedo ser un mafioso, pero cuando canto soy completamente honesto". Y: He aprendido más con algunos saxofonistas del jazz como John Coltrane o Charlie Parker que con escritores".
Cuando Martín le pregunta si no ha encontrado un libro que le cambiara la vida, contesta: "Sí. En mi juventud, no sé cómo, cayó en mis manos Nueve novísimos poetas españoles (José María Castellet, 1970). Lo leí y comprendí que no podía seguir escribiendo la mierda que escribía. Cada uno de los nueve era mejor que yo. El prólogo ya era precioso. Cómo podía compararme a la "Oda a Venecia ante el mar de los teatros" de Pere Gimferrer". 
Esto y mucho más en la entrevista que cito, publicada aquí atrás en El País. 

Tontología


28.9.15

Eagle Pond

Eagle Pond es el título de una antología de poemas de Jane Kenyon (1947-1995) y Donald Hall (1928) publicada por Valparaíso Ediciones, que ya había editado otro libro del segundo, La cama pintada, cuyo tema central, precisamente, es la enfermedad y muerte de su esposa, Jane, que murió de cáncer antes de cumplir cincuenta años. 
El título elegido por su traductor, Juan José Vélez Otero, de acuerdo con Hall, tiene que ver con Eagle Pond Farm, casa de campo familiar situada en New Hampshire, Estados Unidos. En la Laguna del Águila, que sería su traducción literal al español, la granja de los abuelos de él, vivieron los dos juntos desde 1975, tres años después de casarse el profesor y su alumna, hasta el fallecimiento de ella. 
El antólogo ha recogido poemas de ambos que tienen relación con ese lugar, ya sea porque fueron escritos allí o porque se sitúan en medio de un paisaje que tanto les inspiró. La naturaleza, como es obvio, está muy presente en estos versos que, por otra parte, podemos considerar, por su carácter poético, de lo más naturales. Su sencillez apabulla. También, casi siempre, su gracia. Da gusto leer poemas tan cercanos, por dolorosos que a veces resulten debido al sufrimiento que contienen.
Aprovecho para recordar, en fin, que Vélez Otero ya tradujo Without, de Hall, para Vitruvio y que de Kenyon tenemos en Pre-Textos una espléndida antología, De otra manera, con traducciones de Hilario Barrero, el mismo que presentaba hace poco en la revista Clarín unos estupendos poemas de Hall, algunos de los cuales figuran también en Eagle Pond.

27.9.15

Fragmentos a su imán

Sí, no se me ocurre un título mejor para hablar de un libro singular que me ha encantado. Me refiero a La ruta natural (un palíndromo), del cubano Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), publicado por Vaso Roto. Porque remite a uno de sus maestros, Lezama, y porque alude a ese conjunto de fragmentos que, como piezas de un puzle, se agrupan en torno a un centro: la vida del autor, al tiempo que éste reflexiona sobre el concepto de fragmento, una idea clave para la contemporaneidad. 
El diario, pues de eso se trata, no está ordenado cronológicamente (esa es parte de su gracia, deliberada: EHB pretende que el lector acabe construyendo el libro). Tampoco es un diario al uso: una mera sucesión de anotaciones sobre hechos que le han sucedido a alguien que se fue de Cuba a estudiar Matemáticas a Rusia, que regresó a la isla para cursar Letras y que en 1992 viajó a México para iniciar un exilio en el que permanece (impresionante la entrada que dedica a la palabra "Revolución" en las páginas finales de la obra) y que desde 1999 está afincado en Barcelona, donde trabaja como editor, periodista, ensayista y traductor. De estas tres últimas facetas da buena cuenta en La ruta natural. Agudo observador y viajero en constante movimiento, Hernández Busto logra captar la atención del lector a través de múltiples argucias.
Hay un ensayo sobre el fragmento, ya se dijo, que es "algo difícil de romper", donde se aúnan prosa y poesía, un "género blanco", una "zona de nadie", "puente hacia el sueño", "algo catártico" que se adapta bien al término "cintilación". "Lo humano -resume- es fragmento".
El género ensayístico, aunque aquí ese concepto sobre, se aprecia en la faceta crítica de EHB. Cuando se acerca a Gracq, Valéry, Perse, Walser, Kafka, Pessoa o Michon (al que dedica párrafos penetrantes).
La escritura y la lectura también son motivos de reflexión y, además, la poesía, otra clave de esta obra de difícil catalogación. Sobre la poesía, sobre la traducción de poesía (y sobre la traducción en general) y, por aquello que el movimiento se demuestra andando, no sólo con poemas traducidos (Hopkins, Shakespeare, Cavalli), sino con poemas propios.
En su entrada sobre Valerio Magrelli se aúnan la biografía, el diario, la crítica, la poesía (que "es el sueño del lenguaje") y la traducción, ejemplificada en "Elegía" un hermoso poema del toscano. Otro tanto ocurre con otro Valerio, el pintor Adami.
El periodista se manifiesta en el relato de la relación entre el escultor Giacometti y su modelo japonés. El narrador aparece de vez en cuando también, como cuando cuenta la historia de aquel loco habanero.
El viajero pasa por México (son muchas las páginas dedicadas a ese país y hay hasta un extenso memorial de todo aquello que se trajo de allí: "Todo Barragán, color de buganvilia"), Miami (una ciudad inseparable de su condición de cubano en el ostracismo), París, Amsterdam (y el calvinismo anti-cortinas), Italia...
Otro asunto reiterativo es el de los sueños y la ensoñación. Y, ya que lo menciono, el del insomnio que, como tantos padres, asocia a la llegada de su hijo. Otra presencia, un antes y un después en la existencia de cualquiera. Y los padres (la madre, sobre todo) y la familia. Y de ahí a la memoria y el olvido hay sólo un paso. Hasta la infancia, por ejemplo. Hasta una Habana que no existe. Por donde pasaron, lo recuerda, Pla (al que acompaña a su paisaje natal) o Agustín de Foxá. Y Parajón, memoria viva de los de Orígenes.
Y la melancolía ("El diario es el lugar de una escritura del desánimo"). Por lo vivido y por lo escrito. También, cómo no, por lo no escrito, esa obra maestra que se queda en el interior, como posibilidad o proyecto.
Concluye EHB que hay una "doble infidelidad" en todo diario: "lo privado hecho público; lo fragmentario presentado como un todo".
A uno, a pesar de eso, esta obra le ha parecido lograda. Las "rajaduras" son visibles, sí, pero están debidamente pegadas y, como en el arte del kintsokuroi japonés, muestran una vasija o una taza tan hermosa como la que nunca se rompió. O, por la técnica empleada, aún más. ¡Para perfecciones estamos!

26.9.15

De Ida Vitale

A la espera de que aparezca la preceptiva y amplia antología de la uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923) que publica la Universidad de Salamanca con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía, el lector español podrá disfrutar de ésta de Visor, en edición de la propia autora, bajo el título Cerca de cien.
En contra de lo que para ella viene siendo norma, publica al frente de sus poemas escogidos un brevísima nota que titula "Por prólogo" y que se abre con un par de frases destinadas a ser cita común de ahora en adelante: "En un libro cabe el azar. En una antología reina". Antes ha puesto, a manera de lema, unos versos del pessoano Álvaro de Campos: "Fui educado pela Imaginaçao, / Viajei pela mão dela sempre, / Amei, odiei, falei, pensei sempre por isso, / E todos os dias têm essa janela por diante, / E todas as horas parecem minhas dessa maneira." De su poema "Passagem das Horas".
Sí, la imaginación de Vitale es la base de una obra que en España se dio a conocer con su libro Reducción del infinito, editado por Tusquets, allá por 2002, en su colección Nuevos Textos Sagrados. Cuando apareció, publiqué un artículo en el diario ABC titulado "La poesía de Ida Vitale" del que ahora rescato un fragmento; una reflexión que sirve también para estos espléndidos versos, acerca de esta poesía de la absoluta precisión que no deja de sorprender. Decía (y dice) así:
"Reducción al infinito empieza con el poemario completo de título homónimo y continúa, de atrás hacia delante, con una selección de poemas de los otros libros de poesía que ha publicado, desde 1998 hasta 1953. Si, para colmo, como es el caso, hablamos de una poesía que exige el esfuerzo del lector (uno está aburrido de esa poesía para tontos que nos hace más tontos todavía, tan de moda estos últimos años); de una poesía que destella inteligencia por todos sus poros; que demuestra una maestría técnica digna de quien conoce a fondo todas las tradiciones de la lírica; que, en fin, nos complica la vida (porque la existencia es compleja), miel sobre hojuelas. No estoy del todo de acuerdo, por reduccionista y parcial, con ese comentario de la solapa donde se emparenta esta poética con la de Mallarmé. Va, por suerte, mucho más allá. No es sólo hermética, en el peor sentido del término, aunque no desdeñe esa corriente central de la poesía moderna. Ida Vitale es, eso sí, una autora de la estirpe de los poetas “transparentes y profundos, conceptuales y cautivantes”, como atinadamente se recalca en la misma presentación. Buena prueba de ello, de esa fácil dificultad a que aluden los editores, son poemas nítidos y memorables como ÁrbolesLa gloria de FilitisAbuela o No llores vanamente tu fortuna. Este poema, dedicado a Cavafis (el título es un verso del poeta de Alejandría), termina así: “eres / el derrotado, el triste, el solo / -no importa de qué tribu- / que trueca el duelo en canto”. Alta misión de la gran poesía. Como, afirmo convencido, lo es la de ambos".

25.9.15

La Venecia de Gaya

José Muñoz Millanes, profesor, ensayista y traductor extremeño residente en Nueva York, publica en la colección de libros del Museo Ramón Gaya de Murcia el ensayo La Venecia de Ramón Gaya. Consta, en realidad, de dos textos: la conferencia que da título a la obra, que Millanes pronunció en la veneciana universidad de Ca'Foscari, y "Ramón Gaya y las ciudades", que apareció en Turia formando parte del homenaje al pintor que vio la luz en la revista turolense en 2010. 
Conociendo la minuciosidad con la que trabaja Millanes, el lector tiene asegurado mucho más que mera información de la estancia de Gaya en la famosa ciudad italiana. 
En Diario de un pintor, cuya primera edición agotada (según creo) publicó Pre-Textos en 1984 (hay una disponible en italiano entre las publicaciones del Museo), leemos: "Venecia es un lugar de pintura". Porque "la pintura viene del agua", como dejó dicho -recuerda María Zambrano- en El sentimiento de la pintura, y "Venecia es líquida". 
Millanes, que nos recuerda que Venecia es la "ciudad pictórica por excelencia", destaca que Gaya fue allí en 1952 no "a visitar esta ciudad, sino a tocarla". Fue para él "un refugio abierto, expuesto a la intemperie". "No sólo una ciudad, un lugar, sino una existencia". 
"En realidad, todos los pintores verdaderos son, fatalmente, venecianos", concluye el ensayista; Tiziano, por ejemplo, al que tanto elogió. O Velázquez, al que el murciano consagró uno de los libros más bonitos que uno ha leído. Ambos coprotagonizan este ensayo donde figuran, además, como invitados, Benjamin, Deleuze, Barthes, Nietzsche, Rosillo o la citada Zambrano, gran amiga de Gaya. Como ella, Millanes logra acercarse a su obra con una penetración que es al tiempo intelectual (por extensión, estamos ante un intenso tratado sobre el arte pictórico escrito por un verdadero conocedor) y afectiva, fruto de su admiración por la obra, por el mundo, del autor de Velázquez, pájaro solitario, un auténtico pintor-creador.
Más breve, "Ramón Gaya y las ciudades" nos permite reafirmar las virtudes de Millanes no sólo en su condición de estudioso de la vida y obra de Gaya, que fue un gran viajero ("Yo estoy siempre reclamado por otro sitio, aparte de aquel en que me encuentro"), sino en lo referente al tema de la ciudad en sí. Su visión es lúcida y por eso estas páginas están llenas de iluminaciones propias de un "paseante o contemplador", de un flâneur, que recorre las calles de cualquier lugar con plena conciencia de lo que hace.
Casualmente, en la última entrega de el museo (papeles de información del museo ramón gaya), correspondiente al primer semestre de 2015, publica Millanes un precioso artículo titulado "Ramón Gaya, hombre póstumo", por aquello de su nietzscheano carácter "intempestivo"; esto es, "un hombre en desacuerdo con su tiempo, un hombre que no se amolda a las simplificaciones del momento actual; que está desplazado, fuera de lugar, inasimilable". Alguien a quien descubrirán, en su verdadera dimensión, las generaciones futuras, cuando pasará de ser incomprendido a ser oído.

24.9.15

Joven poesía brasileña

El poeta y traductor mexicano Luis Aguilar es el editor y traductor de la antología bilingüe de poesía joven brasileña Qué será de ti/ Como vai você? que publica Vaso Roto, que ya sacó aquí atrás una antología de poesía argentina semejante a ésta.
Son varias las condiciones que se impuso Aguilar a la hora de seleccionar a los veintiseis poetas que integran este "concierto polifónico", que son, a saber: Ana Elisa Ribeiro, Ana Rüsche, Andréa Catrópa, Anita Costa Malufe, Bruna Beber, Dirceu Vila, Elisa Andrade Buzzo, Eduardo Sterzi, Fabiano Calixto, Fábio Aristimunho Vargas, Fabricio Carpinejar, Fabricio Corsaletti, Leonardo Gandolfi, Marcello Sorrentino, Márcio-André, Mariana Ianelli, Marília Garcia, Matias Mariani, Pádua Fernandes, Paulo Ferraz, Prisca Agustoni, Renan Nuernberger, Ricardo Rizzo, Sergio Cohn, Tarso de Melo y Thiago Ponce de Moraes.
(Por cierto, las biografías de todos ellos -salvo la de Aristimunho Vargas- aparecen en un capítulo aparte al final del libro. El mayor del grupo es Pádua Fernandes, nacido en 1971, y los más jóvenes, del 86, Nuernberger y Ponce de Moraes.)
El primer requisito, la edad (todos menores de cuarenta años en el momento de organizarla). El segundo, "haber obtenido al menos un reconocimiento público". El tercero, haber publicado al menos dos libros (con ISBN, no autoediciones). En esta muestra "fuera del canon", Aguilar tomó también la decisión de incluir cinco poemas por autor.
A la propias complicaciones que toda antología comporta, añade su editor la de tener que abarcar para hacerla "una geografía enorme", la de Brasil, que, para colmo, es un país con una rica tradición lírica. 
Leído lo leído, y con mucho placer, algunas conclusiones generales: la formación universitaria de los integrantes (muchos de ellos profesores), la libertad de escritura o, digamos, cierta experimentación (la mayor parte de los poemas carecen de signos de puntuación y están escritos con letras minúsculas, por ejemplo) y, en los temas, un realismo manifiesto (la cotidianidad es norma y lo autobiográfico, habitual). 
Nueve son mujeres, por lo que abundan los hombres. De entre los nominados, destacaría (el criterio es personal, de simple gusto) los de Rüsche (autora de "El gran enchufe"), Beber, Sterzi (preciosos "la barca" y "Río del olvido"), Calixto (excelente su "E-mail para Paul McCartney" o "Ruido húmedo"), Aristimunho (y sus "Pequeñas indiscreciones"), Carpinejar (a la vejez dedica "Décima elegía": "Envejecí, / tengo mucha infancia por delante"), Sorrentino (autor de "Shih"), Mariani, Rizzo y Cohn.
Ese presunto carácter experimental, digamos, está reforzado en las obras de Márcio-André, Marília Gracia, Tarso de Melo y Thiago Ponce de Moraes. Y al decir "experimental" aludo aquí a un uso todavía más particular de la sintaxis, a cierto hermetismo y a una mayor voluntad de concreción, sin llegar al vanguardismo de algunos ilustres antepasados de estos poetas.
Las buenas antologías, y ésta lo es, siempre ayudan al lector a desenvolverse entre el bosque de libros y de autores que pueblan las diferentes literaturas nacionales. Más tratándose de Brasil, que es en rigor una selva. Amazónica. 

23.9.15

Una novela de Taravillo

No es uno muy de novelas, insisto. Pero esta, Los huesos olvidados, tenía que leerla. Porque la firma un poeta, crítico y traductor al que estimo, Antonio Rivero Taravillo, y porque uno de sus protagonistas es el Nobel mexicano Octavio Paz. Por eso Renacimiento la publicó el año pasado, aprovechando el primer centenario del nacimiento del autor de Piedra de sol. Y no sólo. Se trata de un relato real, que diría Cercas, muy literario, que da cuenta de vicisitudes relacionadas con un determinado, intenso momento histórico, la Guerra Civil del pasado siglo, y, en consecuencia, por él desfilan numerosos personajes, escritores sobre todo, que vivieron o sufrieron esa época contradictoria, llena de esperanzas y de desilusiones. No me gustaría destripar el sutil argumento de la novela. Baste decir que se lee con gusto y facilidad y que aporta muchos datos, tanto en el aspecto literario, ya se dijo, como en el político. Hay algo de didáctico en el empeño, y no me parece mal que así sea. Más allá de Paz (y de su mujer entonces, Elena Garro), Encarnación, madura profesora sevillana, busca en Ciudad de México (y alrededores) el rastro de su padre, al que no conoció, Juan (o José) Bosch, un viejo amigo de infancia al que dedicó Paz su poema "Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón", publicado por primera vez en el número 9 de la revista Hora de España, en pleno conflicto, allá por septiembre de 1937.
Rivero Taravillo conoce bien esos años. Se nota. Y aquella literatura. No sé si sus precisiones resultan del todo eficaces narrativamente hablando, porque uno de narrativa entiende lo justo. Sí noto exceso de celo en los detalles aportados, con llamativa minuciosidad, cuando menciona, por ejemplo, las calles de Ciudad de México que Encarnación recorre; si bien, como el resto de nombres de restaurantes, bares u hoteles que también cita, aportan a la trama un tono modianesco nada desdeñable. Por lo demás, ese conocimiento le viene, entre otras razones, por su condición de biógrafo de otro de los personajes secundarios del relato, Luis Cernuda. Sus indagaciones sobre la vida del poeta sevillano le llevaron a viajar a México, de ahí que...
Lo dicho, he pasado unos ratos muy agradables en la piscina con Los huesos olvidados, que viene a unirse, como resaltan los editores a libros que mezclan también realidad y ficción y que se sitúan en la misma época, como Homenaje a Cataluña de Orwell o Enterrar a los muertos del recién premiado Martínez de Pisón; sin olvidar, claro está, Soldados de Salamina, del citado Cercas.

Sin ánimo generacional

Convencidos de que los poetas que nacieron en los 80 tienen muchas cosas que decirse, Andrés Catalán y Pablo López Carballo han organizado una serie de mesas redondas en Madrid a lo largo de este otoño a las que invitan a los lectores de poesía y al público en general. 
Explican que no se trata de un ciclo de recitales poéticos, ni una operación que pretenda formar ningún grupo o generación literaria, sino de una oportunidad de poner sobre la mesa y cara a cara algunos temas: qué leen, cómo lo leen, dónde publican y quién los lee, qué traducen, cómo incoporan la política y el compromiso a sus textos o qué tienen que decir poetas de otras lenguas penínsulares. Habrá, además, una conferencia de apertura y otra de cierre a cargo de dos miradas externas a su década, de Alberto Santamaría y Julieta Valero.
Adjunto la programación del ciclo y el tarjetón con la información de la primera sesión, este viernes 25 de septiembre a las 19.00 en Libros Melior, C/ Puebla 14, Madrid (Metro: Gran Vía). ¡Suerte!


22.9.15

Ferreró y Zecchini

De Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) ya hablamos aquí, a propósito de su libro anterior, Memoria, publicado, como éste, Cadencia, en la colección La gruta de las palabras de Prensas de la Universidad de Zaragoza, que dirige el escritor Fernando Sanmartín. 
Como en aquél, es imposible sustraerse al hecho de que quien lo ha escrito está a punto de cumplir noventa años. Que es alguien, como el personaje de uno de los poemas, "de avanzada edad". Eso supone, por un lado, que el poeta, con la cabeza lúcida, está en posesión de todas las armas de su oficio, y se nota. Por el otro, que el balance de la vida y la vejez han de ser asuntos sustanciales de la obra. 
Destaca la sobriedad y concisión de los treinta y dos breves poemas meditativos ("El hombre tal vez nota / su estado pensativo, / el gozo de estar quieto / recibiendo el efluvio / de este lugar y piensa / un poco, casi nada") que forman Cadencia (son varias las acepciones de la palabra que podemos relacionar con el título), mesura que tiene mucho de clásica. En un doble sentido también: por la forma, discreta y sin estridencia o alardes, y por el pensamiento que recoge, estoico de la mejor estirpe, sin que por ello le falten sus gotas de epicureísmo. Léase el poema 31, que termina: "Vive plácidamente  / si es que te lo permite el destino / y goza del interno espejismo / que alientas". 
Se agradece la serenidad de estos versos que tienen mucho de memoria y recuento. Los últimos dicen: "Hablar en general es sentirse impreciso / y no saber qué ha sido de tu vida: / si un gozoso relato / o un simple acontecer errático". 
De Iside Zecchini (Venecia, 1921-2011) nada sabía uno hasta ahora. Y no creo ser el único. Algo que hemos solucionado gracias a Luciana Collu y Gabriel Sopeña, profesores de la Universidad zaragozana, que han traducido y presentado a los lectores españoles (o en español) sus poemas en la antología El huésped. Entre otras cosas (por más que uno eche en falta alguna referencia a su bibliografía), nos explican en su ajustado prólogo que tuvo una firme salud débil, que fue profesora (de primaria y secundaria, así como en la formación de maestros), que vivió la mayor parte de su vida cerca de la estación ferroviaria de Venecia y que estuvo felizmente casada con Carlo Mastrocinque. al que dedica uno de los poemas más emocionantes del conjunto: "Esposo mío". Sí, como indica la crítica, la suya es una poesía "de las pequeñas cosas". Hay en ella un "encanto por lo diminuto", lo que sólo en apariencia carece de importancia. "Para vivir experiencias / ya no es necesario viajar", escribe en el poema "Vejez". No es extraño, así, que aliente en sus versos, otro lugar común, un "profundo sentimiento religioso". Léase "Fe". En sus versos, en Amor (que escribe con mayúsculas); lo que ve desde la ventanilla ("finestrino"): un árbol, un pájaro, la hierba, el viento; los que ya no están, que observa desde el "laberinto"; el paso de las estaciones (el del tiempo), las calles.
Hay poemas memorables. Como el que da título al libro (claramente veneciano), "Víspera", "Lola", "Nassirya", "Octubre"...
Con la poesía de Zecchini sucede lo mejor: que uno se queda con ganas de más. O, a falta de ello, de releer una vez más esos sugerentes, silenciosos versos.

21.9.15

Infancia en Paraguay hacia 2000

La patria del hombre es la primera obra narrativa de Cristian David López (Lambaré, Paraguay, 1987), que apareció por primera vez en este blog con motivo de la publicación de Cantos guaraníes, libro editado en colaboración con José Luis García Martín. Además, López ha estudiado Letras en la Universidad de Oviedo, ganó el «I Premio Jovellanos de Poesía 2014» (al "mejor poema del mundo") con un poema "Sy" (madre en guaraní) y codirige la revista literaria Anáfora.
La obra que comentamos fue Premio Asturias Joven de Narrativa en 2014 y está muy bien editada por Trabe en su colección Texu.
Al frente, dos epígrafes: el famoso de Rilke de donde el libro toma el título ("La verdadera patria del hombre es la infancia") y otro de Juan Pomberi: "La infancia es una fábrica de sueños". A partir de ahí se despliega una preciosa narración, llena de un encanto que podríamos identificar con la poesía, donde Dani, el protagonista, recuerda sus azarosos primeros años de vida en distintas Congregaciones de su país natal, en especial la de Repatriación, en Caaguazú, donde fue acogido "como hijo, como hermano, como amigo", explica en el "Epílogo".
En un lenguaje sencillo, que en nada estorba al desarrollo del relato propiamente dicho, rico en matices, sensual como uno imagina aquellas exuberantes tierras, salpicado de palabras y expresiones en guaraní, Dani, un niño abandonado entonces, nos cuenta su propia vida -no se esconde el tono aparentemente autobiográfico- y, en consecuencia, no pocas anécdotas divertidas o no tanto, así como sucesos trascendentes para una existencia inaugural donde se mezclan la felicidad y el miedo, la solidaridad y la tristeza. Una infancia, todas.

20.9.15

Con José María Álvarez

J. Mª. Álvarez y A. Rodríguez en Madrid, 2015
He seguido a debida distancia la obra poética de José María Álvarez (Cartagena, 1942), uno de los novísimos más genuinos, un auténtico veneciano. Mucho en mis años de formación, que coinciden con la publicación de sus primeros libros de poesía, reunidos luego en Museo de Cera (y cuando ven la luz sus exitosas traducciones de Kavafis en la misma editorial de su inicios: Hiperión), y menos a partir de entonces, décadas en las que ha seguido dando a la imprenta (siempre en Renacimiento, tras pasar por Pre-Textos) nuevas entregas, ya ajenas a aquel ciclo, la última de las cuales, Como la luz de la Luna en un Martini, mereció una de las pocas reseñas que aparecieron con mi firma en ABC Cultural. 
Confieso que a su prosa no me había acercado hasta ahora y ha sido gracias a La Pasión de la Libertad, segundo volumen de sus conversaciones con el poeta navarro Alfredo Rodríguez en París, la ciudad donde vive. El primero se titulaba Exiliado en el Arte. De los numerosos tomos de sus diarios, complementarios a la fuerza de estas prolijas conversaciones, acaso el más importante sea Los Decorados del Olvido, que tampoco conozco. (Me sorprende, eso sí, que la mayor parte de su extensa obra esté a golpe de clic y formato pdf en cualquiera de las dos páginas, poesía y prosa, que he señalado más arriba, por lo que no descarto, a pesar de mis preferencias por el papel y mi aversión por la lectura sobre pantalla, dar buena cuenta de lo escrito por Álvarez sobre su vida; un poeta, un escritor, al que algunos ya aplican el tópico de que su mejor libro es, precisamente, su propia existencia.)
En un gesto, por vulgar, muy poco alvareciano, llevé el volumen conmigo de piscina en piscina a lo largo de varias jornadas del pasado, tórrido mes de julio. Tras la entretenida lectura, destacaré lo que esa interminable charla tiene de apasionada declaración de opiniones de un hombre que ha llevado el ejercicio de la libertad personal (de ahí el título) más lejos, a buen seguro, que la mayoría; un gesto, sí, que tal vez le haya pasado factura, de ahí que se considere preterido en el dudoso escalafón de las Letras Hispánicas. La mayor parte de las veces, preciso, uno no coincide con esas ideas, no tanto las literarias (donde la confluencia es mayor) como las de orden moral, contradicciones mediante. Las políticas, por ejemplo, donde no acaba uno de ver esa imagen de old whigs (viejo liberal) que, a su entender, le define, sino más bien la rancias concepciones de alguien que pasaría por reaccionario o, como diría aquél, por anarquista de derechas. Un declarado partidario de la norteamericana Confederación sureña, cuya bandera preside uno de sus escritorios. Un ser de gustos aristocrático (sin necesidad de título nobiliario, en el sentido de grupo o clase de elegidos), poco proclive, en suma, a la Democracia (él gusta de las mayúsculas). Un tic, supongo, de lo más borgeano: por lo que aquélla tiene de abuso de la Estadística. Alguien, en fin, que piensa que el triunfo de la Revolución Francesa, y su mal entendida idea de la Igualdad, está en el origen de buena parte de los males de la mediocre sociedad moderna. Con Franco y su época es también bastante complaciente (aunque al parecer luchara en su contra, del lado de su odiado Comunismo, única oposición ordenada al Régimen) y en cuanto a España, afirma tajante: "ser español es una desgracia". Exiliado a su manera, aunque con casa (Villa Gracia) en su Cartagena natal (una ciudad que admite detestar) y el Mar Menor (cuyos atardeceres sigue echando de menos), está convencido de que el verdadero poeta es un "apátrida".
En Villa Gracia, 2007
De su adorado Montaigne tomó el término "ondoyante" para referirse a la vida. Sí, la suya ha sido sinuosa, aunque siempre centrada en un eje: su absoluta dedicación al Arte y la Literatura, a la Poesía, "razón de mi vida".
En esencia mediterráneo (y clásico: Grecia y Roma), el ondulante itinerario de Álvarez, un hombre que ha vivido durante años en hoteles y que se declara a favor del otium, transita sobre todo por algunas ciudades: Venezia e Istambul (como él las escribe), Alejandría, París, Budapest, Nueva Orleans... Y por países (que son, a su vez, culturas): Japón, sobre todo, y Egipto, Túnez...
La curiosidad, siempre presente, como motor. Y la conciencia de la dignidad y de la derrota, dos sentimientos complementarios que tienen que ver con la grandeza perdida y con la lucidez.
El suicidio es uno de sus temas fundamentales. Como el amor y el erotismo, pongo por caso. Las mujeres (que no el Feminismo, una de sus bestias negras, como todo lo politically correct) están en el origen de no pocas de sus composiciones. Y ya que las menciono, bien está citar a algunos de sus autores de cabecera, a los que alude una y otra vez en sus conversaciones con Rodríguez: Sthendal, Borges, Hume, García Gómez, Brines, Kavafis, Cervantes, Onetti, Vargas Llosa, Montaigne, Gil de Biedma, Tucídides, Hölderlin, Rilke...
Si aterrizamos en lo más cercano, me han llamado la atención sus ataques a García Montero (al que califica de "especialmente repugnante") o a Martínez Sarrión (dos novísimo que fueron "uña y carne"). También que destaque nombres de poetas españoles actuales por el mero hecho de que son amigos suyos. Ya se ve que lo cosmopolita no siempre te libra del hispánico mal del amiguismo. Menciona Ardentísima, Fiesta Internacional de la Poesía que, organizado por él, se celebró en distintos lugares entre 1996 y 2006.
Tampoco sabía que fuera padre (de dos hijos) y lo menciono por las alusiones a sus matrimonios. También a su madre (persona central en su vocación y en su vida) y a su padre (del que habla con cierta displicencia: nunca llegaron a entenderse). Y a su abuela materna, otra persona primordial.
Sus estrechos vínculos con el hispanismo explican (al menos a mí y siquiera en parte) cómo ha podido mantenerse y viajar a lo largo de los años; hasta ahora, para uno, pobre poeta provinciano, un verdadero misterio.
En lo negativo, ideas personales al margen, señalaría el desorden de la charla, que salta de un asunto a otro sin ton ni son, por más que luego, en numerosas ocasiones, se vuelva sobre tal o cual tema ya tratado. Ese ir y volver resulta bastante molesto y podría haberse corregido con facilidad. Puede que la intención de los autores haya sido precisamente ésa: la de dar verosimilitud a la conversación.
Eso y la actitud, disculpable, de Alfredo Rodríguez, que no puede negar cuánto y cuánto admira la persona y la obra de José María Álvarez, su maestro y mentor, acaso un poeta ineludible, sí, en el panorama lírico español de entresiglos. 

19.9.15

Gómez Toré: ensayo

El Toré ensayista es autor, y no por casualidad, de un libro imprescindible: El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines, al que citábamos ayer, Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria.
El roble de Goethe en Buchenwald lleva por subtítulo Glosas en torno a un texto de Joseph Roth que es, precisamente, el que abre el pequeño pero denso volumen (pensado y escrito con inusitada claridad, ameno en el más noble sentido del término), el último texto que escribió, en 1939, el escritor austriaco de origen judío antes de morir.
Cuando Buchenwald se llamaba Ettersberg, debajo de ese árbol se encontraban con frecuencia el autor de Fausto y la señora von Stein. Al construir el Lager, el campo de concentración, se mantuvo el roble. Para no ofender la memoria de Goethe y gracias a las leyes proteccionistas de Hitler, un enamorado de los animales y de la naturaleza. No ha de olvidarse que al decir Buchenwald estamos diciendo Weimar, la ciudad del genio alemán (y no me refiero al ideólogo del nazismo, por más que Weimar fuera un "campo experimental de la política nazi" y para Thomas Mann el "centro del hitlerismo").
Se enfrentan Kultur y Zivilisation, alma y sociedad (de nuevo Mann), un asunto al que dedica no pocas reflexiones Toré quien, a la postre, alude a una "cultura mestiza" que no es, sólo, ni una cosa ni otra. Y de la literatura alemana escrita por autores que no lo son de nacimiento (Kafka, Roth, Celan...), de lo fácil que resulta ser "apátrida" y hablar de "nomadismo" cuando se tiene "pasaporte y tierra propia" y, en fin, de la "ética de la hospitalidad" de Edmond Jabès, tan adecuada a los tiempos que corren. Y vuelve sobre la vida y la obra de Primo Levi, de Kertész, del citado Celan y su "Fuga de la muerte" ("un epitafio y una tumba")... Y sobre la del español Jorge Semprún, que sobrevivió a Buchenwald. Y ya ahí, "tras Auschwitz", a partir de la famosa afirmación de Adorno. Del exterminio y la invisibilidad (Rancière).
El oficial de las SS es el lobo, el vampiro de los cuentos de terror. Los relatos de lo ocurrido en aquella tragedia. Y, sin embargo, los torturadores "eran gente cualquiera". Sí, el peligro de "los hombres comunes". La clave es "no sólo qué contar, sino cómo contarlo", precisa Toré. Los testigos "son ellos, los musulmanes". Los hundidos, ellos son los verdaderos testigos, como creía Levi. Y un peligro, que surge de una pregunta (este libro es, sobre todo, un cúmulo de preguntas): "¿Cuántos años se necesitan para hacer romántica la matanza?" "¿Ya es Auschwitz un asunto del pasado?"
Allí se ejerció la tortura, esencia del Tercer Reich. Bajo la legalidad del Lager. Con el fundamento mitológico de la barbarie. De ahí la tentación de querer convertir a ese lugar en mito (que lleva aparejado su propio "contramito"). El término Holocausto parece justificar una muerte sine causa. Y no es lo mismo genocidio que sacrificio. Por eso "Auschwitz rechaza toda teodicea". También, concreta Toré, toda antropodicea. El sueño del humanismo es frágil. Y recuerda a Pico de la Mirandola. El Lager, en fin, no es el resultado de una fatalidad histórica.
Un peligro: el de la "tentación mitológica". Y otra pregunta: "¿Por qué conferir al exterminio el prestigio de la mística?" (Agamben).
El bosque es el espacio sagrado de la esencia alemana. El roble se mantiene en su sitio gracias, ya se dijo, a leyes del Tercer Reich que servían para preservar árboles pero no para salvar vidas. Leyes que tenían en cuenta el correcto transporte de animales en los trenes a la par que se hacinaba a hombres, mujeres y niños en vagones que iban camino de las cámaras de gas. En los campos se usaba para "comer" la palabra "fressen", la destinada a los animales, y no "essen", la destinada a lo que hacen las personas con los alimentos.
El nazismo como ideología de la muerte, pero también de la vida. De cierta vida, diríamos. Obsesión por la sangre y el suelo. El paisaje alemán como decorado perfecto de la propaganda del régimen. "Los árboles no dejan ver el crimen". Su lema ideal: "Et in Arcadia ego".
Y con la naturaleza y el paisaje, la belleza, no en vano el nacional-socialismo es una "fusión de política y arte". Una estética que, claro está, es también una (no)ética. Ahí, el topos del beatus ille. Y del locus amoenus: Heidegger en su cabaña de Todtnauberg, en la Selva Negra. Donde le visitó Paul Celan, otro superviviente malogrado, en 1964. El silencio se impuso a la conversación.
Que escribir poesía después de Auschwitz no sólo era posible, sino además necesario, lo demuestran las obras del mentado Celan y las de Jabés, Gelman, Zurita o Valente, por mencionar a algunos de los que han reflexionado sobre el tema y trae a colación Toré en su libro. Poesía es aquí, por extensión, Cultura. Auschwitz fue precisamente eso: el "fracaso de la cultura". Porque la poesía, cabe añadir, no es o mera complacencia o forzada resistencia.
"Queda la lengua", concluye Toré. la materna, el alemán de Arendt y Celan. Queda la poesía. "lengua del origen", aunque "no nos redime de la historia". Porque "el tiempo de la escritura es el después".

18.9.15

Gómez Toré: poesía

José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) tiene un blog, Poesía, intemperie, y este año ha dado a la imprenta un par de libros. Uno de poesía: Un corte que no sangra (Trea), y otro de ensayo: El roble de Goethe en Buchenwald (Libros de la Resistencia).
"El instante pertenece al ámbito del mundo: es un corte que no sangra". Estas palabras de Levinas abren el libro de poemas de Gómez Toré y, de paso, le dan título.
"Nunca es pequeño el asombro", escribe, lo que nos da pie para afirmar que estos versos se guían por la perplejidad a lo que cabe añadir que toman el camino de lo elevado, diría, en contraste con los que aspiran a lo plano, lo romo, lo ya conocido o que se sabe. Esa elevación marca un tono al que no son ajenos ni ciertos autores (alemanes por más señas) ni la música (Bach, Billie Holiday), que me permite mencionar la perfección y lo bello por más que el poeta diga que "Nadie / levantará su casa en la belleza" al tiempo que afirma: "Perdónanos / porque otra vez salimos / indemnes de la música". 
El lenguaje empleado por Toré es preciso. Sus poemas, breves. Parecen cincelados, de tan exactos. 
De lo mínimo hace una obra de arte. Así, "Luces rojas", que menciono no sólo como paradigma de su forma de decir, sino también como ejemplo de que la llegada de la noche, un tema tan manido, puede alcanzar la categoría de poema logrado. 
"Las palabras persiguen un lugar", escribe. Y: "Todo lenguaje es lento". 
Precioso resulta "Jaisalmer", que me recordó unos versos que escribí inspirados en una fotografía de Bernard Plossu realizada en la india "La Ciudad Dorada" de Rajastán. 
El río, metáfora eterna, está presente en "Guadarrama". "Nacer es perturbar el agua", leemos allí, un asunto central de un libro dedicado a sus hijos (y en particular la cuarta parte). "En lo que fluye hay una permanencia, / un prudente alejarse".
Hay algo (o mucho) de sentencioso en los versos de Un corte no sangra, una tendencia al aforismo ("La vida es la celada en que caemos", "Donde hay profundidad, hay vértigo"...) También la filosofía es parte de estas meditaciones, algo inevitable (y natural), lo veremos después, en Toré. En sus asedios a la luz (la del mediodía, la del atardecer...), pongo por caso: "y lo que no es la luz / está en la luz". Léase "Cambio climático", donde aparece una simbólica y modesta higuera. Esta mención me lleva a otro poema, "Bajo los árboles", y la constatación de la importancia de la naturaleza en esta visión del mundo. Otros poemas logrados son "Claustro de San Pedro", "El mirlo", "Un kilo de manzanas Golden"...
Árboles, pájaros ("Sostener un instante / el canto inmerecido de los pájaros")... Lo elemental, lo cotidiano elevado a la categoría de símbolo. Algo que nos recuerda al Brines más metafísico, que no por eso es el más oscuro. Diálogo y silencio son, nos advierte en la nota final, dos caras de la misma moneda y cita a Gadamer y Celan que son, por cierto, dos nombres fundamentales del segundo libro de Toré que vamos a comentar. Tal vez mañana.

Duende Josele

El poeta y cantante José Manuel Díez lanza su nuevo proyecto musical y, de paso, el primer videoclip de esta etapa, después de 12 años en El Desván del duende, como Duende Josele.
El disco se pondrá a la venta el 25 de octubre y cuenta con la colaboración de músicos como José Mercé, Luis Eduardo Aute o Lichis y la producción musical de Markos Bayón (Combolinga, Bebe, Perroflauta, Cathy Claret).
Por si te apetece, ahí va "Sin vigilancia", el primer single de La Semilla. "Una canción -dice el propio Duende Josele, donde las buenas energías y la crítica social se funden en ritmos de reggae y letra poética". ¡Buena suerte!

17.9.15

Caleidoscópico Benítez Reyes

Felipe Benítez Reyes: la literatura como caleidoscopio es el título de un volumen que publica Visor Libros y edita José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz, coeditora de la obra, que consagró al poeta gaditano, en 2013, el Seminario de Literatura Actual, germen de este libro colectivo.
"Creo que Felipe Benítez es el escritor más largo, mejor dotado, con más talento, de mi generación", afirma Carlos Marzal en su aguda ponencia, y otro amigo (lo que no le resta mérito a la afirmación, no pocos se refieren a él como "Felipe"), Juan Bonilla, destaca en la suya, no menos incisiva, el hecho de que "sea quizá el poeta más importante aparecido en España desde la muerte de Franco". Más allá de estos encendidos pero compartibles elogios, la feria va por barrios, no cabe duda de que estamos ante "uno de los nombres mayores de las letras españolas actuales", al decir del prologuista e instigador del homenaje, ante “un escritor singular” con “voz personal”, por usar sus propias palabras.
Lo primero que habría que destacar, más allá de la pertinencia de analizar la obra de FBR (Rota, 1960), es el acierto del título. Explica Jurado Morales el origen del invento y el porqué de su uso para explicar, metafóricamente, la literatura de Felipe Benítez Reyes: "porque para él la vida tiene mucho de tubo especular que guarda realidades relativas y variables en función del ángulo desde el que nos posicionemos". Dice también que "responde al perfil del escritor completo", algo en lo que también incide su alma gemela, el poeta Marzal, cuando alude a su condición de "polígamo" literario. Por eso, el volumen analiza su poesía, su narrativa (tanto el cuento como la novela) y sus ensayos, a lo que habría que añadir sus diarios, sus aforismos y cuantas ocurrencias, en el mejor sentido, podemos leer en sus artículos periodísticos, las entradas de su blog o hasta en su muro de Facebook. No olvidemos que FBR ha sido también traductor y director de revistas literarias (por ejemplo, de la emblemática Fin de siglo) y, ahora, pequeño editor, amén de autor de collages, que aquí estudia Ana Sofía Pérez-Bustamante.
En esto de la poligamia no tiene, según creo, parangón o, si acaso, hablando de coetáneos, con Trapiello, al que José Luis García Martín (que aquí no colabora, pero que es el crítico que más le admira) incluyó en la "Generación de los 80", que es la de Benítez Reyes (también antologado en el libro del mismo título).
Adscrito a "la órbita de la poesía de la experiencia", una cruz como otra cualquiera, FBR ha obtenido casi todos los premios importantes  y ha dedicado no poco de su ya extensa obra a un tema, digamos, central: el de la identidad o, por decirlo mejor (así se titula su último libro de poemas), el de las identidades. Por eso le dedican dos capítulos del total, los correspondientes a la poesía.
Precisa Luis García Montero, otro de sus grandes amigos, que "no hay que confundir el yo biográfico con la voz del poema, pero la poesía se esfuerza en configurar un personaje literario, una ordenación coherente de sentimientos y experiencias" y añade que “La poesía supone la construcción de una identidad”. Sí, el "yo" de FBR es también caleidoscópico y para ello basta con leer su celebrado Vidas improbables (1995 y 2009, premios Ciudad de Melilla, Nacional y de la Crítica), donde destaca la importancia que le da a "apócrifos, heterónimos e incluso homónimos", como anota Bagué Quílez. Estamos, dice, ante "un sujeto especular". Juan José Téllez, en la ponencia más disparatada del conjunto, le califica de “sencillamente esquizofrénico”. El poeta, por su parte, se ha referido a la “fantasmagoría de la identidad”.
De su literatura, se destaca, en suma, el humor (tan infrecuente en nuestras letras), la ironía (un signo de distancia e inteligencia), el escepticismo ("elegíaco y escéptico" le llama Payeras Grau) y el desengaño, la precisión estilística (lo que tiene de miglior fabbro), la perplejidad (en torno a los prodigios cotidianos), su aguzado ingenio, una atmósfera entre mágica, circense y misteriosa donde reina el espejismo...
Su voz es, como explica Bonilla, "elegante, descreída y sabia". Sería imposible resumir aquí no ya cuanto ha escrito, que es bueno y mucho, sino lo que los estudiosos revelan sobre ello en las páginas del libro que comentamos.
Para comprobar cuanto decimos, basta con leer su nota a "Suposiciones en tres tiempos", donde reúne, digamos, su poética, un texto fundamental que abre el volumen.
Si tuviera que destacar alguno de los asedios a los que acabo de aludir, lo que hago sin dejar de ponderar todos y cada uno de los artículos aquí reunidos, mencionaría el repaso de su trayectoria poética llevado a cabo por Marina Bianchi, la reflexión en torno a lo espacial y los lugares que firma L. Martín Estudillo, el análisis de Javier Letrán acerca de su pensamiento poético –lo paradójico, pongo por caso– a partir de Escaparate de venenos y su relación con la tradición filosófica pesimista o, por conocimiento de causa, las aportaciones de Antonio Jiménez Millán y Álvaro Salvador, dos clásicos de la “experiencia” y viejos compañeros de viaje del poeta. También cabe citar a Araceli Iravedra, antóloga de esa corriente, quien afirma que “la disposición característica del sujeto enunciador de la literatura de Felipe Benítez Reyes (…) es la perplejidad, el desconcierto y la extrañeza ante el yo y la realidad”.
No quiero olvidar la importancia de la bibliografía, elaborada por Jorge González Jurado y el editor de la obra. Y ya que le menciono, la meritoria labor de Jurado Morales, que, además de firmar un trabajo sobre los relatos de FBR, desglosa en su informado prólogo cada una de las ponencias recogidas.
Ojalá este libro colectivo se escape, en fin, de una maldición que el escritor señala en su primera poética, “La dama en su nube” (1988): “La poesía, expuesta a la luz de la ciencia y de los análisis lingüísticos, se fosiliza, se convierte en cosa pintoresca”.
En lo que a uno respecta, si se me permite la intromisión, confieso que he venido leyendo con fervor toda la poesía (y algunas cosas más) del autor andaluz. No me duelen prendas reconocerlo, al revés. Recuerdo perfectamente la primera lectura de "Elogio de la naturaleza" (incluido en su libro Los vanos mundos), un poema de aire modernista que me gusta especialmente; un puñado de versos que forman parte mi particular florilegio de la poesía universal.
Leída a lo largo, esta poesía demuestra que FBR ha conseguido su propósito: estamos ante un genuino “ejercicio de inteligencia”.

Nota: Esta reseña se debería haber publicado en el número 10 de la revista Miríada Hispánica, de la Universidad de Virginia. Fue solicitada en noviembre del pasado año, con cierta urgencia, por el secretario editorial de la publicación. El caso es que al final no apareció. Al parecer, por la incompetencia de alguien. Como su periodicidad es anual y esperar a 2016 me parece excesivo, la doy a conocer, sin más dilaciones, aquí y ahora. 

16.9.15

Neila crítico

Me traje hace meses de Trujillo este libro que he leído al final en pleno mes de julio, buena parte a la sombra de los sauces en la piscina de la Oliva, con el pico Pitolero al fondo. En El escritor y sus máscaras (Sial Pigmalión, colección Extremadura), un título de clara impronta nietzscheana, Manuel Neila (Hervás, 1950) rescata artículos, breves ensayos y reseñas, publicados en las dos últimas décadas en revistas como Clarín y Turia, sobre obras de autores, digamos, importantes. De la literatura universal y, ya ahí, de la española. En "El uso de la palabra" los elegidos son, pongamos, clásicos, del siglo XVII al XX, De Swift a Gombrowicz. Moralistas (Rivarol, Joubert), pensadores (Leopardi, Nietzsche), escritores (Gide, Machado, JRJ, Montale), críticos (Clarín), etc. En la segunda parte, "En otras palabras", empieza con el checo Holan y termina en el filósofo italiano Volpi. En medio: Gracq, Lezama (del que preparó hace poco una antología para Renacimiento), Gómez Dávila (no se olvide que Neila es uno de nuestros mayores expertos en aforismos y aforista él mismo), Andrade, el Alarcos poeta, Ángel González, Tomás Segovia, Valente, Atencia o Magris. Mayor espacio le dedica a Camus, Perucho y Cristóbal Serra. 
Ha sido muy grata la lectura de estos textos que no han perdido vigencia, tal vez, sí, porque abordan obras y autores mayores de nuestras Letras. Son agudos, iluminadores y están muy bien escritos, con esa pulcritud de estilo que caracteriza a Neila. Al cabo demuestran que la crítica responsable existe, o sigue existiendo (el hervasense no ha abandonado su tarea), y que tienen en este hombre (que es también poeta, diarista -la última entrega: Clima de riesgo. Días de 2012, en Renacimiento- traductor y aforista, como se apuntó más arriba) a uno de sus más preclaros representantes. A los hechos me remito. 

Marcas

La fotógrafa Encarna Mozas y el poeta Tomás Sánchez Santiago publican, en la revista Papeles de humoMarcas. Gracias a Julián Alonso, lo que nació como exposición pasa al papel, siquiera sea en versión digital. Exposición, por cierto, que ya ha recorrido varios lugares de Castilla. Para empezar, El Burgo de Osma, de donde es Mozas y donde trabajó como profesor Sánchez Santiago; el mismo lugar donde éste concibió los fragmentos que ahora ven de nuevo la luz.
Marcas reúne imágenes de una y, ya digo, textos del otro; en concreto, de una de las partes (titulada como esta obra) de Para qué sirven los charcos, libro que apareció en la recordada colección pacense Libros del Oeste allá por el 99 del siglo pasado. Una suerte de páginas de un diario donde el tono poético es evidente.
"Marcas intuye, no sabe sino que revela, no el significado real, sino su fulgor. Resulta una prueba de la existencia de lo desconocido en lo conocido. Convive con el misterio de las cosas cotidianas", explica Mozas. Y TSS, por su parte, dice: "Hay ocasiones en que a la existencia de alguien llega como una gran inhalación a empañarlo todo. Una necesidad de empezar a vivir sólo hacia adentro. Entonces, como si encogieran los límites del mundo, suele generarse una extraña tormenta en nuestra capacidad de percibir las cosas. Y los tamaños se distorsionan y las estaturas se invierten y hay un revolcón inesperado en el juego de esos valores que parecer dar conformidad y orden ceniciento al mundo, a nuestro mundo. Y la importancia de la quietud de una sartén o la inquietante belleza de una fruta muriéndose en un plato, en el sepulcro nocturno que es una cocina a oscuras, segregan de repente más compañía, más atención que los aspavientos externos que intentan día a día (des)organizarnos la vida."
Una belleza.

15.9.15

Placeres

Más allá del succès d'estime que ocasionó desde el primer momento Los grandes placeres, de Giuseppe Scaraffia (Periférica, en traducción de Julio Carrobles), me llevó hasta el libro un artículo de su autor publicado en El País el último día del pasado mes de mayo bajo el título "Los buenos modales". "Buenos modales" es, por cierto, uno de los breves capítulos de ese libro entretenido que se lee con una sonrisa complaciente en los labios. La jugada del anticipo, digamos (felicidades al que la ideó), es perfecta. Uno lee esas líneas y lo normal es que quiera seguir leyendo. 
De Scaraffia sabemos que nació en Turín en 1950, que se doctoró en Filosofía con una tesis sobre la idea de felicidad en Diderot y que en la actualidad es profesor de Literatura francesa en la Universidad de La Sapienza de Roma, algo que demuestra de sobras este afrancesado ensayo. Ha publicado otras obras, claro, pero sólo uno está traducido al español: Diccionario del dandi.
En Los grandes placeres, y tras citar a Renard, quien afirmó que "la única felicidad consiste en buscarla", Scaraffia indaga sobre su ausencia, que sería la mayor forma de vacío, y de su presencia, como resultado de lo que hace cada cual para "amueblar ese vacío, de llenarlo, como puede".
De lo mucho disfrutado en este itinerario tranquilo ("Nada más vulgar que la prisa", nos recuerda que dijo Emerson) donde tanto se aprende (leyendo "Tatuaje", por ejemplo, algo que a uno le obsesiona después de frecuentar playas y piscinas), uno destacaría algunos capítulos. Más que por su calidad, por una mera cuestión de interés o carácter. Así, me han interesado especialmente los titulados "Amueblar el vacío" (una espléndida manera de empezar), "Café", "Postal", "Crucero", "Ebriedad", "Excentricidad", "Elegancia", Castillo", "Charme", "Calvicie", "Evasión", "Faro", "Manantial", "Frivolidad" (que ha logrado cambiar, siquiera en parte, mi puritana mentalidad al respecto), "Jardín", "Hotel", "Mapa", "Moda", "Nariz", "Paseo", "Sobriedad" o "Suicidio".
Partidario de la deseable claridad y no de la incómoda erudición, algo que el lector agradece, Scaraffia no se limita a dejar que los demás se pronuncien, también él interviene en la redacción del libro (por eso lo denominamos ensayo) y con una lúcida sensatez que se acerca mucho a la sabiduría. Parafraseándolo, "El sabio es el que, situándose en la justa perspectiva, sabe reconocer el mensaje oculto en el panorama pintado de la vida". Lo podemos comprobar en el paradigmático "Trampantojo", donde el modo de proceder marca, diría, la personal escritura de Scaraffia. O en "Maleta", que cierra el volumen, donde podemos leer aforismos tan sugerentes como estos: "Cada maleta es un autorretrato y una confesión." "La maleta es una casa móvil donde se miniaturiza el mundo del viajero." Y ya que hablamos de aforismos, qué les parece éste: "El suicidio es la versión sacra de la prisa profana que nos empuja a una carrera contra el tiempo perdido sin remedio de antemano".
Porque se trata, ante todo, de un libro de citas literarias relacionadas con los distintos asuntos que aborda, vidas y obras de escritores, los verdaderos protagonistas del ensayo (sólo posible en un gran lector; en especial de literatura francesa, ya se dijo), echa a veces uno en falta, si se me permite la osadía, ciertas referencias concretas en tal o cual entrada a tal o cual autor. Por ejemplo, cómo no mencionar a nuestro Camba (hay epígrafes de autores en español, aunque pocos) al hablar de los escritores que viven en hoteles. O cómo evitar a Borges en el del espejo. O, en fin, cómo olvidarse de Walser si al paseo se alude.
Sí, es verdad que "escribir, aunque fatigosa, sigue siendo una actividad confortable", como nos dice Scaraffia. Por lo demás, se me antoja que estamos ante unas páginas luminosas, dignas de ser meditadas, así como de convertirse en un perfecto regalo para letraheridos. Y para los que no lo son. Por eso en las próximas Navidades -ya falta menos- podría ser uno de los libros más vendidos. Si tienen ocasión...

14.9.15

La poesía de Zeichen

Metafísica de bolsillo, de Valentino Zeichen (Fiume, 1938), le ha permitido a uno descubrir a un poeta de primer orden. En algunas literaturas, como en cualquiera de las del sur de Europa, es difícil conocer a todos los poetas dignos de tal nombre gracias a obras no menos dignas de formar parte de las tradiciones de la poesía. La italiana entre ellas. Se agradece, pues, a la editorial Vaso Roto, que publica ese libro fundamental del fiumani residente en Roma, su presentación en España y en la América hispana.
La traducción, y esto es importante decirlo cuanto antes, está firmada por el excelente poeta argentino Pablo Anadón, lo que aporta a al empeño un plus de dignidad poética.
Zeichen, por lo demás, es un poeta cercano, sencillo pero hondo, divertido a ratos, al que le gusta jugar con las paradojas filosóficas y los descubrimientos científicos, ironizar sobre la política, el amor (y los amores) o la economía, ensayar aforismos agudos y epigramáticos (se nos recuerda que titulo uno de sus libros es Neomarziale, por nuestro Marcial) y, en fin, que escribe poemas que dejan al lector entre sorprendido y confirmado, por decirlo de alguna manera. Lo cotidiano como milagro, ya saben.
Muy curiosa resulta una de las partes del libro, "Dedicatorias", donde aparecen poemas destinados, por ejemplo, al poeta Mario Luzi, al filósofo Marramao y al ensayista y narrador Claudio Magris. En ellos se impone a veces, con según quién, el tono ácido del epigramista, como en el asignado a Vattimo.
La vida común y corriente, ya se indicó, es quien inspira estos versos que no le hacen ascos a temas tan habituales como los vídeos y las películas, las mujeres ("Una mirada involuntaria de ellas / suscita indomables / incendios amorosos"), la mafia ("Una mentalidad", estupendo poema), la guerra... No en vano la parte del volumen a la que pertenecen estos a los que aludo se titula "Páginas de diarios".
La que lo cierra, "Pequeña pinacoteca", se ocupa de distintos cuadros, de esos que suelen denominarse emblemáticos, como el "Guernica" de Picasso o "La Anunciación" de Leonardo da Vinci. El poema final versa sobre la fotografía: "Disparan los clics / del arma fotográfica / y quedamos de pronto asesinados / en la inmortalidad, / conservando intactos los semblantes. //...en ese instante / que nunca más seremos". 

13.9.15

Café Tánger

Café Hafa. Tánger
Este es el prólogo que aparece al frente de la segunda edición del libro Café Hafa, de Verónica Aranda, publicado por El sastre de Apollinaire. De la primera edición ya nos ocupamos aquí.

Pocos ponen en duda que Tánger es una de las grandes ciudades literarias del mundo. No hace falta echar mano de la erudición ni tan siquiera de la memoria básica de cualquier lector para demostrarlo. Lo de Barthes, Beckett, Burroughs, Bowles, Capote, Genet, Ginsberg, Goytisolo, Kessel, Morand, Gertrude Stein, Tennessee Williams y Yourcenar, ese puñado de escritores que, entre otros, pasaron por allí en los últimos cien años (como anotaba José Luis de Juan en su artículo "Elsecreto de Tánger"), es ya un lugar común. De ahí que la bibliografía sobre esa ciudad de las afueras de África, para decirlo con Fabio Morábito, sea ingente. Y no deja de crecer.
Podemos unir a esa lista tan internacional y cosmopolita como ese lugar, otros nombres. De españoles, como el citado Goytisolo, pues para eso esa ciudad tuvo, desde hace siglos y entre sus vecinos, a un numeroso grupo de compatriotas. Así, el inefable Ángel Vázquez, el autor de La vida perra de Juanita Narboni, una obra que no se puede separar del aura de Tánger, el poeta Ramón Buenaventura o, en fin, el periodista Eduardo Haro Técglen, tangerinos los tres de nacimiento. Uno mismo, que ni es de allá ni apenas la ha visitado, narró en forma de verso la particular peripecia de una mujer y su familia obligados a abandonarla por circunstancias sociales y políticas. Ellos volvieron a la península en los años 60, cuando tantos tuvieron que hacerlo. En realidad, a pesar de eso, nunca dejaron de vivir allí. Como uno, desde que escuchó los relatos de aquella larga estancia africana. De ese viaje de ida y vuelta -mirada y memoria- surgió Más allá, Tánger. 
Verónica Aranda (Madrid, 1982) también residió allí, como en Italia, Portugal, Bélgica e India. Su condición de viajera está unida a la de poeta (y a la de bloguera, en Poesía nómada). Es autora de Poeta en IndiaTatuaje, AlfamaPostal de olvidoCortes de luzSenda de sauces y Lluvias Continuas. Ciento un haikus. También ha traducido poesía portuguesa y brasileña contemporánea y al poeta nepalí Yuyutsu RD Sharma.
De su estancia en Tánger, como profesora del Instituto Cervantes, surge éste, Café Hafa, que fue Premio "Antonio Oliver Belmás" y publicó por primera vez Tres Fronteras Ediciones y ahora, con la incorporación de nuevos poemas, de El sastre de Apollinaire. Uno conoció la obra gracias a la mediación del también poeta Mario Lourtau (y de su madre, que sirvió de correo), buen conocedor del norte de África, donde, como ella, trabajó.
El libro se abre con citas del mencionado Paul Bowles (“Y es también en los cafés donde el visitante puede sentir el pulso del país. En ningún otro sitio puede observar repetidamente y de cerca a un grupo de individuos en su diario alternar, ni existir a su ritmo para, en un momento inesperado, alcanzar un estado de empatía con la forma tan distinta en que ellos perciben el paso del tiempo.”) y del también citado Haro Técglen (“Muchas veces pienso que Tánger era un estado de ánimo y que probablemente se instala para siempre en esa parte un poco fantasmal de la memoria en la que algunas personas no sabemos lo que fue verdad de lo que fue mentira.”) Y ya que aludimos a la palabra "mentira", bueno será recordar la lapidaria frase del eminente tangerino Emilio Sanz de Soto, quien dijo de Tánger fue "una deliciosa mentira".
La primera parte, "Cafés de Tánger", con epígrafes de Tahar Ben Jelloum ("Tánger, ciudad del Estrecho en la que reinan el viento, la pereza y la ingratitud") y Carlos Edmundo de Ory, empieza con un verso elocuente: "Elijo la quietud", una "metafísica" muy adecuada para sobrevivir en una ciudad que, confiesa la voz poética, "muy pronto hago mía". Por cafés reales y otros imaginarios, metáforas de los muchos que existieron o existen, transitan estos versos que dan cuenta, sobre todo, de la vida de quien en ellos se sienta, observa y bebe mientras recuerda lo que le ha sucedido fuera, en "el viejo Tánger de los fugitivos". No en vano en esos cafés "puede durar un té lo que dura un otoño". En "Café Hafa" no puede evitar escribir: "Veo morir los mitos, mientras pienso en la literatura". Y menciona a Bowles de nuevo, a su mujer Jane, Choukri y Ángel Vázquez. Sí, "Aquellos años Tánger se llenó de escritores". Estamos ante un "universo en tránsito".
Destacaría del conjunto el poema "Elegía desde el Café Hafa", dedicado a Hassan Zianni, muerto prematuramente, de una emotividad sugerente.
En la segunda parte, "Medina", con cita de Canetti (“¿Qué es lo que amamos tanto de las ciudades cerradas, de las ciudades que están íntegramente dentro de murallas, que no van terminando poco a poco de un modo desigual a lo largo de carreteras?”), viajamos, además de a Tánger (vista desde el mítico Café París), a Tetuán, Assilah, Xauen (construida a imagen de Vejer), Fez, Meknés, Rabat, Azemmour, Essaouira, Marrakech (la plaza de Yamaa el Fna y unas palabras de Valente)... Y siempre el levante, el salitre, las azoteas... Podría decirse de estos poemas que son páginas de un diario de viaje donde se entremezcla la vida personal con la visión de aquello que se pone delante de los ojos. Todo es asombro, extrañeza, perplejidad. Y, por paradójico que parezca, naturalidad porque se da fe de hechos que surgen de la cotidianeidad, poco importa que sucedan en lugares, para nosotros, exóticos.
Sí, estos hermosos poemas reflejan su vida en la ciudad a modo de diario. Son versos evocadores, cálidos y cercanos, que se adaptan muy bien al tono sereno y como perdido en el tiempo, intempestivo o anacrónico, del enclave que describen. Sus calles tortuosas, sus famosos cafés, sus zocos o sus cines, como en la tercera parte, "Cinema Rif", que se abre con unos versos de Aurora Luque, de su poema "Problemas de rodaje". Evoca entonces películas famosas, unidas por decadentes atmósferas comparables, como "Ladrón de bicicletas", "Muerte en Venecia", "Casablanca" ("hago mío el dolor de esta ciudad"). Al leer estos poemas uno recuerda los bonitos dibujos de Pierre Le Tan, de su Carnet tangérois.
En la última parte, "Al lil" (la noche, en árabe), Aranda nos acerca a la intimidad del amor. Se abre con versos de José Asunción Silva y Adonis. El amor, sí, y la noche, lo clandestino, lo misterioso, la carnalidad de los cuerpos, el vago erotismo y la sensualidad, inseparable de ese mundo. El amor también en árabe: "Quasida", "Gacela".
"Vine a este territorio de marinos sin brújula, / a esta ciudad de espías reencarnada en sus mitos", leemos en el libro. Es verdad. A ese puerto, tan cercano como remoto, más allá del espacio y del tiempo, no se puede ir con un plan preconcebido. Todo es azar. Lo que nos espera no logra ser vaticinado. Cualquier sospecha sobre lo que nos pueda ocurrir será en vano. A esa deriva dedica Verónica Aranda sus versos. Son el reflejo de la perplejidad. La muestra de una trágica o feliz sucesión de asombros. En Tánger, desde la extrañeza, uno es otro.
Dijimos que se citaba al principio una reflexión de Haro Tecglen, para quien Tánger era, sobre todo, un estado de ánimo. Lo que, en mi modesta opinión, sigue siendo. Algo que viene a probar este hermoso libro.

Álvaro Valverde,
Plasencia, mayo de 2015



12.9.15

El canon de Bloom

Poetas y poemas. El canon de la poesía, del prestigioso crítico y catedrático de Yale Harold Bloom (Nueva York, 1930) es uno de los volúmenes (nunca mejor dicho) que forma parte de la Bloom Literary Criticism, que en España viene publicando la ejemplar y osada editorial Páginas de Espuma.
El traductor (y algo más) de este precioso librote (cuya cubierta aplaudo) es el poeta Antonio Rivero Taravillo. Aunque todo el trabajo sobre la prosa sea suyo, para los abundantes ejemplos de poemas o fragmentos de poemas ha utilizado traducciones ajenas si éstas ya existían previamente en español, lo que se indica en una nota a pie de página, e incluso inéditas, como en el caso de Robert Frost del que publica versos pertenecientes a la edición inédita de su poesía completa a cargo de Andrés Catalán (para Linteo). Los nombres de esos traductores aparecen citados en el práctico índice onomástico.
No, no he leído la imponente obra entera, aunque sí bastante más de la mitad de los enjundiosos artículos de los cincuenta y seis poetas estudiados. Todos los del XX. Vates del ámbito de la literatura inglesa en gran parte, como es obvio. Además, hay poetas italianos (abre con Petrarca), franceses, rusos, irlandeses, canadienses (se cierra con Anne Carson)... El plural a veces sobra. De nuestra lengua, dos hispanos: Pablo Neruda y Octavio Paz, y ningún español, ni Lorca siquiera. Bueno, también faltan Yeats, Lowell ("debo de ser el único disidente de nuestro país", se justifica Bloom), Hughes, Larkin, o Hardy. Tampoco Pessoa, Rilke, Borges, Szymborska, Tranströmer, Montale y muchos más.
La "Introducción" es deliciosa y en ella Bloom se declara un enamorado de la poesía desde los cinco años. Debe mucho de ese amor a la memoria. Porque los memoriza, confiesa que aún es capaz de declamar buena parte de los poemas que admira. Y que en momentos de tribulación o de grave enfermedad le aportaron consuelo. Recitados en voz alta o en voz baja, para sí mismo, a modo de salmodia. Este discípulo de Northrop Frye (se distanciaron cuando Bloom publicó La angustia de la influencia) cree que la función de la poesía, además de ayudarnos a vivir nuestras vidas, como afirmaba Wallace Stevens (omnipresente en el libro: "yo soy de la escuela de Wallace Stevens"), sirve para "aprender a soportar la mortalidad". "La poesía -escribe- no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, pero puede realizar la tarea de sanar al yo".
Doy por hecho que Bloom es un crítico responsable y solvente ("la crítica es tanto una serie de metáforas para los actos de amar lo que hemos leído como para los actos de la lectura en sí"), por más que abunden sus detractores (lo de la Escuela del Resentimiento, como él los denomina). Y por su amplio conocimiento de la poesía, un gran comparatista,
De lo leído, uno colige eso. Basta degustar, por ejemplo, el agudo texto dedicado al citado Stevens (uno nunca había reparado en la influencia de Walt Whitman en el exquisito autor de Las auroras de otoño). Y a Seamus Heaney, Elizabeth Bishop, Marianne Moore (donde disecciona su poema "Matrimonios", su Tierra baldía, que augura sobrevivirá al de Eliot), Robert Graves ("un buen poeta menor pese a su genio"), Frost ("Rivaliza con Wallace Stevens por el puesto de gran poeta americano de este siglo", declara, y destaca su independencia de Whitman: "Es hijo de Emerson"), Carson (sólo equiparable, por su eminencia, a John Asbhery y Geoffrey Hill, de la que dice que "no se parece a nadie vivo", cita como sus precursoras a dos Emily: Brontë y Dickinson y la denomina "poeta de lo Sublime", por longiniana) o Ashbery. De éste manifiesta que "desciende directamente de Stevens", que es "el más legítimo de los hijos de Stevens", que fue su "maestro". Aunque su padre poético sea Stevens, precisa en otro lugar de su extenso y poco complaciente estudio, "el mayor antepasado de Ashbery es Whitman" y puntualiza que esa "vena whitmaniana de Stevens" es "la que halló Ashbery". Concluye: "el verdadero precursor de Ashbery es el padre compuesto Whitman-Stevens" y se fija, además, en una de las obsesiones favoritas del autor de Autorretrato en espejo convexo: "la idea de transparencia".
La mayor parte de las veces elogia (lo que suele ir aparejado a la extensión del artículo) y otras censura. Dos simples ejemplos: Hill ("el poeta británico más fuerte de cuantos viven") y Walcott, del que duda que tenga una voz propia.
Tampoco Berryman (uno de los textos más sustanciosos del conjunto), pongo por caso, sale bien parado. Ni W. C. Williams ni Cummings, del que denuncia su "flagrante sentimentalidad".
También, para contrarrestar y por culpa, cree uno, de su menor conocimiento de otros panoramas distintos del de la lírica en lengua inglesa, me ha parecido flojo el dedicado a Paz. Será, supongo, una excepción.
Me ha gustado que el don de la oportunidad (el que Taravillo, el traductor, sea biógrafo de Cernuda; "el maravilloso poeta español de lo Sublime", según Bloom) haya permitido corregir al maestro para precisar que el sevillano no "murió por su propia mano en México", como se afirma en la página 619, sino de un infarto (puede que inducido).
Del contagioso fervor de Bloom por la poesía (que nos anima a leer y a releer a sus poetas canónicos) da cuenta este libro exigente que, sólo por eso, debería ser disfrutado por cualquier letraherido y, cómo no, por los simples cultivadores del género y por los estudiosos, ya sean críticos o profesores.