19.4.11

Cumbreño y olé

Con ese apellido, José María Cumbreño (Cáceres, 1972) hubiera podido ser torero. O eso se le antoja a uno. Planta no le falta. Ni torería. Así las cosas, sin llegar a componer un pasodoble, no me resulta difícil lanzar un metafórico olé al ruedo literario por la aparición de su primera antología poética que publica, en primorosa edición, La Isla de Siltolá (tan presente, por cierto, en este blog últimamente), dentro de su colección Vela de Gavia. El poeta la ha titulado La parte por el todo y réune poemas escritos entre 1998 y 2011. No ha tenido que esperar tanto como don Aquilino Duque, compañero de editorial, para conseguir semejante logro. Es más, si nos circunscribimos a Extremadura (Cumbreño ejerce de extremeño), ninguno de los poetas de la promoción anterior a la suya, a los que tanto defiende y aprecia, tiene todavía un antología que llevarse al currículo. Y eso vale para el resto de España, a pesar de la meritoria labor de, por ejemplo, Abelardo Linares y su colorida colección de Renacimiento.
Diré más, antes que ésta ya se había publicado en Portugal otra bilingüe: Teorias da ordem (Edições Sempre-em-pé, 2009) en traducción de Ruy Ventura.
El crítico Quique García Fuentes, con esa mezcla de afecto y de ironía que le caracteriza, escribía el pasado sábado en Trazos acerca del libro de marras y, con no poca guasa, le dedicaba a la prolijidad de Cumbreño unas cuantas líneas. Es cierto, este hombre escribe mucho y publica otro tanto y de esa facilidad, que también puede llamarse don (y que, en raras ocasiones, por exceso de ingenio, da en ocurrencia), surgen este puñado de libros que ha venido entregando a sus lectores en los últimos años, más de los que suelen ser norma en el gremio. Pero, digámoslo pronto, Cumbreño es todo menos un tipo normal o un poeta al uso. Esa es una de las marcas de su particular naturaleza. No hay más que leer las opiniones que mantiene en su blog, un camino más corto que el de las páginas de sus libros, cuajadas de aforismos al respecto, para saber con quién nos las tenemos. Claridad y contundencia no le faltan a este voraz escritor con criterio que, además, es un fiero lector sin prejuicios.
Uno le conoce desde hace años y ha compartido con él algún que otro café en las perdidas mañanas de Mérida, cuando él salía de su instituto y yo de la Editora para compartir un rato de conversación. En esas distancias cortas, no parece el apasionado letraherido que en realidad es. Entonces, Cumbreño se muestra tímido y educado, parco en palabras, hasta frío y distante llegado el caso. Pero al lector eso le importa poco. O nada. José María Cumbreño es lo que escribe y nada de lo dicho sirve para calificar su escritura, tan torrencial como serena, tan sosegada como nerviosa. Sí, de paradojas sabe un rato. Porque detrás de su fragmentaria (post)modernidad (no sé si nocillera) alienta la lectura de los clásicos. Porque su aparente prosaísmo (por el tono, por la engañosa forma) es lírica pura. Porque lo sentencioso de su decir, lo aforístico, desvela un amor por lo plural y por lo abierto. Porque, a pesar de ese tono seco, no falta en su obra el humor y la ironía. Porque a pesar de que la crítica reconoce que no es autor de un "mismo libro", en todos los suyos se rastrea con facilidad una misma voz, que es, cómo no, siempre la misma, por diferente que a algunos les parezca. Porque, en fin, ese punto irracionalista o surrealista (por decirlo de alguna manera) que recorre toda su obra, lo que tiene de vanguardia  après la lettre, no impide que la realidad entre a saco en sus versos y nos descubra un mundo lleno de objetos y situaciones concretas, lo que hace de la suya, si se me permite la expresión, una poesía "matérica", por usar un término pictórico.
Como paradójico es que incluya en su poesía selecta textos en prosa -aforismos, cuentos breves y microrrelatos- sin que por ello el lector discuta que está leyendo poesía. La explicación es simple: Cumbreño es, ante todo y sobre todo, poeta y de poesía tiñe cuanto toca, poco importa el género. Todos sus planetas giran en torno al sol de la poesía y eso, ya digo, es de una obviedad manifiesta.
La suya, sí, es una poesía digna de un observador minucioso y atento, de alguien capaz de encontrar la poesía en las cosas más sencillas, en lo aparentemente intrascendente. Adopta, en suma, una poética de lo cotidiano.
Aunque se reconozca en maestros muy concretos -Rafael Pérez Estrada, pongo por caso-, se ve que es un lector, ya se dijo, disperso y ecléctico.
Como Ada Salas o Javier Rodríguez Marcos, José María Cumbreño empezó publicando su primer libro en Extremadura. En la Editora Regional de Fernando Pérez.  Desde Las ciudades de la llanura (2000), han ido llegando: Árbol sin sombra (Algaida, 2003, Premio de poesía Ciudad de Badajoz), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (El Bardo, 2008), Diccionario de dudas (Calambur, 2009), Breve biografía apócrifa de Walt Disney (Algaida, 2009, Premio de poesía Alegría/José Hierro). También el libro de relatos De los espacios cerrados (Fundación José Manuel Lara, 2006, Premio de narrativa breve Generación del 27), el ensayo literario Retórica para zurdos (ERE, 2010) y del diario Límites y progresiones (Baile del Sol, 2010). Y hay más: está en prensa está Genealogías (Luces de Gálibo, 2011).
Cumbreño, al que en su día califiqué como "el más posmoderno de los poetas extremeños de ahora", suele quejarse mucho de su invisibilidad literaria (me dedicó "Curso práctico de invisibilidad", incluido aquí) y alude cada poco a los poetas "liliputienses", a los que no se les reconoce su debida valía. La aparición de esta antología demuestra que, como todos los jóvenes, exagera. Se reconoce en ella un trabajo concienzudo y tenaz y casi de forma prematura. Si me permite un consejo, debería atender a lo que de verdad importa y olvidar o ignorar el resto, que quizás ni siquiera es literatura. O sí, pero no poesía, como le gusta explicar a otro de sus maestros, Gamoneda. Él sabe perfectamente de lo que hablo. A los hechos me remito. Ya llegará el tiempo de los reconocimientos. Bueno, ese tiempo, en rigor, ya ha llegado. Olé y enhorabuena.