23.11.17

Savater dixit

El Roto/El País
Borja Hermoso le pregunta a Fernando Savater: ¿Hablaría usted de separatismos justificados y nacionalismos pijos? A lo que el pensador vasco responde: "Eso me parece. La diferencia, por ejemplo, entre el separatismo vasco y el catalán es que el catalán es profundamente esnob. Los vascos podemos ser más bien brutos, pero no somos esnobs. El esnobismo es un signo de la cultura catalana, aunque no sea nacionalista".
Es un poco fuerte eso que dice…, comenta Hermoso, y el autor de Contra el separatismo contesta: "No. Nadie se hubiera creído todas estas trolas que han contado si antes no hubiera habido como una mentalidad de creerse tan estupendos, tan únicos y tan por encima de todo. Eso, y que ahora mismo, en Cataluña, ser nacionalista o fingir serlo no tiene más que ventajas, y claro, la gente se apunta a eso, no es una cuestión de sentimientos. Y luego está eso de la singularidad catalana. ¿Pero qué es eso? Oiga, los singulares son los individuos, no los territorios. Cataluña es tan singular como Murcia. Una butifarra también es muy singular y yo cuando voy a Cataluña me la pido. Pero no tiene derechos políticos".
Antes, haciendo autocrítica, dijo: "Que el nacionalismo es un mal es evidente, solo hay que recordar que en el siglo XX provocó dos guerras mundiales. Lo que pasa es que yo no quiero darle reclutas involuntarios al separatismo llamando obligatoriamente “separatistas” a todos los nacionalistas. Todos llevamos un brote nacionalista dentro, todos nos reconocemos en esos mecanismos de identificación con lo propio, lo cual se hace inaguantable cuando se convierte en algo declamatorio. El separatismo es la inflamación y utilización maliciosa de esos sentimientos hasta convertirlos en un arma contra la democracia". El País.

22.11.17

Marwan dixit

“Nos han criticado muchos poetas en medios públicos y es terrible. Llega un cantautor y vende cientos de miles de libros de poemas, y se sospecha de inicio. Hay gente que va repartiendo carnet de poeta, que se cree que la poesía es suya porque lleva muchos años en esto, y considera que es un privilegio solo para unos pocos elegidos. Sin embargo, Benjamín Prado o Luis García Montero nos han recibido con cariño y ven necesario que surjan nuevas corrientes poéticas como la nuestra”.
“Entiendo que tiene que joder llevar toda la vida escribiendo poemas y que llegue un cantautor y empiece a vender mucho de una poesía bastante prosaica".
“Cualquiera que se lea un libro mío entero y diga que no tengo ni idea de poesía es que no sabe lo que dice”. 
De una conversación con Sara Navas publicada en El País. Imparables. 

21.11.17

Con Julián Rodríguez

Corina Arranz
Hacía nueve años que no nos veíamos. En una intensa etapa de nuestra vida, nos tratamos casi a diario. Viajábamos juntos con frecuencia de Cáceres a Mérida. Sus trabajos para la Editora Regional fueron -conmigo, antes y después- fundamentales. Fue una de las preciadas herencias que recibí de mi querido Fernando. Luego, cuando se convirtió en editor y fundó, hace once años junto a su amiga Paca Flores, la editorial Periférica, las cosas cambiaron, pero al principio no tanto como para que no pudiera seguir colaborando con nosotros. Hablo de María José Hernández, el alma de esa santa casa, y de mí, porque esa era toda la plantilla de la Editora, si exceptuamos al personal administrativo (otra persona o dos).
Aunque, según me contó, ha sufrido serios percances de salud, encontré a Julián, que no es nada hipocondriaco, como siempre: tímido en el trato y lúcido de mente, lo que se notó de sobra cuando empezó a hablar, en voz baja, de su labor editorial. Fue la semana pasada en la librería placentina La Puerta de Tannhäuser. Del trabajo gustoso en Periférica y Errata Naturae, sí, pero también sobre el mundo editorial en general, un asunto complejo que tan bien conoce. A pocos editores le ha escuchado o leído uno ideas tan claras sobre sus planes y objetivos y pocos tienen el criterio que este hombre gobierna. Un tipo inteligente, sin duda, al que da gusto escuchar.
Por lo demás, de su condición de excelente tipógrafo nadie duda. Ni de la de galerista, en Casa sin fin. Como siempre, entre Cáceres y Madrid. Con escala en la sierra segoviana y mil lugares más.
Antes de intervenir, charlamos acerca de su faceta, digamos, de escritor. Una tarea de momento abandonada. O aplazada, mejor. Es verdad que se reeditan sus libros y que en algunas de esas ediciones de bolsillo se incluyen textos inéditos, pero sus lectores seguimos esperando nuevas obras. Al parecer hay un nuevo tomo casi terminado de sus Piezas de resistencia, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004; Premio Nuevo Talento FNAC) y Cultivos (2008). Veremos.
Fue un placer escucharlo. No me extraña que le llamen de diferentes másteres de edición. Sensato, sobrio e irónico (nos contó un par de chistes), está a punto de inaugurar, como comisario, una sugestiva exposición en la Fundación Helga de Alvear: Todas las palabras para decir roca. Naturaleza y conflicto. Seguimos. ¡Salud! 

Qué serios, con lo bien que lo pasamos. Ay, la "cara de presentación".


17.11.17

De viaje con Fernando Sanmartín

Apenas llega uno de Budapest, donde fui con Sergi Bellver, y emprendo de nuevo viaje hacia otros lugares, esta vez con Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Gracias a su libro, publicado por Xordica, Ciudades que se posan como pájaros. Es más que un libro de viajes al uso. Por su voluntad literaria, sobre todo. Su lenguaje, cuente lo que cuente, es el de un poeta que además es narrador.
De la verdad y los espejos hablan las citas que lo abren, de Natalia Ginzburg y Charles Simic. Aquí no se usa la mentira ("escribo por instinto", "para desmaquillarme") y, en efecto, todo es un espejo "si lo miras el tiempo suficiente". Viajar, reconoce, "es una costumbre para mí". Para alejarse (y hasta huir) de "las pistas embarradas por lo cotidiano". Antes ha escrito: "Cualquier ciudad (...) es una afirmación". El libro recoge sus paseos y estancias en Lisboa (con escapada a Oporto), Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades de Bélgica, como Bruselas, Gante y Amberes.
Además de observar y dar cuenta de lo que visita y ve, el viajero anota en su cuaderno no sólo las impresiones acerca de lo exterior, sino que nos informa, se informa a sí mismo, de lo que le sucede por dentro. Sí, porque todo viaje es interior. No en vano, Sanmartín reconoce que desea conocerse, y que por eso escribe. Hay mucho de diario aquí. O todo. "Pienso que sin viajar -escribe en Lisboa-, a muchos, solo nos quedaría el desamparo". Antes dijo que "viajar es un cubito de hielo que nos asombra cuando lo mordemos para conocer la esencia del frío", una de las muchas iluminaciones que brillan a lo largo del libro. Como cuando leemos "miradas que son conversaciones". O: "pienso que todos, alguna vez, somos un objeto perdido que alguien encuentra".
Tan melancólica como Lisboa es Bélgica, las ciudades de Flandes. Eso por no mencionar la melancolía del viajero, que va con él dondequiera que vaya. En las tierras bajas del plat pays anota: "El viaje es una píldora que resulta preciso tomar". Muy interesante me parece lo que cuenta de su amigo Cristino de Vera, un luminoso pintor de penumbras.
De todos los viajes del viaje (por la vida), el más intenso es el que realiza a Tetuán. Allí estuvo destinado su padre, militar de carrera, muerto prematuramente. En la ciudad africana busca las pocas huellas que dejó. El resto, lo imagina. A eso va también. A completar un sueño que tiene su porción de pesadilla. De paso, se acerca a Tánger. Son pocas páginas las que destina a esa visita, pero a uno le antojan más que suficientes. Allí compra regaliz para Félix Romeo.
"De Irlanda guardo un verano frío". Luego dice: "Debería quedarme en esta isla para escribir como el que levanta un muro de piedra contra el viento". Aparecen los Yeats: Wiliam, el poeta ("cada poema es un vaso de tristeza"), y Jack, el pintor (del que elogia su cuadro "The Liffey Swim"). En Moyra, una tienda de objetos antiguos, escribe: "Los viajes, al cabo del tiempo, también se convierten en piezas de anticuario". Los libros, añade más tarde, "me han ofrecido cobertizos para guarecerme", lo que indefectiblemente me ha llevado hasta mi particular "cuarto del siroco" y al asunto goethiano de las afinidades electivas. Y ya que lo menciono, matizaré que no deja de parecerme curioso que uno, viajero más bien inmóvil, conozca en parte los lugares que Sanmartín describe salvo Tetuán (el pueblo de mi suegra) y Galway, aunque me resulte un sitio familiar porque allí pasó un curso universitario nuestra hija Leticia.
De Sanmartín dijo Melero: "me gusta que tenga ese toque cosmopolita y de viajero culto del XIX". 
Todo al final se resuelve, en lo que a la reseña de este libro compete, con estas palabras: "Y el tono es lo esencial. (...) El tono marca siempre una diferencia". Lo que aquí ocurre. El tono de la mejor literatura. En este caso, conversacional, íntimo, en sordina. Sí, "somos nuestra escritura". Y, cómo no, nuestros viajes. 

15.11.17

Vuelve Arango

La editorial leonesa Eolas abre una nueva colección de poesía que titula Anfitriones y que coordina, todo un aval, el poeta Tomás Sánchez Santiago. 
Han elegido, para empezar, una antología del poeta colombiano José Manuel Arango. Excelente idea. La selección de los poemas y el prólogo son de otro poeta, José María Castrillón. Sus palabras liminares ayudan al lector a situar la obra de uno de tantos poetas ultramarinos que no han sido lo suficientemente reconocidos (o presentados) en España. Es verdad que la Biblioteca de Poesía en Español de Sibila-Fundación BBVA publicó en 2009 su Poesía Completa, en edición de Francisco José Cruz (aquí dimos cuenta de ello), pero ni eso ni su inclusión en la polémico florilegio Las ínsulas extrañas ha sido, al parecer, suficiente para otorgar a la obra de Arango el lugar que merece en el canon de la plural poesía hispanoamericana. Estamos a tiempo. Algo que puede conseguir este bien escogido puñado de versos de todos sus libros, salvo del que se publicó póstumamente, La tierra de nadie del sueño. Versos de su voz mítica y ancestral, de su voz erótica, de su voz cívica... Al cabo, de su "voz discreta". Austera. No era, como bien dice Castrillón, un poeta "ingenuo". Y eso se nota. Basta leer los poemas de Signos. O el extraordinario "Pensamientos de un viejo" (vale por toda su poesía reunida). O algunas "Cantigas", como la "de enamorados". Y, claro, los versos de Montañas, su último libro. Allí, en "Página en blanco", leemos: "Escribo / y la mirona, por sobre mi hombro, / escruta lo que escribo". Esa, "la mirona", se lo llevó a destiempo, cuando aún tenía tanto que decir. Lo que, ah paradoja, sigue diciendo; aunque creyera que la muerte "por sobre mi hombro, / lee / y al leer borra lo que escribo". 

12.11.17

Los espejos de Irazoki

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) publica en Hiperión Ciento noventa espejos. Recordemos que es el autor de Cielos segados, título que reúne su poesía hasta 1990: Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita, y ya en el catálogo de la acreditada casa editorial madrileña, de los libros de poemas en prosa Los hombres intermitentes Orquesta de desaparecidos, del de semblanzas de músicos La nota rota y del de versos Retrato de un hilo. ¿Cómo calificar esta nueva entrega? Pues como las anteriores: de libro de poemas, sean éstos en prosa o en verso. En un momento dado, escribe: "Siguen activos los vigilantes del dogma literario. A su juicio, la poesía debe limitarse a unas líneas recortadas y un lenguaje selecto". Sobran los comentarios. Eso sí, se habla de limitaciones y a ellas se ha sometido voluntariamente este hombre polifacético, que sabe tanto o más de música que de lírica, español en París (sin presumir por ello de exiliado), pues, en homenaje al OuLiPo, constriñe los textos (mejor, poemas) a ciento noventa palabras, incluido el prólogo ("Erizo"), siendo "cada una de estas palabras", según dice, "un espejo al que me asomo". Y todo en función, no del confinamiento, sino de la libertad. "Mis piezas -explica- son una especie de soneto en prosa". Algo que ha dado pie a Fernando Aramburu a escribir "Los sonetos en prosa de Irazoki", que es una reseña sobre el libro y mucho más. 
Esas piezas a que aludimos, escritas "lejos de las teorías", "con sus penumbras y sus parcelas luminosas", en su casa parisina entre 2009 y 2016, van numeradas del 1 al 95. La primera empieza por "Vivo en París". Muchas otras por "Paseo por...". Bruselas, Estambul, Nueva York, Copenhague, Atenas, Tel Aviv, Praga, Moscú, Ciudad de México y Nueva Delhi. Y por los fiordos noruegos. Entre medias, no deja de hacerlo por la capital francesa, la de los fláneurs benjaminianos, y, al final, por "los goces de la vida diaria". Sí, si por algo se caracteriza este libro es por su celebración vital. No es alguien que coleccione adversidades, como dice de Genet. Por la serena aceptación de cuanto le sucede y pasa, tanto da que ahora o antes. Por eso su infancia (y sus padres, y su hermana, y algunos hombres y mujeres ejemplares con los que allí se topó) está tan presente en su obra. La vida y sus lecciones. La vida y, cabe precisar, los semejantes, los otros (en el sentido léviniano), esos que llenan las páginas de estos espejos. De Gracia Armendáriz a Maite Pagazaurtundúa, de Félix Francisco Casanova a Ramiro Pinilla, de Ángel Campos Pámpano ("Moderó nuestra altanería") a Jorge C. Aranguren, pasando por innumerables escritores, pintores, fotógrafos, cocineros, matemáticos o músicos, de los más conocidos a los más enigmáticos.
Uno de los espejos está dedicado a su suegra, de padre rusos transterrados, Hélène Châtelain, y la cubierta del volumen (dedicado a sus hijos) también queda, como otras veces, en familia: es de Yves Loyer.
En este libro lleno de iluminaciones, de chispazos poéticos ("La contemplación temprana de la muerte me había apartado del lujo de las lágrimas", "Para el poeta, los seres derrotados son su patria", "Parece que el tiempo tiene una lentitud extranjera", "la alegría consciente es lo más profundo"), todo está escrito, subrayo la contradicción, con un "lenguaje selecto", si por tal entendemos no lo que él quiso decir con ironía más arriba, sino por ser el que usa alguien preocupado, con la debida naturalidad, por la exactitud y la precisión de su lengua materna. Lo normal en un escritor, digamos, de los de verdad. Un escritor que, además, ejerce con solvencia la crítica de poesía. Que denuncia el leísmo o la "última moda": "exhibir ramplonería en las pasarelas de la fama". "El engaño huele", afirma, y añade: "este es un oficio humilde". En el esencial capítulo 33, leemos sus tres claves para escribir un libro de calidad. La primera, la "falta de atadura". La segunda, "suprimir lo innecesario". La tercera, "el cuidado artesanal". El "amor por cada minucia". Con Vargas Llosa, defiende la "critica a la oscuridad", la de quienes prefieren ser "complicados en vez de profundos". Elogia el Arte povera.
Muchos son los asuntos de los que se ocupa Irazoki en estas semblanzas, en estas reflexiones, en estas biografías, en estos poemas. De la poesía, sin ir más lejos, de la enfermedad, de la ética (un tema central para él que, desde joven, se exigió su "uso secreto" y practicó las enseñanzas de Camus), de las virtudes que deberían adornar las conductas del ciudadano de las sociedades democráticas, de los totalitarismos y las ideologías, de los cafés, de la pobreza, de los conciertos de jazz... La compasión está siempre en su mirada. Y la bondad. Se enorgullece de no ser un hombre envidioso o rencoroso o que odie. Y hace bien en hacerlo, más ahora. No ha podido uno sustraerse a esa sosegante lectura de la realidad que tanto favor nos hace en tiempos, como estos, tan desagradables y convulsos.
"Acaso más que los buenos libros, me ha guiado la manera de vivir de ciertas personas", dice en el capítulo 72. Luego habla de Manuel Igoa. Por suerte, en algunos libros literarios hay más que literatura. Y aquí más poesía que en los habituales de poesía. Una poesía, diría, lenta. Íntima. El lector no puede evitar leerlo con una sonrisa cómplice en la boca. Tan discreta y sutil como las palabras que Irazoki utiliza para contarnos su pequeña verdad. La misma, confiada, con la que suele aparecer en sus retratos. 

10.11.17

Aulas Literarias, 25 cursos

Con Ana María Matute
Sí, el Aula de Poesía Enrique Díez Canedo de Badajoz comenzó sus actividades en enero de 1993 con una lectura de Antonio Gamoneda. Luego vinieron las demás. El inventor del proyecto, nuestro añorado Ángel Campos Pámpano (que murió hace ahora nueve años). Casi todas las que existen fueron fundadas mientras fue presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, promotora de la actividad (con la ayuda de la Junta y de otras instituciones públicas y privadas). No vamos a subrayar la importancia que han tenido para las sucesivas generaciones de lectores extremeños. Y de escritores, por supuesto. También de alumnos. De Secundaria y Bachillerato, pues no se olvidó el anclaje educativo al crear, digamos, la franquicia. 
Por ellas han ido pasando numerosos narradores, autores teatrales, ensayistas y poetas. En un determinado momento se unieron los autores portugueses, un verdadero acierto. Tan hermanada se siente esta tierra al vecino Portugal. Unidos por la misma Raya. 
De los que participan este año en las distintas sedes sólo podría decir que, en general, son dignos continuadores de una cadena literaria llena de aciertos. Con todo, me apena ver entre esos nombres el de Elvira Sastre, poeta de moda, de los que llama Enrique Bueres ''cuquipoetas best-sellers''. Me resulta imposible no pensar en Ángel (sigue siendo para mí una autoridad moral y lírica, siquiera sea por fundada intuición), que mantuvo contra viento y marea la exclusividad de la poesía para el aula pacense, algo que han respetado quienes le han sucedido en la dirección de la misma. Y al hacerlo, no creo equivocarme, su gesto sería de desaprobación. Vamos, hubiera preferido no hacerlo. Lo mismo que la mayoría de quienes respetamos el extenso palmarés, con contadas caídas, de la Díez Canedo, por donde este año pasarán poetas tan excelentes como Ana Luísa Amaral, Jordi Doce, José Luis Bernal y José Ángel Cilleruelo. Respeta uno, faltaría más, la autonomía de sus responsables, buenos amigos que sabrán perdonarme esta impertinencia. Estamos ante una mera cuestión de gusto. O de criterio, mejor. Por eso prefiere uno, excepción mediante, destacar, por ejemplo, la presencia de Jacobo Cortines (en el Aula 'Guadiana' de Don Benito), Olvido García Valdés (en la 'Gabriel y Galán' de Plasencia) y Aurora Luque (en la 'Valverde' de Cáceres).
Lo importante es que, a pesar de los pesares y de nuestro decaimiento cultural, las Aulas siguen en pie y con una dignidad, insisto, loable. ¡Larga vida! Y gracias.

8.11.17

Carlos Pujol, un humanista en Ínsula

Con motivo del quinto aniversario de su muerte, tuvieron lugar en Barcelona, su ciudad natal, las Jornadas "Carlos Pujol (1936-2012), humanista contemporáneo". Ahora, unos meses después, la veterana y acreditada revista Ínsula dedica su número 849 al polígrafo catalán y recoge las aportaciones a ese encuentro. 
Me han contado que a su presentación madrileña fue poca gente. Sí, a pesar de su agitada actividad profesional (en la universidad, como profesor, y en la empresa, dirigiendo, por ejemplo, la Enciclopedia Larousse para Planeta) y de los numerosos libros que publicó (unas cincuenta obras de creación y en torno a un centenar de traducciones), Pujol es un escritor secreto. Lo fue en vida y lo sigue siendo. Como afirman los coordinadores del número, Teresa Vallès y Gaston Gilabert, profesores de la Universitat Internacional de Catalunya, en su artículo introductorio, "No cabe duda de que si los numerosos premios literarios y de traducción de nuestro sistema cultural fueran una verdadera meritocracia, habrían servido para galardonar y dar a conocer la impresionante obra de Carlos Pujol, un gigante silencioso que vivió y escribió a contracorriente, fiel a sí mismo, a su fe y a su adorada familia". 
A la citada introducción general, le siguen textos a la altura del homenajeado, un hombre culto, trabajador y riguroso. Así, el perfil, muy personal y autobiográfico, de Pere Gimferrer, amigo íntimo de Pujol y miembro, como él, de la efímera Academia de los Ficticios, "la persona más parecida a mí en muchos de mis gustos literarios; y yo, por lo tanto, la más parecida a muchos de los suyos".
Viene después el extenso artículo del profesor de la Universidad de Murcia y crítico de ABC José María Pozuelo Yvancos que traza el retrato de este excepcional humanista contemporáneo. "Podría decirse -escribe- que Pujol es «toda la literatura»". No en vano fue "poeta, novelista, crítico literario, traductor, aforista, editor, jurado de Premios literarios, abogado de escritores noveles". Recuerda que en 1962 leyó su tesis doctoral y que ésta llevaba por significativo título: La obra de Ezra Pound en sus relaciones con la literatura medieval románica. Fue dirigida, cabe añadir, por Martín de Riquer, su maestro y mentor.
Albert Jornet Somoza, de la Universidad de Pennsylvania, se ocupa de la poesía, lo que más le ha interesado a uno, junto a sus traducciones poéticas. Jornet alude a una "andadura" literaria "tan solitaria como insólita". Empezó cuando el autor contaba cincuenta años. Llegó a dar a la imprenta dieciséis poemarios. Su obra es "accesible y enigmática por igual, deslumbrantemente sobria", de "inaudita cohesión, sin que ello suponga monotonía o repetición". La suya, una "poética de la humildad". En la base de su "hondura ética y política", de su "autoironía", encontramos "inteligencia, humor y juego". Para él, la poesía, reflexiva e íntima, era, como para José María Valverde, "una cosa inagotable y modesta". Quería "decir lo más sencillo e indecible". Está reunida en Poemas, que publicó Trapiello (uno de sus discípulos) en La Veleta. Además, se editaron tres libros póstumos: El corazón de Dios (su "testamento literario"), Bestiario y Magníficat.
Domingo Ródenas, de la Pompeu Fabra, analiza con solvencia sus numerosas novelas y Manuel Longares, con agudeza, sus aforismos.
A Valentí Puig (nótese a quiénes nombramos) le corresponde hablar del crítico literario, por más que Pujol considerara a la crítica "como un alibi vergonzante, una coartada, porque lo que hay que hacer es escribir".
Andreu Jaume, que se centra en su faceta de traductor, le compara con Eliot, aunque fuera "un Eliot sin poder y sin ambición política". Destaca, eso sí, su "ambición literaria", la "de adentrarse en la tradición y de navegar por toda la literatura occidental con absoluta comodidad". "Atreviéndose con los autores más difíciles".
Laureano Bonet, de la Universidad de Barcelona, evoca al joven Pujol "entusiasmado con Brassens", el editor responsable de la Larousse y de la Biblioteca Universal Planeta.
Para terminar, el historiador de la edición Josep Mengual escribe sobre su condición de miembro del jurado del famoso Premio Planeta.
Vallès firma la impresionante bibliografía de Pujol, con un total de 150 títulos ordenados por géneros, y sobre Pujol, perfecto colofón de este número ejemplar de una revista no menos modélica. Un número que se cierra con un cuadro de la viuda del escritor, Marta Lagarriga, cómplice necesaria del homenaje, autora de algunas de las fotografías que lo ilustran, entremezcladas con las de las cubiertas de muchos de sus libros. 

6.11.17

Viaje a Budapest

Sergi Bellver (Barcelona, 1971) ha sido crítico literario (en distintas revistas), editor, prologuista (de libros de Kafka, Chéjov y Dostoievski), ha publicado relatos en varias obras colectivas y es autor de un libro de cuentos, Agua dura (Ediciones del Viento), y, ahora, de Variaciones en Budapest, que publica La Línea del Horizonte. Pero, sobre todo, Bellver se considera un nómada "que observa y escucha". Da cuenta aquí de uno de sus viajes. Varios meses en la capital de Hungría. Alojado en casa del amigo (Gábor) de una amiga (Katalin), en el barrio de Óbuda. En la cocina, improvisado y modesto estudio, intenta escribir una novela sobre la "huella roja", la del comunismo y sus fallidas revoluciones. Al tiempo, anota en un cuaderno lo que ahora podemos leer en este breve, enjundioso libro de bolsillo, tan transportable como su vida. Tiene que ver más con la vivencia, dice, que con la peripecia. Un libro (contra "la pesadez") que es mucho más que una guía, pues es diario íntimo, ensayo (literatura, arquitectura, fotografía), se ocupa de la historia (y sus "cicatrices"), hay relato (palabra de moda)... Sí, libro de viajes ("territorio natural en la escritura"), pero al moderno modo en que lo ideo Magris y su referencial El Danubio, maestro de este barcelonés errante, junto a Fermor (que también pasó por allí) o Brodsky (su Marca de agua veneciana es también de mención ineludible). Y ya que hablamos de escritores, cómo olvidar a Roth, Zweig, Márai, Kertész y toda una pléyade de autores húngaros que Bellver descubre (y nos descubre en un apasionante capítulo) en esa ciudad fluvial. En las salas de la biblioteca del Instituto Cervantes, entonces dirigido por nuestro admirado Iñaki Abad. Nos referimos a una literatura que aquí ha defendido la editorial Acantilado de la mano del gran Adan KovacsicsLászló Krasznahorkai (del que hay un libro en la extremeña Fundación Ortega Muñoz: El último lobo), Ádám Bodor, Attila Bartis, etc.
Busca Bellver la lentitud, esa "trinchera". Y convertirse en "un vecino más", a pesar de que los húngaros (grandes lectores que tienen a los libros como cosa propia) se le resistan. Tal vez ahí, en ese intento de ser uno más, radique la diferencia entre viajero y turista. Bellver es un solitario ("cada viajero tiene su talante"), un flâneur que pasea ("en negro sobre blanco") por los suelos ("de suelo en suelo") de una ciudad en la esquina de Europa (no es extraña la alusión a Buzzati), una ciudad llena de tranvías, patios ("Budapest son los patios", dice en verso), cementerios, iglesias y sinagogas (amén de alguna escondida mezquita), puentes... Alguien que no olvida la música ("primer idioma" de Hungría), la de Bartók y Liszt. También suena para él la de los Beatles. 
Hay una evidente pulsión literaria en este libro, una voluntad, digamos, de estilo. Un tono. Nada barroco, por cierto. Basado en dos estéticas: la de "repetición" (de ahí lo de "variaciones") y la de "renuncia" ("decisión ética de no verlo ni contarlo todo"). 
"He encontrado un lugar en el que me gustaría quedarme a mudar la piel, ensayar otra vida y jugar, muy en serio, a ser otro". Esta es acaso su "verdad". De allí se marchó "más afinado". 

Presentación del libro en La Puerta de Tannhäuser


5.11.17

El padre


a veces
veo en mis manos las manos
de mi padre y mi voz
es la suya

un oscuro terror
me toca

quizá en la noche
sueño sus sueños

y la fría furia
y el recuerdo de lugares no vistos

son él, repitiéndose
soy él, que vuelve

cara detenida de mi padre
bajo la piel, sobre los huesos de mi cara

José Manuel Arango, Este lugar es la noche (1973)

Nota: Mi padre habría cumplido hoy 88 años. 
La fotografía de mis manos es de Pedro Gato. 

3.11.17

Ricardo Molina, 100 años

1. Ricardo Antonio de San Francisco de Sales Molina Tenor, más conocido como Ricardo Molina, nació en Puente Genil en 1917 y murió en Córdoba en 1968. Fue miembro del famoso grupo Cántico de Córdoba, junto a Pablo García Baena, Julio Aumente, Juan Bernier, y Mario López; una isla poética en la España de postguerra, mucho más que una revista literaria entre "el formalismo frío y banal de los garcilasistas" (los engolados poetas de Juventud Creadora, Garcilaso y Escorial) y "la poesía comprometida e impura" de los espadañistas (los más llanos de Espadaña).
El Ayuntamiento de Córdoba, que organiza desde 1993 el premio que lleva su nombre, ha encargado a Pedro Roso (lo entrecomillado es suyo) esta Antología poética que viene a conmemorar el primer centenario del poeta. En sus iluminadores "Apuntes para una lectura", Roso, alma del mencionado premio, que edita, con la acostumbrada solvencia, Hiperión (en la cubierta, un oportuno dibujo de Ginés Liébana), nos esboza su vida y disecciona su poética; tan personal, más allá de su adscripción a Cántico, que a los de mi generación nos redescubrió Guillermo Carnero gracias a su antología de la Editora Nacional (1974, actualizada y aumentada en 2009, Visor). Es lo que se espera de un poeta que, por lo menos, ha aguantado un siglo. 
Poeta de la imagen y de la mirada, de la naturaleza (¡cómo no habría de interesarme!), "hombre solar" (según su amigo García Baena, el único superviviente de aquella pléyade, presidente del jurado del citado galardón), "ni solitario ni gregario", compuso doce libros a lo largo de su corta vida, cinco de forma póstuma. Roso distingue en él tres voces: la primera es "luminosa y exultante" y "celebra la vida como un don y canta la dulce plenitud de amar y ser amando en un paisaje idílico" (para él, la sierra cordobesa); la segunda es "una voz angustiada y sombría, atormentada por el sombrío sentimiento de culpa que enturbia el deseo, empaña la memoria y decreta incompatibles el amor humano y el amor a Dios" (Molina era "fervientemente católico"); la tercera es "la voz dulce, serena, evocadora y melancólica".
Para él, "la vida es un don". No falta en su obra el "sensualismo hedonista" que caracterizó al grupo del que formó parte. Según Clementson, especialista en su obra, fue "el cantor inolvidable de la dicha pretérita", sobre todo en sus Elegías de Sandua, uno de sus libros fundamentales.
La lectura de los poemas confirman estas apreciaciones de sus críticos. Están bien elegidos y dan una amplia muestra de su poética. Los hay memorables: "A la vida que es gracia", de El río de los Ángeles (1945); IV, XIII, XXV y XXX, de las Elegías de Sandua (1948); "Retrato de un poeta (1910)", de Corimbo (1949); "Poeta árabe", "Luna fiel" y "Vida callada", de Elegía de Medina Azahara (1957); "Las palabras", "Meditación" y "Casa triste", de A la luz de cada día (1967); "Psalmo XXVIII (Los desencantos)", de Psalmos (1982), uno de sus libros póstumos, como Homenajes (1982), del que destacaría "Maya (Homenaje a Leopardi)": "No preguntes a nadie. Todo miente. La única / verdad es la verdad de la luz que se apaga. / Somos fruto de muerte, espuma, desvarío / Maya. No hay más secreto. Ni luz ni oscuridad".
Resulta estimulante esta vuelta a la poesía de Ricardo Molina. Un acierto, en consecuencia, haber desempolvado sus versos con la excusa del centenario.

El País
2. Quiero dejar constancia de mi particular homenaje a un poeta que, como al resto de Cántico (me hice pronto con la antología de Carnero y con la edición facsímil de la revista) leí con fervor cuando empezaba a escribir.
Sin olvidar que el primer Premio de Poesía Ciudad de Córdoba-Ricardo Molina fue A debida distancia, copio un poema de Sur (Alcancía, Plasencia, 2003), que formó parte de mi libro Desde fuera, donde el poeta cordobés aparece. Entre comillas, las palabras que le escuché, aproximadamente, a Higinio Garrido, primer alcalde democrático y maestro de ese precioso pueblo al que estoy vinculado por razones familiares.

CONVERSACIÓN EN ZUHEROS

Es difícil que aquí no sople el viento.
La terraza, con modos de atalaya,
colgada sobre el mar de los olivos,
nos ofrece una vista casi aérea
donde es costoso señalar los límites.
Sobre Doña Mencía, el sol se pone
y el cielo se enrojece de repente.
Tú recuerdas aquellas excursiones,
cuando eras estudiante, por la sierra.
Córdoba, entonces, era la triste
ciudad provincianísima que duerme
los sueños de su historia junta a un río.
Por las callejas de la judería
don Ricardo Molina paseaba
los campos elegíacos de Sandua.
“Lo conocí muy bien. Estuvo en Zuheros
alguna que otra vez. Igual que ahora
contempló desde aquí, como nosotros,
estos atardeceres infinitos.
Paseó, cómo no, por estas calles
empinadas y estrechas, donde el blanco
abstracto de la cal contrasta a rachas
con los vivos colores de los tiestos.”
Cuando cae la noche y el paisaje
no muestra ese monótono vaivén
de alcores verdinegros y terrosos
sino un tapiz oscuro salpicado
de ocasionales luces amarillas;
cuando dejamos el alto mirador,
se queda allí –y es una sensación
que compartimos
encendido el fulgor de la mirada.

2.11.17

Ben Clark, Premio Loewe

No me dijo nada cuando nos conocimos en nuestro reciente viaje a Ibiza. Se habló durante la cena, es verdad, de premios, qué remedio cuando se sientan a la mesa tres poetas, y mantuvimos los dos posiciones parecidas al respecto. Del todo escépticas, quiero decir. Y, sin embargo, antes de ayer, Ben Clark ganó el Loewe con su libro La policía celeste. Y uno se alegra. Tuvo el detalle de enviarme una copia de esa obra mediante el socorrido recurso del archivo adjunto que por falta de tiempo ni siquiera había podido releer como es debido y, en consecuencia, comentarle. Ya han juzgado otros por mí. Jaime Siles, por ejemplo, miembro del jurado (junto a Víctor García de la Concha, Piedad Bonnett, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Colinas, Soledad Puértolas, José Ramón Ripoll y Luis Antonio de Villena) afirmó que "es un libro muy íntimo. Es un libro de amor, de un amor fundamentalmente filial".
En su trigésima edición, se dice pronto, es un digno eslabón de esa ya larga cadena de un premio llamado desde el principio a hacer historia. Poética, matizo. En minúscula. Es decir, invisible, aunque haya una inmensa minoría que la conoce de sobra, y hasta la aprecia. Con sus altibajos, por algo será. 
Comenté su último libro, hasta ahora, en El CulturalLos últimos perros de Shackleton. En el blog reseñé también La Fiera. Los dos fueron publicados por la editorial mallorquina Sloper, que se queda, digamos, sin uno de sus autores de referencia. Y por DelirioLos hijos de los hijos de la ira, un libro que fue Premio Hiperión en 2006 y que ha rescatado, con una Adenda: Insomnio (2017), la exquisita editorial salmantina. Para lectores como yo, que en su momento no nos encontramos con esa espléndida obra que marca un hito generacional (dedicada "A los hijos de la bonanza y sobre todo a los que no tuvieron esa suerte", "herederos de todos los despojos"), llena de una fuerza sin duda destacable y escrita con la lucidez que caracteriza al ibicenco. 
Diría que Clark siente por la poesía un auténtico fervor. Que se dedica a ella en cuerpo y alma. Por eso este premio, sí, está bien dado. Y el mundo, esta vez y siquiera por un rato, bien hecho. ¡Salud!

Nota: La fotografía es de Vicent Marí.

1.11.17

Estela

Recuerda, caminante,
que a la sombra perenne
de este árbol, en el suelo
gastado y polvoriento
de estos campos,
en este berrocal
que ven los siglos
como capricho singular
de la naturaleza
–cerca del Puerto,
en pleno Valcorchero,
frente al Valle–,
descansa para siempre
José María
Berrocoso Martínez,
placentino del mundo
que tanto amó este sitio
y por eso dispuso
que aquí se dispersaran
sus cenizas.
Eso hicimos
una tórrida tarde de verano,
a finales de agosto,
casi al anochecer,
antes de una tormenta.
En esa curva del camino viejo
hay un banco de piedra
donde sentarse a meditar.
Sobre la muerte, por ejemplo.
Porque es culminación
de vidas tan vividas
como la que él agotó.

José Ignacio Hinojal Sánchez

31.10.17

Vuelve Cultura

I Congreso Nacional de la Lectura. EFE
No será uno quien afirme que un simple artículo es capaz de conseguir que todo un presidente autonómico se replantee su política cultural y resucite, a ese fin, toda una Consejería de Cultura. 
Según el diario Hoy, "Fernández Vara ha explicado que al principio de la legislatura pretendía reforzar esta área al asumir directamente su tutela. Sin embargo, ha reconocido que parte del sector cultural en la región ha entendido que en realidad ha supuesto un freno. «En la vida es necesario tener los oídos despiertos y abiertos», ha apuntado". 
El Periódico Extremadura recoge: "[Vara] reconoció que era necesaria para reforzar la acción de gobierno, máxime después de que su decisión de incluir las competencias de Cultura en Presidencia para «poner en valor» este área «no haya sido suficientemente entendida» por el sector en la región. Así, como «en la vida hay que saber escuchar», ha tomado la decisión de crear un departamento específico para esta materia con Leire Iglesias al frente".
¿Formará uno parte de ese "sector cultural"? Lo ignoro. Lo que al cabo importa es que haya vuelto a poner a la cultura en el mapa. Me lo decía aquí atrás mi viejo amigo Paco Muñoz (a raíz del citado artículo, que algún eco tuvo, y no sólo para que el de siempre, me cuentan -hace tiempo que por higiene mental no leo al energúmeno-, sacara a pasear su mala baba), Muñoz, decía, tal vez el mejor consejero del área en este angosto rincón: para influir, hay que tener, antes que nada, presupuesto y, además, estar sentado en la mesa del Consejo de Gobierno. Pues eso. Ahora a ver si la medida sirve para algo. Porque doy por hecho que la Igualdad es cosa que sabrá defender doña Leire; ahora bien, ¿la cultura? De ese sector, desde luego, no procede.