26.5.17

Tina

Día: 27 de mayo.
Hora y Lugar: 10,30 h. Carpa de Conferencias. Feria del Libro de Badajoz. Paseo de San Francisco.
Organiza: Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx). Patrocina: Fundación Caja Badajoz.

DÍA DEL BIBLIÓFILO.
HOMENAJE A AGUSTINA BRAVO ORTUÑO.

Intervienen:
D. José Luis Bernal Salgado.
Dª Malén Álvarez.
D. Jesús Cañas.
D. Miguel Ángel Lama.
D. José Luis Rozas.

25.5.17

En el 20 aniversario de Sibila

Foto: Alberto Valverde
Le dejaron a uno aparcar en las traseras del Palacio del Marqués de Salamanca, el que da nombre al lujoso barrio madrileño, entre coches oscuros de gama alta. Por lo del viaje relámpago. Iba con prisa y tenía que volver en cuanto aquello acabara. Tarde bochornosa en el Paseo de Recoletos, sede de la Fundación BBVA, anfitriona de la fiesta del veinte aniversario de la revista Sibila (el "aquello" a que hacía referencia). No en vano sostiene con sus fondos esa exquisita publicación, por dentro y por fuera, que alcanza su número 50. Tras unas pruebas de sonido, Susana Benet y yo fuimos conducidos a una confortable sala próxima al patio central de la casa, con paredes forradas de maderas nobles, anexa a otra de juntas con una mesa enorme donde no era difícil imaginarse reunidos a un puñado de banqueros. Té, café... El trato, exquisito. La poeta valenciana iba acompañada por su marido. Uno, felizmente, por su hijo. Con nosotros, Patricia Ehrle y Juan Carlos Marset, almas de la revista sevillana, a los que encontré con un aspecto estupendo. Poco después llegó el poeta polaco Adam Zagajewski, protagonista de la velada. Un hombre delgado, cordial y silencioso, de modales educados y tímidos que a veces sonreía. Envidié la comodidad de sus vaqueros. Vestía con aire informal, si bien para el acto se puso encima de la camisa de manga corta una sobria americana oscura. Venía con Iwona Zielińska, del Instituto Polaco de Cultura, entidad colaboradora del acto, la más activa e interesante de cuantas pueblan el patio cultural capitalino.
La conversación, conducida por Marset, fue sobre todo en inglés. A uno, que ni lo habla ni lo escribe, no le costó seguir, a debida distancia, el hilo. Fui el primer sorprendido. Llegaron más tarde Juan Manuel Bonet, Rafael Pardo, director de la Fundación, y Mirosława Kubas-Paradowska, directora del citado Instituto, que habla un perfecto español con acento colombiano. Aunque para castellano perfecto el de la embajadora de Polonia en España, Marzenna Adamczyk, hispanista, una mujer vital de una simpatía desbordante que acaparó con naturalidad la atención de los presentes.
Foto: A. V.
El acto en sí se desarrolló según lo previsto, aunque los horarios no resistieran el férreo, profesional control de las organizadoras. Tras la breve intervención de Pardo (con cerrada y pertinente defensa de la alta cultura y de la excelencia, por políticamente incorrecto que eso sea), tomó la palabra Marset, al que le costó soltarla: no es fácil resumir en unos minutos la extensa e intensa historia de una revista tan singular y cosmopolita. La suya fue una defensa del papel. En sentido real y en el figurado. No en vano Sibila se caracteriza, entre otras cosas, por estar impresa en un magnífico papel italiano de Amalfi fabricado por la casa Amatruda. Un vídeo, tan artístico como todo lo sibilino, trató de resumir dos décadas de arte, música y literatura. Siguió la conversación entre Bonet, polaco consorte, y Zagajewski (con traducción simultánea), que a todas luces nos supo a poco. Se queda uno con la emocionada evocación de Cracovia, su lugar, el que también eligió Szymborska, la ciudad que protagoniza su extraordinario libro En la belleza ajena y no pocos de sus versos. Leyó después algunos. Sin énfasis, en voz baja y con naturalidad, como quien habla. El público siguió esa lectura gracias a las traducciones (espléndidas, de Xavier Farré) insertas en el programa de mano; editado, por cierto, con esmero. Después le tocó el turno a uno. De los cinco poemas seleccionados para el mencionado programa, leí sólo cuatro. Suele ocurrirme. Dije unas pocas palabras sobre Patricia y Juan Carlos y sobre el privilegio que suponía haberles acompañado en esa aventura al que se sumaba el de leer con Zagajewski, por cuya poesía siento verdadero fervor (por usar un término muy suyo). Desde el principio, desde aquel número rojo diseñado con elegancia por Joaquín Gallego (al que saludé muchos años después) que se presentó en la Residencia de Estudiantes. Leí, para empezar, "Santa Chiara", la basílica napolitana donde conocí a Marset en mayo de 1992, hace exactamente veinticinco años. Cerré con el poema que da título al próximo libro, El cuarto del siroco. No me olvidé de mi homenaje a Cirlot, tan apropiado para dedicárselo a Bonet, cirlotiano de pro.
Siguieron los versos y haikus de Benet, la más japonesa de nuestras poetas. De "ramoniano" calificó Bonet uno de ellos.
El cierre fue brillante, a cargo del pianista Juan Carlos Garvayo que interpretó tres piezas muy bien escogidas: "Monólogo I", de César Camarero; "Paseo de los tristes", de Jesús Torres; y la impresionante "Jerez desde el aire o al aire de Jerez" (doy fe de lo que mucho le gustó la interpretación a Zagajewski, que estaba sentado a mi lado), de Mauricio Sotelo, al que conocí en la Resi en el debut de Sibila.
Pocos saludos al salir. La prisa, ya dije. Ni siquiera me pude despedir como es debido del poeta polaco y sus acompañantes. Ni de Benet y su marido. Ni... Al menos di la mano a dos Antonios: Garrigues Walker, que tanto ha hecho por Sibila, y Gallego, que fue profesor de Garvayo y que se enfadó conmigo, verato confeso, por no haber leído el poema sobre el Cementerio Alemán de Yuste. Alfredo J. Ramos venía con un saludo de parte de Carlos Medrano. Abracé a Jordi Doce (que entrevistó para uno de sus libros al autor de Ir a Lvov). Me presentó a Martín López-Vega, al que no conocía en persona. Ya en el jardín, apenas una cerveza sin alcohol y una croqueta.
Me fui con la sensación de que pocas veces le habían tratado a uno mejor. La organización fue perfecta. En la mejor tradición de las fundaciones madrileñas: Loewe, March...
Llevé después a mi hijo hasta Plaza de España y él siguió camino en autobús hacia Segovia mientras uno volvía en coche a Plasencia. Me costó conciliar el sueño aquella noche. Demasiadas impresiones en poco tiempo.

22.5.17

En busca de Vicente Marrero

El Instituto de Estudios Canarios, el Ateneo de La Laguna y Ediciones La Palma se han puesto de acuerdo para publicar un libro distinto. Andrés Sánchez Robayna, prologuista y antólogo, ha tenido el acierto (que agradece vivamente este lector) de reunir estos Veinticinco poemas de un poeta casi desconocido, Vicente Marrero. Nació en Arucas, Gran Canaria, en 1922 y murió en Madrid en 2000. A partir de un poema, "Los dragos", Robayna le ha seguido la pista hasta confirmar que este hombre de perfil conservador, católico y carlista, que amplió su formación académica en los años cuarenta del pasado siglo en la universidad alemana de Friburgo, de la que llegó a ser lector (y puede que hasta "discípulo" de Heidegger), y se dedicó, sobre todo, al ensayo de materias artísticas (Picasso, Oramas), literarias (Rubén Darío) políticas y, claro, filosóficas, hasta confirmar, decía, que Marrero (Premio Nacional de Literatura en 1955) no era autor de un solo poema digno de tal nombre. Su pesquisa dio el resultado previsible y ahora lo podemos comprobar al leer estos versos. No son muchos. Porque, como explica el profesor canario, este es un autor de antología (y "estricta"), no de obras completas. La suya está compuesta por dos cuadernillos publicados a finales de los sesenta en la malagueña El Guadalhorce, un libro del 70 en Arbolé de Madrid (agrupados en Poesía, Doncel, 1974), además de otro de 1989, con dos series más y que fue editado en Las Palmas.
En el citado Poesía confesó: "mi entrega a la poesía ha sido como el fruto de quien, un tanto desengañado, se recoge en la intimidad para cultivar el verso". Quise, añade, "escribir unas cuantas palabras verdaderas". Y de eso dan fe este puñado de poemas. 
En ellos recuerda su infancia isleña ("Entonces era un niño", "Lugar de origen", "Yo era un niño..."), a su madre ("La madre un día..."), al padre ("Pared de piedra seca", juntos a "Los dragos", uno de los mejores del conjunto), su casa ("Miro el árbol antiguo..."), su existencia (y su epitafio: "Su vida / toda la quiso hacer / verbo"), el mar ("Te llevo por mis venas, viejo mar..."), la poesía ("Creación"), etc. 
Son versos serenos y luminosos, cálidos y cercanos, sin retórica y sencillos. Dignos de la preciosa edición (que incluye el retrato que le hizo Manolo Millares), tan sobria y limpia como ellos, que Robayna y los mencionados editores han logrado poner en pie para que lectores despistados, como uno, podamos al cabo disfrutarlos. Ahora estará más tranquilo Marrero: ha colmado su intento.

LOS DRAGOS

Los dragos tienen sangre y son eternos.
Dan memorable lumbre y buena sombra.
Sabios monarcas familiares, reinan
en la terraza, desde donde un día,
en una mecedora, la mirada
de la madre advertía tiernamente
pasar, majestuoso, un trasatlántico.
Sin tumbarle su rumbo, ni el vaivén
del mar o de los campos o del aire,
tenía ella la paz y aquella sombra
-imperio sin edad y siempre verde-
a la que contemplaba, entre la rueda
de los años, girar con honda calma.

17.5.17

Sin disfraces y sin sobreactuaciones

De Juan Marqués (Zaragoza, 1980), crítico literario, ensayista, estudioso de Luys Santa Marina (al que dedicó su tesis doctoral, dirigida por José-Carlos Mainer, y del que editó una antología: En el alba no hay dudas), sus lectores llevábamos tiempo esperando una nueva entrega poética, aunque lo suyo, ya se ve, no es la velocidad, sino la lentitud, algo lógico si tenemos en cuenta lo que escribe y cómo lo escribe. De ahí la sorpresa al recibir Blanco roto en la siempre preciosa edición de La Cruz del Sur de Pre-Textos, con viñeta en la cubierta de Guillermo Trapiello. Este es su tercer libro de poemas, tras Un tiempo libre (2008) y Abierto (2010). 
Me llamó hace años la atención el nombre de Juan Marqués porque su ópera prima (que publicó la granadina Comares) estuvo mucho tiempo en una de las poco fiables listas de libros de poesía más vendidos. Eso era antes de que llegaran Frida, sastres y marwanes. No obstante, no recordaba haberme encontrado con ninguna reseña sobre aquella obra. Leí la segunda, Abierto (ya en Pre-Textos), y me sorprendió gratamente. La suya era y es una poesía sobria, escueta, clara, serena, delicada, que dice más por lo que sugiere que por lo que expresa. También de una frescura destacable. De las tradiciones, sí, pero, precisamente por eso, de su tiempo, que es el nuestro.
Blanco roto se lee, como quien dice, en un periquete. Tiene pocos poemas y son breves. Y además su claridad es manifiesta. Sin embargo, cuántos libros de muchas más páginas y cuántos poemas verborreicos le han dicho a uno infinitamente menos que este puñado de versos. Además, apenas lo cierras ya estás con ganas de abrirlo de nuevo, porque, entre otras razones, esta poética esconde un misterio que a la primera puede pasar desapercibido. 
La delicadeza, sutil forma de la elegancia, caracteriza una poesía, ya se dijo, más sugerente que afirmativa. 
"Nada sobra. Todo está en equilibrio", leemos, con guiño guilleniano, en el primer poema, "Principios". Termina cuando alguien le dice que hablen "de otra cosa", que es como se titula la segunda parte. Se abre con "Canción": "Cree en mí, realidad, / igual que yo te acepto como eres. // Sé que te tengo, alma, / pero por fuera. // Cuida de mí, canción. /  Di lo que yo no pude / cuando puedas." Y luego, en "No hablo de mí": "Nunca quise sorpresas. / Me basta con estar, saberme aquí / sentirme limitado y adoptar la costumbre / de existir sin disfraces / y sin sobreactuaciones". Se escribe como se es, dijo alguien, lo que aquí se pone de manifiesto. 
En "Postal de Pontevedra" escucha uno en sordina -parece un sutil homenaje- la voz de otro poeta, Juan Manuel Bonet, al que Marqués ha editado recientemente, nada menos que su poesía completa.
A veces el poema se adelgaza hasta casi desaparecer: "En el Vips de la calle Velázquez": "Una chica metiendo hielo y flores / en una bolsa roja". 
"El cielo de Madrid" cierra esta serie y su último verso es: "el cielo de mis hijos". A ellos dedica la parte siguiente. A Bruno y a Vera ("niña totalitaria" la denominó en cierta ocasión irónicamente), con sendos poemas que llevan sus nombres por título. No es fácil escribir sobre los hijos. Para "volver a recorrer toda la infancia / desde la perspectiva del amor". Las emociones pueden traicionar al más curtido. No es el caso. Además, siempre puede salvarnos la mencionada ironía, como en "El día en que Bruno destrozó mis Valentes", o la ternura, con una nana.
"Perspectivas" contiene poemas excelentes: "Epitafio", "Plaza de pueblo", "Reencuentro", "Acuario"...
"Blanco roto", con cita previa de Emily Dickinson, poeta de cabecera de Marqués (o eso parece), cierra un libro sencillo, conciso y logrado del que copio un poema, que es también una poética:

EPITAFIO

Sólo le interesó la poesía 
y en ella obtuvo todo lo que importa:
el amor, el orgullo, la alegría.
Convicciones y dudas. Movimiento.

No le compadezcáis:
prefirió estar tranquilo a ser feliz
y eso lo convirtió en literatura.

Nota: Esta reseña ha aprecido publicada en el primer número de la revista Crátera.

15.5.17

Sibila en Madrid

Ya está anunciado en la página de la Fundación BBVA el encuentro que tendrá lugar pasado mañana con motivo de la celebración del 20 aniversario de la revista Sibila. Aquí está el programa. En el documento, además de las presentaciones (tanto de la Fundación como de la revista), se incluyen los perfiles biográficos de los participantes (Bonet, Zagajewski, Benet, Garvayo) y los poemas que se leerán. 
La entrada gratuita, pero el aforo limitado. Por eso es imprescindible solicitar asistencia antes del 16 de mayo (máx. 2 personas), indicando nombre, los dos apellidos y número de teléfono de contacto del solicitante y del acompañante en confirmaciones@fbbva.es

13.5.17

1916

Juanjo Polibea comunica a los lectores de poesía la salida de la revista 1916
Sobre ella, leemos: «1916 fue un año interesante. La muerte de Rubén Darío, la fundación de Dadá en el Cabaret Voltaire, la publicación del Diario de un poeta reciencasado, la publicación de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán... Cifra de un mundo que acaba y otro que comienza. Cifra de unas señas de identidad que son la esencia de lo mejor de nuestro pensamiento, de nuestras letras, de nuestra cosmovisión.
Cuatro dígitos para conmemorar una fecha cardinal. Cuatro dígitos para conmemorar aquella otra iniciativa editorial del gran Manuel Altolaguirre celebrando nuestro crepúsculo áureo.
1916 es un catálogo y es una revista. Es un catálogo porque recoge la producción libresca en las diversas colecciones literarias de Editorial Polibea (El levitador -poesía-, La espada en el ágata -prosa-, Orlando Versiones -traducción- y Toda la noche se oyeron... -poesía latinoamericana de ahora), durante 2016 -punto de arranque escogido (con alguna cala en 2015) para esta publicación que se pretende anual-. Y es una revista porque reproduciendo, de un lado, los prólogos o los textos que se escribieron y leyeron -éstos con motivo las diversas presentaciones con que se dieron a conocer públicamente los títulos que editamos-; y, de otro, los artículos que reunimos bien en torno a las conmemoraciones de Cirlot o Kafka -en este número concreto-, bien en torno a las figuras de Aleixandre -recordando Velintonia- y Cernuda, o la portuguesa Maria Gabriela Llansol, las imágenes que nos llegan de Fez -a través de los cuadros de Najia Erejaï- o las voces de África (Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima), tan lejos y tan cerca, creemos que reunimos lo mejor de nuestra tradición y lo mejor de lo más nuevo, lo mejor de aquí y de allá, y, sobre todo, la alquimia imperecedera de la palabra que nos constituye, sobre la que se funda nuestra moderna mirada, cosmopolita, escindida, rara».
Se puede ver online en: https://issuu.com/191655/docs/1916 o descargar el pdf en: http://ellevitador.polibea.com/1916.pdf
¡Larga vida! 

12.5.17

21veintiúnversos

Queridos amigos:
Tenemos el placer de anunciaros la presentación del número 4 de la revista de poesía contemporánea 21veintiúnversosque tendrá lugar en el espacio Dos Lunas beach de Valencia, el próximo viernes 12 de mayo de 2017, a partir de las 19:30 horas.
Junto con la revista, presentaremos también los dos primeros números de nuestra nueva colección de cuadernos: The Naming of Birds de Robert Archer (con traducción de Guillermo Carnero) y Orinque de Aurora Luque.
Estáis todos convocados a acompañarnos en el citado acto de presentación, dentro del cual participarán leyendo sus textos algunos de los poetas que han colaborado en nuestro último número, así como también a compartir mesa y buena compañía en la cena que se celebrará a continuación.


BANDA LEGENDARIA
(Francisco Benedito, Juan Pablo Zapater, Víctor Segrelles)

21VEINTIÚNVERSOS, REVISTA DE POESÍA CONTEMPORÁNEA Nº 4:

Cubierta de MIQUEL NAVARRO

Poemas inéditos de ÁLVARO VALVERDE, ANDRÉS TRAPIELLO, ÁNGEL GONZÁLEZ, ÀNGELS GREGORI, ANTONIO COLINAS, ANTONIO PRAENA, ARCADIO LÓPEZ-CASANOVA, CARMEN CRESPO, CLARA JANÉS, DARÍO JARAMILLO AGUDELO, ERIKA MARTÍNEZ, INMA PELEGRÍN, JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE, JOSEP PIERA, JUAN CARLOS MESTRE, JUAN LUIS BEDINS, LOUISE DUPRÉ, RAFAEL ESCOBAR, RAFAEL SOLER y SARA CASTELAR.

11.5.17

Sibila, 20 años

El próximo miércoles, en el Palacio del Marqués de Salamanca, sede madrileña de la Fundación BBVA, tendrá lugar la celebración del 20 aniversario de la revista Sibila que acaba de editar su número 50. En el acto intervendrán el director de la citada Fundación, Rafael Pardo, y el de la revista, el poeta Juan Carlos Marset, habrá un diálogo sobre la cultura europea entre Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, y el poeta polaco Adam Zagajewski, que a continuación leerá poemas, junto a Susana Benet y yo. Cerrará el programa un concierto del pianista Juan Carlos Garvayo. 
Además de la Fundación BBVA, patrocinadora de la veterana revista, colabora el Instituto Polaco de Cultura.

9.5.17

En El Cultural

Josep M. Rodríguez
Hiperión, Madrid, 2017. 76 páginas. 

El filólogo Josep M. Rodríguez (Súria, 1976) es autor de Las deudas del viajeroFríoLa caja negraRaízArquitectura yo y Ecosistema, varios de ellos premiados en distintos concursos. 
También del ensayo Hana o la flor del cerezo, de la antología Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía, así como de la traducción de Poemas de madurez, de Kobayashi Issa.
Con Sangre seca consiguió el Ciudad de Córdoba. Presidía el jurado, veinticuatro ediciones después, García Baena.
El primer poema del libro termina: “Poesía, / sangre seca”. Un adjetivo que bien podría aplicarse al tono de aquélla: sintético, entrecortado, fragmentario, elíptico: “Me reconozco en lo que está incompleto”. Ajustado, sobre todo, a un modo de decir que se mueve entre la descripción y el aserto, el aforismo y la epifanía. Propio de un admirador de la poesía japonesa. “Anoto cuanto veo”, escribe. El lenguaje de alguien que, según su epiloguista, Joan Margarit, “piensa sus poemas desde la propia poesía”, logra hacer de estos “un brillante ejercicio de realismo” y cuyo método consiste en “buscar la propia voz precisamente en la tradición”. Tal vez porque “conoce a fondo su oficio”. Hay mucho de intertextualidad en estos poemas que lo mismo citan (Joyce, Dickinson y Aleixandre), parafrasean (a Eliot, Lope, Gil de Biedma, Dostoyevski) o dialogan (con Bishop, Lowell, Lorca, Huidobro o Rich).
Imágenes sorprendentes, comparaciones imaginativas, filtran, en medio de una atmósfera urbana, las ideas que Rodríguez muestra. Nel mezzo del cammin, que diría Dante, cuando la memoria de lo que uno fue empieza a pesar sustancialmente sobre lo que uno en realidad es. Realidad y deseo. Desengaño. “El pasado se exilia”, escribe. También: “Los recuerdos son olas, / siempre vuelven”. Y: “los instantes que no recuerdas / ¿han sido tu vida?”. No por nada cita al pintor Degas: “dibujar lo que no se ve sino en la memoria”.
¿Ideas? Sentimientos y pensamientos, a veces paradójicos, en torno al amor, la muerte o la identidad: “Llegué a la vida para decir yo”. “No dejo de ser yo / en todo lo que veo”.
“No hay tema más extenso que la infancia”, leemos, a la que dedica poemas como “Material infancia” o “Educación”.
Un poema en catalán (que él mismo traduce) incorpora al discurso “la llengua de la mare / i la llengua del pare”. Un verso resume su poética: “oscuro el corazón, el verso claro”. Una imagen la respalda: “La vida es una casa donde solo hay jardín”. Pura “intemperie”. 


Nota: La reseña del libro de Josep M. Rodríguez se publicó en El Cultural el pasado viernes, 5 de mayo.

6.5.17

¿Una nueva poesía?

En España, como en cualquier otro país, la poesía cambia, evoluciona, y por eso cada cierto tiempo surge una nueva tendencia impulsada por un nuevo grupo de poetas que viene a la busca de su espacio al sol. Unas se asientan. Las más, apenas llegan se van. Mucho se está hablando últimamente de una poesía (que en rigor no lo es) presuntamente fresca y sencilla que practican vates jóvenes procedentes del mundo de la música y performers que, en consecuencia, ofrecen recitales y eventos donde es tanto o más importante la actuación que la palabra.
Si nos atenemos a las listas de libros más vendidos, acaparan todos los puestos. Y las mesas de novedades de librerías como las de Casa del Libro. Así las cosas, teniendo en cuenta el número de ejemplares que dicen vender (10.000 y más), se puede afirmar que la poesía ha entrado en el mercado. Se ha dado la vuelta al famoso dicho de Francisco Brines: ya hay público, no lectores. De locales de copas más que de librerías. Adolescentes, sobre todo. Gente que ve más que lee. Basta citar los títulos de los libros de estos autores para caer en la cuenta del tono que impera, amoroso más que nada: La triste historia de tu cuerpo sobre el mío, Amor y asco, Herido diario, Con tal de verte volar, etc. Y pensar que hubo un día en que, según Trapiello, aquí leíamos poesía unos quinientos… Ahora, algunos viven de eso.
Para lanzar estos productos se han creado editoriales, como Frida, pero algunas, digamos, clásicas también han apostado por la moda. Espasa, por ejemplo, con colección propia: ESPASAesPOESÍA, y Eolas, Valparaíso y hasta Visor. Ésta sello madrileño lanza a Elvira Sastre, autora de Baluarte, una de las más conspicuas representantes de esta saga, y en la correspondiente faja (todo un detalle del cariz comercial) leemos esta frase rimbombante del tertuliano Benjamín Prado: “La poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española”. Sí, Prado (sus recomendaciones de poetas jóvenes en el diario El País han levantado ampollas) es uno de los poetas y críticos de la vieja guardia experiencial (las concomitancias son evidentes) que apoya este movimiento capitaneado por Marwan.
Pero no sólo de libros vive este movimiento. Fruto de esta época líquida de inmediatez y prisas, difunden grabaciones y vídeos a través de su medio natural: las muy democráticas y anárquicas redes sociales. Con YouTube a la cabeza.
De “un magma inclasificable que avanza con fuerza” habla Maxi Rey, uno de ellos, en la revista Leer, que dedicó un número al fenómeno. Otro analista, Jordi Corominas matiza: “una cosa es la falsa visibilidad de las redes sociales y otra la calidad del género, que dudo mucho que esté pasando por un periodo de grandes creadores”. Con todo, es el escritor Juan Bonilla quien, hasta ahora, con más lucidez ha analizado este boom, en su artículo “De repente unos poetas". Veremos.

Nota: Este artículo ha aparecido en el número 18 de Frear. Como todos los que firmo en esa revista como Άλβαρο Βαλβέρδε, está destinado en principio a los lectores griegos. Desde que lo envié hasta ahora han pasado unos meses, meses en los que este asunto, al que me referí aquí atrás en este mismo rincón, se ha complicado aún más. Ya se anuncia un libro dedicado al fenómeno, nunca mejor dicho.

2.5.17

Punto y aparte

Lo contaba mi amigo Miguel Ángel Lama, que me conoce bien: "Me acordé este miércoles pasado de una entrada del blog de Álvaro Valverde titulada «¡Avalancha!», en la que exclamativamente agradecía los muchos envíos de libros que le llegaban —y siguen llegándole—, al mismo tiempo que confesaba no dar más de sí, no poder abarcar tal aluvión de páginas enviadas, en su mayoría —digo yo—, con la pretensión de que fuesen comentadas o mencionadas por él. Esto suele parecer lo más importante para algunos remitentes, y no que esas páginas se lean con la dedicación que merecen; porque, de ser así, de leer con el debido debido detenimiento, se perdería la actualidad, la oportunidad, dar el primero". Con matices, sin generalizar ni pretender herir a nadie, lo suscribo. No, no quiero convertirme en un lector profesional. Ni puedo. 
Doce años es mucho tiempo. Es lo que dura, exactamente, esta pequeña aventura. Este trabajo gustoso que ha aspirado a ser, por usar dos palabras anticuadas, honesto y coherente. Aunque sujeto a la actualidad (lo que alguien se empeña en afearme), hecho con el necesario rigor y, claro está, por amor al arte. Si ha permanecido en el tiempo ha sido gracias a la perseverancia (esa virtud tan poética) y a la resistencia (una de mis palabras preferidas), pero persuadido de que hay alguien ahí fuera leyendo lo que uno escribe. Pocos o muchos, qué importa. Gracias. Con todo, de ahí lo del punto y aparte, no puedo seguir así; a este ritmo de entrada diaria, o casi, quiero decir. Al final, se pregunta uno, como Landero en su balcón: "¿tantas fatigas para qué?". Por eso, en lugar de cerrar el blog, que es lo que tenía decidido, hago caso a un par de amigos y opto por dejar la puerta entreabierta.
Han pasado tres años desde el desahogo que comentaba Lama y la situación se ha agudizado. Aquí atrás, por ejemplo, llegaron el mismo día siete libros. Entre ellos, la Poesía Completa de Cavafis, en edición de Pedro Bádenas de la Peña (761 páginas), y la Poesía Completa de Gerardo Diego (3.000), dos obras, sin duda, de referencia.
Lo que no sabe Miguel Ángel es que aproveché las pasadas Navidades para ir sacando libros de casa. Sí, un nuevo expurgo. Para empezar, las novelas. Me he quedado con El Quijote, las de algunos amigos y poco más. Sólo eso. El resto ya está guardado en cajas que me facilitó el librero Álvaro Quijote. Pena me da, pero... Mi hijo me ayudó a transportarlas a lugar seguro. Que tiemblen los libros de poesía y los de ensayo: ya estoy con ellos.
Termino, que esto se alarga demasiado. Entre el entusiasmo y la quietud, me decanto ahora por la segunda. Eso sí, insisto, la puerta de este rincón queda entornada. No sé lo que nos deparará el futuro, pero de algunos libros y ciertas situaciones hablaré. Lo doy por hecho. También publicaré las reseñas que vayan apareciendo en El Cultural. Y en TuriaCuadernos Hispanoamericanos, FrearClarín... Como suele uno decir, seguimos.

Nota: La fotografía que ilustra esta entrada se titula "Six paper structures" y es obra de Abelardo Morell.

1.5.17

Y van tres

Ya tenemos ganador. Se trata de Pablo Sánchez González, alumno del IES Virgen del Puerto, en Plasencia. El año pasado, por cierto, fue premiado por la Diputación de Cáceres en el concurso de Microrrelatos El Brocense. 
El accésit ha sido para Ana Melo Palma Soto Cano, del Agrupamento de Escolas nº 2 de Serpa, Portugal. 
Será emocionante volver a encontrarnos en San Vicente, su pueblo, y en la Casa de Cultura que lleva su nombre, su familia, sus amigos, los premiados, los vecinos... Bien merece la pena ese viaje. 

Memória de Plasencia

Habito uma cidade de memória.
Obriga-me a isso
a pobre realidade que determina
a imagem que reflete.
Não me motiva o anelo
proclive à nostalgia.
Reduz-se a minha ânsia a contemplá-la
no raro desvio dos sonhos.
Caminho pelas suas ruas
a sentir-me um estranho que regressa.
Alguns edifícios recordam-me
que aquilo sucedeu.
As ruínas de outros antes erguidos
confirmam a existência do achado.
Passeio e para lá dos muros late o canto
de um tempo enclausurado.
Descubro nos jardins as palmeiras
que dentro convidam à visita,
e posso fazê-lo só porque são
apenas um solar à intempérie.
No seu lugar haverão de construir-se
casas já sem memória.
Nos arredores,
uma ilha recortada dá ao esquecimento
as doces alamedas da infância.
Não podem os nossos corpos alagar-se
nas suas tíbias margens lamacentas,
as noites de Verão.
As suas ribeiras dão forma a umas memórias
seguramente falsas.
Os pavilhões vermelhos derruídos
foram um dia
o limite do mundo.

Traducción del eborense Luis Leal

30.4.17

Carta de Évora

Con frecuencia, renuncio a ir a sitios donde me invitan. El trabajo es lo primero, ya se sabe, más si la falta recae sobre las espaldas de los compañeros, aunque no se quejen. Me hubiera gustado ir, por ejemplo, a la comida del Palacio Real con motivo de la entrega del Premio Cervantes a Eduardo Mendoza, pero tuve que declinar la amable invitación del rey. O asistir a la entrega de los premios Loewe, otro estupenda fiesta (en el Palace) que un año más me perdí. Habrá que esperar a la jubilación. Ya queda menos. A Évora, una proposición menos frívola, me propuse acudir, con permiso de la autoridad competente, desde el principio. Recordé una ocasión fallida, hace mucho, pues allí tuvo lugar una reunión de Hablar/Falar de Poesía. Ángel Campos, tan tragaldabas como yo, insistió no poco: se iba a comer en un restaurante estupendo. Ni por esas. No, no había entrado nunca en la ciudad alentejana, y eso que queda al paso camino de Lisboa. Ya desde lejos impresiona. Le gustan a uno las ciudades así, de tamaño humano. Más si se trata de una ciudad de la cultura llena de monumentos extraordinarios, con un patrimonio (de la Humanidad) semejante, pongamos por caso, al de Salamanca. Su Universidad, la segunda en antigüedad de Portugal tras la de Coimbra, fue fundada por los Jesuitas como Colégio do Espírito Santo en 1559. Se cerró en 1759 por orden del Marqués de Pombal, cuando la expulsión de la Compañía de Jesús, y se reabrió en 1973. Está casi como entonces. Las filologías, entre otros grados, siguen ocupando el recinto original, muy bien conservado, ya digo. (Aquí no tuvieron la brillante idea, como en Cáceres, de construir feos edificios a las afueras y llevarse a un campus horribilis facultades y estudiantes.) Se conservan, por ejemplo, los magníficos azulejos barrocos que la decoran, justamente famosos (la Universidad editó una espléndida monografía sobre esa obra de arte firmada por José Filipe Mendeiros). Rodean el claustro y embellecen, entre otras dependencias, las viejas aulas, aún en uso, con su púlpito y todo. Tuve la suerte de visitar sus piezas fundamentales, un precioso laberinto de corredores, escaleras, claustros y patios que no deja de dar sorpresas. Lo hice con mi anfitrión, el poeta, crítico y traductor Antonio Sáez, que ostenta los premios Giovanni Pontiero y Eduardo Lourenço y que trabaja allí desde hace años. La biblioteca es impresionante. O el Salón de Actos. O el escondido aljibe.
Me extrañó comprobar que algunos estudiantes siguen usando la capa, bonita costumbre que uno, poco viajado, creía circunscrita a Coimbra. La lectura de poemas, que a eso fui, estaba prevista para las tres de la tarde, hora portuguesa, por eso, como es habitual en aquel país, comimos a la una. En un restaurante situado en el recinto universitario, de donde no salí entre el mediodía y la media tarde. Y donde con gusto me hubiera quedado. 
Ya que mi lectura formaba parte de las cervantinas II Jornadas de Cultura Española, nos sentamos a la mesa con Susana Gil Llinas, profesora también del Departamento de Lingüística e Literaturas de la Escola de Ciências Sociais y compañera de Antonio, el Consejero de Educación de la Embajada de España en Portugal, Ángel María Sainz, la asesora Joana Lloret, Mateo Berrueta (becario en la Consejería, un logroñés que ha vivido en San Petersburgo), David Montes (lector cordobés), quien me sucedería en el uso de la palabra, el inclasificable, por polifacético, Javier Rioyo, actual director del Instituto Cervantes de Lisboa, así como su jefe de estudios, Sonia Izquierdo Merinero. Comimos una crema de zanahoria, bacalao (qué si no) y algunos postres deliciosos. Apenas si probé el vino (uno estaba de servicio), elaborado en la propia universidad y que se vende en la tienda de regalos. Tras el café y la sobremesa, llegó la hora de la poesía. Tomó la palabra un momento Antonio Sáez y se la cedió a Andrés y Raquel, los alumnos que me presentaron. Y muy bien, por cierto. Después, advertido de que era normal que el público entrara y saliera a conveniencia, empecé, por el capítulo de agradecimientos, la lectura. Una "conversación en la penumbra", que diría Eliseo Diego, al que siempre me encomiendo en estos trances. Mencioné mi doble vergüenza: de no saber portugués y de no conocer Portugal como es debido. Lo segundo aún tiene solución. Dije, y no por adular, que de ese país me gusta todo: paisaje y paisanaje, gastronomía y música (bajé escuchando a Carminho para ambientarme) y, más que nada, su poesía, a la que me entregué desde muy pronto gracias a mi amistad con el citado Ángel Campos, que tanto hizo por divulgarla. Lo mismo que otros extremeños, como José Luis García Martín, Luis María Marina y quien estaba sentado a mi lado, estudioso, además, de las relaciones entre las líricas peninsulares. Al fin y al cabo, comenté, por carácter (que en un presunto poeta acaso lo es todo), la saudade me resultaba demasiado cercana; que, por melancólico, me tengo por portugués. 
Mencioné a mis poetas lusos de cabecera, leí mis poemas portugueses (dedicados a mundos como los de Torga y Andrade) y luego entré en los de mi nueva entrega, El cuarto del siroco, pues los demás ya están en mis libros publicados y en las antologías, al acceso de cualquiera. Los asistentes no se movieron de sus sillas, contra lo previsto, y uno transpiró como suele mientras leía (a pesar de estar quieto y sentado) y, a qué negarlo, me emocioné a ratos. Con el poema dedicado a Lisboa, al aludir a Angelito, o al final, al leer los versos dedicados a la muerte de mi padre que se proyectaron en la exquisita versión portuguesa de Ruy Ventura. A la vez, en estas lecturas hay que hablar más que leer, me referí a mi propia poética, un decir, y a algunas anécdotas que se esconden detrás de lo escrito.
Siguió la amena charla de Rioyo, consumado conversador y, por alcalaíno, paisano de Cervantes, sobre su película en torno a las películas sobre El Quijote, de la que vimos una parte.
Después, en una sala situada en uno de los claustros, estudiantes, profesores e invitados celebramos con una suculenta y animada merienda el final de las Jornadas. Con la prisa habitual, salí con Antonio camino del coche para volver a recorrer el precioso trayecto que separa Plasencia de Évora y viceversa. A tres horas de otro mundo.


29.4.17

Müller dixit

Cordon Press
"La belleza protege. Es lo contrario de la tortura, de la humillación. La belleza se preocupa por mí personalmente. Solo hay que buscarla y entonces todo tiene sentido. Y está en todo, no solo en el idioma. También en la ropa, en un edificio, en una planta…"
"Hay muchas cosas feas en los países democráticos. Ya nadie se preocupa de hacer objetos bellos [Señala el pomo de la puerta de la sala donde estamos, profusamente decorado]. Fíjese qué bonito. Hoy nadie lo haría así. ¿Por qué? Y la ropa. Piense en esos horribles pantalones rotos. En el mundo existe la pobreza, y los diseñadores de moda se dedican a estilizarla. Es perverso. O los tatuajes. O esos edificios horrorosos de la Potsdamer Platz. Y las guerras… Hay mucha fealdad en este mundo". 
Herta Müller, en conversación con Luis Doncel. En El País S-Moda.

28.4.17

Larkin: una poética de la modestia

La obra del poeta inglés Philip Larkin (Coventry, 1922 - Hull, 1985), ha tenido una gradual pero completa recepción en España. En 1990 apareció en Lumen su libro Ventanas altas, en traducción de Marcelo Cohen; en 1991 Pre-Textos editó Un engaño menor, en versión de Álvaro García; en 1998 le tocó el turno a su ópera prima, El barco del norte, traducido para Acuarela Libros por Jesús Llorente Sanjuán; y en 2007, Damià Alou, también en Lumen, dio a la luz su traducción de Las bodas de Pentecostés. Ya en 2014, la editorial barcelonesa lanzaba la Poesía reunida y de la edición se ocupó de nuevo Alou, que es el responsable de la Antología poética que publica ahora Cátedra en su canónica colección Letras Universales.
A esta bibliografía sólo cabe añadir otro florilegio, Poemas sueltos (1964-1984), obra de Valentín Carcelén, que apareció en la Diputación de Albacete allá por 1995.
Aunque a los (pocos) lectores de poesía no les pasó desapercibida la poesía de Larkin (que ha contado, cabe añadir, con traductores de fuste), la aparición de la Poesía reunida propició un feliz e inesperado succès d'estime.
Alou, en su espléndido prólogo –un genuino, informado y completísimo ensayo sobre la poesía del inglés– explica que una de las razones que le llevaron a abordar esta recopilación, más allá de aportar “un volumen donde se compendie lo más esencial de Larkin”, era la de incorporar veinte poemas inéditos. Ha utilizado para ello dos ediciones: The Complete Poems, de Burnett, y Collected Poems, de Thwaite, las dos de Faber and Faber.
Tras un esbozo biográfico, Alou divide su brillante y didáctica introducción (un sesgo muy oportuno si tenemos en cuenta la colección en la que sale) en distintos capítulos, “once apartados temáticos”, tantos como los que usa para agrupar los poemas seleccionados. A saber: “Poética”, “La creación del personaje poético”, “Epifanías”, “El viaje”, “Sabiduría popular”, “Retratos”, “Amor y sexo”, “La soledad”, “la vejez y la muerte”, “Una rebeldía y su retracción” y “Vida animal”.
Cuatro libros componen en rigor la obra poética completa de Larkin. Sus títulos, según Alou: El barco del norte (1945), Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanales (1974). Los dos últimos se publicaron en Faber and Faber, la que sería ya para siempre su editorial, en cuyo catálogo figuran las compilaciones reunidas y completas de sus versos citadas con anterioridad. A estos habrá que sumar XX Poems (1951).
Si bien cada lector puede optar por el método de lectura que más le convenga, uno ha elegido el de ir del capítulo del prólogo al de los versos incluidos en el mismo apartado, en la segunda parte de la antología. Para que se hagan una idea, el análisis va de la página 9 a la 107 y los poemas, de la 119 a la 222. Téngase en cuenta, además, que la muestra no es bilingüe.
Hijo de un fascista pronazi aficionado a la literatura y de una mujer, suponemos, anodina, con una hermana diez años mayor, Larkin, un niño tartamudo y con voz de pito, no mostró nunca sentimientos a favor de la familia, del matrimonio y, menos aún, de los hijos, que nunca quiso tener. De su infancia, como de todo lo concerniente a su vida –su poesía es autobiográfica–, da cuenta en sus poemas. En “Recuerdo, recuerdo”, pongo por caso, o en “Sean estos los versos”. Mantuvo, eso sí, numerosas relaciones sentimentales, pero el ejemplo de sus padres y de su complicada convivencia le disuadieron para siempre, ya digo, de cualquier tipo de contrato o responsabilidad ajena a su particular egoísmo.
Apegado a su país natal (“Odio estar en el extranjero”), hoy sería un firme candidato del Brexit. Hombre tímido y retraído, se formó en la Universidad de Oxford (donde entabló una firme amistad con Kinsgley Amis) y ejerció de bibliotecario en la de Hull, tras pasar por Wellington y Belfast. Fue un gran bebedor.
Se le relaciona con el grupo de escritores conocido como The Movement. Amante del jazz (al que dedicó un libro compuesto por piezas sobre ese género musical: All Whatt Jazz), su ópera prima fue una novela: Jill (que como el resto de su prosa está publicada en castellano). El punto de inflexión que marca definitivamente su interés por la poesía, elegida como manera de expresarse a sí mismo y como método de conocimiento, coincide con el hallazgo de la de Thomas Hardy, un novelista que, cosa rara, devino poeta al final de su vida. Elegirlo como maestro da al lector, al menos a quien conozca sus poemas, pistas seguras sobre el tipo de poesía que Larkin escribió y sobre cuál fue su poética. La de la modestia, como la define certeramente Alou.
Nace contra la de otros contemporáneos suyos: Eliot, Auden, Pound y Hughes. Si al primero, a pesar de todo, lo admiraba, al último le odiaba. Su aversión era contra la modernidad, el Modernism anglosajón. “Prefería centrar su poesía –sostiene Alou– en los hechos observables, en una suerte de fenomenología comentada”. Le interesaba “la verdad” y, por eso, hay una gran coherencia entre su vida y su obra.
Si seguimos al editor, estamos ante una poesía “realista” en la que “caben todos los tonos del gris”. Que no prescinde de la Belleza, que reside “en la verdad de la experiencia relatada”.
Larkin aspiró a ser un poeta “comprendido y compartido”. Para el hombre corriente, que él mismo fue. Y lo consiguió: de Ventanales vendió, al salir, 20.000 ejemplares. Fue un poeta “visible” en la sociedad de su tiempo. Andrew Motion, su biógrafo (es una pena que no contemos con una traducción de Philip Larkin, A Writer’s Life), explicó que tenía el deseo de “crear un nuevo lenguaje para sí mismo”. Bayley, por su parte, habla de “poemas-relato”: “que el poema mismo relate el proceso mediante el cual el autor llega a esa verdad”. Betjeman se centra en la emoción: “la poesía es algo emocional, más que intelectual o moral”. De “emoción vivida”. “Metro y rima intensifican esa emoción”. Larkin nunca las perdió de vista y su traductor tampoco.
En el tono, “franco y natural”, se resalta una “oralidad deliberada”. La suya es una “poesía de lo cotidiano”, según Pujals, que se relaciona “con las vivencias diarias”.
Alou destaca los siguientes rasgos estilísticos: “la cautivadora precisión con la que capta la sensación física de la vida en Inglaterra”; la “curiosa mezcla de fluida oralidad y estructura muy marcada”, su “inmensa habilidad métrica” y “su desenvoltura idiomática tan espontánea y personal”; cierto simbolismo, un “intento de expresar lo inconcreto” siempre en el “aquí” (una palabra clave de su poesía, repetida muchas veces para situar la acción); la teatralización: voces, diálogos, frases hechas y anónimas frente a citas cultas, tal vez porque, como dijo Batjin, todo escritor es un “dramaturgo” y el poema, una suerte de “representación”; ya que no cree en la tradición, cada uno expresa “su propio universo exclusivo y recién creado”; la trascendencia; y el humor, el ácido ante todo, aunque Larkin se consideraba divertido.
Si seguimos el recorrido temático de la antología, que, ya dijimos, se corresponde con los poemas seleccionados en cada parte, está en primer lugar “Poética”. Consta de tres poemas. Uno, “Modestias”. Se aprecia, lección aprendida de Hardy, “una poética del detalle”. De palabras sencillas para “aclarar el mundo”.
En la segunda, donde encontramos poemas esenciales como el citado “Recuerdo, recuerdo…” o “Dockery e hijo”, se halla la “búsqueda de una identidad”, de una voz propia. No en vano, como dijo Booth, su obra –y antes nosotros– es “fundamentalmente autobiográfica”. Y una constante: “la muerte infatigable”. En “Albada”, un poema sobre ese vital asunto, leemos: “La vida primero es tedio, luego miedo”.
En la tercera, la “epifanía”. El poema como “instantánea”. Como exacto momento de gozo. Tal en “Ventanales”: “Y más allá, el aire de un azul intenso, que muestra / nada, y está en ninguna parte, y es infinito”.
La cuarta alude al viaje, a cómo Larkin “transmuta (…) el pensamiento en experiencia, en realidad viva”. Y ahí, “Las bodas de Pentecostés”.
La quinta evoca a la inteligencia, más que al sentido común, a la sencillez de pensamientos que perduran. “Simplicidad”, dice Alou. En “Días”, por ejemplo.
“Retratos”, la sexta, habla del otoño (“Madre, verano, yo”), su estación preferida, lo que no deja de ser una poética. Y de “Mr. Bleaney”, un “hombre gris” y de buen conformar. “Somos tal como vivimos”. Y el “eremita de Hull” era “amigos de sus lectores”, comenta Motion.
“Amor y sexo” reúne nueve poemas y es la parte más extensa de la muestra. El del amor y el sexo es un tema prioritario en su obra.”Lo que sobrevivirá a nosotros es el amor”, escribió en “Engaños”. Se aprecian sus intensos monólogos. ¿Los de un misógino? Larkin vivió en la época de los Beatles, en medio de aquella revolución sexual que cambió en mundo. Tuvo amantes, no esposa o esposas. Y siempre recomendó, insistimos, no tener hijos. No es extraño que la octava sección se titule “La soledad”.
A “la vejez y la muerte” se dedica la novena. Se enfrenta a ésta “sin paliativos”. Nada ve de positivo en una u otra. Ya desde la veintena se veía en decadencia. En “Peonzas” nos recuerda que “nacer ya es morir”. Brownjohn se refirió a “la compasiva precisión con que se observan las cosas sin esperanza”. “Ya lo averiguaremos”, dijo Larkin.
El sapo de la cubierta, escultura caricaturesca que se expuso en un festival que le dedicaron en Kingston upon Hull en 2010, tiene que ver con los poemas “Sapo” y “Regreso del sapo”, recogidos en la décima parte, “rebeldía y retracción”; no tanto una metáfora como una “analogía extendida” (Lodge). El sapo del trabajo, por ejemplo. Buena muestra de su humor negro.
En la undécima, por fin, siete poemas sobre animales. “Larkin ve en el mundo animal un microcosmos de la vida de los hombres”. “Aprender es sufrir”.
A pesar de que Larkin no creía en la traducción y en la literatura universal, me temo que sus poemas han trascendido el límite de sus amadas Islas Británicas. A estas alturas, ni siquiera Bloom pondría en reserva su paso a la historia literaria. Para él la poesía era “como intentar recordar una melodía que has olvidado”. No se me ocurre un manera mejor de introducirse en ella y conocerla que mediante el uso y disfrute de esta modélica antología. Para los que vuelven a Larkin, bien está recordar su importancia en la vida corriente de cualquiera al que le guste leer.

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 802, abril de 2017 (pág. 107-109), de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.