29.9.16

De Gómez Beras

Debo a Hilario Barrero la recepción de este libro, Errata de Fe, del poeta y profesor universitario Carlos Roberto Gómez Beras, que nació en 1959 en República Dominicana, pero que vive desde pequeño en Puerto Rico, donde "(re)nació" en 1964. Está publicado en Isla Negra Editores, sello que él mismo fundó en 1993.
Es autor de Viaje a la noche, Mapa al corazón del hombre y La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos (que reúne La paloma de la plusvalía, Poesía sin palabras y Animal de sombras). Aún recoge todo lo anterior, escrito entre 1989 y 1992. Llega ahora el citado Errata de fe que agrupa sus libros desde 2012: Heridas como labiosOcho estudios incompletos, Las cosas que perdimos en el fuego y Fe de erratas
Pronto se da uno cuenta de que estamos ante un poeta, digamos, verdadero, alguien que escribe una poesía llena de gracia y, en general, amorosa. De estirpe nerudiana, su voz se abre paso con solvencia y deja por el camino poemas tan logrados como "Errata de fe", "A man and a woman", "Inventario", "Yeats", la serie Ocho estudios incompletos ("pero el amor es vacilante, incómodo e imperfecto"), "El regalo", "Tres consejos para la soledad", "La caída" ("Hoy sé que estoy muriendo", donde, como en "Error", juega con la borgeana enumeración caótica, un recurso que domina y le gusta), etc.
En Fe de errata agrupa un puñado de composiciones que giran en torno a la poesía. Así, "Al lector" ("Lector, acércate, ensayemos a equivocarnos"), "Fe de errata", "La poesía" ("cuando Dios se despierte sudado / de un sueño donde él muere / ese sueño es la poesía"), "Arte poética" (I y II) o el excelente "El escritor y el autor".
"La poesía es la fe", leemos, algo que no desmiente cuanto transmiten los genuinos versos de este libro de libros. 

Inventario

Hoy, como mendigo entre retazos,
He rescatado del ático clausurado algunas cosas:
El licor destilado en cada suspiro que alargabas
Los ocasos cuando convertías nuestros silencios en panes
Las vocales de tu nombre donde se mecían mis deseos
Tu mirada que me reconocía entre el opio de la nostalgia.
Hoy, ha sido un gran día para la muerte.
Mañana, resignado, esperaré la vida y su venganza.

28.9.16

Los cuentinos de Puche

Me ha encantado Fuerza menor, de Javier Puche (Málaga, 1974), publicado por La Isla de Siltolá en su colección Nouvelle. Con las debidas reticencias (era un escritor desconocido para mí, la narrativa breve...), me lo llevé a la piscina un mediodía de principios de septiembre y, una vez abierto, lo leí, sin agobios, del tirón. Por suerte, ya había remitido la ola de calor y en la tumbona, debajo de la sombrilla, se estaba a gusto. 
Al terminar, con una sonrisa en la boca, comprendí mejor que Bonilla lo haya miniprologado. No sé si es posible que los microcuentistas, Chesterton mediante, puedan ingresar al Reino de la Historia de la Literatura, pero este puñado de cuentos breves y microrrelatos bien merece pasar a la humilde historia personal de las lecturas que uno ha abordado, con mejor y peor fortuna, a lo largo de su vida.
La ironía y el humor alientan estas historias entre ácidas y divertidas donde se abre paso la inteligencia sin que por eso sintamos, al contrario, que hayan sido escritas por un listo, un ocurrente o un pedante. Lo trágico se alía en estos relatos con lo cómico, sí, y son el resultado de una sabia mezcla de vida y literatura, dos asuntos inseparables si quien escribe es, ante todo, un lector.
A la hora de expresar mis preferencias, podría citar casi todos los cuentinos. Me quedo con "Mantis", "Planeta Tierra, año 3012", "El pacto", "Error burocrático", "Movimientos migratorios", "Obstinación", "El esfuerzo", "Negligencia". Y con muchos de los que componen "Seísmos (Cuentos de seis palabras)", donde el chiste a veces aflora. En "Hombre-bala busca mujer-cañón" o "Entre caníbales, está prohibida la felación". "Ronronea el diccionario ante el poeta", dice otro. O: "Fantasea el inmortal con su autopsia". Termina muy bien: "Érase una vez un colorín colorado".
En el blog La nave de los locos, de Fernando Valls, encontrará el lector más seísmos.
Copio aquí, para terminar, una suerte de elocuente micropoética de Puche: "A veces la fuerza reside en lo pequeño, en la región más discreta y marginal del mundo sensible, alojada en ínfimas criaturas que apenas reclaman nuestra atención. No en Goliat, sino en David, cuya mano lanzó la piedra mínima que hizo caer al gigante. Tampoco en el acorazado Potemkin, sino en el imperceptible caracol que baja muy despacio por el tronco de un árbol en llamas. Frente al poder insolente de lo hercúleo, vibra la fuerza menor de lo humilde, que este libro exalta con levedad". Pues eso.

27.9.16

300 poemas de la dinastía Tang

Ya hablamos aquí de otra antología del profesor Guojian Chen: Poesía china (S. XI a. C.-Siglo XX), publicada por Cátedra en su colección Letras Universales al igual que ésta que nos llega ahora: Trescientos poemas de la dinastía Tang. Estamos, no me cabe duda, ante un acontecimiento poético de suma importancia. Porque China es "un país de poesía", donde ésta apareció "mil años antes que Homero" (en el siglo XI a. de C.). 3.100 años nos contemplan. Lo dijo el sinólogo inglés Robert Payne: "(Los chinos) han escrito más poesía que todas las demás naciones de la tierra juntas". También porque la poesía de la dinastía Tang representa su edad de oro (que duró 289 años), donde encontramos a poetas de categoría universal como Li Bai (antes Li Po), Du Fu o Wang Wei, la trinidad lírica china por excelencia. En fin, porque el editor de la obra es un erudito (ganas me dan de decir un sabio) que explica a la perfección y con todo lujo de detalles lo relativo al periodo, a sus poetas (biografía y analiza a los más importantes: el trío mencionado y Bai Juyi), a la historia que sustenta a los emperadores Tang, así como todo lo que se refiere a las técnicas de escritura (rima, ritmo, poesías de estilo moderno y de estilo antiguo, imágenes y metáforas...).
Cuatro son las etapas de esa poesía: la inicial, la de apogeo, la central y la final. Todas son explicadas con el rigor ya señalado por el traductor Chen. Su introducción, con todo, es amena. En realidad todo lo que tiene que ver con esta dinastía tiene mucho de novelesco y por eso está narrado de forma entretenida. 
Por poner algunos ejemplos, entonces progresaron la ciencia y la técnica (la pólvora y la imprenta -la xilografía- nacieron en esos años), se impulsaron las artes o se fundo la Academia de Letras, aunque lo que sigue brillando, por encima del resto, sea la poesía, versos que ningún niño chino desconoce. No en vano la administración del imperio estuvo ligada durante siglos al estudio y conocimiento de la poesía, sin la cual nadie podía aspirar a puesto alguno de relevancia. 
La temática es muy variada. Apegada a la existencia de cualquiera. Hay exaltación de la naturaleza y descripción del paisaje. Se canta la vida retirada, la fugacidad del tiempo, la nostalgia, el amor, la vida en la frontera (Chen recalca que estos poetas fueron "viajeros de toda la vida"), el destierro, el vino...
Sus poemas suelen ser cortos y el conjunto de lo escrito en la dinastía Tang "la máxima cumbre de la poesía china". Se puede decir, leemos, que esta antología "es el Quijote poético de China". Con eso...
La tarea de Guojian Chen es digna de elogio. A pesar de las ingentes dificultades, que cualquiera comprende (la traducción de poesía es un problema en sí misma), lo que el lector tiene delante es un montón de poemas en español que alcanzan la importancia de las obras maestras. Más de quinientas cincuenta páginas abarca un asequible volumen del que debemos señalar otra bondad: el breve prólogo que le ha puesto Carlos Martínez Shaw, de la Real Academia de la Historia. Ningún amante de la poesía puede perderse esta joya.

Un cuestionario

El escritor Fran Rodríguez Criado me propuso este verano contestar a un cuestionario literario que, una vez enviado, publica en el blog Grandes Libros. Gracias. 

26.9.16

Perejaume dixit

Un frame del vídeo Rondó, 2016
"Digamos que la mía fue y sigue siendo una formación esencialmente local, muy cercana al mundo inmediato. Cualquier palmo de mundo tiene el mismo valor y ninguno es igual al vecino. Sin jerarquía territorial alguna, he tratado de habitar y generar lugar, cuanto más cercano mejor, explicar ese lugar, explicarme a través de ese lugar..." Perejaume: "El arte implica resistencia". El Cultural.

25.9.16

Poemas ilustrados de Ada Salas

Ada Salas, cacereña del 65, cuyo nombre no falta en ninguna de las antologías de poesía femenina contemporánea que se han editado últimamente (ni en las otras, cabe añadir) publica en La Oficina Diez Mandamientos. Como ocurrió con Ashes to ashes (que apareció en la colección Vincapervinca de la Editora Regional de Extremadura en 2010), es un libro escrito en colaboración con la obra gráfica de Jesús Placencia (Melilla, 1964). En este libro fueron los dibujos (inspirados en los Cuatro Cuartetos de Eliot) los que tiraron de los poemas y aquí también están escritos "a partir de" una serie que Placencia expuso en 2013. Lo que importa, más allá del interés que susciten esas obras (de las que forman parte las palabras), es que estamos ante poemas genuinos. Por lo que significan en sí mismos y porque remiten indefectiblemente a la poética de su autora, de sobras conocida y celebrada. Poesía limpia, certera, cortante, seca (pero que logra emocionar y ser comprendida), precisa, sobria, sugerente, silenciosa... Los títulos de los poemas remiten a los de los dibujos escritos: "Vivir", "Estar atento", "Respirar", "Callar y obrar" (que me ha gustado especialmente), "Seguir"... Para los fieles lectores de Ada Salas esta es una ocasión de volver a leer sus versos, que no se prodigan. Para los demás, una perfecta ocasión para introducirse en su singular poesía. Ni unos ni otros se verán decepcionados. 

"Confiar"

24.9.16

Después de leer "Patria"

El País/Mordzinski
Terminé Patria. La he leído despacio y, por una vez, sin el lápiz en la mano. No quería que nada, ni siquiera los subrayados, interrumpiera esa lectura. Despaciosa. Disfrutante (que diría el narrador). Como confesó el periodista Calleja en la SER, no quería que se acabara. Al mismo tiempo, me apetecía saber cómo seguía. Y cómo terminaba. Ya lo sé. Y el final es perfecto. He leído por ahí (la repercusión en los medios de la novela es sorprendente) que lo primero que Aramburu ideó fue el final. Que lo demás, digamos, lo ha escrito para llegar ahí.
Esto no es una reseña. No soy crítico de narrativa. Ni siquiera un lector debidamente informado. De poesía si acaso. Y por algunas rendijas, ya que lo menciono, se cuela la poesía. Inevitable. Y no porque uno de los personajes (o dos) dé en poeta.
Me ha cautivado el lenguaje. Este hombre, ya lo sabemos, posee un estilo. Unido aquí a un inconfundible tono. Al narrador uno le ha puesto su voz. He dejado que sea él quien me cuente, en voz baja, esta historia de historias de la Historia. La del País Vasco. La de España. Y de Europa y del mundo. De lo local, sí, a lo universal, como hace siempre la gran literatura. Ésta lo es. Lo dijo con acierto Mainer, comparando Patria con varias obras maestras.
Aunque naciera allí, parece mentira que alguien que vive en Alemania hace tantos años y cuya lengua habitual es el alemán pueda captar tan bien, y con tanta naturalidad (por eso me referí a su escritura sobria) la manera de hablar de los vascos. Con sus giros, su peculiar uso de los tiempos verbales. Y con sus contadas palabras y expresiones en euskera.
Más allá, las frases inacabadas, los neologismos, el uso del "conque" o de barras para expresar distintos conceptos para una misma situación. Lo oral (el relato está lleno de diálogos) está conseguido. De manera natural (insisto), o eso parece. Me gusta la flexibilidad y riqueza logradas en el uso del español. A pesar de lo dicho anteriormente. O por eso mismo, como Aramburu ha explicado. Por no estar rodeado de personas que hablan español ha logrado verlo desde fuera, objetivarlo, algo difícil de conseguir para un escritor que vive en su propio país. 
Otra sorpresa: la estructura. Perfectamente calculada. Se ve de pasada, en el vídeo promocional de Tusquets, cómo elaboraba los esquemas de las partes del libro. 125 capítulos (de la misma dimensión, aproximadamente, y con título, que a uno, embobado con la trama, le han servido de poco), más de seiscientas páginas y, sin embargo, con qué difícil sencillez ensambla la peripecia; qué maestría al hilvanar, mediante cruces y saltos temporales, lo que se cuenta. ¡Y cuánto se cuenta! Qué de asuntos se narran en este novelón con hechuras de clásico. La familia, el terrorismo (a pesar de que esta sea mucho más que una novela sobre ETA), la bondad y la maldad, el rencor, la enfermedad, la religión (por la nefasta influencia de la Iglesia y sus curas en ese conflicto, poniendo -como Miren- una vela a los asesinos y otra a San Ignacio) la homosexualidad, la amistad (¡cuánta rima!) ... Como resultado, una vida de vidas. De la suya, la de Fernando, hay mucho también, lejos de ser ésta una novela autobiográfica. No en rigor o al uso. Pero, pongo por caso, las páginas que dedica a la estancia de Nerea en Zaragoza y su viaje fallido a tierras germánicas tal vez no resulten ajenas a su experiencia personal.
Los personajes, por lo demás, están muy bien perfilados. Son distintos entre sí, identificables por sí mismos, y se expresan (y los vemos) de forma diferente. No siempre ocurre en las novelas. Mi preferido es el retraído Xabier, el hijo de la protagonista, Bittori, y de la víctima, el Txato. El hermano de la citada Nerea.
En el capítulo 109, "Si a la brasa le da el viento", en un juego de transparencia metaliteraria, se nos explica el porqué de la novela. Alguien, un escritor, da las claves de la suya, que son en realidad las de ésta. Vayan a la página 551, por ejemplo.
Esta es una novela necesaria. Lograda. Rica en matices y en detalles (la labor de documentación ha sido exhaustiva, aunque no se note), dura, política (qué no lo es, en ese noble sentido que la palabra, a pesar de los pesares, tiene), como corresponde a un periodo histórico de la trascendencia del que hemos vivido. Sí, "hemos". Los vascos sobre todo. Ahí seguimos. Mañana se verá. Por eso esta novela es tan importante. Una patria, diría uno. Donde he vivido intensamente durante un par de semanas y de donde es difícil que me vaya. Como un personaje más. Gracias.

23.9.16

Un diario lírico

Alejandro López Andrada, que acaba de ganar el premio Jaén de novela, es uno de esos poetas, abundan en España, que viven retirados en la oscura provincia, con una obra ya hecha y reconocida con no pocos premios; alguien al que no le faltan elogios (de Llamazares, de Colinas), aunque luego, como les pasa a otros poetas de similares características, se le niegue el pan y la sal del presunto canon y su nombre no esté en los manuales ni en las antologías. 
En esta ocasión, el de Villanueva del Duque (1957) publica en la colección "Contemporáneos" de la editorial Berenice, sin el respaldo de ningún galardón, un diario "atípico y cordial", dicen, que ha titulado, sin ambages, Entre zarzas y asfalto. Y en efecto, de un diario se trata, con entradas breves que no dejan de ser poemas en prosa o como quiera que eso se llame. Anotaciones que acaso nazcan de la improvisación del momento, de la perplejidad y del asombro del hombre que está atento a lo que le ha pasado y le pasa, pero que están trabajadas en el taller para ser ofrecidas como las piezas literarias que en rigor son. 
En un momento trascendental de su vida, una vez abandonado su pueblo natal para vivir en Córdoba, López Andrada sigue con un pie en sus amados Pedroches, fuente y razón de toda su obra, tanto poética como narrativa, y otro en la capital provincial, una ciudad llena de belleza y de historia. Y de recuerdos, claro, y de nuevas realidades y visiones, que son las que le inspiran algunas entradas del libro. 
De nuevo la ciudad (el "asfalto") y el campo (las "zarzas"), esa vieja dicotomía que en este país ha venido marcando, sin porqué, la diferencia entre modernidad y lo contrario, como si no fuera moderno situar unos versos en la naturaleza. 
En el campo del Valle de los Pedroches, por ejemplo, donde está la familia de nuestro autor y sus vivencias más genuinas. Allí, padres, tíos, amigos... Y en cualquier parte, sus obsesiones, las que todo escritor arrastra irremediablemente. Por eso sus lectores reconocemos su mundo, presente siempre en su obra; un signo, se me antoja, de honradez y de coherencia. 
A veces, la sencillez de los sentimientos, la humildad de las visiones o la evocación de los recuerdos se trasladan, por contraste, con un lenguaje de elevado tono lírico. Es una cuestión de estilo, y, por tanto, un recurso legítimo, aunque uno prefiera la baja intensidad de lo natural en lugar de lo excesivamente literario o edulcorado, digamos. 
La melancolía es aquí ley. Todo está teñido de una atmósfera elegíaca, un tanto desesperanzada y pesimista, que se corresponde con la encrucijada a que antes aludí. Estamos, en suma, ante un libro que aporta un ladrillo más a esa bonita casa, habitable por literaria, que con tesón viene construyendo, en el profundo Sur, Alejandro López Andrada. ¡Salud y larga vida!

22.9.16

Julio

Con suma discreción, Julio Pérez González deja la gerencia de la Universidad Popular de Plasencia. Por "razones personales", según comentan. Demasiado sigilo, diría uno, aunque esa actitud le cuadre al protagonista, hombre de acreditada modestia. Vuelve a su plaza de funcionario municipal y abandona también sus tareas en la gestión cultural del Ayuntamiento. Juan Ramón Santos se queda ahora solo. 
Supongo que en esta decisión han pesado muchas cosas y no una sola. Trabajar cansa, dijo Pavese. Sobre todo, si como hace al caso, la tarea es desbordante, y en ese centro cultural y educativo se realizaban y se realizan un montón de actividades capaces de agotar a cualquiera. Además, bregar con políticos suma incomodidades al asunto. Luego está la crisis, que no ceja. En Plasencia, con lo de las dichosas huertas de la Isla (donde, por cierto, cualquier día de estos acaba uno trabajando), vamos para rato. En todo caso, o precisamente por eso, me extraña que en la rueda de prensa donde se dio a conocer el programa del nuevo curso y se presentó a la nueva directora (que colaboraba con él) no se reconociera como es debido (que lo mismo sí, la prensa recoge lo que le parece oportuno) la labor de Julio. Ahí o en cualquier sitio. A buen seguro se hará. O no. Sabemos con qué generosidad agradecen las autoridades, y perdón por la generalización, los servicios prestados. Otro argumento a favor del descrédito de la clase política. Poco importa en qué escala. Sé de lo que hablo.
Quede constancia al menos aquí de ese hecho. Julio Pérez ha sido un director solvente y deja la UP en el excelente lugar que acaso imaginaron sus fundadores a principios de siglo; el actual alcalde al frente. Gracias. Muchas gracias, amigo. Ojalá te sea leve esta nueva etapa profesional. Por aburridos que resulten los expedientes del Departamento de Intervención. Hay vida después de la jornada laboral. Ahora sí. 

21.9.16

Steiner conversa

No puedo evitar acordarme de mi añorado Félix Romeo cada vez que leo a Steiner. Solía afearme que elogiara sus libros. Después de mucho tiempo sin tener en las manos ninguno de los suyos (que Siruela ha seguido publicando con una lealtad digna de encomio), he disfrutado del último aparecido en España: Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler. En traducción de Julio Baquero Cruz.
Quienes frecuentan este rincón saben cuánto me gustan los libros de entrevistas o, mejor, de conversaciones, un arte al que este viejo y sabio judío tantas horas le ha dedicado. En esta ocasión con Adler, la prestigiosa periodista francesa. No digamos si uno de los que hablan es un tipo de la categoría intelectual y moral de Sir George. Un niño que nació con brazo deforme al que una frase de su madre, "una gran dama vienesa", le cambió la vida. Cuando le dijo: "¡Tienes una suerte increíble! Te librarás del servicio militar". El resto de sus días ha aplicado lo que denomina "la metafísica del esfuerzo", y no le ha ido nada mal. Sus padres, su infancia, la condición indeleble de judío errante (no creyente), su mujer (y la mujer, un asunto espinoso: Adler le acusa de machista), sus hijos (dos fenómenos, sin duda) copan no pocas páginas de estas entretenidas conversaciones. Para el lector habitual de Steiner, sí, nada nuevo. A uno, con todo, cuando leo sus inquietantes sentencias (lápiz en mano) y escucho sus agudas reflexiones, siempre me parece que es por primera vez. Su lucidez puede que no deslumbre -o sólo a ratos-, pero justifican, o eso me parece, la existencia de la inteligencia y del verdadero sentido común.
Pudo ser jugador de ajedrez y se arrepiente de lo haber apostado por la creación. En las composiciones que escribió en su juventud vio versos, comenta, pero no poemas: "El enemigo total de la poesía es el verso".
La música, el lenguaje (que "lo permite todo"), el judaísmo (el capítulo que le dedican es impresionante, empezando por sus reflexiones sobre la noción de lugar: "El hombre es un animal territorial" y terminando con sus visiones sobre el cristianismo y el islam), la poliglotía, la traducción, el silencio (que tanto me ha recordado a la última novela de Hidalgo Bayal),el psicoanálisis y Freud, las humanidades, la filosofía (y, en el centro, Heidegger), el libro y la lectura, Estados Unidos y Europa ("Es un milagro que todavía exista la civilización europea"), Celan y Valéry, el suicidio (“algo totalmente lógico”) y la eutanasia, la muerte ("No aprendemos a vivir", afirma, pero “creo que nos preparamos para nuestra propia muerte”) son algunos de los asuntos que trata con Adler. También, y eso me ha interesado especialmente, la crítica. Al respecto dice: "La primera frase de mi primer libro era la siguiente: «Una buena crítica es un agradecimiento»".
"La entrega debe ser total", aclara. No puede haber medias tintas. Él lo ha demostrado. Por eso se respeta tanto su palabra.
El título del libro, en fin, remite a una frase de Presencias reales: "Vivimos en un largo sábado", el que, en la simbología bíblica, está entre el viernes de la muerte de Cristo y el domingo de su resurrección. Nosotros estamos en "la incertidumbre del sábado en el que no sucede nada, en el que nada se mueve". "Ese sábado de lo desconocido, de la espera sin garantías, es el sábado de nuestra historia".

19.9.16

Bernal, en la Extremeña

HOY/Armando Méndez
La Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes es una joven institución de alma un tanto vetusta que goza de un discreto prestigio dentro de la región, así como de un absoluto desconocimiento, me temo, por ahí fuera.
Creada con nobles objetivos (es la única de su clase a la que el emérito rey Juan Carlos distinguió con el título de Real) y mimada en lo político tanto por los hunos como por los hotros, cuenta entre sus miembros con personas dignísimas a las que uno, faltaría más, respeta y, en algún caso, hasta admira. Hombres, la mayoría, y alguna mujer, cosa rara hasta ahora, como ha ocurrido en todas y cada una de las instituciones de este país. Personas como las señaladas con nombres y apellidos en la entrada que dediqué en este blog a la toma de posesión como realacadémica de una de esas mujeres a las que acabo de aludir: Pureza Canelo. Ésas y más. Nombres que prestigian, cómo no, a esta docta casa que dirigió con sabia mano durante muchos años nuestro añorado Santiago Castelo. No faltan, como en todas partes, personajes cuya escasa altura de miras en lo artístico o en lo literario dio, da y dará para poco o casi nada en materia de arte y de literatura. Por sus obras... En este sentido, daría para mucho el capítulo de las ausencias (de vivos y de otros que murieron) y de las presencias, pero este no es el lugar ni el momento para tan enojosa disquisición. Sí, llama la atención, pongo por caso, que Félix Grande (nacido de milagro en Mérida) llegara a la Academia poco menos que en in articulo mortisO que haya tenido que esperar tanto para hacerlo la autora de Oeste. Su ingreso marca, sin duda, un antes y un después y uno intuye que, más pronto que tarde, hay cosas que van a cambiar. De hecho ya han cambiado. Por eso la llegada de José Luis Bernal Salgado (Cáceres, 1959), que viene a ocupar, precisamente, la vacante del autor de Blanco spirituals, es tan significativa. Se unen en él dos valiosas condiciones: la de profesor universitario (discípulo dilecto de Juan Manuel Rozas y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura) y la de poeta. En lo que respecta a la primera, tiene, además, la categoría de acreditado investigador. De la obra de algunos vates del 27, por ejemplo, como Gerardo Diego, del que acaso sea el máximo especialista y del que acaba de publicar La poesía de Gerardo Diego: un estudio bibliográfico (libro del que daremos cuenta muy pronto aquí). Con un ensayo sobre el dieguino Manual de espumas había conseguido en 2007 el prestigioso 'Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Poética'. De Luis Cernuda antologó poemas para la colección Adonais.
En lo referente a la segunda, su poesía, que ha vivido en los márgenes por culpa de la primera y absorbente dedicación, siempre le ha parecido a uno digna de elogio; algo que justifica de sobra su último libro: Tratado de ignorancia. Más si tenemos en cuenta el elevado nivel que ha alcanzado la lírica escrita por extremeños en el periodo de entresiglos (del que no da fe el batiburrillo que contiene el apartado "Creación" de la web académica).
Quiero, en fin, añadir una virtud más: Bernal es una excelente persona (educado, y se nota, en la ética franciscana) y, no me duelen prendas decirlo, uno de los amigos más leales que he tenido desde hace más de treinta años, cuando nos conocimos.
El crédito de instituciones ilustradas como la Real Academia de Extremadura viene dado por la suma de prestigios de quienes la componen; derivado de los cuadros que han pintado, la música que han compuesto, las investigaciones que han llevado a cabo o los libros que han escrito. Ni más ni menos. Por eso me alegra tanto la excelente designación de José Luis Bernal Salgado. La Extremeña gana. Como diría Castelo, que imaginó este momento: ¡espléndido!

Efémera

Una de las colecciones de la editorial Takara se llama Wasabi, como el condimento picante japonés y el programa de libros de Sánchez Drago. Es un proyecto que dirige la escritora gaditana Rosario Troncoso (directora de la revista El Ático de los Gatos, que ya va por su número 6) y sus libros se tiran en ediciones limitadas y numeradas.
El primer título es Efémera, del narrador, crítico, traductor y poeta José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963). En él ha reunido "pavesas de un diario", como titula su prólogo, es decir, aforismos y otras breverías entresacadas de su blog, "en barbecho", Cuadernos de humo, o, como él dice, "una especie de destilado de ese diario" que lo mismo incluye un poema que un microrrelato. ¿Y de que tratan esos "aerolitos", que diría su paisano Carlos Edmundo de Ory? Pues de la enfermedad y la salud; de la soledad y la vida amistosa, social y literaria; del insomnio y los sueños; del silencio y la conversación; de la depresión y la melancolía (y, por eso, del sol y de la lluvia); del campo y del mar; de la desnudez y los gatos; de leer y de escribir...
Hay mucha poesía entre líneas y hasta versos, ya se dijo. Y la mezcla de eso y de otras cosas: "El viento en el campo viene de más lejos".
Son las anotaciones, entre íntimas y privadas, de un hombre que observa cuanto sucede y pasa. Cotidianamente, cabe precisar. 
El lector curioso que no quiera adquirir este precioso ejemplar de papel, él se lo pierde, podrá darse un garbeo por el mencionado blog donde encontrará algunas de las joyas que aquí se muestran.
Uno, en fin, añadiría este título a la bibliografía poética de su autor. No creo que deba estar en otra carpeta. 

18.9.16

La poesía de Antonio Lucas

En Fuera de sitio reúne Antonio Lucas (Madrid, 1973), periodista cultural del diario El Mundo, la poesía escrita y publicada entre 1995 y 2015. Veinte años y cinco libros en un volumen de Visor. El prólogo es de otro poeta, de la generación anterior a la suya, Felipe Benítez Reyes, con una poética, a mi modo de ver, muy distinta a la de Lucas. Eso no obsta para que, como acreditado lector, acierte en el análisis. En este párrafo se resume bien lo que el poeta de Rota viene a decir allí: “La madurez de Antonio Lucas nos ha traído un poeta seguro de sí, pero arriesgado. Un poeta que domina con maestría los recursos que lo caracterizan desde sus inicios, pero que a la vez no se conforma con ese dominio y asume, como un deber estético, no sólo la búsqueda sino también la osadía. En cualquier poema suyo hay un rasgo de gran audacia, una resolución estilística que desconcierta y deslumbra. Su imaginación verbal le pide un vuelo alto y continuo, y él se lo concede”. ¿Y antes de la "madurez"? Casi lo mismo. Basta con leer Antes del mundo (1996), su ópera prima, accésit del premio Adonais, con su arriesgada tipografía centrada; con su avalancha de palabras e imágenes procedentes de sus amados poetas franceses (Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Nerval, Breton, Perse, Bonnefoy...) y otros españoles, también de cabecera, como Juan Ramón Jiménez, Salinas o Lorca (el de Poeta en Nueva York), y en español, como Neruda, señalado por Benítez Reyes; con la fijación de lugares simbólicos como Lisboa y su Barrio del Chiado. 
En Lucernario (1999, Premio Ojo Crítico), Lucas se atempera un poco. Siquiera en apariencia. En lo formal, digamos. No cesa, sin embargo, la pasión lingüística, el desbordante uso de las palabras, sujetas a una imaginación sorprendente; ni las referencias a sus maestros (de estirpe surrealista y nerudiana). Llegan otros, como Aragon o Whitman, que tampoco podía faltar en esta poesía celebratoria y jovial. Ni falta el cosmopolitismo (Londres, París, Venecia). Ni la música (en su poesía completa encontramos a Leonard Cohen, Chet Baker, Billie Holiday, Lou Reed...). Ni los poemas largos, como "Amor y muerte (Elegía)" o "Azohía". Aquí, como en todos sus versos, la vitalidad, sí, y el exceso. 
En Las máscaras (2004) cita a Pessoa y a Dostoievski. "Viajo lentamente hacia el invierno de mí mismo", leemos al comienzo de "Tiempo de fondo", un poema central en su obra. "Himno" nos trae a otros poetas de su línea: los románticos. A Hölderlin, Novalis, Keats... Y al visionario Blake. O a otros raros, como Trakl o Michaux. Si nombro a tanto poeta no es por subrayar su condición de lector onmívoro o una veta o sesgo culturalista (los Novísimos estén aquí muy presentes: Gimferrer, Villena, el primer Carnero...), sino para indicar por dónde transcurre su poética y qué puede encontrar en estas páginas quien no haya leído aún a Lucas. Dime a quien lees... Y por seguir, siempre Rimbaud y, entre los nuestros, Caballero Bonald, el último, el más transgresor. No quita que además se mencione a Eliot. El de La tierra baldía, of course. Por lo demás, ¿cómo hacer alusión a los poemas? Tan enigmáticos, tan particulares. Ajenos a lo narrativo y, por tanto, a esa tendencia tan mayoritaria como anglosajona de la poesía española de las últimas generaciones. 
Con Los mundos contrarios (2009) ganó el Ciudad de Melilla y desembarcó en Visor. El barroco y Góngora, otro que tal. Los poemas en prosa. Lautréamont y Pound. Y César Vallejo, otro puntal de esta manera de decir. Allí, los encuentros imaginarios de Keats y Reed, de Lorca y Ashbery. Y la pintura, otra pasión confesa de este crítico de arte y entrevistador de pintores y escultores. Velázquez, Schiele...
Tuve ocasión de reseñar Los desengaños (2014), premio Loewe, para ABC Cultural y luego publiqué aquí la reseña. Un preciso paso adelante que lo ha afianzado como poeta fundamental del panorama.
Tres poemas inéditos, en perfecta línea de continuidad con lo anterior, nuevas variaciones en torno a una poética a la que Lucas se ha mantenido fiel, cierran este volumen. Entre ellos el emotivo "Hospital".
Benítez Reyes afirma en el mencionado prólogo: "Esta es, en suma, la historia escrita, pensada y sentida, de un poeta que sabe decir lo que quiere decir como nadie lo ha dicho, y de ahí su grandeza, y de ahí su poderosa exclusividad". No se puede decir mejor.

FUERA DE SITIO

Imagina que el tiempo sólo es lo que amas:
unas pocas palabras, unos seres exactos,
unas horas muy lisas, una playa (quizá)
donde el daño no acecha.

Imagina la vida como no lo es ahora,
no quiero decir como algo perfecto,
sino un resplandor, cierto abril de muy lejos,
un tributo al azar sin otro destino
que el confín fugitivo de un eco sin rostro.
Y después cualquier cosa.

Con qué precisión va la edad hilvanando el espino.
Y qué extraña la urgencia de ir en pie hasta la ola,
celebrar lentamente que aniquile mi huella,
mi escritura de hombre, mi certeza de surco,
ser la alta misión de lo que nunca concluye
como no cierra el mar su recado en la orilla.

Pero no es estar quieto la razón ni la meta,
sino un querer más pequeño, una conquista más clara:
ver la vida llegar de su noche a tu noche
en un cuerpo ajeno,
pronunciar su silencio,
abrazar su alambrada,
desear su vacío,
delirar sin camino, sin mapa, sin fuego,
hasta el tiempo sin tiempo
del país que no haremos.

17.9.16

Echevarría dixit

"He leído Interrupciones en paralelo a la segunda entrega de los extraordinarios diarios de Ricardo Piglia, Los años felices (Anagrama). En ellos encuentro repetida una fórmula que ya otras veces había oído en boca de Piglia, y que vendría al pelo como epígrafe para el libro de Matías: “¿Y si yo fuera el tema de mi colección de ensayos sobre literatura? La crítica como autobiografía”.
Puede que, en definitiva, y a despecho de lo que uno se proponga, se trate siempre de eso. Que en eso resida la clave y el verdadero interés de la crítica en cuanto género, no sé". Ignacio Echevarría, "Las interrupciones de Matías". El Cultural.
El libro al que se refiere es Interrupciones. Diario de lecturas (Hueders), del escritor chileno Matías Rivas.

16.9.16

El lector Bonilla

Biblioteca en llamas era el título de un blog que Juan Bonilla (Xerez, 1966) mantuvo abierto entre 2012 y 2015 en el diario El Mundo y ahora el de un libro, publicado por Renacimiento en su colección Los cuatro vientos, que rescata parte de lo allí publicado, con ligeras variaciones, y algunos textos de diversa procedencia que vieron la luz en revistas como Clarín o Cuadernos Hispanoamericanos, todos relacionados con los libros y la lectura, de ahí que pensara en titular el volumen Andarse por las tramas. Su espíritu se puede resumir con estas palabras que figuraban en la cabecera de aquel blog: "Contra la dictadura de la mesa de novedades y contra el grito de los escaparates, esta Biblioteca se propone rescatar de las llamas del presente, obras y autores de los que apenas se habla porque no son, no están de actualidad".
Uno, que había leído no pocos de los artículos que lo componen, sabía de antemano que iba a disfrutar mucho con este libro. Así ha sido. Se puede decir que lo he paladeado. Entre baño y baño en la piscina, que es, ya lo he dicho alguna vez, un sitio ideal para según qué empeños. 
En la primera parte, "Lecturas", Bonilla ha reunido lo más sesudo, digamos, de la obra. Es donde su condición de crítico literario queda del todo patente. Destacaría las referidas a Ruano, a Falange y literatura de Mainer (del que también comenta su Historia mínima de la Literatura Española), así como a la obra de poetas como Julio Mariscal, Gloria Fuertes y Ted Hughes (a propósito de su impresionante Carta de cumpleaños) y de composiciones poéticas como el haiku (en español). 
En "Gente que ya no está" se ocupa de distintos muertos que unas veces echamos de menos (como los editores Ana Santos -de El Gaviero- y Jaume Vallcorba -de Sirmio y Acantilado-) y otras no tanto, como a la familia Panero. Aprovecha para volver sobre una de sus pasiones confesas: la de bibliófilo. De primera ediciones de la "Vanguardia Latinoamericana", "el nombre de una rara enfermedad que padezco desde hace años". Por eso viaja a Bogotá, en busca de Álvaro Castillo y de San Librario.
Mención aparte merece la narración de cómo publicó su primer libro, El que apaga la luz, título que dijo haber tomado de Somerset Maugham; una cita, confiesa, apócrifa. Tan falsa como la presunta identidad de Matilde Urbach, la dama del famoso poema de Borges, un dato que figura en las notas de algunas ediciones de la poesía borgeana y que, a buen seguro, habría divertido al escritor argentino. La impostura como una de las bellas artes. 
Tal vez la parte más genuina del libro sea "Opina que algo queda" o, cuando menos, en la que uno ve al Bonilla más agudo y fresco, el tipo capaz de, aun hablando con toda seriedad y con conocimiento de causa (este hombre es un lector consumado con criterio), hacerte reír; aunque, en general, estos textos muevan a la sonrisa, que es más difícil. El humor es carta de naturaleza en su escritura y la mejor manera de quitarle cualquier atisbo de solemnidad a lo que acaso mereciera tenerla. El aburrimiento, una imposibilidad. Si por algo se caracteriza Bonilla es por su enseñar (u opinar) deleitando. Su amenidad es de ley.  Y su desparpajo. Con los juegos de palabras es un maestro.
En esta sección habla de genealogías literarias (que cada cual puede escoger), de listas de libros, de blogueros avant la lettre (como Eugenio D'Ors), de la crítica (negativa e ideológica, que da para lúcidas reflexiones que uno ha subrayado profusamente), del premio Cervantes, del futuro de los escritores, de la feliz experiencia del premio de la Bienal de Novela Vargas Llosa (y lo mejor del galardón: la reseña elogiosa del Nobel peruano sobre su libro), de la responsabilidad de los lectores (uno de sus textos más recientes) o, en fin, de la imposible ordenación de una biblioteca casera. 
El epílogo lo ocupa "La velocidad correcta", un intenso relato real donde Bonilla narra la búsqueda de una casa para vivir con su pareja, su definitiva localización y lo que vino después: mudanza, reformas... Todo a la correcta velocidad, de ahí el título, del "poquito a poco". "Era nuestro sitio", afirma feliz cuando evoca las estancias y su piscina. Y a su gato Explorer, su inmortal higuera y su precioso naranjo.
¿Lo peor del libro? Dejémoslo en un par de erratas (en las páginas 143 y 260) que no consiguen afear este largo ejercicio de inteligencia crítica. 
¿Lo mejor? Sin duda, una aparente obviedad que no lo es: lo bien escrito que está. Ya nos advierte que "la crítica literaria sí debe ser literatura", a diferencia de la de arquitectura, por ejemplo, que no es arquitectura. "Porque el de crítico es un oficio -afirma con razón-, si es que lo es, que se defiende sólo y exclusivamente en el acto de criticar, es decir, en los textos donde se formula una crítica".
Destaco además esa mezcla de vida y literatura que el de Xerez, ahora en las afueras de Sevilla, traslada a cuanto escribe con una naturalidad pasmosa. "La crítica como autobiografía", que Piglia.

15.9.16

Millás dixit

"El lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran". Juan José Millás, "A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas". El País

14.9.16

En El Cultural


Rafael Cadenas
Pre-Textos, Valencia, 2016. 84 páginas. 

A la poesía del venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930), premio FIL en 2009 y reciente ganador del Federico García Lorca, que incompresiblemente carece de galardones de sobra merecidos como el Reina Sofía, el Príncipe de Asturias o el mismísimo Cervantes, este lector llegó gracias a Obra entera. Poesía y Prosa (1958-1995), publicada aquí por la editorial Pre-Textos (con prólogo de Darío Jaramillo Agudelo) y en México por el Fondo de Cultura Económica. Antes, leímos sus poemas en distintas antologías ultramarinas, donde nunca faltaba, y en la que editó Visor en 1999. Luego, tras un largo silencio, vio la luz Sobre abierto (2012), al que se suma ahora el libro que comentamos.
Continúa en la senda del anterior, de absoluto misterio y despojamiento, de “desaprendizaje”, y, junto a todos los demás, forma parte de una obra única, por unitaria y por diferente.
Se abre con el famoso haiku de Basho: “Un viejo estanque: / salta una rana, / ruido de agua”. “Uno no sabe por qué escribe lo que escribe, yo no sé qué ha sido para mí lo que la rana fue para Basho”, comentó Cadenas en una entrevista. Y en un verso: "No desdeñes nada. / La rana le dio a Basho / su mejor poema".
Esa recurrente rana vuelve y con ella su enigmático salto. La anécdota de cómo fue compuesto está detrás de unos versos escritos en su particular forma de “trípticos”, una estrofa cadeniana muy parecida al haiku. Con ella regresa, paradójicamente, el instante, el presente (“pues como sabe que nadie conoce el futuro / se ahínca en el ahora perenne”), lo inmediato, solo tiempo que en verdad conocemos, clave de ese famoso poema. Y las enseñanzas del Tao, una constante en la singular obra del autor de Intemperie. Y el amor al idioma, un asunto al que ha dedicado penetrantes ensayos, ejemplificado aquí en poemas como “Fidelidad” y “La deuda de las palabras”.
A Karl Kraus, referente de esa defensa a ultranza de la lengua, dedica uno de los poemas con nombre del conjunto. Con él, Dante (en Florencia), Anna Ajmatova (“la suplicante”), Spinoza, Kennedy, Lord Chandos o Hölderlin y más en concreto Zimmer, el carpintero que lo albergó (“alabado sea ese artesano”) cuando el poeta alemán, que a todos se dirigía como “su excelencia, majestad, / su señoría”,  enfermó. En defensa de la dignidad leemos allí: “Rehúso creer / que sea necesario estar demente / para tratar con esa misma / reverencia a cualquier ser humano”.
La ascesis y el desaprender, la ausencia de énfasis (“Porque cuando te avienes / a hablar / lo haces sin énfasis”), está en el ADN poético de Cadenas, que no deja de ser un poeta ático. Y la mirada (“Lo que salva de los escombros”), siempre “a la mira de lo que ocurre”, como estado de ánimo. “Recibe tu alrededor / como un amante”, leemos.
Cadenas ha escrito: “Me atrae la escritura cercana al diario”. Lo comprobamos en este libro de nuevo, donde los versos parecen surgir con la naturalidad de la anotación, cercana al habla.
Un poema extraordinario le perseguirá, como le ha atosigado el genial “Derrota”. Se trata de “A un querido emperador”, donde dice de Marco Aurelio: “Nunca usó el lenguaje para encubrir / la realidad o superponerla otra”. O: “Como estoico, era austero”.
En el poema final alude a “lo que escribí”, a “lo que hice” y a “lo que dejé de hacer”. En ese orden, “Me pertenece”, dice; “debo acogerlo”, añade; es “el reverso que me completa”, concluye. 

Nota: Esta reseña de En torno a Basho y otros asuntos apareció publicada el pasado viernes en El Cultural.