24.4.17

En Ribera del Fresno

El Periódico
Ya le dedicó uno a Ribera del Fresno una "carta" como ésta cuando colaboraba en el diario HOY, con motivo de un encuentro literario que tuvo lugar en su biblioteca pública, situada en una de las muchas casas solariegas que aún conserva ese bonito pueblo de la provincia de Badajoz donde nacieron Juan Macías y Meléndez Valdés, un santo con vocación ultramarina y un poeta que ha sido calificado como el más importante de la literatura española del Setecientos. 
Para conmemorar el bicentenario de la muerte del ilustrado, en 1817 y en Montpellier, exiliado por su apoyo a Bonaparte, el Ayuntamiento de la localidad, con la colaboración de la Junta de Extremadura y de la Diputación de Badajoz, convocó un premio que lleva el nombre del autor de Batilo. Pero no un premio cualquiera, de los que tanto abundan. Se trataba de distinguir al mejor libro de poesía publicado en España en 2016. Lo ha explicado muy bien su ideólogo, digamos, José María Lama, director técnico de la empresa cultural +magín y secretario con voz pero sin voto del jurado, en un artículo publicado por eldiario.es: "El premio tiene varias singularidades. En primer lugar, se proyecta desde lo local como un premio nacional.(...) La segunda originalidad del premio es que no invita a los poetas a que se presenten. Se basta por sí solo para elegirlos, ya que se trata de un premio a libros publicados que sigue el modelo de los premios nacionales de la Crítica o, sin ir más lejos, del premio de novela “Dulce Chacón”, que se concede anualmente en Zafra. (...) Y la tercera originalidad del premio es que no es sólo un acto de, llamémosle, “cultura elevada”, sino una oportunidad de dinamización cultural de una localidad del medio rural extremeño. Para ello se invita a que los aficionados y las aficionadas locales a la poesía lean los libros finalistas. Y que se reúnan en un foro de lectura un día antes de la reunión del jurado indicando a la alcaldesa cuál debe ser el sentido de su voto". Aunque no estuve, la reunión donde los lectores de Ribera (en torno a treinta) eligieron su libro favorito fue de un nivel llamativo, lo que descarta ese tópico de que la poesía no interesa y que, además, es difícil. Claro, se nota la callada labor de los clubes de lectura, que llevan años funcionando en ese municipio de Tierra de Barros.
El jurado de esta primera edición ha estado compuesto por Olvido García Valdés, Irene Sánchez Carrón, Juan Ramón Santos, Eduardo Moga (en representación de la Junta, aunque reconocido crítico y poeta), Elisa Moriano Morales (representante de la Diputación), Piedad Rodríguez Castrejón (alcaldesa de Ribera del Fresno) y quien escribe. Los excelentes libros finalistas, tras una primera selección de veintidós elegidos por críticos de distintos medios (en el citado artículo de Lama se enumeran), eran seis: Carta al padre, Jesús Aguado (Vandalia. Fundación José Manuel Lara); Corteza de Abedul, Antonio Cabrera (NTS. Tusquets); No estábamos allí, Jordi Doce (La cruz del Sur. Pre-Textos); Ser el canto, Vicente Gallego (Visor); Han venido unos amigos, Antoni Marí (Renacimiento); y Pérdida del ahí, Tomás Sánchez Santiago (Amargord).
Tras las razonadas deliberaciones de rigor, que no se limitaron al mero juego matemático de los votos y los descartes, se alzó con el premio una obra que, como se recoge en el acta, desde el principio, ya en la selección previa, había suscitado claros apoyos. No estábamos allí, de Jordi Doce, es, en efecto, un «libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañezas y misterio bajo una luz nórdica». «Una especie de relato intemporal en busca de la identidad "en medio del camino de la vida"». 
El jurado se reunió en medio del precioso campo de Ribera, en un antiguo cortijo convertido ahora en hotel rural, donde el civilizado paisaje, de olivos y viñas, daba una impresión de cuidado jardín más que de cultivo agrícola. El acto donde se anunció el libro ganador (el premio está dotado con 4.000 euros) fue también una celebración del Día del Libro. A las palabras de la alcaldesa y del secretario del jurado, le siguieron la lectura de poemas de cada uno de los restantes miembros del mismo (en ausencia de Elisa Moriano), lectura que inició el mencionado Lama con "Prosperidad aparente de los malos", de Meléndez. Vino después otra lectura, la del acta, y la llamada en vivo y en directo al premiado para comunicarle la buena nueva, que pudieron escuchar todos los presentes. Una conversación breve, emocionada y nerviosa, como exigía la ocasión. Antes de proceder, me felicité por haber formado parte de un jurado competente que, a pesar de la corrupción que nos invade (incluida, ay, la literaria), había sido capaz de sacar adelante un premio limpio. Algo, por cierto, que le hubiera agradado a su inspirador, una figura, tienen razón Eduardo Moga y Miguel Ángel Lama, que hay que reivindicar.   
El próximo 26 de mayo se hará entrega del premio a Jordi Doce en presencia de vecinos y autoridades. Allí estaremos.

Miembros del jurado ante el busto de Meléndez Valdés



22.4.17

Premios de la Crítica 2017

Acaban de conceder el Premio de la Crítica 2017 a la novela Patria, de Fernando Aramburu, y al libro Sin ir más lejos, de Fermín Herrero. Esta es la reseña que publiqué el pasado 17 de febrero en El Cultural sobre este libro:

El título y la ilustración de la cubierta del nuevo libro de Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) son elocuentes. La sencillez y la humildad bien entendidas, a las que hacen referencia las citas de Jung e Ingres que abren el volumen, son los pilares de una poética reconocida, por los premios y por la crítica, y reconocible, por su absoluta coherencia, que se ha ido ahondando y esclareciéndose libro a libro. Tal vez por eso en el primer poema leemos: "La poesía / es la conciencia". "No tiene complacencia". "La bondad / se ve, no necesita / verborrea". Es justo lo que aquí falta. La sobriedad es ley. El lenguaje, como el paisaje de su tierra: áspero y despoblado, seco, esencial, resistente. El tono, sentencioso. La expresión, austera: "Cuanto más simple, más hondura". Un lenguaje que juega con la sintaxis a favor del sentido. Que maneja con solvencia el encabalgamiento. Que logra el ritmo que exige su música callada, la de sus amados místicos, a los que cita explícitamente.
La poesía "es una enfermedad / que afecta a los más débiles / de la especie", escribe el machadiano Herrero, aunque parezca todo lo contrario.
Sí, "que todo es regalado, acuérdate". Que "Vivimos de milagro y eso es suficiente". De ahí la celebración, el himno frente a la elegía: "Únicamente hay luz / en el canto".
Y al fondo, el paisaje soriano, la naturaleza ("refugio contra el mundo") y el campo, que no son lo mismo. Y el asombro de ver y contemplar cuanto sucede. Por eso los poemas tienen algo de anotaciones de un hipotético cuaderno de bitácora (terrestre) que llevara un observador del mundo. De un mundo, por cierto, que desaparece. Herrero es un testigo. No evoca desde la memoria lo que dice. Lo tiene delante de los ojos. Ahora. Sigue ahí, no ha huido: "Así que estoy aún". "Estoy. Aún estoy", leemos.
Lo suyo es el asombro. La perplejidad del que mira sin regodearse en metafísicas. En soledumbre, aunque eventualmente aparezca acompañado, Herrero se expone al cierzo, la nieve, el hielo... Al frío, que es cualidad de ese mundo centrado en la armonía y en el equilibrio. Un estado de serenidad que viene de antiguo (y que él nombra, a veces, con populares palabras de antaño), heredado por él y que al cabo transmite a quien lee mediante una voz que es todo menos impostada.

21.4.17

Aramburu y Savater: poesía

«Más difícil me resulta vincularte con la poesía», le comenta Fernando Aramburu a Fernando Savater en un momento de la conversación entre ellos publicada en El Cultural. «No me sorprendería averiguar -continúa el novelista vasco- que guardas en un cajón un viejo cuaderno con treinta y cinco sonetos. Dudo que un ladrón de libros de poemas que entrara a desvalijar tu biblioteca se tuviera que marchar de vacío. Como diría un entrevistador mexicano: a ver, maestro, platíqueme esto. No se avergüence de reconocer el pecado poético». Y Savater responde: «¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Si a un autor que ha escrito diez novelas de éxito, ocho dramas premiados, varios ensayos recomendados en la bibliografía universitaria y tres sonetos dedicados a su primera novia, la del pueblo, le preguntas qué se siente ante todo, te contestará bajando púdicamente los ojos: “Yo soy poeta”. Creo que esa preferencia viene de que la poesía es lo más puramente literario de todo, lo que menos se parece a una clase (ensayo), a la crónica que hacemos de lo que pasa (novela), a un cruce de opiniones (teatro)... La poesía realmente no se parece a nada utilitario, todo lo más a los balbuceos obscenos durante el coito o a los delirios enfebrecidos de un moribundo. De modo que su prestigio es enorme... Tranquilo, no es mi caso. Escribí bastante poesía entre los quince y los dieciocho años, y hasta publiqué dos dizquesonetos en uno de mis primeros libros, Apología del sofista (habrás notado que los títulos de mis libros suelen ser mejores que el libro mismo...). Pero descuida, que nunca te diré: “Ante todo, me considero poeta”. En todo caso, me hubiera gustado serlo, nada más. Mis poesías en verso son muy malas. En cambio Criaturas del aire, uno de los libros del que estoy menos descontento, puede considerarse, siendo generoso, una especie de poesía en prosa... En fin, no basta. Las únicas poesías de las que no me arrepiento, pero totalmente privadas, son el poema que cada primero de año escribía a mi mujer. Only for her eyes... Porque lo poético en mi vida fue ella, mi amor por ella, aunque haya sido incapaz artísticamente de ser digno de ese sentimiento».

20.4.17

Este libro es de mi madre

No sé cuánto tiempo hacía que no iba al molino. Meses. Volvimos el día de Viernes Santo. Comida familiar (una sabrosa y picante sopa garganteña de patata), buen tiempo, paseo (no tan largo como uno hubiera querido) y, claro está, lectura. Ese día metí en la mochila dos periódicos y un par de libros. Antes de comer, que allí nunca es pronto, leí La inquilina descalza, ópera prima de la riminesa Isabella Leardini (1978), que lleva ya cuatro ediciones en su país, en traducción de Paola Patrizi y Juan Carlos Reche, con prólogo de Milo de Angelis ("Pizcas de Isabella") y publicado por La Isla de Siltolá. 
Por la tarde, después de la caminata, digerida ya la sopa, me senté según costumbre bajo la parra (que empieza a echar sus primeros brotes) y abrí el precioso ejemplar de Este libro es de mi madre. Su autor, Erich Hackl. La traducción y las notas son de Pilar Mantilla en colaboración con Manuel Lara y lo edita Papeles Mínimos. La edición, muy cuidada, ya se dijo, incluye un nostálgico álbum familiar. 
Nunca se sabe qué puede depararte un libro hasta que no lo lees, es cierto, pero con algunos sospechamos, incluso antes de ponernos a la tarea, qué puede ocurrir. Me pasó con éste. Cuando llegó a casa, antes de quitarle su bonita funda de plástico, imaginé que se trataba de una novela. Y en cierto modo lo es. Sin trampa -pocos libros más verdaderos-, en la "Nota del autor", Hackl (Steyr, Austria, 1954) explica que se trata de un libro tan suyo como de sus padres, en especial de su madre, María (por error, como se explica en una de las escenas más divertidas) que es la que le da voz, de ahí el título, donde ha intentado describir un mundo hasta ahora perdido: el de su infancia y juventud en el Mühlviertel austriaco, "una región de colinas al norte del Danubio", que a él le ha llegado a través de la memoria heredada de sus progenitores, por más que se tome la libertad, confiesa, de "permitirle juicios que no era capaz de expresar o que no llegó a alcanzar. "La libertad de atribuirle mi conciencia", algo que enriquece, sin duda, esas memorias. "Este libro lo he escrito, por así decirlo, con ella y no contra ella", concluye. Así, en un momento dado leemos: «Siempre di demasiada / importancia / a lo que decían los demás. / Fue mi error / toda mi vida / ya desde entonces. / Si la gente se reía de alguien, / de inmediato me parecía raro. / Si lo encontraban feo, / no me gustaba. / Si se reían de él, / yo me apartaba. / Ese bizquea, / ese tiene chepa, / ese tiene bocio, / ese tiene la nariz torcida. / No bizqueaba, / no tenía chepa, / no tenía bocio, / no tenía la nariz torcida. / Pero yo, siempre preocupada / por lo que decían los demás».
Lo que ocurre, una sucesión de historias a cada cual más hermosa, no sería sensato explicarlo aquí. Digo hermosa, pero son también duras. Porque todas las vidas lo son, sí, y porque la época que les tocó vivir no fue, como casi todas, sencilla. Las páginas más intensas del libro se centran en los duros años del nazismo y de la guerra. "Imagínate -dijo mi madre / -ahora pertenecemos a los alemanes". 
Utilicé antes la palabra verdadera y muy de verdad me ha parecido todo lo que se narra (o se canta) en esta obra popular en el sentido más noble y menos plebeyo del término. Sin alharacas ni retórica, con la debida naturalidad, alguien nos habla de su vida al oído, en voz baja, confidencialmente, Y su relato está lleno de pasión y de dolor, cómo si no. Parece escrito por un alma noble. Y por una persona aguda, curiosa e inteligente. De ahí que su lectura nos resulte tan placentera, tan interesante y tan enriquecedora. 
Se le fue a uno la tarde entre esas páginas, mientras sonaban a lo lejos, por cerca que estuvieran, los ruidos, las conversaciones... Había viajado a un mundo europeo de ayer. Me costó regresar.

19.4.17

Morábito dixit

El poeta mexicano de origen italiano nacido en Egipto Fabio Morábito ha sido entrevistado por Carmen de Eusebio para el número 801 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, el mismo donde se publica, ya se dijo, el dossier sobre Ribeyro.
Al final de la conversación, dos preguntas relacionadas con la poesía.
Como poeta, dice De Eusebio, ¿cuál cree que es el interés de la sociedad, de las administraciones públicas y de las asociaciones culturales por la poesía? Según Morábito, "La poesía tiene el prestigio que tiene toda actividad secreta, inútil e incomprensible. Si no fuera tan incomprensible para la mayoría, no tendría prestigio y los poetas no viajaríamos como viajamos. Una amiga mía poeta solía repetir: «Escribir poemas no me ha hecho rica, pero cómo me ha hecho viajar». Y también viajar es una forma de riqueza. La poesía «viste» a cualquier iniciativa cultural. Ay, de aquel funcionario cultural que se olvide de la poesía. Pobre, inofensiva, tediosa para el gran público, la poesía sin embargo es insoslayable. Se trata, pues, de un gran malentendido. Hago votos para que siga siendo eso, un malentendido, un enigma para la inmensa mayoría de la población. Eso garantizará, en lo oscuro, su permanencia".
Después, la periodista pregunta: ​¿Qué papel podrían y deberían desempeñar las escuelas para acercarnos a la poesía?​. A lo que el autor de Lotes baldíos responde: "Enseñarnos dónde está la poesía, y mostrarnos dónde puede aparecer: en un refrán ingenioso, en la letra de un bolero o de un tango, en la gracia de un chiste bien contado, en la escena de una película que te corta el aliento. Enseñarnos que la poesía existe, que no es un espejismo. Unos cuantos, después, la buscarán en los poemas, se harán lectores de poesía, y serán una minoría. ¿Qué importa? La escuela, antes que nada, debería enseñarnos que la poesía existe".

18.4.17

Mesanza y Fernández

Julio Martínez Mesanza
Rialp, Adonais, Madrid, 2016.
  
En sucesivas ediciones, Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955), ineludible representante de la Generación de los 80 o de la Democracia, filólogo y traductor de Dante y Sannazaro, fue dando forma a su libro Europa, al que siguieron Las trincheras, Entre el muro y el foso y la antología Soy en mayo. Casi una década después, llega Gloria, escrito en los últimos once años, entre Madrid, Túnez, Tel Aviv y Estocolmo, destinos de su trabajo en el Instituto Cervantes.
Qué bien se adaptan los poemas limpios y breves que lo componen al sobrio diseño de la colección Adonais. Aunque se nos anuncia un “cambio de registro”, uno vuelve a encontrar al virtuoso del verso: el endecasílabo blanco, al lector de los clásicos (“Porque no merece”), al poeta épico, al que usa la borgeana enumeración caótica (“Ghar El Melh”) y los “nombre propios” (léase “Los símbolos cansados” o “Les ombrelles”), alguien, en fin, pendiente de lo pequeño, de lo sencillo (“dame lo extraño, / que es ver por primera vez lo sencillo”), de los detalles (“Dame palabras fáciles y claras / para explicar la sencillez del alma”).
Contra los prejuicios ideológicos y religiosos, con los que le hostigaron desde el principio, Mesanza, que cumple lo que dice: “un poco de pasión en lo que haces / y llevar hasta el fin lo que pensabas”, “el hábito de hablar de lo que siento / en términos morales y absolutos”, glorifica la vida y canta “la manifestación de Dios en la creación” a través de símbolos muy suyos: Europa (“Aunque a la muchedumbre no le importe / que Europa valga poco y crea en nada”), la luz, el desierto, la batalla, el muro (con Cirlot), el guerrero, la estepa, el laberinto, las Madonnas, la cruz… Una palabra, ya mencionada, “alma”, “que es inextinguible”, fundamenta este viaje (“solo malvivo en sitios diferentes”) a favor del humanismo y en contra de la nada y del no, donde no podía faltar el amor; así, en “Safo dieciséis” (“amar el desdén de quien amamos”) y “De luz y rosas”.
Poemas como “Pamplona”, “Anfibia” (sus almas fenicia y cristiana: el desierto y el mar de Homero), “Jan Sobieski” (el rey polaco, “la carga de los húsares alados”), “Cuestiones naturales IV” o “Los carros en Kipur” (“Eres, Señor, la guerra interminable”) dan fe del alcance de esta intensa meditación moral de Mesanza consigo mismo y con quien lee. Pura verdad.
Javier Fernández
Hiperión, Madrid, 2016. 

Javier Fernández (Córdoba, 1971) ganó con Canal el Premio "Ciudad de Córdoba". En el jurado, Pablo García Baena, Juana Castro, Mª Ángeles Hermosilla, Pablo García Casado y Jesús Munárriz. 
«Mi hermano Miguel murió el 5 / de marzo de 1975, tres semanas / antes de su sexto cumpleaños». Así empieza el libro. Consta de sesenta fragmentos y una coda. Está escrito en prosa. Lo de poética sobra. En un momento dado dice: "Necesito contar todo esto, quiero hablar de ello. Y no me sirve otro lenguaje. Tiene que ser directo, seco. Y así es. El tono es sumario. Como de informe. Escueto. 
Cuando murió su hermano mayor por accidente, ahogado en un canal (de ahí el título, sí), el autor tenía tres años. Eran "inseparables". Si le hubiera acompañado, hubieran muerto los dos. Pero no voy a entrar en detalles. El libro se basta y se sobra. Lo narrativo prima. Detrás, su madre (a quien dedica la obra), su padre y su hermana Marian, la pequeña. Y el dolor. Y el miedo. Y el divorcio. Y la culpa. Y la depresión. Y la cobardía y la valentía. Y los llantos. Y las visitas al cementerio. Y los sueños: todos sueñan con Miguel, aunque Javier no quiera hablar de ello. 
"Mi hermana dice que me invento los recuerdos", escribe Fernández. Reconstruir lo sucedido y darlo a conocer en forma de poemas (cómo si no) ha sido una manera de conjurar el daño. "No he conocido un tiempo sin mi hermano", reza el verso final.
A modo de coda, el poema "Dirección prohibida", dedicado a la hermana, primera versión de este libro, un poema que JF no ha dejado de "reescribir". 
Hay momentos muy intensos que era complicado fijar. No tanto por los hechos que relata, sino por la dificultad para mostrar ese hondo, inmenso dolor sin caer en la exhibición sentimental y el patetismo. De esa prueba ha salido airoso. Como dijo García Baena, el libro es "desgarrador".
Asombra, en fin, la sinceridad (lo siento, no cabe otra palabra) con la que Fernández cuenta y canta, con voz melancólica y elegíaca, lo que sucedió aquel día nublado y con mucho viento. Un día que Javier, su hermana y sus padres habrán intentado olvidar mil veces. Ha debido ser muy duro. Haberlo escrito (así, en plural) les habrá traído, estoy seguro, cierta calma.

Nota: Las reseñas de estos libros de Martínez Mesanza y Fernández se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 14 de abril.

17.4.17

Pilar Galán en el Aula

Avuelapluma
La escritora Pilar Galán clausurará el curso 2016/2017 del Aula de Literatura 'José Antonio Gabriel y Galán' de Plasencia, Será el miércoles, 19 de abril, a las 20 horas, en la Sala Verdugo. 
La autora nos ha visitado recientemente con motivo de su participación en Centrifugados y para presentar su último libro, La vida es lo que llueve, publicado en la colección Lunas de Oriente de La Luna Libros. 
Allí estaremos.

Un resumen fotográfico


7.4.17

Ribeyro en CHA

El número 801 de Cuadernos Hispanoamericanos dedica su dossier a uno de los grandes de nuestro idioma: el peruano Julio Ramón Ribeyro.
Novelista sin boom y reconocido cuentista (sus relatos completos están recogidos en La palabra del mudo), prefiero sus diarios (publicados parcialmente en La tentación del fracaso) y una obra singular como pocas: Prosas apátridas, tan inclasificable como, pongo por caso, Manual del distraído, del mexicano Alejandro Rossi.
"Literatura y destino" ha titulado su coordinador, Cristian Crusat, el mencionado cartapacio, que se abre con un texto suyo, "Julio Ramón Ribeyro: el temperamento como género literario", que despierta muy rápido el apetito lector y sitúa pronto y en su debido lugar al flaco. Le sigue el poeta y profesor Ángel Zapata con "La promesa (in)cumplida: una lectura de La insignia"; Jorge Coaguila con "El fracaso en las novelas de Ribeyro"; el poeta Carlos Pardo con "Tentativa para ordenar la vida: en torno a las Prosas apátridas" (un artículo que me ha gustado mucho); y Felipe R. Navarro con "Un año en la vida de los hombres: acerca de La tentación del fracaso".
Lo mejor de todo es que no sólo le apetece a uno leer esos asedios críticos y biográficos, sino volver directamente, y cuanto antes, a esos libros que el malogrado escritor escribió. Ellos y él, humanos; tal vez demasiado. 

6.4.17

Carnero dixit

Irene Marsilla/Las Provincias
Con motivo de la publicación en Vandalia de Regiones devastadas, Andrés Seoane entrevista a Guillermo Carnero para El Cultural. Entre otras cosas dice: "Ahora me he dado cuenta de que lo más corto tiene a veces la misma intensidad que lo largo pero conseguida de otra manera, a base de síntesis, de concisión, no a base de evolución de un pensamiento que se autogestiona. Estos poemas ofrecen una intensidad conseguida de otro modo". Y sigue: "El estilo nunca está fijado, porque si uno no tiene algo nuevo que decir, o una nueva forma de decir lo que siempre ha dicho, que creo que es el acierto y la realidad; entonces ¿para qué escribir? Todo el que tiene un mundo personal, al final lo que ha estado haciendo son variaciones constantes sobre él, y el que no lo hace es que no tiene un mundo propio y entonces es mejor que se calle".
Seoane le pregunta si el libro podría verse como "un testamento moral", a lo que el autor de Verano inglés responde: "Yo le llamo a eso el intento de definir la propia identidad. La poesía sirve para eso. Jaime Gil de Biedma decía que es un proyecto de autosalvación, y creo que se refería a lo mismo. A cómo te reconoces a ti mismo en el poema y el poema te ayuda a definir lo que tú eres; a cómo amplías tu visión del mundo a base de leer y de escribir. Porque no es lo mismo pensar que escribir, se escribe con palabras, pero a veces se piensa con emociones y con imágenes, y la verdadera forma global de pensar es a través de la escritura. Yo lo que intento es saber quién demonios soy y porque hay cosas que me llaman y otras que no. Cuando una cosa de la realidad o la imaginación me llama me está diciendo: tú eres algo que no sabes todavía. Y entonces surge esa analogía entre la experiencia cotidiana y la experiencia cultural en la que tantas veces me he expresado. Una cosa que me interroga y me emociona me dice algo de mí que no sé todavía. Y de esa interrogación y de la exploración de esa llamada, es de donde surgen los poemas"."Afirmaba hace años -sigue Seoane- que el poeta era una especie en extinción. ¿Lo sigue siendo?" "La verdad -contesta Carnero- es que es un género que tiene muy poca presencia en la cultura colectiva, tiene muy pocos lectores. Y la culpa es de la educación. La degradación de la educación ha ido eliminando los géneros que se consideran más difíciles. Y no lo son, lo que pasa es que ya tienen el marchamo de que son ininteligibles. Gran culpa de lo cual la tiene una especie de enfermedad infecciosa que tuvieron las letras a principio del siglo XX que se llama surrealismo, que ha hecho un daño infinito. Lo que se ha perdido hoy es la capacidad de percibir el tipo de experiencia lectora única que ofrece un poema, el lenguaje poético. Esa capacidad de percibir la intensidad, porque un poema es un acto de intensidad, considerar que eso va contigo, que habla de cosas que te conciernen; eso es lo que la falta de educación nos ha hecho perder. Y es muy difícil que se recupere".
Además, reflexiona sobre esa dizque poesía escrita por cantautores (que a uno más le parecen cantamañanas) y sobre la pérdida "definitiva" del mundo clásico: "En un cuarto de oficiales de cualquier ejército de la Primera Guerra Mundial se podía hacer un concurso para ver quién escribía un poema en griego más deprisa. Eso hace solo un siglo". 

5.4.17

Zagajewski y Rilke

En lo primero que pensé al conocer que Acantilado publicaba Releer a Rilke, de mi admirado Adam Zagajewski, fue avisar a Basilio Sánchez (quien ya habrá leído la reciente, monumental biografía de Mauricio Wiesenthal editada por el mismo sello barcelonés), que, además de compartir con uno la devoción por el poeta polaco, tiene a Rainer Maria Rilke como maestro. "Debo confesar mi propia inconstancia frente a la obra de Rilke", escribe el autor de Lienzo, palabras que, con su permiso, hago mías. Sí, aunque conocí pronto, en los principios de esta carrera de fondo que es la lectura, su poesía (que tradujo, entre otros, José María Valverde), a pesar del inicial deslumbramiento (que no ha cesado) y de haber leído todo lo sustancial que en sucesivas ediciones y reediciones se ha venido publicando del autor de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, nunca he considerado a Rilke como uno de mis poetas favoritos. No hasta ahora, al menos. Lo digo porque si algo me ha gustado (y mucho) del breve ensayo de Zagajewski es el interés que ha vuelto a despertar en mí por su poesía, un hecho que atribuyo, además de por sus sagaz lectura del escritor checo  en lengua alemana (Praga, en Bohemia, su ciudad natal, pertenecía entonces al Imperio austrohúngaro), por la excelente elección de los pocos poemas suyos que cita, traducidos en su mayor parte por Juan Rulfo (de Las elegías de Duino publicadas por Sexto Piso).
Del libro, traducido estupendamente por Javier Fernández de Castro, he acabado subrayando casi todo. Que es "el mejor ejemplo de vida de un artista moderno"; su comparación con Goethe, que le precede; su alineación antimoderna ("Rilke es un antimoderno"); su rigor y su disciplina, "los sacrificios que hizo"; su condición nietzscheana de solitario; su pulsión epistolar; su paciencia, a la espera del poema total; su entrega absoluta a la poesía; su relación con Lou Andreas-Salomé, con quien viajó a Rusia, y con Rodin; su condición de poeta sin raíces y sin casa ("sin refugio permanente"); su retiro en la torre de Muzot; la creación de un territorio personal a partir de las citadas Elegías; la perfección de "Torso arcaico de Apolo"...
La segunda parte, digamos, donde Zagajewski se implica personalmente y alude a su autobiografía literaria en lo que a Rilke, Jastrun, Rózevicz, Cavafis y otros respecta, me parece aún más interesante. No digamos cuando leyendo al poeta acaba leyéndose a sí mismo e interpretando su singular poética. Cree, en fin, que Rilke "representa la esencia de la poesía en la pureza del canto lírico". Y que "todavía nos habla". A gritos, diría uno.

3.4.17

Con Landero en Badajoz

Quedamos con Miguel Ángel en el aparcamiento de un hotel a las afueras de Cáceres. Un sitio solitario y misterioso, sin duda, a pesar de sus cinco estrellas. Volvíamos a repetir los tres aquel mítico viaje, con avería incluida, en el mini amarillo hasta Zafra, cuando él era aún estudiante. Aunque uno iba conduciendo, el paisaje de esa carretera de mis amores no me pasó desapercibido. La tarde estaba espléndida y el campo no digamos. Puede que influyera en mi ánimo el hecho, nada nimio para mí, de que volvía a Badajoz después de nueve años de ausencia. Desde septiembre de 2008, la última vez que vi a Ángel Campos con vida, cuando nos dimos el último abrazo, un par de días antes de que me echaran de la Editora a lo Echanove. Lo recordaba, qué remedio, cuando pasaba por delante del Zurbarán, al lado de donde tenía aquella calurosa noche de finales de verano el coche aparcado, donde me despedí, no imaginaba que para siempre, de mi amigo. Antes, pude contemplar de nuevo mi pacense línea del cielo favorita: la Alcazaba en el centro. Tras cruzar el Guadiana, encontramos a Badajoz, hablo en plural, muy cambiada. A mejor. Más ciudad. Más bonita. Aparcamos en el museo tras pasar delante de la librería Universitas, del edificio de la Avenida de Huelva donde estaban los fondos de la Editora que cuidaba Engracia (y, en tiempos, la sede de la Asociación de Escritores, territorio Mediero), del último piso de Angelito... El primer abrazo, a Antonio Franco, nuestro anfitrión, persona clave para que la presentación de Turia, a lo que íbamos, tuviera lugar, nunca mejor dicho. Por eso el segundo abrazo debí dárselo a Raúl Carlos Maícas, su director, al que no conocía personalmente. Luego ya fueron llegando otros (con Gonzalo y María José, también allí, sobran los besos y los abrazos, sobrios que somos). Marino González ha hecho, según creo, el recuento más numeroso de los presentes. Así, entre otros, cita en Facebook a María José Hernández y Antonio Blázquez, Elías Moro, Teresa Guzmán, Ana Crespo (la mujer del cronista), Quique García Fuentes, José Manuel Sánchez Paulete (al que mi despiste me impidió reconocer como es debido), Eduardo Moga, el citado Gonzalo Hidalgo Bayal (y María José, ya dije, a la que él olvida), los hermanos Lama: José María Lama y Miguel Ángel, Yolanda Regidor, Juan Ricardo Montaña (al que llama Antonio), los hermanos Sáez: Antonio (muy bien acompañado) y Luis (me dijeron después que había estado, pero no lo vi), Basilio Sánchez (sin Maribel), Juanjo Salado y Maite, José Antonio Zambrano e Isabel, Manuel Pecellín, Joaquín González Manzanares (y su mujer, a la que no llegué a saludar), Fernando de las Heras, Antonio Gómez... Y, añado: Luis Arroyo, Javier Romagueras, las hermanas Morcillo, Paco Hipólito (una de las alegrías de la noche), Mario Martín Gijón, Luisa Clemente, Jacinto Haro, Caridad Jiménez, Lorenzo López Lumeras, etc. Según los cálculos, entre las dos salas: el salón de actos y el vestíbulo del museo (donde se vio a través de pantallas), éramos más de ciento cincuenta personas.
No sin ironía, escribe Jordi Doce: "Me llama la atención que el director de la revista y el presentador del acto ocupéis los extremos de la mesa. Muy bien el lugar central de Landero. Pero vaya, parece que los representantes políticos y de los bancos no han aprendido nada y siguen queriendo chupar cámara, silla, mesa y qué sé yo". Bien sabe Jordi que a uno le gustan las esquinas y los rincones, esos no-lugares desde los que se observa mejor. Y desde allí miré y escuché al resto de intervinientes. Maícas dijo lo que tenía que decir, y muy bien. Me gustaron mucho las palabras de la hispanista Elvire Gomez-Vidal (en torno, por cierto, a la noción de lugar, una de mis obsesiones favoritas). No me decepcionaron, a pesar de la brevedad, las de Landero, que estuvo como siempre, una de las virtudes que más admiro en las personas, cercano y cariñoso. Como recoge Lama, "dijo que zapeaba entre una visión optimista de la situación actual, el pesimismo con matices y la postura apocalíptica. Parafraseando a Woody Allen, cerró con "el hombre ha muerto, Dios ha muerto y nosotros... estamos bastante bien". No como el aprensivo director de cine, que al parecer dijo: "Dios ha muerto, Nietszche ha muerto y yo no gozo de buena salud". 
Más allá de lo referente a las numerosas colaboraciones extremeñas del número de Turia, centrado en Landero, uno intentó decir lo mejor que supo aquello que, por sentido de la responsabilidad, tenía que decir; en sintonía, y me alegro, con lo que algunos escritores y lectores extremeños estaban esperando escuchar desde hace años, según el mencionado editor de La Luna Libros. Pensaba también en los ausentes. En Fernando Pérez, sobre todo. Nunca le había dado tantas vueltas a un texto ni lo había corregido con semejante insistencia. Ni un poema siquiera. Antes de soltarlo, lo leyeron Yolanda, que no me dijo nada, y Miguel Ángel, al que le pareció bien, si bien me advirtió de la inconveniencia de un término propio de políticos que corregí al momento.
Tras finalizar el acto, tomamos una caña en el bar de enfrente (que ahora es peruano) y, no sin abonar la consumición, salimos pitando, según costumbre. Por desgracia, no pudimos asistir a la cena en petit comité que estaba prevista. Después, grata conversación hasta el siniestro hotel de las afueras (se abrieron, menos mal, las barreras) que siguió, más familiar, entre Cáceres y Plasencia. Volvimos con la sonrisa en la boca, sí. Y eso que a alguien le parecí, aquella feliz noche, triste.

Ambas fotografías son de Turia

31.3.17

Alberto en Publicatessen

Gala de la novena edición del Festival universitario Publicatessen de Segovia. Lo del anuncio de mi hijo Alberto (que actúa y canta) y sus compañeros, a partir del minuto 46:40. No está mal ganar de joven un premio que se llama Acuetrucho.

30.3.17

La presentación de TURIA en Badajoz

Estas son las palabras que leí antes de anoche en el salón de actos del MEIAC de Badajoz con motivo de la presentación del número de la revista Turia dedicado a la literatura en Extremadura y donde se rinde homenaje a Luis Landero. Y eso fue en realidad ese multitudinario acto: un afectuoso homenaje a nuestro escritor más universal.

Cuando Raúl Maícas, tras ofrecerme el papel de presentador de este acto (un gesto que le agradezco), me pidió mi parecer acerca de la elección del sitio en el que iba a celebrarse, le dije que ninguno mejor debido al carácter simbólico que el MEIAC aporta a la cultura extremeña de las últimas décadas (debido, en gran medida, a la cabal gestión de Antonio Franco), y no sólo en lo relativo a las artes plásticas, también a la literatura; baste mencionar la exposición Extremadura en sus páginas o las sesiones del Aula de Poesía Díez-Canedo. A la cultura, cabe añadir, de la modernidad, a la que esta tierra accede, con el advenimiento de la Democracia y de la Autonomía, tras siglos de incuria. Sorprende lo mucho que se ha avanzado desde los años ochenta del siglo pasado, no sin constatar el retroceso que, a base de recortes y desidia, hemos experimentado en los últimos años. Con todo, mientras haya cuadros o esculturas, composiciones musicales y libros, esto es, artistas, músicos y escritores capaces de idear esas obras, poco ha de importarnos que los sucesivos gobiernos se preocupen o no de la cultura como merece, por más que resulte penoso el olvido de su importancia a la hora de valorar lo que somos y significamos.
La literatura extremeña (un término que, según el profesor Miguel Ángel Lama, sólo puede aplicarse, siquiera en sentido laxo, a lo escrito y publicado después de 1983, cuando se aprueba nuestro Estatuto), la literatura, mejor, escrita por extremeños o por personas vinculadas a Extremadura no deja de ser sino una mínima parte de la española, a la que en rigor pertenece, tanto nacional como ultramarina. Es, además, parafraseando al novelista Hidalgo Bayal, una literatura absuelta; sólo depende de sí misma, por más que nuestro secular retraso, la intrínseca pobreza, haya requerido de ayudas públicas, ya decía, para lograr el desarrollo o normalización que a duras penas hemos conseguido.
En cuanto al extremeñismo literario, que uno achaca a inmemoriales complejos, esa manía de adjetivar lo que los extremeños escriben, ya dijo Landero en un periódico regional allá por 2005, que “no se puede hablar de literatura extremeña o de cualquier otra región, porque esto supondría caer en el error y en la locura de los nacionalismos”. Recordó a continuación el famoso oxímoron (que unos atribuyen a Baroja y otros a Unamuno), esto es: o es literatura o es extremeña.
Divagaciones al margen, huelgan, sin embargo, las medias tintas en lo que respecta a la salud de la poesía, el ensayo, la narrativa o el teatro que han escrito y escriben los autores nacidos o vinculados a esta región. Buena prueba de ello es el número doble, 121-122, de la veterana revista Turia que hoy nos reúne aquí. Una acreditada revista, preciso, de larga trayectoria, de la que tengo a honra ser viejo colaborador, nacida en 1983 en Teruel, fundada por el citado Maícas, su director desde entonces, y que publica el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel con el patrocinio del Ayuntamiento de esa ciudad y el Gobierno de Aragón. 
Viajamos, pues, de una provincia aragonesa a otra extremeña. El distingo falaz entre centro y periferia, en lo que a las letras se refiere, hace tiempo que fue superado, lo que no obsta para que algunos sigan buscando la fama en Madrid. Otro, entre “dentro” y “fuera”, ha lastrado, no poco, la visión de nuestro panorama. La cosa me parece más sencilla. La emigración de los años sesenta expulsó a numerosos paisanos que buscaron en el extranjero o en otras regiones de España el trabajo y el bienestar que aquí faltaban. De ese éxodo son hijos dos de nuestros escritores más prestigiosos: Luis Landero y Javier Cercas, pero también, por ejemplo, Santiago Castelo o Pureza Canelo. El primero fue a parar con sus padres a Madrid y el segundo, con los suyos, a Gerona. Uno desde Alburquerque, Badajoz. El otro desde Ibahernando, Cáceres. Ambos forman parte de eso que damos en llamar “escritores extremeños” y figuran en este número especial de Turia dedicado, ya se dijo, a Extremadura. A la “de fuera” (por persistir en la caduca nomenclatura) y a la “de dentro”, de la que ahora hablaremos.
Va a ser difícil, como vaticinaba Julián Rodríguez, editor de Periférica, que un hijo de inmigrantes pueda ofrecer a los lectores de esta tierra, la suya de acogida, un libro escrito, digamos, “desde aquí”, donde él se habría criado. Lo más fácil vuelve a ser que un joven extremeño, obligado de nuevo a emigrar, lo publique en algún sello foráneo, propio de su lejano lugar de residencia. Ya ha ocurrido.
Lo cierto es que entre ambas situaciones, entre estas dos emigraciones que describo, hubo una generación, a la que por azar pertenezco, que, contra lo que era costumbre, se quedó para cultivar, de una vez por todas, aquel erial iletrado. A algunos nos pareció necesario dejar a ratos los confortables escritorios y bajar a la calle para contribuir a que esa lamentable situación cambiara. Y, con una Universidad recién creada, se abrieron editoriales y bibliotecas, se fomentó la lectura, se fundaron revistas, aulas literarias, talleres de escritura… Y la asociación destinada a llevar a cabo buena parte de esa labor cultural: la de Escritores Extremeños. Ese afán no fue en vano y, en gran medida, el florecimiento actual procede de esa radical transformación realizada durante estas últimas décadas con la ayuda, justo es decirlo, de las instituciones públicas (Junta, diputaciones y ayuntamientos); las que propiciaron, pongo por caso, la existencia de nuestro buque insignia en materia literaria: la Editora Regional de Extremadura, cuyo verdadero alcance algunos todavía ignoran. Y todo entre los de dentro y los de fuera, Bayal y Landero (que a efectos didácticos, si no por edad, forman parte de esa misma promoción, pues empezaron a publicar tarde), cómplices necesarios y proactivos.
Me recordaba Maícas que este proyecto, el de dedicar un número de Turia a lo escrito por extremeños, se inició cuando uno estaba precisamente en la Editora. Luego pasó lo que pasó y ahora, por fin, se consigue, que es lo que al cabo importa. Con el patrocinio económico de la Junta, la Diputación de Badajoz y la Fundación Caja Badajoz (Obra Social Ibercaja).
Si por algo se caracteriza nuestra pequeña literatura tal vez sea por la impronta que tienen en ella el particular paisaje, natural y humano, que nos rodea. Ya sea rural o urbano. Por el apego a un paisaje, como diría Landero, “hecho de historia” y “de tiempo”. Me da que en la mayoría de nuestros escritores prima aquello de que “lo universal es lo local sin fronteras”. Se nos da bien alrededorizar, que diría Blas de Otero. Poco importa si el que escribe vive aquí o no. Para demostrarlo, basta con sacar a relucir, sin ir más lejos, El balcón en invierno, que se sitúa en Extremadura. Que es Extremadura. Como Murania y los ásperos territorios de Hidalgo Bayal o los misteriosos poemas sierragatinos de Basilio Sánchez. Ocurrió también con los aludidos Castelo y Canelo, entre Granja y Moraleja. Y con el rayano Campos Pámpano. Hace años que conseguimos quitarnos de encima viejos tópicos que nos reducían a la situación de atrasados y paletos que penan y malviven en un remoto secarral.
En esa redención, la de ver por fin superada nuestra categoría de parias (y no sólo literarios), juega un papel fundamental el citado Landero y su novela Juegos de la edad tardía. Por vez primera la unión del sustantivo escritor y la del adjetivo extremeño dejaba de tener un carácter peyorativo. De ahí que me parezca tan acertado que su obra ocupe el “Cartapacio” central de Turia, una suerte de homenaje. Nadie nos representa mejor que él, símbolo (y más) de nuestra forma de ser y de conducirnos. A su pesar, incluso. Puede que le moleste y hasta le harte el adjetivo “cervantino”, que con cansina simpleza se le adjudica, pero no creo que le agine el de “extremeño” que, por añadidura, tantas connotaciones, de las más leves a las más profundas, incorpora. Un título chico del que, deduzco, se enorgullece.
De sus sobrados merecimientos dan buena cuenta los trabajos de Elvire Gomez-Vidal (que nos acompaña esta noche, coordinadora del dossier), perfecta introducción a la literatura landeriana donde se habla de su “estilo inimitable”, de una obra al margen de “categorizaciones o encasillamientos”, movida por el “afán” (una palabra clave en su vocabulario); Luis Beltrán Almería, que se adentra en su razón narrativa; Raúl Nieto de la Torre, quien aborda su “épica de lo cotidiano”, lo fronterizo de sus personajes (que ha definido como “héroes de la cotidianidad” o “indefinidos”), sus “no-lugares” (pasillos, escaleras, balcones…), la figura del padre, su “fe laica”, el “rumor de la conversación” que se escucha al abrir sus libros; Fernando Valls, que nos descubre al Kafka que hay en Landero; Irina Enache, que analiza la teatralidad de su obra; Analía Vélez de Villa, que resalta “la labilidad en la demarcación entre realidad y ficción”, nos recuerda el peso de su infancia y, ya allí, de la figura de su abuela Frasca (ambos “concuerdan en el lenguaje”, dice), así como el “sustento filosófico” de la literatura de quien afirmó que “todo es vivir”; Alfonso Ruiz de Aguirre, que nos acerca al erotismo (de Caballeros de fortuna), a la “espontaneidad arrolladora de lo sensual”, al amor como “mentira”, a “la ambigüedad” de “su sistema ético y estético” y a lo carnavalesco; Epicteto Díaz Navarro, alude a “lo cervantino” en Absolución; Natalie Noyaret y Antonio Rivas, que, cada cual por su lado, se centran en su libro más autobiográfico, una pieza maestra: El balcón en invierno; y Gonzalo Hidalgo Bayal, “lector afín”, quien, tras revisar el pasado verano, me consta, la obra completa de Landero, nos ofrece en “El héroe y sus heterónimos” una lectura penetrante y clarividente a modo de ensayo. Aunque piense que esos textos no necesitan ser interpretados porque “ellos solos hablan por sí mismos y dicen todo lo que tienen que decir”, esclarece que “las oposiciones son la sustancia en que se debaten sus personajes”; que es “plenamente consciente de cuál es su mundo” (o “sus mundos”), “un universo propio reconocible y literariamente autónomo”; que “prefiere la experiencia” porque en ella “asoma la verdad de los hechos”; que su obra es “la memoria literaria de la difícil aclimatación del siglo XIX rural en el siglo XX urbano, del ensamblaje de esos dos mundos en vías de desaparición”, y eso si no estamos “ante el emotivo testimonio de dos mundos extintos”; que “su primer ingrediente es la penuria”; que sus personajes viven una “vida menuda”, la de la gente “menuda” (frente a la “gente gorda”) con sus “tesoros” “elementales, sentimentales y tangibles”, “también simbólicos”; y que suelen ser “nómadas”, pero de un “nomadismo asequible” y provincial. Entiende, en fin, que el amor landeriano, que “sólo existe mientras es imposible”, “es una ilusión sublime que conduce inevitablemente al desengaño”.
Estos magníficos trabajos se completan con otro texto extraordinario: “Devaneos de lector”, que firma el propio Landero. “Yo amo los detalles”, escribe, y: “la memoria es poética”. A continuación explica que él quería hablar “de los mejores despojos de mi naufragio de lector”. Más en concreto, “de algunas de las mujeres que me han seducido en la literatura”. Y eso hace. De Scherezade a Antígona sin olvidar, entre otras, a Enma Bovary y Rosario. Ni a las mujeres de su admirado Kafka.
En una larga entrevista que le hace Emma Rodríguez (acababa de entregar al editor su última novela, La vida negociable), nuestro autor afronta numerosos asuntos. Se reconoce resignado a su suerte. Que la lectura es “una actividad creativa” y que hay “lectores inspirados”. Distingue entre escritores “nómadas” (“pueden novelar no importa qué”) y “sedentarios” (como él, “moliendo una y otra vez el mismo grano”). Habla de la educación, aunque reconoce que fue “un escritor que en su tiempo libre daba clases”. Concibe la novela “como un mundo autónomo” y cree que hay una “dictadura invisible” y una “inquietante falta de libertad, de frescura” actualmente. Lee poesía, escribe un diario (“página de obligado cumplimiento”), sigue siendo un niño de pueblo y acaso es escritor porque ha sido capaz de prolongar su infancia rural. Tras el éxito de su primera novela, concluye, hizo oídos sordos a múltiples ofrecimientos (el último ha sido el de escribir la biografía de Rocío Jurado) y, remata, “seguí haciendo mi vida”.
Cierra el “Cartapacio” una biocronología realizada también por Ruiz de Aguirre. Se trata, en realidad, siquiera en parte, de un esbozo de biografía, aunque no falten datos meramente bibliográficos. Vuelve Ruiz de Aguirre sobre su infancia, ni de aquí ni de allí; sus lugares: Valdeborrachos (la finca de Alburquerque), y los barrios madrileños de Prosperidad y Chamberí, con una escala en Navaleno (Soria), donde ha veraneado durante años; Tusquets, editorial ejemplar que le ha sido fiel y a la que él ha correspondido con semejante lealtad, y Juegos de la edad tardía; Ángel Campos, el fútbol y Entre líneas; Esta es mi tierra, el programa televisivo y el libro de la Editora de nuestro añorado Fernando Pérez, etc.
Pero no sólo de Landero da cuenta el voluminoso número de Turia. La literatura en Extremadura da, por suerte, para más. Así, en la sección “Letras”, Domingo Ródenas se ocupa por extenso en su artículo “Larvatus prodeo: variaciones Cercas” de la obra del autor de Soldados de Salamina, un “novelista consciente”, según él.
En “Taller”, el diplomático y escritor Luis María Marina rescata “25 epigramas y un diálogo” del mexicano Carlos Díaz Dufóo, raro, dandi, esteta, bibliófilo, casi ágrafo, suicida a los 44. “Regalaba, generosamente, las ideas ajenas”, escribió. Y: “Murieron tristes y austeros, dejando tras de sí hijos felices y frívolos”.
Eugenio Fuentes deja la serie negra y se traslada a la Semana Santa con el relato “Saeta”.
El impertinente José Luis García Martín publica nuevas páginas de su diario, el que empezó con Días de 1989, donde, entre otras cosas, narra un encuentro con el mencionado Marina en su amada Lisboa.
Manuel Neila, consumado aforista y antólogo de aforismos, el género de moda, reúne unos cuantos en “Pensamientos del malestar”: “Ningún país, por pequeño que sea, cabe dentro de sus fronteras”.
Otro tanto hace el editor liliputiense José María Cumbreño, director de Centrifugados. Encuentro De Literatura Periférica, aunque sus aforismos tengan mucho de cuento o poema. “Escribir”:Enhebrar una aguja con los ojos cerrados”. Y Elías Moro, cónsul de Zaragoza en Extremadura, que en vez de “morerías” presenta aquí “Guadianescas”, con el tono zumbón que le caracteriza: “Presumía de modesto”.
En lo que atañe al apartado de “Poesía”, se inaugura con una selección de poemas del portugués Manuel António Pina vertidos al español por Antonio Sáez Delgado, profesor en la Universidad de Évora y traductor, quien afirma en su introducción que Pina es “un escritor total con una obra construida en varios edificios paralelos con una única sede central, la poesía”, a la que aquél denomina “la saudade de la prosa”. Me gusta que se haya elegido al de Sabugal como el poeta extranjero de este número. No hace falta recordar los vínculos que nos unen a Portugal, Raya mediante (donde nació Landero), la primera frontera del mundo, sí, pero, para nosotros, una linde que en realidad no lo es.
Después, aparecen, en este orden y en lo que a extremeños concierne, poemas de Andrés Trapiello (autor de Capricho extremeño), Pureza Canelo (nuestra decana, siempre al Oeste, que escribe: “El orgullo, el mío, es discernir contemplación de allanamiento”), Basilio Sánchez (un poeta genuino como pocos), Inma Chacón, José Antonio Zambrano (otro maestro), Santos Domínguez, Efi Cubero (una feliz regresada), Álex Chico (un cosmopolita con raíces), Mario Martín Gijón, María José Flores, Javier Pérez Walias e Irene Sánchez Carrón (creadora de una poesía luminosa).
Me complace que entre los incluidos en esa sección plural se hallen dos poetas ligados a Extremadura por razones personales o familiares: el asturiano Jordi Doce y el catalán Eduardo Moga, actual director de la Editora Regional y responsable del Plan de Fomento de la Lectura.
En “Pensamiento”, Manuel Pecellín aborda en un artículo la vida y la obra del historiador y economista Ramón Carande, relacionado con Extremadura por su finca “Capela”, donde residió su hijo Bernardo Víctor.
En “Conversaciones”, Fernando del Val entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal y esa rima preludia una extensa charla cómplice entre ambos (celebrada cara a cara en Plasencia), sin duda una de las piezas fundamentales de este número lleno de enjundia. Así, las sustanciosas palabras que logra arrancar al parco autor de Nemo del que, por cierto, parece haber leído todo y, en consecuencia, al que conoce bien. Podría entresacar muchas frases, pero tan sólo resaltaré unas pocas: « Faulkner me hizo pasar de los endecasílabos a la prosa». «Dudo que la enseñanza pueda crear lectores literarios. El momento en que alguien se hace lector convulso solo depende de ese alguien. No se puede enseñar».
“¿Por qué abandona la poesía?”, le pregunta Del Val. «No me surge. Para escribir más allá de las bromas parapoéticas de mi blog tendría que esforzarme, y me parece tramposo. Yo no tengo que esforzarme para avanzar en una novela».
«Si es cierto lo que dijo Pla, que quien lee novela después de los cuarenta es tonto, yo soy tontísimo». «La belleza puede ser un pecado». «La vida es una tarea fatigosa». «Me declaro juanramoniano». «Nos configura lo que leemos». Y algo que Landero suscribiría: «En general disponemos de cuatro ideas y sobre ellas nos movemos, escribamos siete libros o catorce. Uno es lo que es. Da lo que da».
Tampoco faltan en la sección “La Torre de Babel” reseñas con nombre extremeño, tanto de críticos como de autores.
Subrayo, para terminar, las espléndidas ilustraciones, incluida la de la portada, auténticos poemas visuales, obra de un pionero de la poesía experimental, Antonio Gómez.
“Soy de los que creen que vivimos tiempos que requieren individuos con sobredosis de resistencia y un poco de dignidad. (…) siempre conviene un poco de honradez, de honestidad en cuanto hacemos. Armadura ética lo llaman”, escribe Maícas en la habitual entrega de sus diarios, un clásico de Turia. Más, añadiría uno, si de literatura se trata. El ejemplo de Landero es elocuente. Sirvan esas palabras de colofón a un discursino que dura ya demasiado. Con la dicha de constatar, eso sí, querido Luis, queridos amigos, que no todos los días las letras extremeñas celebran algo con tanto jeito.

Nota: La fotografía que ilustra esta entrada es del diario HOY, de J. V. Arnelas. De derecha a izquierda, Maícas, un representante de la Fundación Caja Badajoz, la diputada de Cultura de Badajoz, Landero, la secretaria de cultura de la Junta, la hispanista Gomez-Vidal y yo.

29.3.17

De López-Vega, no de Radnóti

EP/Samuel Sánchez
El juego literario es lícito, por más que pille a veces por sorpresa al lector desavisado. Me ha sucedido a mí con la Égloga Novena de Miklós Radnóti, en versión de Martín López-Vega, de la que he hablado en un par de ocasiones aquí. El poeta húngaro existió y su biografía es todo lo judía y trágica que reseñé, pero sólo escribió ocho églogas por lo que ésta, la novena, publicada por la revista Clarín, está escrita por su presunto traductor, el poeta asturiano López-Vega. Reconozco que algo no me cuadraba en esa historia y que comprobé incluso algunos datos en internet, pero la di por real. Al enterarme, sólo he pensado en una cosa: qué importa quién la haya escrito si es excelente. Con todo, quede aclarado este pequeño lío. La poesía, sí, por encima de sus autores. Una estupenda lección. Y un admirable poema.