9.12.16

Contra el silencio

El silencio de los peces ganó ex aequo la pasada edición del Premio Jaime Gil de Biedma, lo que dice mucho de un jurado ajeno a la consabida previsibilidad de los premios poéticos del sello madrileño. Su autor, Jacobo Llano, que nació en Madrid en 1971 y es economista de profesión, publicó en 2013 su ópera prima: No sabemos. Ni aquélla ni ésta son edades de poeta primerizo. Y se nota. 
Las dedicatorias son elocuentes: padre, madre y hermanos. A la memoria del primero, José Antonio (que nació en el 29, como el mío), se erige este libro como si fuera una suerte de memorial. Tiene uno recientes otras lecturas con padres de por medio. Me refiero a Carta al padre, de Jesús Aguado, Crónica natural, de Andrés Barba, y Padre, de Juan Vicente Piqueras (que he reseñado para El Cultural). Son libros muy diferentes entre sí, como suelen serlo los progenitores. El tono también es distinto, acaso lo más logrado y personal de esta obra que no esquiva ni lo narrativo ni lo autobiográfico. Llano lo tiene claro. Su filiación poética, no hay más que leer, es anglosajona. En una entrevista ha citado a Auden, Eliot y Hughes. Y a Cernuda, que como bien dice, "en el fondo aprendió qué era la poesía anglosajona y estableció un puente hacia ella". Un puente que han atravesado, de entonces acá, algunos poetas españoles y que ha dado lugar a una de nuestras mejores y más asentadas tradiciones: la de la poesía meditativa, a la que bien puede acogerse este libro que abren tres epígrafes de tres poetas de esa misma estirpe: Gil de Biedma, Zagajewski y Andrade. Ese "juego de los despropósitos jugado entre seres que se quieren" mencionado por el autor de Moralidades está muy presente en los elegantes versos de Llano. La suya es una poesía que denota inteligencia (no pedantería), alejada de eso que muchos entienden por poético y que a uno le parece casi siempre cualquier cosa menos poesía. Que nadie espere aquí ni demasiada imaginación ni demasiados sueños. Tampoco divagaciones o experimentos. Ni aires silenciarios: Llano ha venido a decir, no a callarse. Sus poemas son bastante extensos y discursivos. Su poesía, reflexiva. Lo racional se impone, en su más humano sentido. "Por una grieta en la mitad de un muro / entran aquellos días en mis días de ahora", dicen los primeros versos del libro. Nueve años después de la muerte del padre, su hijo usa en el trabajo su vieja chaqueta ya raída. Es el pequeño de siete hermanos. El que lo acompaña al hospital ("El laberinto de Creta"). El que le pasea en el coche hasta "La Pasarela". Aunque la enfermedad ha sido larga y todos han sufrido, el poeta no se deja llevar por el patetismo. Ni por la efusividad. La contención es norma. Y el pudor ("En casa se vivió siempre el pudor"), lo que no obsta para que la intimidad aflore con su inevitable suma de sensibilidad y de crudeza. Ya no es "infranqueable". Por ejemplo, cuando alude al tortazo en "Autoridad", al abandono del hogar en "Primera mudanza", a los besos en "Hombres cercanos", o, en fin, cuando en el poema "Hijos", ante la imposibilidad de tenerlos, le dice a su padre: "Mi hijo no verá tu rostro en el mío". Digo "le dice" y lo hago no porque fuera así en la realidad, sino porque toda la obra es una larga conversación con su padre, hasta el poema final, donde esa virtualidad se hace explícita.
En "La familia Roulin" homenajea el gusto de aquél por la pintura (explícito en la cubierta del volumen negro de Visor, diseñada por Maribel Vázquez, esposa del autor, donde resalta un bonito dibujo original a tinta de José Antonio Llano) y cita una carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo que es, además, una poética: "me gustaría pintar de tal manera / que quien tuviera ojos viera claro". Basta con cambiar pintar por escribir. Termina: "El amor, como la compasión, / ocurre solamente de uno en uno".
Le sigue una serie de poemas americanos que dan un toque fresco y exótico al conjunto. México, un rancho, los años cincuenta del siglo pasado, la empresa familiar, los viajes... "Rancho Bamoa", "Al otro lado del Atlántico", "Los días alegres"... Ahí, rilkeana, "la quietud que precede a lo terrible". El miedo. En "Historia abreviada de la fe", con el padre Alberto ("el eco de un rumor / austero y carmelita").
"Aparición de Belial" (no es la única alusión bíblica del libro) marca un momento trágico que cualquiera puede haber vivido en una blanca y aséptica habitación hospitalaria. Por contraste, otro poema fundamental: "Los meandros del tiempo" (la pesca con caña, Walton, los recuerdos felices). Y "La linterna mágica", con los hitos de un itinerario vital en tiempos complicados: Santander, Nueva York, Madrid, New Jersey, Barcelona...
Mencioné antes, sin nombrarlo, "El debilitamiento", magnífico, emocionante poema que cierra este libro tan breve como vigoroso. "De nada ni de nadie somos solo testigos", dice. Comienza con una mención a "tu admirado Cernuda" y termina: "El tiempo no lo cura todo. El tiempo es la herida".

7.12.16

Cabezada

Plaza Chica de Zafra
Por aquello de que uno mencionó la extraña costumbre, para mí, de dar la cabezada en los funerales de Zafra antes de la celebración de la santa misa, José María Lama Hernández, historiador de pro y churretín hasta la médula, ha tenido el detalle de enviarme, a pesar del dolor, unas breves “Notas para una teoría de la cabezada” que copio, agradecido, a continuación: «No te extrañe que la cabezada se dé aquí al comienzo. Este es pueblo de menestrales y comerciantes. Y no pueden dejar desatendidos los negocios durante media hora. La cabezada al principio asegura la rapidez del pésame y permite volver al comercio en bastante menos tiempo que si hubiera que “tragarse” una misa. Nada que ver con esos pésames de final de misa, propios de pueblos de gente del campo, que convierten la ceremonia en “larga como un entierro”»

5.12.16

Los nuestros

Juan Carlos Reche (Córdoba, 1976), autor de El dolor y la velocidad y Carrera del fruto, traductor de Nuno Júdice, Giorgio Caproni o Maurizio Cucchi, escribía en el artículo "El cometido del poeta", que abría el número 3 de Años Diez, la revista que codirige con el también poeta Abraham Gragera: "ha vuelto a fortalecerse el lazo [del individuo] con sus propias comunidades originarias como un hecho natural y basal de la identidad. En el campo de la poesía comienza a apreciarse este rasgo en algunas de las últimas poéticas a través de la recuperación de hablas o estructuras lingüísticas regionales para el código, y de asuntos comunales (...) para el referente". Y en otro sitio: "Es justamente en la búsqueda de otras formas de lo colectivo (…) donde se halla una de las principales líneas de fuga de la poesía actual". Estaba hablando de sí mismo (y de compañeros de promoción como Fruela Fernández). De su poética, quiero decir. Así lo demuestra su último libro, Los nuestros (el título es elocuente), publicado por Pre-Textos. Una obra sin duda sorprendente que dejará a más de un lector descolocado. Para bien, supongo, o para mal, porque nunca se sabe. La primera parte, "Nuevas poesías", se abre con una cita del brasileño Mário Quintana: "La poesía es la invención de la verdad". Escribe, sí, "poesías", no poemas y no por casualidad. Lo popular, en su mejor y más amplio sentido, ocupa todo en estos versos donde se entremezcla lo que el poeta dice y lo que oye que dicen otros (en cursiva, tipográficamente), o que él mismo dice pero con distinta voz. La de su Córdoba natal, esa manera que le es propia a los vecinos de esos lugares del Sur. Leemos: "Aquí habla la gente / que no sabe leer ni escribir / la gente que yo quiero. / Así quiero escribir yo / como la gente que no sabe escribir ni leer, / como la gente que más quiero". Hay un diálogo entre el poeta (o los poetas) y esa gente, y una crítica: en "El estilo", por ejemplo.
En "Altura" sigue el mismo tono. Y el mismo vocabulario autóctono, digamos. Mantiene algunas rimas y ese aire de canción más de que poema propiamente dicho que da un ritmo y una musicalidad tan particulares a esta poesía; popular, insisto, o muy del pueblo, por retórica y literaria (a sabiendas) que sea la apuesta. La referencia al flamenco es ineludible.
"Las razones de la charpa", dedicado "A éstos", lleva delante una cita de Cucchi: "Yo hablo solo desde chico. / Claro que me he dado cuenta, / pero es que yo ya no". Y empieza: "¿Y sabes lo qué dicen de nosotros?". Lo que sigue es un ejercicio poético arriesgado donde lo transcrito es casi una jerga para iniciados, propia de una pandilla de barrio en la que no faltan los vulgarismos y el uso más común y corriente del lenguaje. Charpa, leemos en la Cordobapedia es "una reunión de amigos. Según Miguel Salcedo Hierro en su libro Crónicas Anecdóticas (página 87), fue muy utilizada durante todo el siglo XX en la ciudad de Córdoba, viniendo a referirse a reuniones de 4 a no más de 8 charpistas que se juntaban para ir al fútbol, a los toros, etc."
En "Las casas" prosigue, de modo fragmentario, ese viaje a través de la memoria que nos traslada, casi siempre, a los veranos y a la infancia.
"Los nuestros", por fin, se acerca a las ideas sobre las que están construidos estos poemas. Es, entrevelada, una poética o una reflexión metapoética, si se prefiere. En conversación con las poéticas de otros ("Lo que vale la pena") y que incluye poemas irónicos ("El delito") y algún poema de cierta extensión y, cree uno, claves para entender el alcance de la obra: "Epístola moral para Gaia Danese" ("Cuando yo diga nosotros / y no me refiera a ti o a mí / o a ellas aquí o allí / o al lado / sino a esa especie de delito / llamado llanamente mi poética.") y "Le vacanze del gande poeta", dedicado a su amigo Gragera y con Montale, entre otros asuntos, al fondo.
Se cierra el libro con otra poesía popular donde la voz vuelve a ser otra, aunque la emoción siga siendo la misma.

3.12.16

Carta de Zafra: con Justa

Ha muerto en Zafra, a los 93 años, Justa Hernández, madre de los hermanos Lama, mis queridos amigos Josemari y Miguel Ángel. Lo siento, y ellos lo saben. Sabía de ella por sus hijos. Miguel Ángel no ha dejado de escribir sobre su madre en el blog. No en vano era su "fuente de aspiración". Hoy mismo ha publicado "Palabras para Justa". Leer esos textos era, para mí, una forma de tratarla.
Diría que fue una mujer dulce y sonriente. Tenaz, como todas las que nacieron en aquellos tiempos difíciles. En su casa, la del emocionante poema de José María, la del mirador situado enfrente de la plaza de toros que observé desde abajo antes de ayer, estuvo uno allá por los ochenta, en una de mis primeras visitas a esa preciosa ciudad del suroeste. O en la primera, no me acuerdo. Hasta allí bajé para asistir a su funeral y acompañar a su familia (tuvo cuatro hijos). Yolanda, le pesó, no pudo bajar conmigo. La tarde estaba oscura y lluviosa. La carretera, como menos le gusta a uno, con el firme deslizante. Desde el Puerto de los Castaños no dejó de llover. Cerca del cruce de Los Santos, apareció de improviso el sol. Duró poco. Me acompañaba, eso sí, la radio, el programa de Carlos Galilea en Radio 3, y allí, la música de Carminho, de su nuevo disco, en el que canta a Jobim. Como siempre que escucho música brasileña, recordé a Ángel Campos (y a su madre, Paula), al que tanto le gustaba, como ya he contado alguna vez, oír un disco de Vinicius de Moraes y Maria Bethania que teníamos en casa. Melancolía no faltó. Tampoco a la vuelta, pues escuché una larga conversación con Coque Malla, que es un cantante que me gusta. Cómo canta y lo que canta, en especial algunas canciones de su último disco que amenizaron la citada entrevista, El último hombre en la tierra.
A las puertas de San Miguel, que parece cualquier cosa menos una iglesia de la monumental Zafra, nos reunimos algunos viejos amigos, que es lo que tienen de bueno estas ceremonias tristes. Estuve con José Luis Bernal e Isabel (habíamos coincidido tomando café en un bar cercano donde anunciaban raciones de lagarto), Basilio Sánchez y Maribel, Luciano Feria y Rosi (¡cuántos años!). Di un abrazo también a Antonio Salvador y dos besos a Carmen Fernández-Daza. Vi de lejos a Benito Estrella. Pude saludar a Carmen, pero no a Eva. Comprobé cómo han crecido los hijos de Miguel Ángel y Josemari: Julia, Pedro y Juan, que estuvo en todo momento pendiente de su padre, muy afectado, como es lógico. El cura, que entregó a Miguel Ángel tres libros de poemas de los que es autor (ya le dije a Basilio que me sonaba mucho su cara), ofició un funeral sobrio y breve, muy de agradecer en esas dolorosas circunstancias. Me extrañó, como a todos los que veníamos de fuera, que la cabezada, como lo llamamos por aquí, esa embarazosa fila de los pésames, se diera antes de la ceremonia y no al final. Apenas terminó, nos despedimos. Nos había dado tiempo a hablar de los hijos, de los ausentes, del tiempo y de algunas lecturas. También de jubilaciones y hasta de nietos. Sí, vi a los demás más mayores (a los hombres, las mujeres están estupendas y siguen siendo encantadoras) y ellos pensarían lo mismo al verme a mí. No, ya no somos los mismo que fuimos a Zafra hace más de treinta años a leer sus primeros versos. A ninguno le importaría repetir la experiencia, aunque haya habido algunas bajas. De la poesía y de la vida.

2.12.16

Una ética de la tristeza

Había leído artículos de César Iglesias (Mieres, 1961) en la revista Clarín. De una galería de pintores norteños como Melquiades Álvarez, autor de La vida quieta, un primer libro publicado en la editorial Trea a punto de iniciar su autor la sesentena. Pues bien, a los cincuenta y cinco de su edad ve la luz, y en la misma colección, Lengua del duelo, la ópera prima de Iglesias. Lleva ilustraciones de Federico Granell (un pintor que apareció también en su serie clariniana, una suerte de vanitas con pájaros). Cuando lo cogí en mis manos dispuesto a leerlo, imaginé que la cosa sería un mero trámite. Como ocurre tantas veces. Qué confundido estaba. Y cómo engañan las apariencias (por más que el libro esté editado con primor). Desde el primer momento, más allá de los elocuentes epígrafes de Claudio Rodríguez, Ferlosio y Geoffrey Hill, se nota que estamos ante una poesía digna de tal nombre, ante la lengua doliente y poderosa de alguien que sabe lo que se trae entre manos. Materia delicada, sin duda. Desde el principio también, a través de la mención de lugares concretos, se da cuenta de la historia de una estirpe. Del norte. "De ahí vengo: de una culpa genética", leemos en "Las casas pechadas". De "metafísica" la califica José Luis Argüelles, autor de la certera nota de la contracubierta que define a Iglesias como "un poeta sustancial entre tanta bagatela". La emoción brota pronto. En "Kaddish en Penouta", en torno a los criptojudíos. Y de nuevo el asunto de la herencia: "Es nuestra condición este sigilo; / rezar en el secreto, nuestro muro". O: "Nuestro pecado está en la mansedumbre". Como en "Salmo en Besullo", donde se alude a la vida de Dina Rodríguez, la última de una comunidad protestante asentada desde antiguo en "estas tierras de desdicha" y desde siempre perseguida. Sí, uno diría que la de Iglesias es una ética de la tristeza, emparentada con las poéticas de Leopardi, Celan o Gamoneda (citados por él mismo y por Argüelles) y, más cerca, tengo su lectura muy reciente, con la de Tomás Sánchez Santiago, otro del noroeste. 
"Monólogo de la madre" ("escupe, no reniegues de tu estirpe / y rumia las plegarias repetidas / en la cocina gris de la tragedia"; "Hijo mío, haz tuyas las heridas") y "Monólogo breve del padre" ("Mi necedad no tiene penitencia") son ejemplos de lo que digo. Y "Desfilan nuestros muertos": "Prolongar vuestra ausencia, / esa es la obligación". "Gemir, nuestro lenguaje", leemos. Y qué decir de "Genealogías": "Sabe Caín que no quedan hermanos". O de "Biografías".
No, "Ni siquiera nos quedan los cobijos". "Postrados estos hombres, derribados". Sí, "El duelo tiene una fonética propia". 
Esta es una poesía, como diría Wallace Stevens, "de pobres y muertos". Qué cita tan bien traída. 
En "Carretera de Grajal", tres veranos. Donde "persiste la halitosis del pasado". Porque "vieja es la angustia". Y dos versos clave: "Comprender el dolor que enciende velas / y alumbrar rezos: esa es la tarea".
"Una pena de ferrocarriles" atraviesa este paisaje de viejos trenes que no pasan. "La vieja y gastada lengua del duelo" sirve para nombrar "esta nada con grietas". Traza el mapa de distintas geografías: "de la pena", "de la ceniza", "de duelo"...
"Esta es una tierra de hombres urgentes", leemos en el impresionante poema en versículos (más que en prosa) que cierra el volumen, "Las malas luces". "Aquí su estirpe: saber que les precede la derrota". "Cuesta ser hombre en esta tierra", dice. Y un "Epílogo": "Casas pechadas, piesllaes, cerradas. / Llegó el tiempo 'di esseri soli e vivi'." De estar solos y vivos, dijo Pavese. 
Qué pequeño gran libro. Los muertos, sus muertos, pueden descansar ahora tranquilos: se ha escrito en palabras perdurables (de una épica íntima, sin patetismo), negro sobre blanco (como las aguas de los ríos de esas abandonadas comarcas mineras del norte de España), la verdadera historia de una estirpe. Y ya no podrá ser olvidada. Tal este libro, que nos reconcilia, una vez más, con la poesía.

1.12.16

Ida Vitale dixit

Google
"Aquello con lo que tropieza el lector impaciente, el misterio, objeto de fe en términos religiosos, debería ser, para el lector de poesía, objeto de fe poética y pensar que lo secreto y misterioso puede dejar de ser oculto; basta con que el entusiasmo y un cierto sentido poético se apliquen a descifrar y a entender. Una construcción no usual, no desgastada por el uso y un vocabulario más rico pueden ser las dificultades que esperan al lector poco seguro. No son imposibles de enfrentar. El placer del desciframiento entusiasta libera una misteriosa energía, que mueve no sólo páginas poéticas: también la buena prosa del mundo. Que se me permita recordar “el misterio blanco”, tras el que se movía Felisberto Hernández, con su mirada al sesgo sobre las cosas, para leer en ellas lo que estaba debajo, las relaciones no descifradas, ese misterio positivo, que libera energías, tienta a participar con lucidez y la razón no rechaza". Ida Vitale, "Poemas en busca de iniciados". Babelia. 

30.11.16

El que escribe

Antonio Moreno lleva un año intenso. Primero publicó en Renacimiento Unos días de invierno, inesperado libro de haikus; ahora, No lejos, en Newcastle Ediciones (una aventura de Javier Castro), con la imagen de Il tuffattore en la cubierta; y queda por salir un diario de viajes extremeño, coeditado por Pre-Textos y la Fundación Ortega Muñoz. Eso por no hablar de Cantó un pájaro. Antología esencial 2002-2016 de Vicente Gallego que ha editado (prólogo y selección de poemas) para FCE. Sus lectores, no cabe duda, estamos de enhorabuena.
Recoge en éste una excelente colección de prosas reflexivas en torno a la memoria y al paisaje que se localizan, de ahí el título, cerca de su propia casa, en Elche. Pocos viajes, sin embargo, más exóticos y lejanos que los que uno realiza por los alrededores de su cuarto. Por eso, uno de los textos es tan elocuente: Genius loci, inspirado, en parte, por un libro del arquitecto noruego Christian Norberg-Schulz sobre el espíritu del lugar.
En todos utiliza, lo que da unidad y coherencia al conjunto, la fórmula "el que escribe", sin apenas variaciones: "quien ahora escribe", "el que esto escribe"... "Ver, andar, leer" podría ser su lema. El de quien explica que "escribir para él es más bien una forma de mirar". En ellos, con la "mirada atenta", este solitario "observador de la naturaleza" lo mismo relata las sencillas peripecias de un paseo en bicicleta que recuerda a sus amigos en la Plaza del Arrabal; que comenta un cuadro de Carlos de Haes (uno de los fragmentos más interesantes de la obra) o evoca los recuerdos de su abuelo José Guerrero (como mi abuela Feliciana, de 1900) en su casa de Murcia, viajero en los trenes de España. Además del paseo, la arquitectura o la pintura, está entre sus intereses la arqueología, a la que dedica otra de las entradas, siempre trufadas de citas de autores clásicos o de referencias artísticas sin que por eso parezca el que escribe un pedante o un erudito. Si por algo se caracteriza la poética de Moreno (en su obra no cabe hacer distingos por géneros) es por su naturalidad, esa voluntad de llaneza cervantina que se va acrecentando a medida que pasan los años.
En la segunda parte reúne sus meditaciones en torno al silencio (plasmadas en el ensayo que prologaba la antología Vida callada), así como los artículos "Un conflicto antediluviano", que vio la luz en la revista Clarín, y "Hamlet, nostalgia del silencio", que apareció en su blog Aquí y ahora, donde se recogieron en su día otras páginas del libro.
Un puñado de imágenes relacionadas con lo dicho (el saltador de la tumba de Paestum y una fotografía de su padre en salto parecido, su abuelo en un andén de la estación de Alicante a finales de los cincuenta, Cezanne caminando, reproducciones de distintos cuadros: de Ramón Casas o el mencionado Carlos de Haes) cierran el delgado volumen que, además, guarda en medio una pequeña joya: el poema "Camino de la Piedra Escrita", que tuvimos ocasión de dar aquí como primicia. Gracias.

28.11.16

La poesía de González-Haba

Vayamos por partes. En mi reseña sobre Se pierde la señal, de Joan Margarit, había una postdata que rezaba: «Le queda a este lector una pequeña duda patriótica: quién será ese "Baudelaire / ressec d'Extremadura" (ese "seco Baudelaire de Extremadura") que aparece en el poema "J. A. G. H."». En otra entrada posterior se develaba el misterio. La titulé "El Baudelaire extremeño" y en ella me hacía eco de lo que me contó al respecto el propio Margarit, a quien uno había escrito para que me desvelara el misterio: "Se trata de mi amigo José Antonio González-Haba Guisado, de Trujillo", decía en su carta. En efecto, en la ciudad extremeña nació, en 1948.
Dos personas se pusieron en contacto conmigo a partir de ese momento. Un antiguo compañero suyo en el colegio de Villafranca de los Barros (donde estuvo Ferlosio) que me mandó una fotografía de la orla colegial (de 1955), y un vecino suyo de Madrid que le trató mientras estuvo casado con Marichita. Éste, que tenía 8 años entonces, me contaba que "era una persona divertida, un genio original, cercano y tremendamente cariñoso. Pasaba todo el tiempo que podía con él en su casa participando de tú a tú de todas las genialidades que se nos ocurrían. Los dos éramos personas muy creativas y fue la primera vez que me sentí de igual a igual con un adulto. Pintábamos, escribíamos poesía, forramos una pared de cajas de huevos para insonorizarla, hacíamos maquetas que llenaban la casa entera... Un sueño. Me acuerdo del día que nacieron sus gemelas, Sonia y Eva (a las que Toño y yo llamábamos "Evisonia", como si fueran una sola, dice luego), que lo acompañé al hospital y no hacía más que preguntarme si estaba bien peinado. Luego se separó y no volví a saber de él hasta que he leído tu preciosa entrada". 
Su viejo y fiel amigo Joan Margarit, que coincidió con él -de 1956 a 1961- en el Colegio Mayor San Jorge de Barcelona, ha conseguido que, ya muerto (falleció en 2009), con la ayuda de Eva, una de las hijas de G-H, de Javier Bozalongo, el editor, y de varias personas más a las que menciona en el capítulo de "Agradecimientos", ha conseguido, digo, que la obra de este hombre deje de ser por fin inédita y su poesía pase a formar parte de la literatura española del siglo XX. Gracias a  Puente de Hierro, el libro que publica Valparaíso, rescatado de una carpeta encontrada entre el caos de sus últimos días donde rezaba "papeles importantes". Amén del prólogo de Margarit, cuenta con un epílogo de otro cómplice necesario en esta aventura: Luis García Montero, quien alude a estos poemas como "el testimonio íntimo de un esfuerzo", de "una experiencia solitaria", de "un diálogo de soledades". El libro, afirma, "rescata la experiencia de alguien que buscó en la poesía la configuración de una identidad". Antes, al principio, Margarit, en un prólogo que es más que eso, porque la emoción aflora, nos explica que G-H "había programado una obra mucho más vasta, casi imposible, diría yo", ya con el título de este libro.
Si, como recuerda Trapiello, toda vida da para una novela, la del Einstein, como le llamaban sus compañeros de estudios, es sin duda apasionante. Nació en el seno de una familia trujillana católica, numerosa y acomodada. No terminó Derecho. "No quiso un oficio" (de hecho vivió mucho tiempo de los amigos). Fue un outsider, un desplazado, y "no sólo literario". "Era inteligente y buena persona". Un tipo lúcido de "mente delicada" que no encontró la suya (la vida a que aspiraba o merecía, quiero decir), entre otras cosas porque aquella era la España franquista, una nación que menospreciaba (y menosprecia, ahí seguimos) la cultura. "Temía la complejidad de la vida", según Margarit.
Cuenta éste que tenían su cuartel general en el Café de la Ópera, donde descubrieron a Neruda, ese "gran mal poeta", al decir malévolo de Juan Ramón.
Su periplo empezó, ya se dijo, en Trujillo y pasó por Barcelona, Madrid y Paredes de Melo (Cuenca) donde, tras ser concejal de cultura, acabó viviendo en un edificio abandonado de la estación. Para Margarit, un Hölderlin "ya sin refugio. Ni material ni poético". La suya fue "una larga decadencia". Su matrimonio con Marichita Peña (1970) duró poco, pero le dio lo mejor que tuvo: sus hijas mellizas, Eva y Sonia, a quienes se dedica el libro, que nacieron ese mismo año.
¿Y los poemas? Es posible que el lector desavisado se fije demasiado en esa agitada vida de maldito y no atienda como es debido a los versos que la justifican. Y son, me temo, lo que más importa. Lo que, hijas mediante, queda de él. Su pequeña verdad.
En un momento dado leemos: "Provocadas o sufridas / nunca fueron mediocres mis desgracias". "Estáis solos. Atrozmente solos. / Peligrosamente solos. / Sobre el volcán de toda soledad". "No soy un poeta jubiloso. / No soy un poeta insomne. / No soy un poeta maldito. / Estoy sordo. / No soy un poeta". "Lector, cuánta grandeza en lo que es / y cuánta amargura, cuánta, cuánta, / en lo que nunca fue". "Lector, tampoco yo soy yo". Y: "nada es más que un solo hombre". Son versos que he subrayado y que demuestran de qué poesía estamos hablando.
En otro sitio alude a su "pueblo", con ironía y distancia. Muchas veces se retrata en su cuarto escribiendo: "Esta tarde / estoy sentado a la mesa / de tu cuarto / y sé que soy un extraño". La casa es otro motivo recurrente: "Del mundo de las casas / hay siempre algo que huye".
Y más y más versos: "Por estos tiempos de arrastre / sentimos más que pensamos". "Las noches me aplastan, me derrotan".
Confiesa Margarit que nunca le escuchó hablar de sus padres "en términos de afecto o consideración", de ahí: "Como los potros / olvidad a vuestro padre / y olvidad a vuestra madre".
El poeta que fue se afirma en versos como: "A solas bajo un cielo / espléndido y remoto". O: "el salvaje silencio de mi selva". Los veinticuatro cantos de "El caballo", en fin, ese largo poema que mandaba una y otra vez a su amigo, dan fe de su intensa batalla con la poesía, aunque fuera desde la digna posición del derrotado.
"No es nada la tristeza. / No es nada la alegría", escribió, y cosas tan terribles y lúcidas como "donde yo estoy no está nadie" o "a mí mismo me reúno / y nada tengo que decirme".
Termina Margarit sus memorias de González-Haba -del que ha sido, digamos, su Max Brod- evocando al hombre con sus "eternas gafas oscuras" que él relaciona con el deslumbramiento. El que le produjo "la dureza del mundo y de la vida", pero también, ay, "la belleza".

27.11.16

Con Jordi Doce

La penúltima vez que atravesé de noche placentina bajo el diluvio fue el pasado mes de febrero, para asistir a la lectura de Pablo Fidalgo en Centrifugados. La última, el pasado viernes, para acompañar a Jordi Doce en la presentación de No estábamos allí. Fue, gracias a Álvaro y Cristina, en La Puerta de Tannhäuser (donde anoche escuchamos encantados a Cristina Fernández Cubas). Se ve que esta ciudad fundada ut placeat Deo et hominibus se empeña en cumplir con su lema y apenas recibe a un poeta del norte le ofrece el natural (para ellos) amparo de la lluvia. Por otra parte, también en las presentaciones de Sevilla y Salamanca le acompañó el agua. Íba con Marta Agudo y con Jordi por la plaza cuando se me escapó la frase políticamente incorrecta: era, sí, una noche perra. Eso debió afectar al ánimo de los lectores placentinos que se quedaron en casa y a lo calentito. Porque no era sólo la lluvia, que había estado cayendo inmisericorde todo el santo día, sino el frío, envuelto en el aire que venía de la cercana nevada piornalega. Un puñado de valientes, con todo, no se arredró. Y eso que ganamos. 
Estuvimos de acuerdo en dedicar la velada a la memoria de Ángel Campos Pámpano, porque era el octavo aniversario de su muerte y aún le queremos. A esa misma hora era recordado, como cada año, en su pueblo, San Vicente. Echamos de menos a Gonzalo y María José y deseamos al novelista Bayal suerte con el premio que al final ganó en Oviedo, el Tigre Juan. Como no pretendía ser un acto vulgar donde se echan flores a los amiguetes, defendí el lugar central de Doce en la poesía de nuestro tiempo, por su ejemplar trayectoria como poeta, traductor, ensayista y editor, entre otras tareas. Posición que ha venido a justificar del todo el magnífico libro que nos reunía, más que uno de los mejores del año. Tras el análisis crítico de la obra, tomó la palabra el protagonista que, además de comentar algo de lo dicho por uno y acerca del libro, leyó algunos poemas. Era la primera vez que asistía a un lectura suya de versos, o eso creo. Me gusta mucho cómo los lee y renuncié de inmediato, apenas empezó, a mi primera intención de decir en voz alta "Suceso", uno de los mejores poemas del conjunto. Ya que lo menciono, a ese poema le dedica en "Notas y agradecimientos" un texto que en su día se publicó en la revista Ínsula y que favorece su lectura. Algo que volví a apreciar no sin inquietud cuando fue comentando algún detalle o anécdota que se esconde detrás de otros, lo que abrió esos poemas a nuevas o más exactas interpretaciones que a mi modo de ver los enriquecían. Por eso me gustan las lecturas públicas con poeta de por medio. Supongo que para otros, incluidos algunos autores, esas explicaciones no deben producirse. En todo caso, porque no implican una limitación al libre entendimiento de quien lee, prefiero que el poeta se preste a descifrar algunas claves de lo escrito, como hizo al caso. Tras un breve diálogo entre quienes (sí) estábamos allí, nos fuimos a tomar algo al Ansano. La noche no estaba para exploraciones más profundas ni para rutas más largas. Eso lo dejamos para ayer, mientras Jordi y Marta iban Vera arriba camino de Madrid.

26.11.16

Sibila, y van 50

Parece mentira y sin embargo ya han pasado cincuenta números de la revista Sibila por encima de nosotros. Estuvimos allí, en la Residencia de Estudiantes, en la presentación del número 1 del memorable invento de Juan Carlos Marset (que acaba de publicar libro en Tusquets: Días que serán). Corría el año 1995. Aquella primera entrega ya era lujosa, en el mejor sentido. De parte de la elegancia, que nunca es llamativa, y no de la ostentación. Diseñada por Joaquín Gallego e impresa en ese papel de Amalfi fabricado por la casa Amatruda que da verdadero placer tocar (Marset contó en una ocasión: 'Es un papel que se hace en Amalfi desde hace siglos. Se dice que lo trajo Marco Polo cuando regresó de China. En el Valle de los Molinos, en la parte alta de Amalfi, están documentadas más de 20 fábricas de papel. La única fábrica que queda es la Casa Amatruda, que nos hace el papel'). Fue la noche que conocimos a Vila-Matas, uno de tantos fieles colaboradores de esta aventura ultramarina cuya larga existencia celebramos con alegría. 
Tras su primera época, seis números del 95 al 98, llegó la segunda, a partir de 2001, la que sigue en pie contra viento y marea gracias, entre otras cosas, al patrocinio de la Fundación BBVA. Y ahí, con Marset, la infatigable Patricia Ehrle, su mujer, que la dirige. En su consejo editorial: José Cobo Romero, Luis de Pablo, el citado Joaquín Gallego, Antonio Gamoneda, Antonio Garrigues Walker, Cristóbal Halffter, Cristina Iglesias, Hans-Ulrich Gumbrecht, Mercedes Monmany, Pedro Lastra y Mario Vargas Llosa. 
La revista, no se olvide, incluye grabaciones musicales y audiovisuales en formato digital y tiene en el arte ese tercer pilar que la sostiene. Porque la ocasión lo merecía, este número lleva en la cubierta una obra de Miquel Barceló, del precioso Cuaderno de artista realizado en Sudán que ocupa las páginas centrales del volumen. 
Los textos reunidos, también son de lujo. Un par de certeros sonetos de Caballero Bonald ("La vida es un larga sucesión de batallas / y apenas si recuerdas las que ya se han perdido"); un canto en las postrimerías de Gamoneda ("Fragmentos de lo que puede ser una despedida", lo titula); poemas de Circe Maia (seguimos a la espera de la antología de Jordi Doce que la coloque, digamos, en nuestro mapa); versos sicilianos de Jaime Siles; hasta diez inéditos de Luis Alberto de Cuenca; poemas de Blanca Luz Pulido, Courtoisie, el propio Marset, Mujica (con libro nuevo en Visor), Morábito, Fran Cruz, Restrepo, Ripoll (flamante Loewe de este año, que aquí publica un extenso poema que ganó el 'Ángel García López' de Rota), Deltoro, Duque Amusco (Alejandro), Erri de Luca (del que Seix Barral publica su poesía completa)... 
Granés escribe sobre Octavio Paz... y el arte. Hay relatos de López Ortega y Haslinger. Un interesantísimo artículo del pensador portugués Eduardo Lourenço titulado "Religión, religiones, laicidad". Unas prosas en torno a la memoria de Elisa Lerner. Beatriz Amorós presenta la música vocal de Fabián Panisello y Silvia Dabul, las "Canciones de Silvia", incluidas en el cedé que acompaña esta entrega. Por fin, el jurista Antonio Garrigues Walker, el diseñador Alberto Corazón, el exministro César Antonio Molina (al que recuerdo, junto a su mujer Mercedes Monmany, en la cena que siguió a la presentación del primer número de la revista), Pedro Ordóñez e Ilan Stavans (viejo compañero de estudios de Marset en Nueva York) hablan de Sibila, de su espíritu, de su forma, de sus logros...
Mención aparte merecen algunas colaboraciones. Así, el ensayo de Adam Zagajewski, "Café a la turca", sobre Wisława Szymborska y los tres poemas de la premio Nobel polaca en versión de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. También el emocionante texto de José Miguel Oviedo sobre la muerte de su amigo, el poeta peruano Eduardo Chirinos, del que se publican cuatro poemas (Pre-Textos acaba de publicar un libro póstumo: Naturaleza muerta con moscas).
Porque es necesaria, deseamos larga vida a Sibila. Lo conseguido no es poco. Que sirva de acicate para lo que vendrá. Sus lectores seguimos a la espera. 

25.11.16

Poesía en femenino

"Lo siento, pero creo que la poesía femenina en España no está a la altura de la otra, de la masculina, digamos, aunque tampoco es cosa de diferenciar. (…). No hay una poeta importante ni en el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy. Hay muchas que están bien, como Elena Medel, pero no se la puede considerar, por una Medel hay cinco hombres equivalentes”.
Estas declaraciones a la periodista Nuria Azancot del editor Chus Visor, publicadas en El Cultural, el suplemento más serio de la prensa española, levantaron hace unos meses una gran polvareda en el pequeño patio de la lírica patria. Y sin embargo, en estos últimos tiempos, algo ha empezado a cambiar en lo que respecta a la recepción de la poesía escrita por mujeres en España. Vaya por delante que uno no hace distingos, que para mí la poesía es una y, de clasificarse, bastaría con decir que es buena o mala. O mejor: que lo es o no. Sí, con independencia del género de quien la escribe. Lo único que me preocupa, más allá de la incómoda guerra de sexos que suscita, es que este asunto, como parece, se acabe convirtiendo en una moda. Como la del haiku o la del aforismo. Por lo pronto, han aparecido recientemente varias antologías de poemas escritos en exclusiva por mujeres. Así, Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960) (chez Visor), de Raquel Lanseros y Ana Merino, una amplia antología de casi mil páginas que reúne poemas de ochenta y dos mujeres de este y el otro lado del Atlántico. O (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2016), de Marta López Vilar (Bartleby Editores), donde se reúnen versos de veintinueve poetas nacidas a finales del siglo XX.
Y no sólo antologías. Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez han editado 20 con 20: diálogos con poetas españolas actuales (Huerga & Fierro) y la citada Medel, la poeta de moda, da a conocer en forma de libro Cien de cien. Poetas españolas del siglo XX (La Bella Varsovia), otro florilegio (que surgió en forma de blog) destinado a rescatar voces apartadas o no del todo reconocidas.
Otra muestra de poesía joven publicada este año, Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española (Renacimiento), de Miguel Floriano y Antonio Rivero Machina, optó por la paridad, de manera que el número de hombres y mujeres incluidos se iguala.
En la misma línea vindicativa, Genialogías (Tigres de papel), una colección de libros de poesía femenina que han inaugurado María Victoria Atencia y Juana Castro. Y ya que lo menciono, conviene recordar que la veterana editorial Torremozas, centrada en ellas, ha alcanzado ya los 300 títulos.
Más allá de vanas polémicas, de sangrantes olvidos, de modas efímeras, de desequilibrados recuentos de ganadoras de premios literarios o de sillones con letra de mujer en la Real Academia, lo que importa, en mi modesta opinión, es que ningún poema de ningún poeta (dignos ambos de tal nombre) quede fuera del alcance de los lectores. Esté escrito, faltaría más, por un hombre o por una mujer.

Nota: Este artículo, destinados en principio a los lectores griegos (como todos los que publico en esa revista), ha aparecido en el número 16 de Frear.

24.11.16

Atwood dixit

Mi amigo Carlos Medrano me envía una bonita respuesta de la poeta y novelista canadiense Margaret Atwood a la pregunta "¿Cómo se enfrenta a las críticas?", que le hace Inés Martín Rodrigo (para ABC): "Ahora yo misma hago reseñas basándome en la teoría de que si nadie donase nunca sangre, no habría sangre. No tengo un trabajo de crítico, sólo hago reseñas de libros que me gustan o que tengo algo que decir sobre ellos".

23.11.16

Lanseros y Hernández en EC

Raquel Lanseros
Madrid, Visor, 2016. 268 páginas. 

Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) es autora de Leyendas del promontorio, Diario de un destello, Los ojos de la niebla, Croniria y Las pequeñas espinas son pequeñas, libros que se agrupan ahora en Esta momentánea eternidad. Poesía reunida (2005-2016), una edición que incluye poemas exentos e inéditos.
Al frente de la obra, once años de "largo camino", firma un breve prologo que resulta al lector útil y preciso. En él declara que la poesía es ante todo un "acto de amor" y que en ella se mueven "muchas fuerzas de índole afectivo". Amor a las palabras, a las raíces, a los libros, etc. Cita a Brodsky para explicar que ambos "operan en la misma dirección pero en sentido contrario", que "parte de lo finito para llevarnos hasta el infinito".
También indica que pretende facilitar el acceso a libros agotados o inencontrables; cinco entregas que recupera íntegramente, "sin ningún cambio", tal cual se editaron, por "devoto respeto a lo que quedó escrito". Lo otro sería "falseamiento", dice. El título, procedente de un verso propio, alude a "un modo personal de encapsular un tiempo y unos sueños". Aboga por la libertad y la rebeldía.
Los poemas están escritos con un lenguaje donde conviven el tono narrativo (y dialogado) con el lírico, la línea clara y la imaginativa (lo real y lo imaginario), lo racional con lo inspirado. Cabe destacar su elegante ritmo lento, una música personal y encabalgada que realza, sin forzarlo, cuanto expresa. O el uso de una abundante adjetivación, así como de suaves metáforas terrestres o geográficas, digamos, basadas en símbolos asequibles como barcos, islas, reinos, ríos, cataratas o fronteras.
Poemas viajeros y ultramarinos, con nombre de lugar, propios de alguien que ha vivido en muchos sitios, pero que siempre vuelve. Poemas sentenciosos y reflexivos. De la memoria y el conocimiento. Poesía autobiográfica, en torno "a la existencia propia". De mujer. Frágil, más allá del tópico (fragilidad y poesía van de la mano), a la intemperie. Poesía del amor (y del desamor), un asunto clave para cualquiera que acaso sea el más frecuentado por Lanseros. Léase “Contigo”.
Sus personajes suelen ser seres anónimos o genéricos: un hombre, una mujer (más en Los ojos de la niebla) y no faltan presencias insoslayables: la de su familia, por ejemplo, ya sea la madre o un bisabuelo. 
"No hay verdad más profunda que la vida", escribe. De eso da fe.

Antonio Hernández
Calambur, Barcelona, 2016. 176 páginas. 

Con su libro anterior, Nueva York después de muerto, publicado en 2013, Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, 1943) consiguió el Premio Nacional de Poesía y el de la Crítica. Perteneciente a la denominada Generación del 60, junto a poetas como Diego Jesús Jiménez, Félix Grande o Jesús Hilario Tundidor, brumosa tierra de nadie de la poesía española comprimida entre dos famosas promociones: el Grupo del 50 y los Novísimos, Hernández, reconocido con números premios y honores, es autor de una profusa obra poética que agrupó en Insurgencias (Poesía 1965-2007).
Viento variable reúne poemas escritos entre 2010 y 2015, como se nos explica en la “Nota de autor”, y forma parte de lo que llama “poesía total”, porque toma recursos de otras artes; versos de carácter “dicotómico y epicolírico -canto y cuento-“ donde poesía y literatura “se funden” con oficio. Aunque hay una “voluntad de autonomía de cada poema”, se organizan en “grupos temáticos emocionales” que encabezan diferentes epígrafes de autores dilectos.
El tono, más prosaico que prosístico, se adapta bien a los asuntos relatados, que tienen que ver, sobre todo, con la biografía del autor (“Voy a contarles mi vida”). Recuerdos y anécdotas de cuando era niño (la infancia protagoniza una de las partes, la de “Ruego”, “Primeros pasos”, “Nostalgia”, “Rumor de la infancia”, “El embargo”); paseos de jubilado por calles y parques (la vejez es otro tema habitual); situaciones cotidianas con nietos, hijos, mujer y demás familia (con evocación del abuelo Manolito Ramírez y del primo Pepito el Rana) o con amigos (Claudio Rodríguez, por ejemplo); los “paraísos perennes” o “imperdibles” (con menciones a los maestros: Borges, Rosales, Lorca, Alberti); la música (donde no falta el flamenco); la preocupación social (una constante en su poesía)… Sí, este libro es, entre otras cosas, una suerte de memorias y tiene algo de balance o ajuste de cuentas. Principalmente, consigo mismo (así en el machadiano “Mea culpa”). O cuando alude a lo sucedido con los citados premios (“Pavoneo”, “Pompas fúnebres” y los que componen la sección que inaugura una cita de Vallejo), si bien cifre su “éxito definitivo”  en “poder / jugar con los nietos”. La ironía (léase “Anónimo veneciano”) juega a favor del libro, a pesar de poemas como “Tautología” o “Insidias”. “¿Cómo se puede odiar a un tipo como yo?”, pregunta. “Nunca me las di de maldito”, subraya. Ahí ve uno esta poesía entre la autocomplacencia y la acritud respecto a sí mismo. 

Nota: Las reseñas de los libros de Raquel Lanseros y Antonio Hernández se publicaron el pasado viernes en El Cultural.

22.11.16

Sol Gallego-Díaz dixit

Henri Cartier-Bresson
En un precioso y atinado artículo, como suelen todos ser los suyos, el titulado "Buenas enseñanzas para la ley de educación", donde recuerda la carta que Albert Camus envió a su maestro con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura ("Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto"), la periodista de El País escribe: "La educación debería hacernos comprender que leer, dominar la técnica o sobresalir en el manejo de Internet no nos hace mejores ciudadanos ni mejores personas. Finlandia, el país que ofrece la mejor educación del mundo, según multitud de estudios y de expertos, tiene un alto porcentaje de votantes ultraconservadores y xenófobos. Se puede recibir una educación exquisita y utilizarla para ser intolerante o cruel, o para lo contrario. Lo que deberíamos aprender en la escuela es justamente que una cosa u otra dependerá de nuestra propia decisión, individual, y que no está prefijada". Sí, como le decía el autor de El extranjero al señor Germain: “Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño, el derecho a buscar su verdad”.

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