30.7.16

Nimú

Sergio Enríquez Nistal / El Mundo
Nemo. Así de corto y de directo es el título de la nueva novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950) que vuelve a publicar Tusquets, esta vez en el formato mayor la colección Andanzas.
En principio, supongo, el rótulo desconcierta. Uno pensó en el capitán de Verne y lo imaginé muy alejado del mundo narrativo de Bayal, tan de tierra adentro. Tan poco exótico. Demasiado estable. El cuadro de Elisabeth Gimferrer que ilustra la cubierta aporta alguna pista. Lo rural, a pesar de que el autor sea un hombre urbano de costumbres que poco o nada tienen que ver con las relacionadas con el campo y la naturaleza. Alguien, eso sí, que vivió su infancia en un pueblo: Higuera de Albalat (dos veces alude a una hoja de higuera; no de parra, insiste). Y a la geografía áspera que aportó el espíritu a una de sus novelas más celebradas regresamos los lectores de ésta, que se acerca a aquélla, como "Corzo", uno de los relatos de Conversación. Más allá, tal vez por el tono, podamos emparentarla con Paradoja del interventor. Digo esto al tiempo que pienso que el empeño es vano porque todas las narraciones, cortas o largas, de Bayal remiten a un estilo inconfundible, el suyo, que aquí se manifiesta con toda su grandeza por más que a algunos les cueste, y uno lo entiende, reconocerlo. Este es un escritor para lectores, no para el público. La suya, una narrativa al margen de las modas, lo que garantiza su perdurabilidad.
Antes que la trama, tan sutil como otras veces, lo que aquí prima es el poder absoluto del lenguaje por más que, paradójicamente, sirva para urdir una compleja (no digo complicada) reflexión sobre sus límites y sus excesos, sobre la palabra y el silencio. "La realidad no sólo es terca, también es prosaica y gramatical", leemos. Eso le da un aire ensayístico (donde abundan, entre líneas, los aforismos: "El miedo es una humillación secreta", "La transparencia es el mayor misterio") y le permite a Bayal volver a desplegar sus facultades filológicas, si bien más matizadas o atemperadas, con menos juegos de palabras ("entonces entonteces", "ni tácito ni taciturno", "estatus de estatua", "callardo", "callardía"). Para este fin, ha creado un personaje singular, como todos los suyos, el mencionado Nemo. Nemo neminis ("nadie y de nadie"). Nadie, al modo homérico. Nimú. Un forastero que llega a un lugar remoto del oeste, de, digamos, la Extremadura profunda, para descansar o convalecer (quién sabe de qué dolencias del cuerpo o del alma) y que trae consigo una firme decisión: la de no hablar. En esa especie de escondrijo, apartados del mundo, viven el escribano, que narra esta historia; el viejo, autor de elocuentes máximas senectas; el buhonero, que siempre está de paso; el bodeguero, en cuyo local -la bodega- se desarrolla buena parte del relato; el papagallo; los gemelos; el ama de la casona donde se aloja; el petirrojo; el ermitaño; el guardián de la fortaleza... Estos y otros que, como el carpintero o el cazador, un buen día dejaron también de hablar (como hizo durante una larga temporada el bodeguero) y luego desaparecieron, un sino que padecen con frecuencia los lugareños de esa aldea innominada de una "región anacorética", un "rincón de alimañas y murgaños", "ocre y oscuro, de verdor agostado y piedras melancólicas", donde encontramos el llano, el anillo, la laguna, el bosque, la mencionada fortaleza, la cruz del agua, la funesta tebra... Esos vecinos sin nombre, salvo Fiat ("nos aterran los nombres"), no dejan de elucubrar sobre las circunstancias que llevaron a Nemo, un paseante (una suerte de flâneur rural), "un contemplador", "un hombre a la intemperie" (en la "intemperie del silencio") que "huye de sí mismo", a este estado de soledad y de silencio ("Está aquí sin estar"), pues que una y otra cosa son inseparables, como anota el escribano. La suya, dice, es "una enfermedad moral". El hombre no es tal si se (le) priva del uso de la palabra. "Su voz -dice el narrador acerca de Nemo- es el silencio". En torno a esa "odisea inmóvil" va creciendo la novela. Como es habitual en la obra bayaliana, hay en ella una reflexión moral. Empezando por la que se deduce del no uso de la palabra o del abuso de las palabras en esta época de ruidos en al que todos hablan y nadie escucha: la "neminidad" y la "locuacidad": la verborrea. Términos como pasión (y acción, los dos polos de la vida según el viejo: los que actúan y los que sufren), vergüenza (incluida la "inversa"), tedio ("No es el silencio, en suma, sino el tedio lo que define la neminidad"), paciencia ("aliada del silencio"), melancolía, bondad, belleza, realidad o esperanza dan pie a jugosas cavilaciones morales que, otra marca de la casa. se conjugan a la perfección con lo bíblico, por decirlo de algún modo; una obsesión -o un trasfondo- que aquí, siquiera sea por aquello de la voz que clama en el desierto o por la evocación de Babel, son sólo dos ejemplos, resulta pertinente e ineludible. Al fin y al cabo, se dice en un determinado momento, "hablar es blasfemar". Por eso el silencio de Nemo es "puro y primordial". Como todo silencio, "una aventura submarina".
Intercalados con el hilo de las reflexiones, aparecen aquí y allá unos cuantos relatos dentro del relato (como el de la fábula del anillo) y no pocos poemas muy breves que condensan estados de ánimo. Todo ello, aunque el libro discurra en una suerte de intemporalidad cronológica y en medio de una atmósfera de leyenda, en un marco temporal tan concreto como el espacial: un año. De noviembre a noviembre. Entre los santos y los difuntos, ya que todos estamos condenados al "asombro de la muerte". Porque "La muerte es siempre la misma, pero los muertos son distintos".
Para Nemo, "ser nadie es su destino". "Nemo es el misterio". Diría que también, o sobre todo, Nemo es un resistente. Un inesperado final, que no desvelaré -en el capítulo 131-, cierra de manera magistral esta historia de historias que comienza con una cita de Sófocles, de Edipo rey: "que en lo que entiendo mal callarme suelo". 

Nota: Esta reseña ha sido publicada en la Revista Cultural TURIA, número 119.

25.7.16

Cabrera y Montiel

 Cortezade abedul
Tusquets, Barcelona, 2016. 128 páginas.

Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958, pero establecido en la Comunidad Valenciana)  publicó su primer libro tarde, a los cuarenta y dos años, pero lo hizo por la puerta grande: premios Loewe y de la Crítica. A En la estación perpetua le han seguido: Tierra en el cielo, Con el aire y Piedras al agua.  
Si bien su nombre falta en los primeros recuentos generacionales, pronto pasó a formar parte de un grupo de poetas valencianos que se encuentran en el centro de la promoción de los 80 o de la Democracia, con Gallego y Marzal al frente; dignos continuadores de Gil-Albert, Brines (dios tutelar), Simón, Siles o Talens.
De formación filosófica, Cabrera ha transitado los caminos de lo meditativo (poesía metafísica, según algunos) y ha tenido en la Naturaleza su principal fuente de inspiración. Su raíz romántica es evidente. Este libro, donde regresa con su voz decantada, vuelve a confirmarlo. La cita de Gautier es elocuente: “Soy un hombre para quien el mundo exterior existe”. Otra de Cadenas fija el rumbo. Y el tono, esa voluntad de retracción y esencialidad propia de cualquier poeta ático.
Desde el principio, árboles y pájaros. Y campo. La misma precisión que usa para componer sus poemas le caracteriza en tanto que botánico y, sobre todo, ornitólogo. A partir de una palmera o un almez, una sabina o un abedul, de un águila migrante, un buitre o un ruiseñor, Cabrera lleva lo descriptivo a lo simbólico y traza, siempre desde la cercanía y la realidad, a través de un riguroso proceso contemplativo anclado en la observación y la mirada, un sutil discurso propio de alguien que piensa, sí, pero que sobre todo siente, un ser sensitivo, algo que me ha recordado a César Simón.
Poesía solar y mediterránea: “La luz no se captura. Mirarla nunca sacia”. Él, “un ser erguido en tierra solitaria”. Alguien que aprecia en las cosas los detalles, lo pequeño, lo sencillo, como el muro del bancal: “Nada reclama, nada necesita”. “Pensé en el puro suelo, /el nunca redimido”. Todo queda dicho sin alardes, con genuina naturalidad: “¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?”, se pregunta. “Nunca luce excesivo sino intenso”, podría decirse de su poética.
En “Autorretrato”, después del viaje, ya en su cuarto, escribe: “Soledad, ahora sí, / ya puedes ser el fondo informe y fiel / de mi retrato”. 


Jesús Montiel
Hiperión, Madrid, 2016. 62 páginas. 

Con Memoria del pájaro, Montiel (Granada, 1984), autor de Placer adámicoDíptico otoñal, Tritoma e Insectario, ganó el premio Hiperión. Lleva al frente una "Declaración de intenciones" donde leemos: "Al autor de este libro le gusta su vida. El problema es que su vida es un fracaso en todos los sentidos". Por "improductiva" y "fuera de la lógica del beneficio". Estos poemas, concluye, "no son otra cosa que los hijos de este tiempo entregado a las musarañas". Luego cita a Pacheco: "Total misterio a cada instante la vida". Después, llegan sus versos, una poesía cercana, autobiográfica (o eso parece), de poética clara donde las anécdotas cotidianas se convierten en categorías: "El poema es una espalda / que me asoma al milagro / burlando la pared de la costumbre". 
En "Petunias", por ejemplo, donde leemos: "El hombre que hay en medio es lo difícil". O en "Closed", acerca de las alambradas para seres humanos: "Recuerda cuando sólo era del pájaro". Lo social también aflora, como denuncia, en "Divinidades" ("otro Egipto más árido al término del voto") y en "Font Vella".
En "3 de julio", "Mínima victoria", "Antirromance", "A la próxima" y "00:00", el amor es el protagonista. La vida de pareja, que son padres.
Las metáforas que encontramos están humanizadas. Son asequibles y no buscan tanto lo llamativo cuanto lo simbólico. El lenguaje se adapta a los temas tratados, que suelen ser amables. Así en "Mesa", la de las familias de ahora, suma de soledades. 
"Noé" es un precioso poema donde Montiel hace recuento de las "las horas más felices de mi vida" en previsión de un próximo diluvio. 
"Elogio del pene" es un divertido poema erecto que concluye: "Me dice que estoy hecho para el otro".
En "Hogar" alude a los incómodos viajeros perpetuos ("hogar solo es un otro") y en "Aunque todo se mueva" también hace mención al viaje: (de niño) "Ansiaba la conquista de lo lejos" y "El más difícil viaje se hace quieto. Sentado en uno mismo".
En "Aldea" alaba el silencio del mundo; del otro: el rural. 
A la palabra dedica también algunos versos. "La piedra más humilde es la del puente", leemos. "Y es algo parecido a la palabra", dice más adelante. Y en "Vaso": "Que puedan los demás beberse mi palabra". Las usa porque "El mundo vuelve a ser cuando lo nombras".

Nota: Las reseñas de los libros de Cabrera y Montiel aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.

12.7.16

Cerrado por vacaciones

Foto jesusmb
Este blog sigue abierto, sí, pero sin nuevas entradas hasta el mes de septiembre. Uno, como todos, necesita descansar. También los amables lectores que visitan este libresco rincón. Seguimos. 

10.7.16

De antologías

No sabe uno muy bien a qué se debe que en un determinado momento coincidan en el panorama literario distintas manifestaciones de lo mismo. Como si se hubiera puesto el destino de acuerdo para propiciar la reiteración de tal o cual fenómeno. Así, ahora, en España, por ejemplo, la publicación de antologías. Que a uno le conste, hay cuatro en las mesas de novedades, suponiendo que la poesía ocupe aún ese lugar en las librerías. Dos de poesía joven y otras dos de poesía contemporánea. Empezaré por éstas. 
El editor de la primera es el poeta Vicente Luis Mora, uno de los más innovadores y cosmopolitas, teórico y crítico, responsable del blog Diario de lecturas, y se titula La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015). La publica la hispanomexicana Vaso Roto. De la segunda, publicada por Fondo de Cultura Económica (otra casa mexicana), el responsable es el también poeta, viajero y traductor Jesús Aguado y lleva por título Fugitivos. Antología de la poesía española contemporánea. Las dos incorporan a poetas nacidos después de 1960.
En lo referente a las florestas juveniles, una es Re-generación. Antología de poesía española (2000-2015), del poeta y crítico José Luis Morante y ha aparecido en el sello granadino Valparaíso. La otra, Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española, publicada por el sevillano Renacimiento, y los editores son el poeta y profesor Antonio Rivero Machina y el poeta y estudiante Miguel Floriano.
Resulta curioso que de las cuatro sean responsables poetas, que, aunque pudieran, no se incluyen en sus respectivos florilegios, si bien Aguado antologa a Mora y viceversa. Son inevitables también las coincidencias en lo que a los nombres respecta. Y ya que lo menciono, las dudas sobre los que son, no son y están y de los que siendo no figuran. El gusto, en todo caso, es facultad de los antólogos. Al lector le queda asentir o lo contrario, pero sólo eso.
De la última antología citada soy el prologuista. Me lo propusieron y acepté. No es que uno esté al día ni conozca al detalle, ni de lejos, la poesía que escriben los jóvenes, pero desde que ejerzo, siquiera a ratos, de crítico o desde que, como diría Brines, soy un lector que elige, alguna opinión tengo al respecto. Me llegan muchos libros de autores primerizos, en más de un sentido, de ahí que me animara a poner unas palabras delante de lo único que importa en ese tipo de obras: los versos de los participantes, de los poetas reunidos. Recuerdo en ese breve delantal el grito del académico Víctor García de la Concha a propósito de una polémica lírica de los años ochenta del siglo pasado: "¡Denme libros!" Pues eso.
Por lo demás, siempre he sido lector de antologías (tanto de las de grupo como de las de autor), se me incluyó en algunas y en una ocasión, junto a mi amigo Ángel Campos Pámpano, fui incluso antólogo. 
Son prácticas porque nos ayudan a desbrozar, de entre el espeso bosque de libros de poesía que nos rodea, los árboles que merecen ser contemplados. O los brotes, si de los que empiezan hablamos. 

NOTA: Este artículo ha aparecido publicado en la revista griega Frear, en su número 15.

9.7.16

Cirlot: una dedicatoria

A partir de la reseña de la biografía de Cirlot que publicamos hace unos días aquí, mi amigo Salvador Retana me envía esta joya de su biblioteca. Pertenece a Canto de la vida muerta y el poeta barcelonés dedica la plaquette a una pintora de la escuela de Vallecas, Pilar Aranda, la mujer de Francisco San José, también pintor.
Como nada es porque sí, de ese cuaderno (dedicado en rigor al poeta Carlos Edmundo de Ory, de ahí el "pero ahora") tomé, para uno de mis libros, a modo de cita, su verso: "Mi alma es un paisaje con murallas". Abre Lejos de aquí (De la Luna Libros, 2004). 

8.7.16

Unos poemas de Ángel Crespo

Tras las antología de Jaccottet, Luzi y Manent, se publica en Voces sin tiempo (de la extremeña Fundación Ortega MuñozLa voluntad de perdurar, que reúne poemas de Ángel Crespo (Ciudad Real, 1926-Barcelona, 1995). La edición es de Jordi Doce, buen conocedor de la obra del poeta y traductor. En su espléndida introducción (que adjunta una bibliografía reciente), se nos explica que el volumen "no pretende sino ofrecer una retrospectiva del primer tramo de la obra crespiana mediante el prisma de su relación con el mundo natural". Poemas de entre 1949 y 1964, acordes con el espíritu que alienta esta lenta colección donde aparece, inspirado en el paisajismo de Ortega Muñoz. Doce añade: "Ciertamente, no es un hilo temático elegido al azar. Desde la publicación de Una lengua emerge en 1950, Crespo se propone en gran medida la exploración de un territorio geográfico –el paisaje manchego de su infancia y juventud– que es también un territorio verbal: un dominio íntimo, alzado con todo lujo de pormenores en un puñado de libros (...), en el que se dan la mano el impulso autobiográfico y el tono meditativo, la memoria y la imaginación, la fe en el poder de los símbolos y el uso magistral de la alegoría, la fidelidad a los signos terrestres y la pasión por la palabra". Más adelante leemos: "Crespo recuerda que fue a la vuelta de su servicio militar en Marruecos, en el otoño de 1949, cuando, refugiado en Alcolea de Calatrava, escribió los primeros poemas de Una lengua emerge, que vería la luz un año más tarde. Frente a Ciudad Real, la ciudad del padre, Alcolea era el pueblo de su familia materna, el enclave de una finca –la Cuesta del Jaral– que el poeta siempre recordó como «mi paraíso perdido»."
Como dijo José Francisco Ruiz Casanova (autor de una antología de Crespo publicada en Letras Hispánicas de Cátedra), "los primeros poemas de Una lengua emerge […] nacen en el paisaje, ahora interpretado, de Alcolea, en la nueva comunicación, y comunidad, estética con el Origen".
Se habla después del hilozoísmo, de la imaginación, de la naturaleza omnipresente, del extrañamiento, de los árboles y los animales...
"Estamos lejos de la asepsia –distante y distanciadora– de la contemplación. Los poemas de Crespo abundan en ruidos, olores, texturas, todo aquello que permite un acceso inmediato a lo real y confunde las lindes entre mundo y subjetividad, lo dado y lo pensado", concluye Doce. Y termina: "Si algo dejan traslucir estos poemas es el ansia inagotable de vida de su autor, entendiendo que su vida no se acaba en él, no es sólo la suya, sino también la de cuanto le rodea y alecciona. «Del pan que no he comido me arrepiento», escribe, y se percibe en esta confesión no pedida un deseo de estar a la altura del mundo y sus circunstancias. El yo, aquí, no es señal de egotismo, sino el dominio donde las cosas adquieren su presencia mejor, más duradera, preservándolas «con el tiempo, contra el tiempo». Detrás de esta idea alienta la fe de Crespo en la palabra –en su capacidad indagadora– y su creencia en la poesía como vía de salvación: ella será lo que reste de nosotros, y en ella, mediante la voz y la palabra, mediante el canto y la imaginación, quedará una huella viva de este mundo."
Los poemas, muy bien elegidos, vienen a justificar lo dicho. "Versos limpios", por usar palabras del autor, que dan a luz un mundo perdido, pero aún vivo. Mantienen su vigencia, por más que la naturaleza y el campo sean para muchos asuntos del más remoto pasado. Y ello porque el lenguaje de Crespo supo estar por encima de esas circunstancias vitales, de esas vivencias. Su riqueza, su precisión, permiten disfrutar de la mención y de su idea. Da gusto paladearlo. Tanto como a él debió de serle placentero escribirlo: "Me crié allí entre jaras, retamas, chaparros, aulagas, coscojas, romero, encinares, arzollos y campos de tomillo y espliego sin otra intimidad que la que establecí con los animales domésticos y con los silvestres. Me perdía, o más bien me aislaba, entre los matorrales espesos y los sembrados de cereales, a veces con un libro en la mano…"
La memoria rescata sin nostalgia (parece que todo sucede ahora) la infancia del poeta y vienen con ella la nieve, las piedras, las nubes... Y la cabra, el lobo, la yegua, las vacas, los ciervos... Y la siega. Y aquellos lugares donde fue feliz, como la finca la Cuesta del Jaral, que va en el título de un extenso poema en prosa.
Ángel Crespo es, me temo, uno de entre tantos poetas españoles excelentes que, sin embargo, no gozan del favor canónico y, no sé si por eso, de demasiados lectores. Nunca es tarde. Esta antología viene a demostrarlo. Los más jóvenes descubrirán a un poeta más que interesante. Incluso en estos versos juveniles, del todo logrados. Agradecemos a Jordi Doce su ejemplar edición y a Pilar Gómez Bedate, viuda del poeta, su entusiasmo y su fidelidad. Que la Fundación Ortega Muñoz apueste por la poesía también es digno de elogio. Gracias.

LA VOLUNTAD DE PERDURAR

La voluntad de perdurar
de todo lo que es frágil
canta en la avena loca, en las avenas
en cultos surcos, de amarillo armadas,
y canta en estos versos
que bajo el sol despegan,
se alzan –llegan ya al sol–
y abatidos, quemados, mis propios labios hieren.
Voluntad de lo frágil
frente a la tozudez hermosa de lo duro,
que el tiempo va minando
y reduciendo a débiles cenizas.

Así la roca alta
en la que sólo posan el águila y el cuervo
–y en no larga ocasión la mariposa–,
en diminutas piedras se redime
y se sublima en chinas, polvo y tenue
materia que mi lengua impregna mientras canto.
Suave polvillo por mi frágil verso:
voluntad imperiosa
de ser cuando la roca ya no sea. 

7.7.16

Steiner dixit

Antonio Olmos
"Llevo dentro de mí mucha poesía; es, cómo decirlo, las otras vidas de mi vida", le dice George Steiner a Borja Hermoso, que le ha entrevistado para Babelia/El País en su casa de Cambridge. Y éste sigue: "La poesía vive… o mejor dicho, en este mundo de hoy sobrevive. Algunos la consideran casi sospechosa". Y aquél responde: "Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad".
"¿Es optimista con respecto al futuro de la poesía?", continúa Hermoso, y Steiner contesta: "Enormemente optimista. Vivimos una gran época de poesía, sobre todo en los jóvenes. Y escuche una cosa: muy lentamente, los medios electrónicos están empezando a retroceder. El libro tradicional vuelve, la gente lo prefiere al kindle… prefiere coger un buen libro de poesía en papel, tocarlo, olerlo, leerlo. Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial".
Más adelante, le plantea el periodista: "Usted ha dicho alguna vez que se arrepentía de no haberse arriesgado a lanzarse al mundo de la creación. ¿Es una espina clavada?". Y Steiner le confiesa: "En efecto. Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. Y he dicho también –y algunos no me lo han perdonado nunca- que el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador. Así que hablemos claro y no nos hagamos ilusiones. Yo soy tan solo un cartero, soy Il Postino. Y estoy muy orgulloso de eso, de haber llevado el correo bien a tantos y tantos alumnos. Pero no nos hagamos ilusiones".
Casi al final, pregunta Hermoso: "Profesor Steiner, ¿qué es ser judío?" A lo que éste responde: "Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor". 

6.7.16

La poesía de César Simón

César Simón
Pre-Textos, Valencia, 2016. 456 páginas. 

Como bien dice en su lúcido e íntimo prólogo Vicente Gallego, la poesía de César Simón (Valencia, 1932-1997), reunida por primera vez, ha quedado fuera de los manuales y las antologías porque empezó a publicarse tarde y en editoriales periféricas, pero, sobre todo, por su singularidad, que suele ser casi siempre la verdadera causa de ciertas postergaciones u olvidos. Por edad, debería pertenecer a la Generación del 50, la de Brines. Llegó tarde a esa nutrida y heterogénea hornada. Su manera de decir está más cerca de poetas posteriores, de los 80. Gallego, por ejemplo, que lo califica de maestro y que ha logrado dar con el tono que exigía la introducción a este corpus poético, “un todo perfectamente coherente y abarcable” formado por Pedregal, Erosión, Estupor final, Precisión de una sombra, Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único, Extravío, Templo sin dioses, El Jardín y El pretexto y el fervor, un precioso libro inédito que agrupa un puñado de intensos poemas amorosos. En apéndices, algunos versos perdidos.
También fue autor de los dietarios Siciliana, Perros ahorcados y En nombre de nada. Sus artículos más personales fueron reunidos en Papeles de prensa. Todo fue escrito entre 1971 y 1997. Si los cito es porque acaso hubiera sido pertinente incluirlos en la edición, a modo de obra entera, ya que rigor forman parte de lo mismo: la poesía simoniana, en prosa o no. Gallego justifica esa decisión, del todo razonable, y antepone lo que pensaba Simón, si bien se ocupa de remediar ese vacío citando fragmentos de esas entregas.
La actualidad de esta poesía honesta es la de un clásico. Su poética, como acertó a calificarla Begoña Pozo, responsable de la bibliografía, es doble: poética del paisaje y de la conciencia, según se trate de los exteriores y los interiores. La primera se basa en la simplicidad del campo, centrado en la casa del monte, “allí arriba”, su territorio propio, donde en soledad y silencio pasea, piensa, lee y escribe. Un secarral mediterráneo desde donde siempre se ve el mar. La segunda, en la casa de la ciudad, muchas veces deshabitada y en sombra, en los pasillos y los cuartos. En ambos casos el poeta, “pobre en biografía”, es un ser lejano y único. Vital (“¿Es que hay algo más hondo que la vida?”), que vive “en vilo”, de espíritu dado a la introspección y temperamento meditativo (“Todas tus elegías fueron himnos”), que ve el mundo, más que con perplejidad o asombro, con estupor (“Porque es alta la vida y es extraña”), a favor de la contemplación que constituye en la mirada. Su carácter, sensitivo y “reconcentrado” (“Fue un ensimismado”, dijo Marzal). Alguien que afirma: “Fui lo que soy, he dicho; / y nunca he sido nada”). Y: “Creo, con fiebre y con ardor, en nada”. Por sobrio (“Yo soy ático”), autor de una poesía áspera y esencial, enemiga de la afectación, el énfasis y el lucimiento, de la retórica y el anecdotismo. Contra la rimbombancia. De gran naturalidad. Discursiva, aunque domine las distancias cortas. Que huye, en suma, de lo adjetivo. Que transmite verdad. Fundada en el misterio, aunque “sólo en lo concreto se manifiesta lo esencial”. Más solar que nocturna: de la claridad.
De aquí, como dice Gallego, no se puede “salir indemne”. Qué suerte la de quienes lo lean por primera vez, que, salvo unos pocos, serán la inmensa minoría.

ARCO ROMANO

En medio de las viñas se levanta.
Testimonio de un tiempo, ya es el tiempo.
Permanece, si llueve, solitario;
y solitario cuando quema el sol.
Divide el mundo en dos, insiste y calla.
Cerrado, pero abierto al hermetismo
de la interrogación que no se extingue.
Y es excesivo para explicitarlo.
¿Conclusión? Irreal planteamiento.
El arco es como yo, que no concluyo.
Porque fui contra el cielo como el arco:
de vacío a vacío en la belleza,
de la nada a la nada entre la luz.

Nota: Esta reseña apareció publicada el pasado viernes en El Cultural.

4.7.16

Cirlot: vida y obra

Cirlot: ser y no ser de un poeta único, de Antonio Rivero Taravillo, Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz 2016 de la Fundación José Manuel Lara, que publica el libro, es, en efecto, la biografía de uno de los poetas fundamentales del siglo XX español, Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), cuando se conmemora el primer centenario de su nacimiento.
En noviembre de 2005, daba uno cuenta aquí de su alegría: la editorial Siruela empezaba a publicar la poesía completa de este poeta secreto, entonces y ahora. Gracias al bibliófilo José Manuel Fuentes, hace años que tengo a mano Poesía de J. E. Cirlot, la edición que Leopoldo Azancot preparó para Editora Nacional en 1974, dirigida en aquel entonces por el periodista Juan Pedro Quiñonero. Junto a la antología que ordenó Clara Janés para la benemérita colección Letras Hispánicas de Cátedra: Obra poética (1981), han sido para los lectores de mi generación el camino de acceso a su poesía. Después, ya digo, fueron llegando otros libros. Y no sólo. Cómo olvidar la extraordinaria exposición Mundo de Juan-Eduardo Cirlotque comisarió otro poeta, Juan Manuel Bonet, en el IVAM de Valencia, cuyo catálogo atesoro.
Sí, uno se ha definido alguna vez como cirlotiano, siquiera sea porque ha leído la poesía del barcelonés con tesón y fervor a lo largo del tiempo. Y porque lo considera un maestro. De ahí que esperara esta biografía como agua de mayo. Más si, como hace al caso, ha sido escrita por alguien que conoce bien no sólo su poesía (cómo abordar si no la vida de un poeta que, como sentenció Octavio Paz, sólo está en sus versos), sino también las tradiciones en la que aquella se inscribe; la céltica, por ejemplo. Alguien, cabe añadir, que ya demostró su solvencia en el género con la modélica biografía de Luis Cernuda.
Si somos lo que escribimos, o viceversa, si el estilo es el hombre, a nadie le puede extrañar que alguien tan raro como Cirlot haya dado a luz una poesía tan rara como la suya. Uso el término en su sentido más literario y, espero, que en el más profundo. Raro porque él y su obra, al menos la de creación, no tienen parangón ni con el común de la gente ("Yo soy un ser humano a pesar mío") ni con otras maneras de decir, y menos en el ámbito del español ("mi poesía está al margen de la hispana"). Sin embargo, y de eso se encarga antes que nada Rivero Taravillo, su poesía se nutre de fuentes tan concretas como diversas, perfectamente rastreables. Eso sí, el resultado, su voz, su tono, es único, como su personalidad. "¿Dónde colocar a Cirlot?", se pregunta el biógrafo. Sin duda, fuera del mapa, extramuros, en el exilio. De ahí, acaso, su importancia. “El mundo en el que vivo no es el mío”, sentenció. "Yo limito conmigo mismo y nada más", dijo, y era verdad. O: "Yo soy mucho más que yo. Mejor dicho, soy «otra cosa»". Y: "El artista debe ser inventor o perecer". "Sólo lo inédito vale. Es la ley del arte del siglo XX, incluida la poesía". Por eso es "un poeta de hoy, cuya eternidad es de ayer y de mañana", según Ruano, si bien, como expresó él mismo, asumido su "ostracismo" (le escribió a Gimferrer) eso supusiera que su obra poética estuviera "sepultada en la sombra por los que dirigen la vida literaria del país". Un país que "me oculta y me niega".
Imposible resumir aquí esta biografía que es, al mismo tiempo, un ensayo de crítica literaria. En Cirlot, como en tantos, vida y obra son una y la misma cosa. Era uno y múltiple, diremos para empezar. Dual y contradictorio. Su personalidad es una confederación de almas asentada en las polaridadades: "Yo soy mucho más que yo. Mejor dicho, soy otro".
Era un hombre alto y elegante, con unos ojos bonitos. Ni fumaba ni bebía. Triste, negativo y pesimista: "Dios no me concedió esa terrible cualidad del hombre «simpático»". Que sufrió distintas crisis nerviosas a lo largo de su vida. Coqueteó con el suicidio y dijo que "la vida es más espantosa que la muerte". La muerte, para él, una pasión: "Hay mucha muerte dentro de mí". Obsesivo y neurótico. Nihilista. Su angustia era metafísica, como sus versos. Siempre con prisa. De habla torrencial, caminaba a zancadas. Un gran, vertiginoso trabajador. Autoexigente. En lo laboral (Argos, Gustavo Gili) y en lo literario y ensayístico, así como en la traducción y la crítica de arte (fue un crítico de ámbito internacional). Solitario, pero siempre con otros: los de Dau al Set o El Paso, aunque renunciara a pertenecer al cogollito del grupo surrealista parisino con Breton al frente y le rechazara los postistas y la barcelonesa gauche divine (ni en Boccaccio ni de manifestaciones). Un hombre familiar, con Gloria, su esposa, y Victoria y Lourdes, sus hijas (tan importantes a la hora de reivindicar la figura de su padre). Conservador en lo personal (cita a Blake, uno de su estirpe: "El progreso es el castigo de Dios") y uno de los más innovadores en lo que a la poesía y al arte se refiere (defensor a ultranza del informalismo y de la pintura abstracta). Siempre en lucha entre la ortodoxia y la heterodoxia. Simpatizante del nazismo (un asunto que se explica bien en la obra, nada fácil de digerir) pero aún más de lo hebreo ("un feroz mediterráneo, complicado de judío"). Amigo de los diccionarios (Giralt Miracle le definió como "jardinero de abecedarios"), para leerlos y escribirlos; no en vano su obra más conocida es el Diccionario de símbolos. Cinéfilo. De ahí salió su ciclo más importante: el de Bronwyn, a partir de El señor de la guerra y su protagonista, Rosemary Forsyth. Amigo de  Jean Aristeguieta, Carlos Edmundo de Ory (ante todo), Tàpies, Perucho, Canogar, Antonio Saura... Habitaba en un mundo que no era el suyo. Ah, su "extrañeza de vivir en un mundo ajeno". Cirlot, el coleccionista de espadas. Un ser "conflictual" e "imposibilista". Un visionario.
Hijo de militar, soldado en los dos bandos durante la Guerra Civil, hizo la mili en Zaragoza y nunca dejó de interesarse por lo bélico: “Más que Horacio hubiera querido ser un jefe de legión romano”.
Su escritura refleja no sólo quién era sino, además, sus intereses, obsesiones y complejos: "nihilismo, padecimiento ante el «mito» femenino, germanismo, arqueologismo, cierta tendencia neonazi contrarrestada por mi pasión por Israel y por la Cábala", celtismo, angeología, medievo, esoterismo, gnoseología, psicoanálisis, los cátaros (y Carcasona)... Lo onírico tampoco puede faltar en el recuento.
Su poesía fue saliendo a golpe de cuadernos autoeditados con tiradas muy reducidas (de 50 ejemplares las últimas entregas). Una obra "presentada al instante" que sólo con la llegada del citado volumen de su poesía publicado en 1974 por la Editora Nacional se puede decir que empieza a existir. Luego vino lo demás: la antología de Cátedra y, sobre todo, los volúmenes de Siruela, quien más ha hecho por su obra. Faltó que la joven editorial Visor se decidiera a publicarla, como pretendió en su momento. Otro hubiera sido, ay, el escenario. 
Es una poesía que se comprende como forma de conocimiento y que aúna lo experimental y lo clásico, la permutatoria y la combinatoria junto a la aliteración, las homofonías y los sonetos. Ajena a la de su momento: ni arraigada ni social. Cirlot creía, con Mallarmé, que la poesía se hace con palabras, pero también con sílabas y fonemas. Y con técnica. Era su “droga”, si bien confesó conocer y utilizar cuatro: “el sufrimiento, la música, el trabajo poético y la lectura de determinados libros”. Sí, ya que se menciona, renunció a la música por ella, aunque compuso algunas obras. Se tenía que obligar a no escribir. Destruyó mucho. Diarios, pongo por caso, por culpa de un rechazo de Barral, e incluso un tanteo de autobiografía. Acerca de los primeros escribió: “Un verdadero diario es un instrumento de tortura –para sí y para los suyos- y un falso diario es el peor y más innoble género literario”.
Rivero Taravillo dice, con humildad, que ésta no es la biografía definitiva. Reconoce lagunas. Con todo, es la primera y fija con solvencia su vida y su obra, ambas inseparables. En un momento dado escribe: "Se aprende más sobre los poetas leyendo los poemas admirados por ellos que fatigando muchos manuales de crítica". Es el procedimiento que él ha empleado. El mejor: leer los poemas de Cirlot para dar con el hombre que está a su sombra. Lo ha conseguido.

3.7.16

Castelo, un año

El que se cumple ahora de su muerte, que tuvo lugar en la primavera de 2015 en una clínica de Madrid, y por lo que el Centro Unesco Extremadura, del que fuera fundador y primer presidente, le homenajeó el pasado jueves en Cáceres, en un sencillo pero intenso y emotivo acto que se celebró en los jardines del Museo que lleva el nombre de la ciudad extremeña, ubicado en la Casa de las Veletas, en plena Parte Antigua. 
Aunque hacía calor, no tanto como el esperado. En todo caso, todos los presentes sabíamos que ese clima y esa luz, y en ese sitio, eran castelianos por excelencia y uno sólo echó de menos su abanico al lado, como en tantas situaciones parecidas que vivimos juntos. 
Tomó la palabra en primer lugar nuestro anfitrión, José Luis Bernal, que hilvanó un precioso y conmovedor discurso donde tan importante fue lo que dijo que cómo lo dijo. La filología manda. Le siguió un bonito bolero interpretado por Maribel Rodríguez Ponce e Isabel Ródenas, de Son de Rosel, acompañadas al piano por José Luis Porras. Siguió uno con un ajustado texto sobre su poesía y después sonó una espléndida habanera (por usar el adjetivo preferido de Castelo). Carmen Fernández-Daza nos acercó de nuevo al amigo, al periodista de ABC, al monárquico, al extremeño, al poeta... ¡Había tantos Castelos en Castelo! Tras otra canción, subió al atril la alcaldesa de Cáceres y luego el Presidente de la Junta que, por una vez y sin que sirva de precedente, no leyó, como casi todos los políticos, las palabras escritas por uno de sus asesores, sino que habló del Castelo que apreció, "un magnífico ejemplo de vida", más en estos tiempos. Siempre al servicio de su querida Extremadura, mandara quien mandase, preciso yo. La música portuguesa sirvió de colofón al homenaje y, como las piezas anteriores, nunca mejor traída: Castelo amaba, como cualquier extremeño sensato, a Portugal y a lo portugués, no en vano es autor de Monólogo de Lisboa
Entre el público, amigos, muchos amigos. Entre otros, y que me perdonen los olvidos, Teresa Clot y el bibliófilo Joaquín González Manzanares (hacedores del Fondo que da sentido a la Biblioteca Regional, a los que acompañaba la encantadora Teresa Morcillo), Miguel Ángel Lama, Juan Ricardo Montaña (elegante como siempre, y con pajarita), Carlos García Mera y su madre, Lucía (a quien por fin conozco), Chema Corrales (que había preparado un vídeo con imágenes de Castelo que al final no se pudo proyectar), Esperanza Díaz (¡cuántos años sin vernos!), Deli Cornejo y Jesús María Gómez y Flores, Eugenio Fuentes (que había acudido, según me dijo, porque no olvida quién le había abierto -como a tantos, añado- las puertas de ABC), Pilar Molinos (de La Cinoja de Fregenal de la Sierra), Chema Cumbreño (que me entregó un puñado de libros liliputienses, entre ellos uno de su autoría: Curso práctico de invisibilidad (Casi poesía 1998-2016), así como la segunda entrega de la revista Psicopompo), Esteban Cortijo (cada día más joven, como todos los jubilados de la enseñanza que conozco), Juan Ramón Santos y Antonio Reseco (en representación de la Asociación de Escritores Extremeños, un gesto que les honra) y políticos como Chano Fernández o el director general Pérez Urban. Y el pintor Luis Ledo, el editor Antonio Burillo, el historiador Pepe Hinojosa...
Me alegró estrechar la mano de José Javier Castaño, jefe de protocolo de la Junta y viejo conocido, al que dije que no dejaba de tener su gracia que nos viéramos en Cáceres y no en Plasencia, cuando hace unos días él y Vara habían estado en el colegio donde trabajo.
Dejo para el final el encuentro más especial de la noche: con Urbano Manuel Domínguez, íntimo amigo de José Miguel, el que recogió en Segovia el Premio 'Gil de Biedma' en su nombre, ya por desgracia póstumo; quien acaba de donar un pequeño busto de Castelo al Centro Unesco. Se acercó a mí y se presentó. No nos conocíamos personalmente. Sin testigos, me susurró apenas unas pocas palabras acerca de la opinión que tenía nuestro común amigo de mí; preciadas palabras que guardaré para siempre en mi memoria más íntima. Gracias.
Como el resto, la sensación era unánime, Yolanda y yo disfrutamos de la velada y, sobre todo, de la conversación, no digamos cuando ella descubrió en Teresa Clot a otra apasionada tangerina. Sólo faltaba, sí, Castelo. ¿O estuvo?

2.7.16

Mort d'Yves Bonnefoy

Gérard Rondeau / VU POUR LE MONDE
Ha muerto un poeta de los grandes, sin duda. Hemos hablado de él aquí más de una vez. Por muy poco no podrá ver la edición de La larga cadena del ancla. La hora presente que, en versión de Enrique Moreno Castillo, publicará en septiembre Galaxia Gutenberg. El mismo traductor de la antología que sacó Lumen en 1977 y nos descubrió a algunos su inmensa poesía. Seguiremos leyendo. Poemas como éste:

Salgo.
Sueño que salgo en la noche nevada.
Sueño que llevo
Conmigo, lejos, fuera, es sin retorno,
El espejo de la recámara superior, aquel de los veranos
De otro tiempo, la barca y la proa donde, simples,
Fuimos, nos preguntamos, en el sueño
De veranos que fueron breves como es la vida.
En aquellos tiempos
Fue a través del cielo que brillaba en sus aguas
Que los magos de nuestro sueño, retirándose,
Propagaban sus tesoros en el cuarto oscuro.


1.7.16

Víctor Botas, 20 años

Mañana es hoy. Víctor Botas, veinte años después, que edita y prologa Javier García Rodríguez y publica la Universidad de Oviedo, de la que éste es profesor, reúne seis trabajos en torno al poeta ovetense, cuya poesía, contra todo pronóstico, sigue vigente y cuya figura no deja de ser recordada por quienes le trataron y por quienes sólo le han leído. Entre los primeros, José Luis García Martín (Universidad de Oviedo), su inventor, diría, que rescata textos suyos publicados en Cuadernos Oliver, primera publicación de una tertulia ya mítica que ha seguido perpetuándose en el tiempo a través de las sucesivas revistas vinculadas a ella; la última, Anáfora. El resto de los trabajos, presentados en las Jornadas de Estudio que dedicaron al autor de Prosopon en 2014, y que se complementaron con la exposición del mismo título: "Víctor Botas, veinte años después", comisariada por José Havel, son de Luis Bagué Quílez (de la Universidad de Murcia, autor del libro La poesía de Víctor Botas), Pedro Conde Parrado (de la Universidad de Valladolid, sobre sus versiones de Marcial), Carmen Morán Rodríguez (de la Universidad de Valladolid, en torno al yo y a las máscaras de Rosa rosae), Pablo Núñez Díaz (del Centro Asociado a la UNED de Asturias, que analiza su "atlas lírico") y Rodrigo Olay (de la Universidad de Oviedo, que indaga en su archivo personal y hace que aflore su "cara B": obra dispersa y prehistoria e intrahistoria poéticas). Se completa el volumen con unas significativas "Láminas" con manuscritos del citado archivo. 
Jorge Fernández López (de la Universidad de La Rioja) participó también en el encuentro, pero su ponencia: "Víctor Botas, poeta petrarquista y romántico", no ha podido ser recogida aquí. 
Se alegra uno de que un poeta admirado, al que leí con el debido fervor y con el que crucé alguna carta, siga siendo recordado como merece. Un poeta del que el editor literario de este libro dice: «Clásico y posmoderno, romano de Oviedo, creador a la contra, polemista de epigrama en la punta de la lengua, narrador deslenguado, erudito con daga florentina, obsesivo con la palabra y con el ritmo, plural, en Víctor Botas están el presente del singular, el pretérito perfecto y el futuro compuesto». Sea. 


30.6.16

Nuevos poemas de Peri Rossi

Las exquisitas y palentinas Ediciones Cálamo publican un nuevo libro de la poeta uruguaya Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941): Las replicantes. Confieso que apenas despojé al ejemplar del retractilado, movido por su bonita factura, su papel de calidad y los cálidos tonos naranjas del diseño, leí todas sus páginas del tirón; ahora que estamos en tiempo, como quien echa mano a una cereza y con ella van viniendo, sin remedio, las demás. O al modo de Scherezade (presente en el libro), si se prefiere la referencia culta. Los primeros poemas (que pueden leerse aquí), dan la medida del resto: el amor, el viaje, el dolor, el psicoanálisis, la enfermedad, el erotismo, el sexo... Lo habitual en esta autora con un extenso recorrido literario y una voz del todo asentada. Se unen otros temas tangenciales: la prostitución en la AP 7, por ejemplo. Al fondo, ella y sus circunstancias. En Calella y Barcelona. Ella y sus amores, pasados y presentes. Ella y su memoria que le hace evocar lo que sucedió como si de nuevo sucediera. Siempre en una atmósfera entre alucinada y fantasmal, la que provocan, supongo, ciertas sustancias y medicamentos (que se nombran: diazepán, propofol), algo que literaturiza, digamos, lo que no deja de ser eso que denominamos realidad. Una realidad que se acentúa por las constantes alusiones a las series televisivas o a las redes sociales. 
En Peri Rossi la autobiografía es ley y cuanto sucede no podemos sustraerlo de la primera persona, aunque la ficción (su faceta de narradora es inseparable de la poética) se imponga. Camas, un box de hospitales, carreteras, cuartos de hotel... Estos son los escenarios de estos poemas frescos y creíbles escritos a tumba abierta donde predomina un sentimiento de soledad y desvalimiento. Una ácida melancolía que sólo el tono irónico del conjunto logra someter. La crudeza es marca de la casa y Peri Rossi una maestra en el arte de relatar su, a ratos, tormentosa vida. Tampoco falta la ternura: "Todas las posiciones del Kamasutra / que sin duda hemos practicado / no sustituyen / una mirada amorosa de tus ojos". 
Prima al cabo la pasión, que es otro de los inconfundibles rasgos de esta particular manera de decir. 

28.6.16

Castelo, un homenaje

Castelo con Don Juan de Borbón
El próximo jueves, día 30 de junio, se celebrará en Cáceres un homenaje a Santiago Castelo, organizado por el Centro UNESCO de Extremadura, del que fue fundador, en el que intervendrán José Luis Bernal Salgado, en calidad de anfitrión, Carmen Fernández-Daza y quien escribe. El acto tendrá lugar en los Jardines del Museo de Cáceres, el del Aljibe, en la plaza de las Veletas, a las 19:30 horas. 
Asistirá el Presidente de la Junta, Guillermo Fernández Vara, y habrá una intervención musical a cargo de Son del Rosel y José Luis Porras.


El mundo de Dickinson

Carta al mundo (Renacimiento) es una preciosa antología de poemas de la norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), una de las grandes poetas de todos los tiempos, lo diga o no Harold Bloom, que tanto la admira. Nunca se movió de su localidad natal, Amherst, Massachusetts, y su vida, particular en todos los sentidos, y a su modo novelesca, ha sido objeto de especulaciones sin fin. Apenas si dio a conocer un puñado de poemas de los muchos que escribió en la intimidad de su casa. Se nos explica que la primera muestra de sus versos se publicó en 1890, si bien no se respetaron los originales. Sólo en 1955 el erudito T. H. Johnson dio a la imprenta una colección completa de su poesía sin apenas cambios. 
En España hemos tenido suerte, ya que contamos con numerosas ediciones de su lírica desde que Juan Ramón Jiménez incorporara a su Diario de un poeta recién casado (1916) algunos poemas suyos. Si se me permite, le tengo especial aprecio a las versiones de Lorenzo Oliván, que publicó Pre-Textos bajo el título La soledad sonora en 2001. También destacaría las traducciones de Marià Manent, acaso las primeras que leí, y las de Carlos Pujol (que aparecieron en La Veleta el mismo año que las de Oliván). 
La muestra que comentamos hoy tiene un título muy adecuando, pues esta mujer escribió muchas cartas (que se conservan y han sido publicadas) a lo largo de su vida. Es, además, parte de un verso suyo: "Esta es mi carta al mundo / que no me escribió nunca". Las versiones son de Miranda Taibo, traductora profesional, pero no literaria (hasta ahora), y han contado con la supervisión del poeta José Cereijo, quien, por cierto, escribe una poesía en la que se rastrean indicios que bien podrían considerarse aprendidos en aquélla.
Prescinden de los famosos guiones (otro motivo de conjeturas) y nos muestran, limpios de polvo y paja, los minuciosos, breves y precisos poemas de la Dickinson, cargados de sutileza y de misterio. Llenos, en fin, de luz. Son pocos, setenta y cuatro, pero más que suficientes, tanto para el lector habitual, que los lee como si fueran nuevos (eso es ser clásico), y para el que, una suerte, se acerque por primera vez a ellos. Diré más: pocos florilegios más adecuados para iniciarse en esta singular, intensa lectura. "¡Qué insondable el enigma!", diría uno con un verso que ella escribió. "¡Qué ligereza da / la libertad de espíritu", ya se ve.
Apenas unas notas se añaden a los poemas. Sería -es- un sacrilegio comentar estos versos, sacarlos de su silencio sonoro, de su soledad acompañada. Algunos, como el 73 (de esta edición, 32 de la canónica) tornan orientales. Otros, como el 24 (152) o el 50 (1650b), dan la verdadera medida de su arte.
En su verso "frágil belleza intensa" se condensa el sentido y el ser de esta poesía que no cesa, como las traducciones que nos la acercan sin remedio. Tenerla a mano es una necesidad para el lector y un bien para cualquier ser humano sensible. Su palabra nos humaniza. Y nos engrandece.