27.4.18

La semana fantástica

La del Libro, dicen, que ha sido intensa. Porque ha coincidido con la Cultural de mi colegio. Este año se ha juntado todo. La cosa empezó el lunes, el Día propiamente dicho. A la hora del recreo me acerqué a la carrera hasta mi antiguo colegio, San Calixto, aunque la ubicación sea desde hace años otra. Lo fue, vamos. Allí me esperaban cien alumnos de 3º y 4º de la ESO con sus solventes profesoras. Y la directora. Pedí que me pusieran el micrófono abajo y prescindí del escenario. Nada más distorsionante que subirse a las alturas, mesa de por medio, para hablar de poesía, por elevada que esta sea. Hablé más que leí, según costumbre en este tipo de actos, y tuve delante un público respetuoso y atento que ya venían leídos de clase. Después, subimos a la biblioteca donde fui firmando con gusto y paciencia los ejemplares de todos y cada uno de ellos, que para eso habían comprado la antología ilustrada de la Editora. Vamos, un Sant Jordi. Me llevé, aparte de estupendas sensaciones, tanto personales como literarias y educativas, un bonito cuaderno de notas y el cartel donde un alumno se había atrevido a caricaturizarme. Y, sí, mucho cariño. Bajé aún más deprisa que había subido: me esperaban los de 5º para hacer un control de Sociales. Aterricé justo a tiempo, cuando todo el centro terminaba su momento lector, en el patio, cada cual con un libro en la mano. 
El martes nos fuimos a Monfragüe. Cuarenta y ocho críos, una maestra y dos maestros. El recorrido: Villarreal (taller de cuernos y documental), Salto del Gitano (visión de buitres y cigüeñas negras, entre otras aves), subida al castillo (qué vistas desde el torreón y cuánta agua en el Tajo) y bajada por la umbría hasta la Fuente del Francés. Poco calor, bastante viento y ningún percance. Comimos en Villarreal (mejor el camarero que la comida) y vuelta a casa. 
El miércoles tuvimos de invitado en nuestra biblioteca escolar a Juan Ramón Santos, que dio a los cuarenta y ocho una amena charla sobre los libros y la lectura ilustrada con anécdotas personales. Su cercanía, discreción y sencillez siempre ayudan, más a esta gente pequeña que, por suerte, todavía lee. También su pasión por los libros, por matizada que parezca. Al fin y al cabo él ha escrito una obra lograda sobre la iniciación lectora: El tesoro de la isla.
Porque soy nervioso y porque desde hace años como solo, sé cómo despachar ese trámite deprisa. Vamos, no sé hacerlo despacio. De ahí que a las tres menos cuarto ya estuviera en el coche camino de Miajadas. Di la vuelta por Navalmoral. A favor de la autovía y porque ya había atravesado (o casi) Monfragüe el día anterior. Tras dar con el sitio (pocas veces ha entrado uno en esa villa tan grande, capital europea del tomate), tuve tiempo de tomar un café en un kiosco que está junto al consistorio. Hice el viaje, cosa rara en mí, con sueño, y es que el calor era de siesta veraniega. En el precioso Palacio Obispo Solís, donde se celebraban las VII Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil (en esta edición, como se puede comprobar en el libro que publican, han pasado por allí, entre otros, Irene Sánchez Carrón, Pilar Galán, Fermín Solís y Alonso Guerrero), coincidí con los profesores Barcia, Tena y Soto, del LIJ de la Universidad de Extremadura, organizadores del asunto para el Ayuntamiento de Miajadas. Y con José Luis Bernal, mi compañero de intervención. Lo resolvimos, según lo previsto, conversando. Sobre la poesía en Extremadura a lo largo de las últimas décadas, la lectura, la parapoesía, la didáctica y, en suma, el fervor por los versos que ambos profesamos. Habíamos elaborado un guión aproximativo, pero la charla fue improvisada, en el mejor sentido, y, por eso, natural. Una cosa nos fue llevando a otra y cuando quisimos darnos cuenta ya habíamos sobrepasado el tiempo previsto. Disfrutamos nosotros (tal vez teníamos esta conversación aplazada) y, al parecer, los asistentes. El modelo gustó y pretenden repetirlo. Funciona, pero siempre y cuando los que dialoguen sean personas que se conozcan bien. En las presentaciones de libros, por ejemplo. Recuerdo una experiencia semejante con Jordi Doce, cuando dimos a conocer Un centro fugitivo en Plasencia. O en Salamanca con Gonzalo Hidalgo, durante la Feria del Libro. O con Miguel Ángel Lama en la biblioteca de Cáceres, cuando Tánger. Estoy por proponer a José Luis que formemos un dúo lírico, lo mismo nos contratan por ahí. Ya en serio, lo mejor es charlar con alguien que sabe mucho. Y mucho más que tú. Esa es la clave.
El jueves (cuando escribo esto) tampoco ha sido un día tranquilo. Nunca había intervenido en mi propio colegio como escritor. Ni en este ni en ninguno de los que he trabajado, preciso. Siempre he sido Álvaro o don Álvaro, depende, y punto. Sin embargo, una compañera, Teresa Antúnez, ha conseguido convencerme esta vez de lo contrario. Iba lleno de prevenciones. Con poco entusiasmo, dijo ella al verme la cara. La experiencia, no obstante, ha sido de las más intensas y positivas de mi vida de charlista ocasional. Y no sólo. Casi dos horas que se han pasado volando, la mejor señal. Los alumnos de 6º B -los de Teresa- habían leído mis poemas y tenían preparadas sus preguntas. Sensatas, inteligentes, oportunas... Los del A, los míos, a los que más temía (hablo de unos pocos, a los que les encanta llamar la atención), se vieron sorprendidos por una situación imprevista y se portaron estupendamente. Pocas veces los he visto más atentos. Alguno se atrevió incluso a improvisar una pregunta. Me trataban de usted, cosa inusual en ellos. He leído un poema. Lo demás ha sido conversar con los críos en un tono, diría, confidencial. He contado cosas que nunca había relatado. Hasta una primicia que callo. El clima se prestaba a ello. Soy, sí, el primer sorprendido. Al terminar me han regalado una libreta comprada en su excursión al Reina Sofía. Todo un detalle que agradezco.
Ya lo dice la citada Pilar Galán en su columna semanal del Extremadura: "Los que dan de leer. Los que importan. Los que celebran el día del libro todos los días del año". "Los profesores, los maestros (no siempre de lengua) los bibliotecarios, los responsables de clubes de lectura, los participantes". Sí, porque, como explicaba Bernal en Miajadas, lo de leer es lo único que de verdad importa. Y no me refiero a estos saraos ocasionales ni a la literatura tan siquiera. Es la vida lo que nos va en la lectura. Y lo sabemos, tanto los que leen como los que no. 

26.4.18

Siles dixit

¿Percibe una devaluación del lenguaje en España en los últimos años?, le pregunta Alberto Gómez, periodista del diario Sur de Málaga al poeta, crítico y profesor de Filología Clásica Jaime Siles. Éste contesta: "Completamente. Han fallado la escuela, el Bachillerato y la Universidad. La gente ha perdido, en general, la representación verbal de la realidad. Y ahí hay que buscar, aunque los políticos no lo digan, una de las causas de la violencia. Porque la gente grita cuando no se entiende, y después de gritar pega. ¿Cómo se evita eso? Con el diálogo. No hay consenso sin diálogo, pero para eso hay que aprender a hablar y fomentar una cultura de la palabra. En ese sentido son malos tiempos para Aleixandre, porque su poesía invita a la tolerancia y la civilización". 
Y luego: ¿Atraviesa la poesía una crisis? "La poesía siempre está en crisis, pero siempre está saliendo de la crisis también. Hay más poetas que nunca. Todo el mercado editorial se resiente de la pérdida de ventas, pero los lectores de poesía son fieles. La novela está padeciendo mucho más la crisis económica, porque tiene más público que lectores. Pero la poesía no tiene público, tiene lectores", responde el autor de Semáforos, semáforos.

24.4.18

Praena y Verdú

Historia de un alma
Antonio Praena
Visor, Madrid, 2017. 86 páginas.

Praena (Purullena, Granada, 1973), dominico, profesor de Teología en Valencia y de la romana Domuni Université, ha publicado Humo verde, Poemas para mi hermana (accésit del Adonais), Actos de amor y Yo he querido ser grúa muchas veces (premio Tiflos). Con Historia de un alma ganó el Gil de Biedma.
Le puede sorprender al lector que sea un fraile el autor de este libro, pero de inmediato comprenderá que quien habla no es él, sino un personaje creado ad hoc. Para dar testimonio de los signos de estos tiempos. De las vidas de los otros. Con perspicaz ironía. Praena confiesa que busca “no juzgar”, aunque estemos ante una obra moral. Es un “fingidor”. De “libro sin poeta”, en fin, lo califica. No diría tanto. Poeta hay, y acreditado, con solvencia, por momentos virtuoso (“lo hermoso arde en su orden”), dueño de un lenguaje seductor y preciso que lo mismo bebe de la Biblia y de los místicos que de modernos y contemporáneos.
El cínico descreído que conduce coches y motos de alta gama, toma cocaína y alcohol, viste cara ropa de marca o practica el sexo compulsivamente, no es, claro está, el hombre que, a su sombra, interpela a quien lee sobre esa forma de vida. No es un maldito al uso. Su extracción social es otra. Tras la nietzscheana provocación acecha la nada, el vacío nihilista de Occidente (cuya historia “se funda en la tristeza”) que, paradójicamente, colma la existencia de personajes como éste. Inventado desde el realismo. “Aquí no queda espacio para tanto vacío”. “Y estar pleno de nada. / Y no saciarse nunca”, dice.
Es el monstruo de los cuadros de Bacon, por bello que se imagine (“Ser feo es una forma de conciencia”). El incapaz de definir el sufrimiento. El egoísta que compara la historia de su alma con el porno blando. Quien piensa que “toda felicidad aspira a lo palpable”: “No elijas las verdades invisible”. El que afirma: “Vertical es vivir. Morir es vertical”. O: “Llevamos cada uno en las arterias / la hora de la muerte”. En el poema “De una forma u otra”, sobre la vida de los santos, leemos: “nadie elije el espanto de estar vivo”.
“¿Cuánto mundos / se esconden en lo oscuro de este mundo”, se pregunta Praena. De algunos da cuenta este libro sofisticado pero creíble (“¿Existe el personaje que aquí escribe?”), letra a letra plagiado a la vida.

Vicente Verdú
Bartleby, Madrid, 2018. 70 páginas. 

Al lector de poesía le habrá sorprendido esta incursión en la lírica del periodista de El País Vicente Verdú (Elche, 1942). Especializado en temas culturales (de la arquitectura al arte), sociales (el matrimonio, los viajes, el tabaquismo) o deportivos (el fútbol), columnista con una amplia bibliografía a sus espaldas, no es, sin embargo, la primera vez que publica un libro de poemas. Ya ocurrió hace casi treinta años, cuando vio la luz Poleo menta. Y de nuevo la palabra “menta” se repite en el título. Según su autor, “el perfume que dejan los días felices”. Y no es precisamente la alegría el asunto central de estos versos. Da uno por hecho que para según qué cosas la poesía sigue resultando útil. Porque consuela, aunque admitirlo sea “desconsolador” –“una práctica paliativa”–, pero también porque permite que los pensamientos se anuden a los sentimientos, y viceversa, con una naturalidad y una hondura tal vez vedadas a otros géneros. “La desinhibición en la escritura sólo es posible en poesía”, ha dicho. El caso es que, como a tantos, a Verdú le diagnosticaron un cáncer de pulmón: “los médicos dictaminan males / sobre breves pozos de llanto”. Entonces, “el entusiasmo por vivir aumenta y el miedo a morir se multiplica”. En esa peligrosa encrucijada está escrito este intenso testimonio donde, a un tiempo, se da cuenta de lo vivido y se reflexiona sobre el momento definitivo en el que alguien ha de enfrentarse a su verdadera dignidad.
“Sólo se ama de verdad lo que no existe”, reza el primer verso, de un poema sin título que sirve de pórtico. El resto va jugando con las tres palabras clave: muerte, amor y menta. “Porque, efectivamente, / el amor sólo sabe turbiamente de sí / y no admite investigación alguna”. Más allá, diría, de la pérdida. Sí, estamos ante una larga meditación que es también un tenso diálogo en torno a lo fatal. Ante un lúcido paseo por el amor y la muerte, caras al cabo de la misma existencia. Allí, el miedo, la soledad, el dolor, la culpa, Dios… Y la felicidad de los recuerdos –la familia en Filadelfia–, de “la vida vivida sin temor”.
El lenguaje es sobrio pero plástico (Verdú es pintor), con atrevidas imágenes, sugerentes metáforas y juegos de palabras que conviven con cierta tonalidad grave y metafísica. Acaso porque “uno piensa mejor / cuando está solo ante la muerte”.

Nota: Las reseñas de los libros de Praena y Verdú aparecieron el pasado viernes, 20 de abril, en El Cultural.

23.4.18

Una conversación

El próximo miércoles, día 25 de abril, de cinco a seis de la tarde, José Luis Bernal y yo charlaremos sobre poesía en las VII Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil de Extremadura. Será en el Palacio Obispo Solís de Miajadas. El programa promete. Organiza el Ayuntamiento de Miajadas y, entre otras instituciones, el grupo de investigación de Literatura Infantil y Juvenil de la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura. 

22.4.18

Día del Libro

Pasaré mañana por San Calixto, mi antiguo colegio, aunque hace muchos años que dejó de ser de los Maristas, como entonces. 
Nada mejor que celebrar el Día del Libro con jóvenes lectores que ojalá sigan leyendo en el futuro. Falta nos hace.

21.4.18

De dos en dos y...

A sabiendas de que es imposible escribir acerca de todos los libros que le llegan a uno, ni siquiera de los que alcanzo a leer, además de los que reseño para las revistas en las que colaboro, me gusta publicar aquí de vez en cuando una lista que al menos dé cuenta de ciertas lecturas que uno considera dignas de ser mencionadas. En esta ocasión agrupo esos libros de dos en dos. 
1. Mujeres. Un hogar fuera de mí (Visor), de la argentina Luciana Reif, XXX Premio Loewe a la Creación Joven, es, sobre todo, palabra de mujer. Casi la caída (Stendhal), de Almudena Vega, confirma una poética fundada en una voz muy personal. 
2. Haikus. Grillos y luna (La Isla de Siltolá), de Susana Benet, tal vez nuestra mejor haikista. Más de mil vidas (Renacimiento), de Antonio Moreno, que vuelve a ese tipo de composición oriental tras Unos días de invierno.
3. AntologíasEl poema extranjero (La Isla de Siltolá), de Juan Peña, donde reúne sus traducciones de conocidos poemas clásicos de Hölderlin y Dylan Thomas pasando por Rilke, Keats o Leopardi. Los años otoñales (BajAmar), de Vicente García, que en la sección "Otras voces" traduce poemas de poetas clásicos y modernos, de Marcial y Arquíloco a Frost y Holan. 
4. Traducciones. Un acuario (La Garúa), de Jeffrey Yang, al que Jordi Doce, su traductor, ya nos presentó en Libro de los otros (que he reseñado para la revista Clarín). Y el lugar era agua (Eolas), de Lorine Niedecker, a la que traduce Natalia Carbajosa para la colección que dirige Tomás Sánchez Santiago. Dos libros que son, sin duda, dos grandes sorpresas. 
5. Completas. De dos murcianos, por cierto. Atardece despacio. Poesía completa (1976-2017) (Renacimiento), de Dionisia García, una poeta a tener en cuenta, pero bastante desconocida. Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017 (Tusquets), de Eloy Sánchez Rosillo, que reúne una vez más sus extraordinarios poemas, y no será la última.  
6. Ensayo. Vanguardismo y memoria. La poesía de Miguel Labordeta (Pre-Textos/Fundación Gerardo Diego), de José Antonio Llera. Fue premio 'Gerardo Diego de Investigación Literaria' y rescata, con gran sentido de la oportunidad, la figura de un poeta -el hermano de José Antonio- no del todo reconocido. Un mundo simbólico (Las Isla de Siltolá), de Pelayo Fueyo, que indaga en torno a la poesía desde su propia poética. 
7. Clásicos. Uno antiguo y otro contemporáneo. Carmina Burana. Cantos de goliardo y poemas de amor (Galaxia Gutenberg), al cuidado del simpar Francisco RicoMensaje (Visor), el único, mítico libro que Fernando Pessoa publicó en vida, apenas un año antes de morir, en traducción de Manuel Moya, que sigue dando a conocer sus versiones (una tarea titánica) de la obra completa del autor portugués. 
8. Tánger. Tánger entonces (La Veleta), de Antonio Pau, una autobiografía de su infancia en la ciudad norteafricana. Tánger, segunda patria (Almuzara), de Rocío Rojas-Marcos, donde se repasa su influencia en la literatura, por ser un "ineludible enclave literario en castellano". De Carmen Laforet a Ramón Buenaventura pasando por Ángel Vázquez, autor de La vida perra de Juanita Narboni
9. Francisco J. Uriz. Que es tanto como decir nórdicos. Antología Poetica (Bolchiro), del sueco Lars Forssell, y Trilogía del Hacedor de sueños (Libros del Innombrable), del noruego Jan Erik Vold.
y 10. Elías Moro. Que publica dos libros: Album de sombras (Eolas), una suerte de memorias de infancia, y su primer libro de poesía, De nómadas y guerreros (LeTour1987), un intenso homenaje a uno de sus maestros: Aníbal Núñez.
Coda. La lista de libros, digamos, normales sería interminable, y ya quisiera exagerar. Con todo, ahí van unos cuantos títulos de referencia:
-Diluvio (La Isla de Siltolá), de Miguel Veyrat.
-Arabesco (Pre-Textos), de José Manuel Benítez Ariza.
-La epifanía (Visor), de José Luis Rey.
-Una casa victoriana (papelesmínimos), de Víctor Angulo.
-La tierra que pisamos (Universidad de Oviedo), de Borja Martín.
La lista empieza por el más veterano, que cada día está más joven (al menos poéticamente) y termina con la ópera prima de un poeta del 94, asturiano de Navia. Promete. Benítez Ariza, un poeta solvente, es de mi generación, aunque con menos edad que yo, y Rey de la siguiente. Su libro impresiona sólo con verlo. De Angulo (soriano, como Fermín Herrero y Enrique Andrés Ruiz, y del 78)  no conocía nada, pero el libro, además de precioso, me parece logrado.

Nota. Ilustra esta entrada el cuadro "Alfred Munnings reading aloud outside on the grass", circa 1911, de Harold Knigh. 

18.4.18

El Extremadura

Mis primeros recuerdos del periódico se remontan a finales de los años setenta. Estudiaba uno Magisterio en Cáceres, de donde el diario es natural (desde 1923), y algunas tardes iba a visitar a mi amigo Felipe Muriel, ambos poetas en ciernes. En su casa, situada en la calle General Margallo, muy cerca de donde estaba el colegio San Antonio, se recibía un ejemplar por las tardes, entregado en mano. La edición, sí, era vespertina, como en sus orígenes la del italiano Corriere della Sera.
Muy pronto, por los azares de la vida, visité más de una vez los talleres donde se imprimía, en La Madrila. Otro periódico local y también vinculado a la Iglesia (al Obispado), El Regional, de Plasencia, donde publiqué mi primer artículo (con motivo de la muerte del poeta Blas de Otero, en 1979) y al que mi padre estuvo muchos años vinculado en su condición de administrador, llegó a un acuerdo con la empresa editora del Extremadura para lanzar la tirada en Cáceres. Uno era colaborador y redactaba los editoriales, tras previa y breve conversación telefónica con el sacerdote Virgilio Vegazo, responsable de aquello y mi primer maestro de montañismo. En aquellas rotativas conocí a Germán Sellers de Paz, toda una institución del periodismo extremeño, su director desde 1971 hasta 1987.
Eran viajes amenos por la vieja y mareante Nacional 630, más que nada por las conversaciones con mi acompañante y conductor, otro imprescindible de la prensa regional, Gonzalo Sánchez Rodrigo.
Desconocía en esos momentos que acabaría colaborando en El Periódico. Me invitó a hacerlo su director Julián Rodríguez, un gallego que dio un impulso considerable al medio, que desde 1988 pertenecía al Grupo Zeta. Hacía mucho que el diario había logrado un alcance regional (consolidado ahora con las distintas Crónicas), por más que nunca haya perdido su impronta cacereña.
Mi sección se titulaba “A poniente” y para ella escribí cerca de ciento sesenta artículos. Terminó con la marcha de Rodríguez a su tierra natal. Con todo, el artículo que mejor recuerdo de cuantos publiqué en el Extremadura es el que apareció el 12 de marzo de 2004, escrito la misma mañana de los atentados salvajes en los trenes de Madrid, cuando aún creíamos que había sido ETA la causante de la matanza. Aquel aciago día di la vuelta a la altura de Navalmoral de la Mata cuando iba camino de Tarragona para dar una lectura. Pronto comprendí que ese acto no podría celebrarse.
A instancias de Merche Rodríguez Rey, redactora en Plasencia, publiqué algunas columnas de tema local en “Placentín”, cuando gobernaron nuestro Ayuntamiento, respectivamente, el polémico José Luis Díaz y la primera alcaldesa de la ciudad del Jerte, Elia María Blanco.
Ni en una ni en otra sección me libré de algunas controversias, como la que tuve con el alcalde de Torrecilla de los Ángeles a propósito del cambio de ubicación del Centro de Profesores donde trabajaba y que terminó con la intervención de la Guardia Civil.
En un espíritu semejante al que inspiró la campaña “Un libro, un euro”, esto es, que los libros de autores extremeños fueran asequibles para el gran público, El Periódico Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, dentro del Plan de Fomento de la Lectura que uno coordinaba, lanzaron la colección que “Literatura Extremeña y Universal”.
Destacaría dos obras de aquella espléndida muestra: la edición de una antología de textos de humanistas extremeños realizada por los profesores de la Universidad de Extremadura César Chaparro y Manuel Mañas, y la Historia Literaria Extremeña de Antonio Rodríguez Moñino, un libro perdido que se rescató gracias al bibliófilo Joaquín González Manzanares, quien cedió los derechos.
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Siempre he sido lector de la prensa regional y defensor a ultranza de su necesidad y aun de su vigencia en estos malos tiempos para el periodismo, sobre todo en papel. La información contrastada y la reflexión serena sólo suele encontrarse en los diarios, más allá de las bondades que uno, analógico vocacional, atribuye al material en que están hechos, tacto, vista y olor incluidos.
Nos hemos enterado de lo que pasaba en esta tierra gracias al Extremadura y en momentos de gran efervescencia cultural ha sido un fiel aliado de esa transformación normalizadora que tuvo lugar a finales del siglo pasado y principios de éste en una región donde durante siglos dominó la incuria. Cómo olvidar, en este sentido, la labor de Liborio Barrera, que tanto echo de menos, lo mismo que la de otros grandes profesionales del periodismo cultural extremeño de éste u otros diarios.
Mil veces se ha anunciado la muerte de El Periódico Extremadura y, por suerte, otras tantas ha sido desmentida. Sigo viéndolo como un medio capaz de completar y de complementar la información de los otros, ya sean de la prensa, la radio o la televisión, sin olvidar los virtuales o internáuticos. ¡Larga vida!












Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
La fotografía de arriba es la que ilustra el texto, de Francis Villegas, seguramente, o puede que de Toni Gudiel.

13.4.18

Valladolid exprés

¿Compensa, tras una mañana de nueve a dos en clase y un claustro de regalo y una comida escasa y rápida, coger el coche y, autovía arriba, con un tráfico intenso (sobre todo de camiones) y tiempo dudoso (con fuertes rachas de viento y, cada poco, anuncios en la carretera de previsión de nevadas), acercarse a Valladolid a leer poemas, gratis et amore, durante veinte minutos delante de un amable y distinguido público (pues distingues perfectamente a todos) para, inmediatamente después, sin tomar nada, volver a casa sin parar en el camino a costa de desobedecer las indicaciones del urólogo? Además, ya nos avisó Pascal: "Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Con lo bien que se está en casita un miércoles por la tarde. La respuesta a esa larga pregunta que acabo de formular es sí. Sí compensa. Porque daba gloria ver el paisaje nevado al pasar por Valdeamor (no recordaba el Pinajarro con tanta nieve desde que uno subía de adolescente a esas montañas) y la Sierra de Béjar. Porque no me perdí al entrar en Valladolid, aparqué como es debido y pude pasear por su espléndido centro histórico. Porque mantuve una larga conversación con el coordinador de las Jornadas que me llevaron a esa ciudad castellana, Javier Dámaso, que me enseñó su facultad y hasta su desordenadamente ordenado despacho. Porque pude abrazar a Fermín Herrero, que desatendió, ay, sus obligaciones familiares para asistir al acto; conocer en persona a Fernando del Val, que tuvo la amabilidad de llevarme en su coche hasta la Feria de Valladolid, donde tenía el mío, y con el que hablé de una lejana visita a Pere Gimferrer, al que ha entrevistado para Turia; saludar cara a cara a Sergio Fernández Salvador, que me anunció nuevo libro en DKW, de la mano de José Mateos; y cruzar unas palabras con una encantadora señora de Plasencia. Porque conversé y, sobre todo, escuché -acaso lo mejor de la noche- a la poeta búlgara residente en España Zhivka Baltadzhieva, autora de, por ejemplo, Fuga a lo real, un hecho que cobra aún más sentido si tengo en cuenta mi reciente debilidad por Bulgaría y por Sofía (ella, como los de allí, pronuncia Sofia) tras mi fugaz visita al país balcánico. Porque escuché al apasionado, veterano poeta palestino Mahmud Sobh leer con pasión y en árabe su poema dedicado a Toledo. 
Nadie, en fin, me obligó a ir a Valladolid, aunque cada vez le cuestan a uno más estas escapadas de ida y vuelta, estos viajes exprés que, en principio, dudo de que sirvan para algo. De hecho, cuando Javier Dámaso me invitó a participar en el ciclo “Poesía y Migraciones”, después de darle las gracias por querer contar conmigo, le dije de inmediato que no era la persona adecuada: lo mío es casi una anomalía, más en estos tiempos: vivo en mi ciudad natal desde que nací. Sólo he estado fuera durante mi breve periodo estudiantil y en las esporádicas salidas con motivo de algún viaje. Es verdad que procedo de una tierra de emigrantes. Parte de mi familia paterna, de la comarca de La Vera, se fue a buscar una vida mejor al País Vasco. Y a Francia. Mi propio padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela en los años 50. Sé de la emigración, en consecuencia, por la vida de los otros. De la inmigración, aunque poco, también sé algo: veo y leo las noticias y a Extremadura también llegaron en las décadas pasadas hombres y mujeres de África, Europa y América que, por desgracia, tuvieron que regresar en su mayor parte por culpa de la crisis. Alguien imaginó que el hijo de alguno de ellos llegaría a ser escritor en su nuevo lugar y, sin embargo, la realidad ha querido que los extremeños vuelvan a emigrar como en los sesenta y a publicar sus obras fuera. Volvemos, pues, al paradigma Landero. O Cercas. Madrid, Cataluña…
Leí unos pocos poemas. De Plasencias, “Destierro”, que viene a justificar, siquiera en parte, la amable invitación de Dámaso. Aclaré antes de leerlo que tengo el máximo respeto por la palabra exilio y exiliado, términos, me temo, que se toman con demasiada frecuencia en vano.
De A debida distancia, “El extranjero”. Suelo leerlo siempre en mis lecturas públicas y está en casi todas las antologías que incluyen poemas míos. Incide, como el anterior, en el asunto que nos ocupaba. 
La breve conversación a que antes me refería con el coordinador de estas Jornadas tuvo su punto de inflexión cuando él aludió a mi libro tangerino. Fue cuando por fin acepté. En efecto, una de las voces de Más allá, Tánger pertenece a una mujer que nació allí y se vio obligada a emigrar. Hija, a su vez, de emigrantes y desterrados. Elegí cinco poemas de ese libro, los más acordes al tema que nos convocó en Valladolid una fría tarde de abril que, sin duda, insisto, mereció el esfuerzo. 

9.4.18

Gastón Baquero: al rescate


Gastón Baquero
Edición de Carlos Javier Morales
Visor, Madrid, 2016. 230 páginas. 

Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914-Madrid, 1997) no ha dejado de ser un poeta secreto. Exiliado en la España de Franco tras la caída de Batista, ni sus ideas ni su poesía llegaron nunca a encajar con el gusto dominante, aunque no le faltaran sólidos defensores: Brines, Castelo, José Olivio Jiménez… De su etapa cubana cabe destacar su vinculación a la revista Orígenes, donde coincide con Lezama (que consideró el acontecimiento más decisivo de su vida). “Son los años del hombre ilustre y conservador (…) que continúa llevando su íntima homosexualidad con la discreción que siempre la llevó”, según Luis Antonio de Villena, otro de sus valedores, que le calificó como “alto, simpático y mulato”. Al llegar al Madrid de los sesenta, los poetas sociales del momento no aceptaron, ya digo, ni su talante conservador ni su poética y pasó a una situación de paulatino apartamiento del que da fe una impresionante fotografía que le hizo Lejarcegi en 1994. Creía que la escritura era “tarea íntima y oculta”. Para una “minoría”. A ella se dirige esta antología que ha editado Carlos Javier Morales. Sorprenderá a más de uno. Lo anticipa el antólogo, que define su obra como “una de las expresiones más originales y lúcidas de la lírica contemporánea en lengua castellana”. Su mundo es, sí, “fascinante”, y su voz, original y única. Sus versos están reunidos en Poesía completa (Verbum, 1998). Practicó la sabiduría de no-saber (“Yo no sé”). La del niño, la del inocente. “Él solo es testigo de lo que se ve”, dice Morales. Y Baquero: “Dar realidad a lo tenido hasta el momento por inexistente, es la función mayéutica de la poesía”. Su moral de solitario queda resumida en “todo lo hermoso ha de ser bueno”. Le interesaba el “estoicismo de la belleza” e “inventar, fabular”.
La selección es un acierto. Ya en Poemas (1942), su ópera prima, encontramos una de esas extensas composiciones que le confirman como un poeta admirable y necesario, injustamente preterido: “Palabras escritas en la arena por un inocente”, con Shakespeare al fondo: “Yo no sé escribir y soy un inocente”, “en verdad soy solamente un niño”, “Yo soy el más feliz de los infelices”, “la vida no es sino una sombra errante”. O la que da título a su segundo libro, “Saúl sobre su espada”: “Solo solemne muerto”. La historia, lo legendario, el exotismo, la mezcla de lo épico y lo lírico, recuerdan a veces a Cavafis. A ratos, parece un novísimo. Llegan después “Testamento del pez” (la ciudad y la muerte), “Memorial de un testigo” (que da título a un libro fundamental, del 66): “Yo estaba allí”. Donde la música. Para él, vital. Escribió canciones, pavanas, madrigales, himnos… Sugirió incluso qué escuchar mientras se leían sus poemas. Personajes de sus monólogos dramáticos, Mozart y Bach, Wilde y Whitman, Vallejo y Rilke (“Silente compañero”), Nefertiti y Cleopatra. Y otros clásicos y bíblicos. En Egipto, Roma o Viena. Fue de verdad viajero y cosmopolita.
En “Discurso de la rosa en Villalba” da otra vuelta de tuerca a un tema eterno. En Magia e invenciones (84) está “Retrato”, el extraordinario “Marcel Proust pasea en su barca por la bahía de Corinto”, el delicioso “Brandenburgo, 1526” (donde apreciamos su sesgo narrativo), “El galeón” (y su permanente condición isleña y tropical), “En la noche, camino de Siberia” (donde el anticastrista hace decir a Stalin: “¡Toma poesía!, ¡toma decadencia!, ¡toma putrefacta Europa!”)… Los suyos eran unos “memoriosísimos ojos sedientos de mundo”. Soñó lo que vivía. Tras algunos “poemas invisibles”, cierra la muestra “El río”, donde queda patente su actitud de asombro ante el misterio.

Retrato

Ese pobre señor, gordo y herido,
que lleva mariposas en los hombros
oculta tras la risa y el olvido
la pesadumbre de todos los escombros.

Él dice que lo tiene merecido
porque aceptó vivir, que no hay asombro
en flotar como un pez muerto y podrido
con la cruz del vivir sobre los hombros.

Cenizas esparcidas en la luna
quiere que sean las suyas cuando eleve
su máscara de hoy. No deja huellas.

Sólo quiere una cosa, sólo una:
descubrir el sendero que lo lleve
a hundirse para siempre en las estrellas.

6.4.18

La poesía como patria

En tan sólo una década, Luis María Marina (Cáceres, 1978), diplomático de carrera, con destino, entre otros, en las embajadas de España en México y Lisboa, ha dado a la imprenta numerosos libros de distintos géneros, publicados tanto en sellos nacionales como mexicanos. De poesía: Lo que los dioses aman (2008), Continuo mudar (2011), Materia de las nubes (2014) y Nueve poemas a Sofía (2014); ensayo: Limo y luz. Estampas de la ciudad de México (2012), Las tentaciones de Lisboa (2015); diarios: El cuento de los días. Diarios mexicanos (2008-2010) (2015); así como numerosas traducciones, siempre del portugués.
En De la epopeya  a la melancolía. Ensayos sobre poesía portuguesa del siglo XX, la obra que nos ocupa, reúne los prólogos (completos, actualizados y corregidos) a esas ediciones y algunos textos más, en torno a una de las poesías más importantes de la lírica universal, sobre todo en el siglo XX. Pessoa es, claro, una referencia inevitable, si bien Marina no ha vertido nada suyo. Los poetas de los que se ocupa son posteriores a esa influencia decisiva, una sombra permanente (“el demonio de nuestra hora meridiana”), para la literatura de nuestro mundo.
“El alma lusíada tañe, desde hace siglos, entre la epopeya y la melancolía”, dice Marina al principio. “Y entre ambos extremos –añade–, marcando el pulso, el complejo mecanismo de la realidad que solo por convención se nombra saudade”. En palabras de Camões, “Un no sé qué, que nace no sé dónde, / Llega no sé cómo, y duele no sé por qué”.
La poesía, dice Marina, vendría a ser “una de las manifestaciones más duraderas del alma lusa”. “La más genuina también”. Desde la epopeya camoniana Lusíadas. Sí, “por supuesto que Portugal es un pueblo de poetas”, dejó dicho Jorge de Sena con la debida retranca: “hemos vivido ocho siglos y casi la mitad de otro de una existencia puramente imaginada por nosotros mismos”. “En la epopeya, la ensoñación. Y en la melancolía, lo real”, concluye Marina. Esta poesía, precisa, “acaba por tornarse el símbolo más genuino de una cierta manera de estar en el mundo”. Así, la palabra poética “será la patria privilegiada el alma lusa, su dominio más cierto e incontrovertible, su hazaña más duradera”.
Para situar el objeto de este libro, nada mejor que el texto elegido para abrirlo: “Los que las olas navegamos. Un siglo de poesía portuguesa”. El que Eugénio de Andrade, uno de sus protagonistas esenciales, denomino “século de ouro”.
Eugenio Montejo, el añorado poeta venezolano que tanto amó lo portugués y a Lisboa, se refirió a la “continuidad invariable” de la escuela poética portuguesa. Ese siglo se inicia con Antero de Quental y los vencidos da vida, su 98. Pasa por Orpheu, revista de “vida corta y agitada”, que, sin embargo, marca un antes y un después. Y ya ahí, los modernos: Fernando Pessoa (su obra “atópica”, “una tradición en sí misma”) y Mário de Sá-Carneiro. Más que mera Vanguardia. Y Césario Verde y Camilo Pessanha. Más que “galaxia conformada por planetas que giran en torno a un centro (…), tupida red de ríos y afluentes que se comunican”. Y, después, ya con Salazar en el poder, tras la proclamación del Estado Novo, los presencistas (Torga y Casais Montero). Y Carlos de Oliveira (a quien quiso dedicar su tesis doctoral Ángel Campos Pámpano). Y el citado Andrade, al que acompañan nombres tan significativos como Sophia de Mello Breyner, Jorge de Sena, Ruy Cinatti… O Alberto Lacerda, un exiliado. En los 50, Cesariny, O’Neill, Ramos Rosa, Helder. Y el surrealismo, que “llegó tarde y vivió poco”. Los sesenta y setenta aportaron también poéticas memorables: Brito, Pais Brandão, Neto Jorge, Nuno Júdice, Gastão Cruz, Belo, Franco Alexandre, Fernandes Jorge, Magalhães o Graça Moura. Para entonces, la poesía portuguesa ya estaba en la hora del mundo. Alude después Marina al declive, a esa “pobreza de medios expresivos”, según José Ángel Cilleruelo, que caracterizaría a la poesía portuguesa reciente. En los ochenta, dice, el panorama fue “desolador”. Con todo, ahí están Luís Quintais y Daniel Faria.
En el capítulo siguiente ahonda en esa visión general de la poesía portuguesa, esta vez centrada en el espléndido siglo XX. Dedica “cinco notas” a Verde, Pessanha, Pessoa, Sá-Carneiro y De Sena y “diez nótulas” a Breyner Andressen, Oliveira, Andrade, Cesariny, O’Neill, Helder, Belo, Pais Brandão, Cruz y Graça Moura. El tono, didáctico y, como siempre, muy personal.
Cité antes a Daniel Faria, paradigma de qué poetas, de las obras de qué poetas, interesan sobre todo a Marina. Él los llama “heterodoxos” y a ellos dedica el grueso de este volumen. Son poetas a los que ha traducido y estudiado y es esta segunda parte la que rescata. Sí, los enjundiosos prólogos que, no sin añadidos y correcciones, abrieron aquellos libros o antologías. Por orden de aparición, los elegidos, no siempre canónicos, son: el imponente António Ramos Rosa (Dispersa sed), los mozambiqueños –dos poetas extraordinarios, en especial el segundo– Albero Lacerda (El encantamiento) y Rui Knopfli (El país de los otros), su admirado Nuno Júdice (Navegación sin rumbo), al que dedica dos textos, Ana Luísa Amaral (Oscuro) y el malogrado Faria (al que dedica también dos textos, uno titulado “Faria y yo”), del que ha vertido, para Sígueme, Explicación de los árboles y de otros animales, Hombres que son como lugares mal situados y De los líquidos.
Además, se incluyen artículos sobre Nora Mitrani (musa surrealista que da a conocer a Octavio Paz la obra de Pessoa, conferenciante en Lisboa, amante del poeta O’Neill, retratada por Fernando Lemos y, al cabo, suicida, de la que ofrece una breve muestra de sus poemas), Alberto da Costa e Silva, los jóvenes poetas lusos Jorge Reis-Sá, Vasco Gato y Miguel-Manso y sobre la estancia madrileña del periodista Joaquim Novais Teixeira (1891-1972).
No falta en este libro (que ningún amante de la poesía lusa debería perderse) una selecta bibliografía, una amplia relación de poetas portugueses traducidos a nuestra lengua y algunas notas.

De la epopeya a la melancolía. Ensayos sobre poesía portuguesa del siglo XX. Luis María Marina. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2017.

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 125-126 de la revista Turia.

4.4.18

30 de Loewe: una reflexión

©Álvaro Tomé 
Ya dijimos aquí atrás que la Fundación Loewe celebraba el treinta aniversario de su premio de poesía con la edición de una antología titulada Mareas del mar. La ha publicado, como los sucesivos libros ganadores, Visor, y la selección y el prólogo han corrido a cargo de Luis Antonio de Villena.
El autor de Hymnica y Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor, son, junto a Enrique Loewe, patrocinador del galardón, las personas que están en este empeño desde el principio, aunque la máxima responsabilidad por parte de la lujosa y cosmopolita casa madrileña recaiga ahora en Sheila Loewe, hija de don Enrique, quien no se ha desvinculado del todo de una empresa que lleva décadas apoyando de una manera tan sobriamente elegante como serenamente entusiasta. 
También se comentó que este florilegio continúa el camino emprendido con La poesía plural, que surgió al cumplirse la primera década del premio, y siguió con Los senderos y el bosque, que llegó al cumplir la segunda.
Villena alude en su introducción a los jurados, así en plural, pues que han cambiado con el paso de los años, y cuya actuación se caracterizaría por la independencia y el rigor. Podrá uno estar más cerca de uno u otro libro, de este o aquel estilo, pero de cuantas se han premiado se puede afirmar que son verdaderas obras poéticas. No es poco. Valente, en eso, se equivocó. 
No faltan reflexiones sobre la presencia femenina, un signo de los tiempos y tan escasa como acostumbra, ni sobre los autores ultramarinos. Nadie duda a estas alturas de la vocación internacional del Loewe. Que va a más, por cierto. 
"Pluralidad" es la palabra clave. El mar es uno, pero las mareas cambian, viene a decir Villena para justificar el título de la obra. Otra es "excelencia", más en "tiempos como los que vivimos, de grande pobreza cultural y mental en términos generales". Precisa, por eso, que hay que "remar contracorriente". Hay un tercer término: "modernidad", si bien uno no acaba de entender lo que eso significa cuando se habla de algo tan intemporal e intempestivo como la poesía. 
Dice, en fin, Villena que la muestra ha sido consultada porque se ha pedido a los autores que elijan hasta diez poemas a partir de los cuales él ha hecho la selección definitiva. No ha sido mi caso, desde luego, aunque no me quejo, al revés, por lo escogido.
Pero no sólo se conmemoran los treinta años con la antología. También se ha lanzado el documental "Poesía eres tú", que se estrenó el pasado Día Internacional de la cosa. Dicen que "el film ofrece una visión plural del panorama actual de la poesía en español, a través de las voces consolidadas del jurado y el palmarés del Premio LOEWE de Poesía, así como de nuevos talentos que se abren paso en nuevos soportes". Y es en esta segunda parte donde uno encuentra la contradicción. Al lado de autores vinculados al premio como jurados (Francisco Brines, Jaime Siles, Antonio Colinas, etc.), de críticos como Víctor García de la Concha y de poetas que lo ganaron (como los imprescindibles García Montero, Benítez Reyes y Marzal), aparecen opiniones de, entre otros, Elvira Sastre o Marwan, cabezas de serie de eso que se ha dado en llamar nueva lírica o poesía juvenil, la que parecer arrasa en las mesas de novedades y acapara los primeros puestos de las listas de ventas, autores de los que uno nunca diría que brillan, precisamente, por su talento. Digo contradicción porque si de lo que se trata es de premiar la "excelencia" y de ir "contracorriente" aquí, al apoyar a estos autores, sus ocurrencias y vaguedades, por muy seguidas que sean, se está tomado la dirección contraria: hacia la insolvencia manifiesta y la moda en su peor sentido. ¿Será por eso que ninguno de ellos lo ha ganado? No es un problema, por cierto, de soportes (de si el poema se escribe a mano y en papel o si en la líquida superficie de un teléfono móvil). Ni de sexos, tendencias o edades (no todo lo nuevo y joven es bueno), sino de sustancia: de si es poesía o, como dice Luis Alberto de Cuenca, parapoesía. Sólo eso.
Ya confesé mi discreto estupor al comprobar que el libro que ha conseguido el último Premio Loewe a la Creación Joven fuera presentado en la fiesta del Palace por la autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo. Sigo sin dar crédito. Debo de ser muy torpe. Uno, en su inocencia (o en su ignorancia, tanto da), creía que si por algo se caracterizaba este acreditado galardón, que uno siente como algo propio, era por su alto nivel de exigencia, eso que le distingue de tantos y tantos premios poéticos que pueblan la geografía patria. ¿En qué ayuda, entonces, esta interferencia? ¿Dónde está el mérito? ¿A qué viene esta frivolidad que al cabo le lastra, desvirtúa y empequeñece? No dejan de ser, insisto, poetas ajenos al mismo. Una suerte, añado. Por decirlo de una manera del todo comprensible, es como comparar un auténtico bolso de Loewe con una simple falsificación de mercadillo.
Lo que importa es la antología, claro, porque no deja de ser un reflejo bastante fiel de lo que ha sucedido a lo largo de estos treinta años. Por más que el nuevo mensaje a uno le confunda y hasta le entristezca. Y digo a uno porque no he escuchado a nadie, relacionado o no con el premio, una sola reflexión al respecto. En fin, seré yo el equivocado. El que eleva a categoría lo que no deja de ser mera anécdota. Seguro. 

2.4.18

Insula: nuevos tiempos

Los amigos y más modernos lectores de la veterana revista Insula están de enhorabuena pues han puesto a la venta los ejemplares en versión Ebook desde el número de enero-febrero 2017 hasta el del mes corriente. 
Se puedan adquirir a través de la web (el enlace está debajo de cada Sumario), o en distintas plataformas comerciales como planetadelibros.com. Basta escribir en su buscador "Insula" y aparecen estos números al módico precio de 4'99 euros. 
Aunque se perdiera la batalla de las librerías, las nuevas tecnologías han jugado a su favor. Los lectores podrán adquirir un ejemplar suelto de manera muy sencilla. 
Se mantiene, no obstante, la venta de números sueltos en papel vía telefónica o través del e-mail: insula@espasa.net, así como la suscripción anual en papel.
Me informa de estos detalles Arantxa Gómez Sancho, editora de la revista. ¡Suerte!

29.3.18

Aranda y L. Andrada

Dibujar una isla
Verónica Aranda
Reino de Cordelia, Madrid, 2017. 104 páginas. 

Verónica Aranda (Madrid, 1982) une a su condición de poeta la de traductora (del portugués, sobre todo) y la de viajera (su blog, Poesía nómada). 
Dirige, además, una colección de poesía hispanoamericana en la editorial Polibea. Aunque muy joven, ha publicado ya numerosos libros: Poeta en India, Tatuaje, Alfama, Postal de olvido, Cortes de luz, Senda de sauces, Café Hafa, Lluvias Continuas. Ciento un haikus, Otoño en Tánger y Épica de raíles. Algunos de ellos fueron galardonados; como éste, Premio “Ciudad de Salamanca”, que le otorgó un jurado constituido, entre otros, por Asunción Escribano, Fermín Herrero, Juan Antonio González Iglesias, José Luis Puerto y César Antonio Molina.
Una cita de María Zambrano abre este libro unitario, editado con primor, que gira en torno a la realidad y a la metáfora de las islas (“Nadie te enseña / a contemplar las islas”). Un viaje real a las del Egeo y el Jónico (que marcan las dos primeras partes), “islas / de sugerentes nombres”, que se convierte en otro interior en el que prima el misterio (“toda isla es un enigma”) y el deseo. El cuerpo está ya en el primer poema, al borde del agua. En los baños: “Soy una nadadora ensimismada”, dice. Y el seductor erotismo, explícitamente lésbico. En medio de un paisaje reconocible que Aranda logra separar de lo masivo y lo turístico, por más que a eso remitan títulos como “Santorini” o “Mikonos”. No estamos ante una poesía descriptiva, aunque el vocabulario no evite nombrar un mundo poblado de cal, limoneros, tamarindos, higueras o salitre. El mundo de la luz (“y la luz es tan blanca / que nos torna elocuentes”) y el verano (“un verano que soñé interminable”). Una luz que, a través de la palabra, llega a deslumbrarnos. De tan nítida.
Los poemas son breves y están muy bien hilvanados, como fragmentos de un diario íntimo. El lenguaje, conciso y sentencioso: epigramático. Predomina lo sugerente y sensual. La emoción cadenciosa. La atención contemplativa.
No faltan homenajes de lectora: Cavafis, Elytis, Laina, Papadiamandis (al que dedica un hermoso poema)...
La tercera parte, que da título al libro, es más hermética y misteriosa, en clave más honda, cruda y personal, donde se atisba, mediante términos clave (dualidad, equilibrio, templanza, estigma, insomnio...), la inquietante presencia del conflicto, la enfermedad o el desamor. La casa de la vida.

Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2017. 120 páginas. 

En la amplia bibliografía de López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) encontramos novelas, recopilaciones de artículos y libros de poesía, la mayor parte premiados. De diecisiete de ellos ha seleccionado Antonio Colinas los poemas que componen esta antología que celebra treinta años de oficio, de 1985 a 2015. No estamos, con todo, ante un poeta canónico ni sus versos aparecen habitualmente en florilegios y manuales, lo que no obsta para que algunos lectores y críticos los tengan en alta estima. Así, Colinas, que firma el sustancioso prólogo del volumen, donde alude al “dolor extremado” como “perfil de la nada” (“Pongo la mano encima del dolor”); a la pérdida de la patria de la infancia y del paisaje; a la esperanza que se cifra en la memoria de un mundo humilde y rural ya malogrado; a su trabajo con “el lenguaje de la sencillez”, de “palabras limpias y claras”; a la fidelidad a su voz de este poeta con raíces; a una poesía, en fin, “que salva al que la lee”.
Se abra por donde se abra, el lector comprueba que López Andrada es autor de un solo libro. Y no lo digo como demérito. Me limito a constatar un hecho. Desde el primer poema hasta el último el tono permanece y, con él, los temas, los sentimientos, las obsesiones y cuanto favorece, en suma, la creación de un universo lírico propio.
La melancolía, por ejemplo, teñida de tristeza o de nostalgia. O la naturaleza, viva a pesar de los cambios, que él conoce tan bien y a la que nombra con precisión: animales, vegetales... O las heridas que vienen de la Guerra Civil. O la muerte, simbolizada en las ausencias.
La meditación se realiza desde la soledad (“La soledad me habita”), en su retiro de Los Pedroches. Desde lo autobiográfico y familiar. Desde lo cercano. Desde la conciencia de la pérdida. Con un vocabulario rico pero asequible, lleno de palabras clave, metáforas sencillas y personificaciones imaginativas. “Las mujeres zurcen la luz”, escribe. O: “mi vida está sentada en una piedra”.
Más allá, porque “vivo en la humanidad de las palabras”, destaca una inquietud moral. Por los otros. El minero, el campesino, la viuda…
En el poema final, del que toma el título la obra, habla de alcanzar “la claridad perdida, la mano de mi madre, el vano ayer”.


Nota: La reseñas de los libros de Verónica Aranda y Alejandro López Andrada se publicaron el pasado viernes, 23 de marzo, en El Cultural.

21.3.18

Carnero dixit

© MARÍA GARRIDO DE LA CRUZ
Por aquello de que hoy es el Día Mundial de la Poesía: "Eso quiere decir que la poesía auténtica es autoconocimiento y terapia, y, como decía Baudelaire, convierte en el oro de la palabra el cieno de la realidad. Los hechos que la desencadenan no son privativos de los poetas, sino patrimonio existencial de todos los seres humanos. Lo excepcional en los poetas es la magnitud del impacto emocional de la existencia, y la necesidad y la capacidad de convertirlo en un discurso escrito.
Quien escribe por ese motivo escribe primordialmente para sí mismo, y para saber más de sí mismo. Decía Cioran que quien quiera ser aquello que ha venido al mundo a ser, debe hacer el vacío a su alrededor. Y Pushkin, en un soneto que tengo enmarcado y colgado en mi estudio, que el poeta debe seguir su camino “firme, tranquilo e insociable”. Ahora bien, el poeta no es esencialmente distinto de los demás, y comparte con ellos los mismos conflictos. Por eso tiene sentido publicar. Y se convierte en necesario porque todos queremos dejar de nosotros mismos una definición y un epitafio, y no los hay mejores que la poesía". Guillermo Carnero, Una poética innecesaria. Fundación Juan March, 2004.